Expediente cerrado es el primer relato de una serie dedicada a un personaje que he creado, el investigador privado Francisco-Javier García que se verá involucrado en una docena de casos muy diversos que tendrá que resolver, solo o con la ayuda de su esposa, Elena. En el transcurso de sus investigaciones, el lector se enterará de los orígenes y de la trayectoria profesional de este antiguo policía reconvertido en investigador privado, la figura más próxima a la del detective, tan popular en la literatura anglosajona. Este relato está dedicado a mi antiguo profesor de Criminología en la Nau Gran, Juan de Dios Vargas, fundador de la agencia, Distrito 46, en Valencia, con el cual he aprendido mucho sobre esta actividad. EXPEDIENTE CERRADO Aquel taxista odiaba que un cliente le pidiera conducir por ese barrio, a pesar de que él también vivía allí. Evitaba especialmente una calle por los malos recuerdos que le traía, dando rodeos que a menudo extrañaban a sus pasajeros. A pesar de que trabajaba de noche, no temía ser atacado. Durante sus quince años de servicio, ningún maleante lo había intentado. Había desarrollado un instinto infalible hasta la fecha, para detectar, antes de que subiera, si la persona que le paraba, tenía malas intenciones o no. De todos modos y por si acaso, él llevaba consigo una pistola, una Beretta 92, con la autorización preceptiva por parte de la policía. Cuando estaba sentado al volante, nadie podía ver su único punto débil, no podía doblar del todo la rodilla izquierda, lo que le habría impedido perseguir corriendo a un ladrón. La semana pasada, le había parado una señora, más o menos de su edad y con buen aspecto, un cliente seguro según su criterio. Él la había clasificado como una mujer de negocios, que volvía a su casa un poco después de la hora habitual, cuando empezaba a anochecer. Una vez sentada, la desconocida le había dicho que la depositara justamente en el número 8 de aquella maldita calle. Supo reprimir cualquier indicio de desagrado. Acababa de empezar su turno de trabajo y, hasta el momento, la recaudación de la semana había sido floja. Al fin y al cabo, una carrera era una carrera y ésta le reportaría unas trescientas pesetas, sin contar con la eventual propina… . No era muy hablador, así que, durante los quince minutos del recorrido, ninguno de los dos había intercambiado palabra alguna. Él había preferido observar discretamente la cara de su pasajera a través del retrovisor cuando se detenía delante de un semáforo en rojo. Paró en frente del inmueble y, como seguía pensando que tenía pinta de ser una empresaria, le había preguntado si quería un recibo. Convenía mostrarse servicial porque una empresaria es el tipo de cliente fiel que un taxista necesita. La mujer le había dicho que sí, pero, en lugar de darle su nombre, le había dado el de su empresa, “Decoración Gloria S.L.”. “Escríbalo todo por favor. Es lo que me pide mi gestor para los impuestos”, había añadido sonriente, gratificándole con una buena propina. Al darse la vuelta para extenderle el papel, él se había fijado en su cara. El taxista tenía una memoria visual extraordinaria, una cualidad que le había servido bastante en su empleo anterior. Estaba seguro de que la recordaría. ¿Habría tenido algo que ver aquella mujer con el acontecimiento que había destrozado su vida y causado la muerte de su hermano…? Por lo menos vivía en este maldito inmueble y él se prometió averiguar quién era. Muy poco después, un jueves que era su día de descanso, él buscó la dirección de “Decoración Gloria” en la guía telefónica, mientras tomaba su desayuno. No era una empresa, sino una tienda. Más tarde, había dado un paseo para situarla bien y la había encontrado a solamente veinte metros de donde la mujer le había parado. Era la típica tienda de decoración situada en un barrio acomodado, cerca de la universidad, un distrito tranquilo donde siempre le había gustado conducir en busca de clientes. Reconoció inmediatamente a la mujer detrás del cristal. Estaba atendiendo a una pareja y no parecía haber ninguna otra empleada trabajando con ella. Continuaría investigándola a su ritmo y con sus medios. Después de tantos años de espera, no le importaban unos pocos días más o semanas… ************************ Me llamo Francisco-Javier García y soy investigador privado, lo que la gente suele llamar un detective. Tengo una oficina cerca de la estación del Norte y relato aquí uno de los casos más atípicos que tuve que resolver hace algunos años. Todo empezó el 31 de marzo de 1998. Elena, quien es a la vez mi mujer y mi secretaria, introdujo en mi despacho a un cliente que había llamado dos días antes solicitando una cita sin querer precisar el motivo de su visita, una práctica bastante habitual en la profesión. Solamente había dejado su nombre: Federico González. Elena sabía que yo odiaba recibir a gente desconocida y había usado todos los trucos aprendidos durante sus años de trabajo conmigo, pero no había conseguido nada más. La única información que le había sonsacado era que llamaba siguiendo el consejo de un antiguo cliente nuestro, que tampoco se prestó a identificar. En mi negocio, el boca a boca es la mejor fuente de clientes, además, desde el principio, yo he sido muy reacio a hacerme publicidad en los periódicos. Cuando por la mañana habíamos revisado la agenda del día, reconocí que el apellido de esta persona era muy común y no me sonaba de nada. ¿Se trataría de un asunto familiar, de un caso de cuernos, de un tema de herencia…? Los dos estábamos expectantes. Hacía por lo menos un mes que no había entrado un nuevo cliente y no nos podíamos permitir el lujo de perderlo… El hombre se presentó muy puntual. Mis casi quince años de experiencia como investigador privado, los primeros cinco como freelance y los diez últimos en mi propia empresa, me habían enseñado a evaluar a una persona en pocos minutos. En el caso del señor González, mi instinto me decía que debía tratarse de un tema familiar. Mi futuro cliente debía tener alrededor de cuarenta años. Tenía un afeitado perfecto, el pelo corto y llevaba unas gafas con una montura de pasta. Sus manos eran largas y sus uñas muy cuidadas. Llevaba una alianza, lo que indicaba que estaba casado. Muchos de los que aparecen por aquí, no la llevan o acaban de quitársela antes de entrar en mi despacho sin percatarse de que su marca persiste sobre la piel de sus dedos durante bastante tiempo. Su vestimenta discreta y de buen tono, podía perfectamente haber sido adquirida en el Corte Inglés. Un segundo antes de estrechar su mano, miré sus zapatos, otro truco mío. Eran pulcros como si en su profesión este hombre anduviera poco. Su entonación, su voz pausada y el vocabulario que usó, me hicieron pensar que se trataba de un hombre perteneciente a la buena sociedad valenciana, con una formación universitaria de un ejecutivo o de un profesional. Después de estrechar mi mano, él me tendió una tarjeta de visita que decía: Federico GONZALEZ PORTERO Arquitecto Calle Pizarro, 25-4º 46004 Valencia Teléfono: 96 234 22 24 Una vez instalado en su asiento, me dijo lo siguiente: -Señor García, no quiero hacerle perder su tiempo. Recurro a sus servicios porque usted me ha sido recomendado por una persona que ha sido cliente suyo, pero cuyo apellido hoy no viene a cuenta. En pocas palabras, me ha dicho que usted es el mejor profesional de la plaza. El tema que quiero encargarle es de naturaleza familiar. Se trata de investigar sobre el asesinato de mi padre… Al oír estas palabras, le interrumpí: -Señor González, gracias por sus abalanzas, pero usted tiene que saber que los delitos, los crímenes o los asuntos que son sub júdice no pueden ser investigados por personas como yo. Son competencia exclusiva de la Policía o la Guardia Civil, dependiendo de dónde hayan ocurrido los hechos. No era abogado, pero yo estaba convencido de que, antes de recurrir a mí, aquel hombre se había documentado y que, como tal, debía conocer de sobra lo que acababa de recordarle, pero no dio la menor importancia a mis palabras. Mientras hablaba, el hombre había abierto una delgada cartera de cuero marrón. Sacando una carpeta no muy gruesa, me tendió una hoja diciendo: -Es la fotocopia de un artículo que se publicó el 22 de mayo de 1983 en “La Hoja del Lunes” de esta ciudad. No pierda el tiempo leyéndola ahora, prefiero resumírsela porque la conozco de memoria. Trata del descubrimiento de un cadáver, el de mi padre, que fue asesinado dos días antes en esta ciudad. Le dejaré también todos los documentos que contiene esta carpeta. Lo que quiero encargarle es que usted averigüe todo lo que pasó: ¿quién mató a mi padre y por qué…? Visiblemente este hombre, estaba habituado a mandar. Iba a repetir mi advertencia, pero él no me dejó interrumpirle y extendió el brazo: -Señor García, yo sé muy bien lo que digo y lo que quiero. La investigación de la Policía, que ha durado cerca de quince años, no ha dado ningún resultado y, hace seis meses, el juez a cargo del caso, le dio el carpetazo. Tenía veintitrés años cuando ocurrieron los hechos de que hablamos. Mientras vivió, mi madre hizo todo lo que estaba a su alcance para descubrir a los culpables, pero sus esfuerzos no consiguieron ningún resultado. He cogido el relevo y estoy dispuesto a gastar dinero y esfuerzo para recabar toda la información posible. Todo lo que se sabe se encuentra en esta carpeta que, como usted puede comprobar, no es muy abultada. La investigación ha sido tan corta, que siempre me he preguntado si no existían influencias políticas detrás de esta dejadez. Es en parte la razón por la cual quiero que su trabajo sea discreto. Solamente hay una persona más que conoce mi intención. Es la que me dio sus señas, diciéndome que, si alguien era capaz de llegar a algo, sería usted. No voy a discutir el importe de sus honorarios. Para mí, lo único que cuenta es el tiempo que va a necesitar. Quiero saber, dentro de un plazo que no supere un año, quién mató a mi padre y el motivo que había detrás de su asesinato. Abrí la carpeta. Mientras ojeaba rápidamente los documentos, noté los signos de una imperceptible impaciencia por parte de mi cliente. Él tenía prisa o quería abreviar un trámite que no le agradaba. Rellenamos los documentos que la ley y la ética profesional me obligan a conservar. Le indiqué el importe de mis honorarios y la forma de pago. Él aceptó todo, sin hacer ninguna objeción. Solamente insistió para que fuese yo quien llevara este asunto personalmente. Le di mi conformidad diciéndole que solamente mi secretaria y yo sabríamos de este tema. No me costaba mucho decirlo porque, en aquel momento, mi empresa no contaba con ningún otro investigador. Cuando hubo firmado el contrato, pareció relajarse. Sacó de un sobre un fajo de billetes – cincuenta mil pesetas – que me dio como primer pago. Se extrañó, cuando le entregué dos recibos, uno por este primer pago y el otro correspondiente a los documentos que me había entregado. Le expliqué que, a pesar de tratarse de fotocopias, era mi manera de actuar y, por primera vez, le vi sonreír. Me tendió la mano, diciéndome que quedaba a mi disposición por si, más adelante, quería hacerle algunas preguntas, pero que prefería que nos viéramos en mi despacho en lugar de en el suyo y que, cuando le llamase, me presentase como cliente suyo y no como investigador privado. “Para no alarmar a nadie”, añadió con una nueva sonrisa. Llamé a Elena para que acompañara a nuestro nuevo cliente hasta la puerta de nuestra oficina. Oí el ruido al cerrarse la puerta y ella no tardó ni un minuto en presentarse en mi despacho, preguntándome: -¿Qué quería este hombre tan misterioso? Le sonreí para indicarle que acababa de ser contratado para un nuevo trabajo, le hice un breve resumen de nuestra conversación y le tendí el fajo de billetes para que lo guardase en la caja fuerte. Una vez solo, examiné con más detenimiento los documentos que me había entregado Federico González. Empecé con la lectura del recorte de “La Hoja del lunes” del 22 de mayo de 1983. Era un texto bastante corto y sin firma, que decía: “Ayer a las dos de la tarde, la policía ha sido avisada por una vecina de la presencia de un cadáver en un coche medio calcinado, en el solar de una fábrica abandonada en el número 107 de la calle Sagunto. Según el forense, que ha examinado el cuerpo, se trataría de un varón de unos sesenta años, que responde a las iniciales J.G.L según la documentación que llevaba encima, pese a estar medio chamuscada… Hemos podido saber que las primeras averiguaciones situarían su fallecimiento en uno o dos días antes de su descubrimiento. La muerte habría sido causada por tres disparos, uno de ellos en la cabeza. La investigación ha sido confiada a la brigada criminal de la Dirección General de la Policía. El juez de guardia, que se ha desplazado al lugar del macabro descubrimiento, ha declarado el secreto del sumario”. Al no haber otro recorte de periódico, supuse que la prensa no había seguido el asunto, cosa poco habitual. ¿Significaba eso que existían otros intereses detrás de aquel crimen o que alguna persona influyente había decidido proteger a la familia, asegurándose de que no se escribiría más sobre este caso? Todo era posible. El segundo documento era una fotocopia del DNI de la víctima, José Luis González Pérez, hijo de José Luis y de María, nacido el 7 de febrero de 1926 en Alberique (Valencia), domiciliado en Valencia 46004 calle Pizarro nº 25 - 4º piso. La fotografía resultaba borrosa, pero, más adelante, pediría a la familia que me facilitaran un retrato más nítido del señor González. Tenía una cara redonda, sus labios eran finos, su nariz era larga y recta, llevaba unas gafas con los cristales oscurecidos y su pelo, que empezaba a escasear, se veía cuidadosamente peinado. El documento siguiente era una copia del primer informe de la Policía redactado en el momento del descubrimiento del cuerpo, al cual se había grapado un folio con las anotaciones del médico forense que había examinado el cadáver. Este último certificaba que “…la muerte ha sido violenta, causada por tres disparos… La muerte se ha producido por lo menos un día antes del incendio del coche, un Seat 124 matricula V4387BC, propiedad de la víctima…. Anoté en mi cuaderno esta diferencia de fechas entre la de la muerte y la del incendio de su coche. Era un hecho curioso al cual los investigadores no parecían haberle dado mucha importancia. Había también dos hojas que relataban la vida de la víctima según las averiguaciones de la Policía; varios documentos administrativos sin gran interés y finalmente un último documento que era la comunicación a la familia del archivo de la causa por la imposibilidad de determinar ni el motivo ni el autor del homicidio. Este último estaba datado con fecha del 12 de febrero de 1998. No había nada más. Este pequeñísimo número de documentos, menos de diez folios en total, me extrañó. Al leerlos, la investigación me pareció bastante chapucera. ¿Había sido voluntario o había sido una simple coincidencia? Decidí apartar estos pensamientos por el momento. ¡Durante mis años de experiencia profesional, nunca me habían encargado un trabajo de esta naturaleza: realizar – o mejor dicho, rehacer – la investigación de un crimen, quince años después de los hechos. ******************************* La semana siguiente, el taxista se presentó en la tienda. Estaba seguro de que la mujer no le reconocería porque no es fácil identificar a alguien al cual solamente has visto la nuca durante unos veinte minutos, sin contar los quince días que habían pasado ya desde este encuentro fortuito. Además, era de noche y solo se había medio girado en su dirección unos pocos segundos al final de la carrera para entregarle el recibo de la misma. No había bajado del coche, como tenía que hacer cuando un cliente llevaba unas maletas en el maletero, así que ella no había visto su ligera cojera que, con los años, había aprendido a disimular. En sus horas de taxista, llevaba siempre una levita de trabajo y una gorra. Antes de comprar su licencia, él se había sometido a dos operaciones estéticas que habían borrado casi por completo los rasgos indígenas de su cara. Solamente conservaba un ligero acento suramericano. Hoy, había cambiado la levita por un atuendo moderno y discreto bien en consonancia con este barrio de clase media alta. Esperó a que una pareja de clientes potenciales entrara antes de hacerlo él. Así le daría el tiempo necesario para inspeccionar discretamente el lugar. No vio ninguna cámara además de la alarma de la puerta. Antes de entrar, se había fijado en el pequeño cartel pegado en la vitrina que anunciaba que “Este establecimiento está protegido por la compañía TOTALPROTECT”, una compañía barata de muy segundo nivel, según él. Lo que iba a decirle a la dueña de la tienda, ya lo tenía ensayado de antemano. Paseó entre los expositores como si buscara algo que no acababa de encontrar. Cogió una de las tarjetas de visita que vio sobre la mesa que hacía de caja y leyó: DECORACION GLORIA Todos los objetos de decoración para su piso Calle Bachiller, 7 Valencia 46010 Teléfono 96 363 3456 Propietaria: Gloria LASSO 699 67 89 35 “Casi todo lo que necesito saber”, pensó. Al final, la dueña de la tienda acompañó a la pareja que atendía hasta la puerta, se despidió de ellos y se acercó a él. -Buenos días, señor. ¿Busca algo en particular? Era evidente que la mujer no le había reconocido. -Buenos días, señora. Busco un regalo para la boda del hijo de un buen amigo mío, pero no acabo de decidirme. La mujer, como buena vendedora le interrogó sobre los gustos supuestos de los novios, intentando sonsacar toda la información posible de este cliente potencial bien avenido pero que le parecía un poco perdido. ¿Prefería una lámpara, un jarrón u otro tipo de objeto como algo para la cocina…? -Señora, mi amigo es el padre. Al hijo, le conozco poco y a la novia, nada. Sé que tienen una lista de regalos en el Corte Inglés, pero me gustaría regalarles algo más personal. No quiero ser “aquel amigo de papá que nos ha regalado el veinticinco por ciento de la lavadora”. ¿Usted me entiende, verdad? -Sí, señor. Le entiendo perfectamente. En mi tienda, encontrará, justo lo que usted busca, algo personal, para que el hijo de su amigo se acuerde de usted cuando lo contemple o lo utilice. -Es exactamente lo que busco, señora. Creo que lo mejor es que vuelva a hablar con mi amigo para que me precise los gustos de los novios. Pero, mientras tanto, resérveme aquella lámpara. Si al final no es el regalo que quieren, me la guardo para mí. Me gusta. -Sí, señor. Es muy elegante y, además encaja bien en todos los ambientes. Es de fabricación artesanal. Podría tenerla también en azul, si usted prefiere. -No. A mi este color sangre de buey me gusta mucho. Leo mucho y me vendrá muy bien. -Perfecto, se lo reservo a la espera de su próxima visita. ¿Señor…? -Me llamo Ovidio Fernández. Sé que este nombre hace sonreír un poco porque esta pasado de moda, pero es el que me pusieron mis padres. Somos varios en la familia a llevarlo…. -A mí, no me parece ridículo en absoluto. -Gracias. Nos veremos pronto, la semana próxima a más tardar, porque la boda está prevista para dentro de diez días y quiero que mi regalo llegue antes de esta fecha… Adiós, señora… -No, señorita. No estoy casada. Llámeme Gloria, por favor. -Pues de acuerdo, hasta pronto Gloria. Puede tener confianza en mí. Soy una persona de palabra. Cuando se encontró a una distancia prudente de la tienda, el hombre murmuró: “Todo ha ido perfecto. La información que quiero tal vez me costará solamente el precio de esa lámpara y luego veremos. Parece que le he gustado y la mujer es guapa, así que, tal vez, se pueda combinar placer y deber…”. ***************************** Volver sobre el lugar del descubrimiento del cadáver después de todos estos años, no me pareció que tuviera ningún interés. Conocía esta zona y, con toda seguridad, aquella fábrica habría desaparecido, reemplazada por un inmueble de nueve pisos. Lo único que podría interesarme, si no figuraba en estos documentos policiales, era saber quién era el propietario del taller en el momento de los hechos. Pensé que, para empezar, sería más fructífero volver a ponerme en el ambiente de la época de los hechos y, por eso, mi primera tarea sería la de reunir toda la información disponible sobre la víctima del asesinato, cotejándola con la que ya tenía. Pensaba que sería capaz de solicitar dentro de dos semanas una primera cita con mi cliente para hablarle de su padre y confrontar mis informaciones con las suyas. Antes, tenía que descubrir un móvil posible detrás del asesinato de esta persona, que los informes policiales describían como aparentemente normal, con una vida tranquila y a quien no se le conocía ningún enemigo, pero que a su vez era bastante rica. Mi intuición me empujaba a investigar dos pistas. La vida sentimental y el origen de la fortuna del padre de mi cliente. Según la investigación policial, no se le conocía ningún lío amoroso. La víctima estaba “felizmente casada”. Me hice una pregunta sobre el uso del adverbio por parte de los investigadores. ¿Qué sabían ellos de esto?, porque su trabajo, bastante superficial, no me inspiraba mucha confianza. El matrimonio tenía dos hijos, un chico a punto de entrar en la vida profesional y una chica adolescente. No se le conocía ninguna amante y no frecuentaba la vida nocturna de la ciudad. Elena se encargaría de verificar todos estos aspectos. Por mi parte, bucearía dentro de las profundidades de los negocios inmobiliarios de la víctima. Los dos estábamos convencidos de que la clave del misterio se ocultaba allí. Conocer el motivo de su asesinato, nos conduciría a su autor. El DNI de José Luis González Pérez indicaba que había nacido en 1926 en Alberique. Conocía esta pequeña ciudad agrícola, situada a cincuenta kilómetros al oeste de Valencia. Averigüé que en aquellos años tenía unos seis mil habitantes; los cuales se dedicaban principalmente al cultivo de la naranja y que, desde principios del siglo XX, las actividades arroceras y las relacionadas con el gusano de seda estaban en clara regresión. Fue probablemente lo que empujó a los padres de José Luis a vender sus tierras y a emigrar a Valencia cuando era un niño. Allí compraron una pequeña tienda de ultramarinos en el barrio de Ruzafa poco tiempo antes de estallar la Guerra Civil. El policía, que había interrogado a la viuda sobre la vida de su esposo y de su familia política, había concluido que el matrimonio había tomado esta decisión después de escuchar el consejo del hermano de la mujer, a la sazón padrino de la futura víctima, que servía como guardia civil en la capital. Una copia del libro de familia demostraba que José Luis era hijo único o, mejor dicho, el único superviviente de cuatro hijos muertos de malaria durante sus primeros años de vida. El informe policial precisaba que, al terminar la guerra, el joven se encontraba huérfano al cuidado de una orden religiosa. Su padre había muerto durante la batalla de Teruel y su madre de una enfermedad no especificada en el Hospital General de la ciudad. Su suerte había sido la reaparición de su padrino, el cabo de la Guardia Civil, Miguel Pérez Boronat (1912 – 1976), pasado al bando nacional durante el primer año de la guerra. Fue él, quien le sacó del orfanato en 1941 y le educó. No solamente se ocupó de la educación de su ahijado, que no parecía haber mostrado mucho interés en su juventud por los estudios, sino que consiguió recuperar la tienda de sus padres que había sido precintada por las autoridades durante un tiempo, a causa de las supuestas opiniones políticas de sus progenitores. ¿Se trataba de una denuncia por parte de unos enemigos que se vengaron de ellos? Me llamó la atención la importancia que los investigadores daban a la figura del antiguo Guardia Civil ya que aparecía a menudo en su informe. ¿Tendrían más información sobre él? Si bien José Luis González Pérez había tenido poco interés en los estudios, había demostrado, desde muy joven, tener un gran talento para los negocios a la sombra de la “protección” de su padrino, que se encontraba destinado en el cuartel de Benimaclet. El guardia Miguel Pérez ascendió con regularidad en el escalafón hasta llegar a teniente, pero había causado baja en la Benemérita en 1960, alegando las secuelas de heridas de guerra. Entonces, había ocupado hasta su muerte un puesto administrativo en el Ayuntamiento de Valencia. Mientras tanto, el joven había dado un impulso importante al pequeño negocio heredado de sus padres. La Policía había podido localizar a uno de sus primeros empleados, un tal Juan G.F., despedido por su jefe en condiciones dudosas. ¡Este hombre – tal vez resentido - habría afirmado a los investigadores que parte del género que se vendía en aquella tienda a principios de los años cincuenta, venía justamente de la intendencia de la Benemérita vía su tío! La Policía no había seguido investigando esta pista o la había descartado. El informe seguía relatando que la víctima se había hecho con una tienda mucho más grande inmediatamente después de su boda con Susana Portero Ruiz, la madre de mi cliente, hija única de un hombre con posibles. Ella también había sido investigada, pero la Policía concluyó que no tenía nada que ver con los hechos. Existía también una referencia a las ideas políticas de la víctima que concluía que “J.G.F no destaca como miembro activo de algún movimiento afín al régimen, pero tampoco se tienen pruebas de su oposición a él. Se le puede definir como un hombre de orden, un conservador…”. Unas páginas más adelante, el informe relataba que José Luis González había sido de los primeros en entender que los tiempos estaban cambiando. Gracias a la prosperidad que llegaba cada vez más a la clase media, iban a surgir nuevas oportunidades para la gente ambiciosa y trabajadora como él. En consecuencia, le convenía adaptar su negocio, dejando las latas de conservas y las botellas de aceite corriente, por los productos de delicatessen. La dote de su mujer, unas cien mil pesetas, había sido empleada en el primer pago de un nuevo establecimiento. Su suegro, que poseía varios campos de naranjos, le había prestado lo que faltaba para adquirir su nueva tienda de casi doscientos metros cuadrados, situada en la confluencia de la calle Ruzafa con la Gran Vía. La mayoría de los productos que se vendían allí, eran importados de Francia, de Holanda o de Italia. ¡La descripción de la tienda con sus variedades de quesos, sus marcas de vinos y otras delicias gastronómicas, era un verdadero poema y el investigador, que la había redactado, poseía un cierto talento literario! Después del inventario completo, el policía precisaba que este cambio de proveedores le había puesto en relación con otros tipos de personas, importadores, agentes de aduanas, banqueros…. ¡Por entonces, José Luis González no era ya el típico vendedor con delantal, sino el responsable de un negocio que empleaba a media docena de personas! Seguía una hoja entera dedicada a sus actividades inmobiliarias, las cuales ocupaban la mayor parte de su tiempo en el momento de su muerte. Era miembro del Ateneo Mercantil de Valencia. Tenía varias propiedades dentro de la ciudad y era uno de los principales propietarios de los terrenos sobre los cuales están instalados en la actualidad los proveedores de la fábrica de Ford en Almussafes. Los investigadores habían rastreado a profusión durante meses esta pista, sospechando un acto de venganza o de envidia, una estafa… Pero, al final, lo habían desestimado todo. Aquí acababa el trabajo de la Policía y empezaba el mío… Decidí volcar mi atención sobre este substrato. Descubrí que fue su suegro, a pesar de que sus relaciones se degradaron en los años siguientes, quien consiguió que él entrase a formar parte del Ateneo Mercantil después de presentarlo a amigos suyos que lo apadrinaron. Desde entonces, imaginé a José Luis pasando dos o tres mañanas a la semana, jugando al dominó con otros miembros de este club de hombres de negocios, en la primera planta del edificio de la plaza del Caudillo. Aquí se intercambiaban valiosas informaciones: nuevos negocios, noticias inmobiliarias, temas de importación, nombres y precios de contactos útiles…Por mi parte, estaba convencido de que, a pesar de las conclusiones del informe oficial, el móvil del crimen tenía que ver con la actividad inmobiliaria de la víctima. Busqué en la lista la operación inmobiliaria que había sido la menos investigada y la encontré. Era la primera de ellas. Visité varias veces el Ateneo en busca de gente que podría haber conocido a José Luis González hasta dar, casi de milagro, con una persona que iba a ser fundamental en mi investigación. Se trataba de un antiguo amigo del Ateneo, el señor Ambrosio Vila, el último superviviente de los jugadores de dominó. El hombre vivía aún, pero me había costado mucho encontrarlo. Casi nadie en el establecimiento de la plaza del Ayuntamiento se acordaba del tal José Luis González Pérez, que pertenecía a la generación de “antes de la democracia”, porque nunca había sido un miembro destacado o había formado parte de los órganos de dirección de la institución. Fue su hijo quien me puso sobre la pista del señor Vila cuando, durante una de nuestras reuniones, me mencionó la pasión que su padre tuvo durante un tiempo por el dominó. Pasé unas horas, buscando en la revista interna del Ateneo, hasta encontrar una hoja que relataba un torneo de dominó cuyos subcampeones fueron los integrantes de la pareja González-Villa. Ambrosio Villa de Andrés era un hombre muy mayor, pero guardaba la mente perfectamente lúcida. La primera cosa de la que me habló fue de la fiebre que se había apoderado de su amigo, al punto de hacerle olvidar su negocio de delicatessen. Quería comprar una casa abandonada en la ciudad, tirarla abajo y edificar en su lugar un inmueble moderno. Más tarde, este antiguo banquero me permitió conocer a otro personaje importante en la vida de José Luis González cuya existencia nadie, ni su familia, ni la policía conocía, la señorita Gloria Lasso. No la cantante mexicana, que utilizaba este nombre como seudónimo artístico, sino la verdadera Gloria Lasso, una joven prostituta de la cual el padre de mi cliente se había enamorado, hasta hacer de ella su amante secreta… Pero volvamos al principio. Cuando José Luis González conoció a su compañero de partida de dominó, Ambrosio Villa de Andrés era el director de la urbana central del Banco Comercial, situada en la mismísima plaza del Caudillo, hoy plaza del Ayuntamiento y pasaba muchas horas en el Ateneo, un lugar que consideraba como “su segundo despacho”. No me atreví a contarle el detalle de mi encargo por la promesa que había hecho a mi cliente, pero le dejé entrever que investigaba, por cuenta de la familia, algo que tenía que ver con ciertos aspectos de la vida de su antiguo amigo y le pregunté si estaba al tanto de los negocios inmobiliarios del señor González. No tardó ni un minuto en contestar a mi pregunta: - José Luis empezó a crear su patrimonio como vendedor de delicatessen, pero lo que le permitió amasar una verdadera fortuna fueron sus negocios inmobiliarios y creo que, al principio, le ayudé. -Gracias, señor Villa por esta información. ¿Precisamente, podría hablarme de sus principios en este campo? - Desde luego. Los dos nos veíamos por lo menos una o dos veces a la semana. Hacía tiempo que observaba que José Luis estaba muy nervioso. Cuando le pregunté lo que le pasaba, me contó que quería comprar un viejo edificio abandonado, pero que no sabía cómo hacer para poder ponerse en contacto con el propietario. Como banquero, conocía relativamente bien el tema inmobiliario y se lo expliqué, pero cuando le pregunté dónde estaba ubicado, él se cerró como una ostra como si temiese que le robase su idea. Me molestó un poco y me acuerdo que le dije: -Amigo, José Luis, no quiero robártelo. Ahora, si no quieres decírmelo, es asunto tuyo. -…Siguiendo mis consejos, la semana siguiente, se ausentó toda una mañana de su tienda y se presentó en el Registro de la Propiedad para conocer el nombre del propietario del inmueble del número 8 de la calle del General Anastasio. Era la primera vez que supe la dirección del edificio que pretendía comprar. Rellenó un formulario, pagó una póliza y le dijeron que volviera la semana siguiente para recoger la nota simple porque, en esta época, el registro era totalmente manual… -…Cuando volvió, la nota simple no estaba lista. Para explicar lo que pasaba, el administrativo aludió a “dificultades técnicas” porque muchos archivos relacionados con bienes inmuebles de esta zona, habían ardido en un incendio durante la Guerra Civil. Lo único que podía facilitarle de momento era el nombre de su propietario. Se trataba de un tal Manuel Estébanez Serra, domiciliado Calle Pie de la Cruz nº 3 en Valencia. José Luis no pudo retenerse y se presentó inmediatamente en esta dirección para descubrir que, donde se tenía que hallar un edificio, no quedaba más que un solar. Preguntó al dueño de la sastrería que se encontraba al lado. Este le dijo que el viejo edificio, propiedad del arzobispado, había sido declarado en ruinas el año pasado y había sido derruido. El sastre, que había pasado toda su vida en esta calle, no conocía a ningún Manuel Estébanez. ¡Esta pista no conducía a ningún sitio…! -…Le aconsejé que se cogiera las cosas con calma. ¡Después de todo, si el propietario estaba en paradero desconocido, el edificio de sus sueños no se iba a vender de la noche a la mañana! Me había surgido la palabra “vender” porque ya, mi amigo había decidido que el edificio algún día sería suyo… -… Teníamos la costumbre de almorzar juntos, una vez a la semana, en Barrachina, un gran café de la Plaza del Caudillo, que estaba muy cerca de mi oficina. Durante un tiempo, dejé de preguntarle por su proyecto, pero con el paso de las semanas José Luis empezó a ponerse nervioso por la falta de progresos en sus averiguaciones. Un día, me confesó que, últimamente, tenía problemas con su esposa, que le machacaba sobre sus cambios de humor. Creo que ella sospechaba que tuviera un lío … -…Yo he sido soltero toda mi vida. Por eso no estoy muy familiarizado en temas como los celos femeninos, pero le puse en guardia. Sabía que mantenía una relación con una chica que había conocido la vez que fuimos a un tugurio llamado “El Oso Negro”, una tal Gloria. La chica era muy joven, mona y él estaba loco por ella. Tal vez, no valía la pena arriesgar su matrimonio por ella, pero cada vez que le lanzaba esta advertencia, José Luis se contentaba con encogerse de hombros… Mi amigo era un hombre serio que no conocía el amor venal como lo conocemos nosotros los solteros empedernidos. Fue todo un descubrimiento y ella le enseñó unas cosas que ignoraba y que nunca habría pedido a su mujer que le hiciese… ¿Me entiende, usted? Tal vez, ella podría ayudarle. Debe conocer mucho más detalles de la vida cotidiana de José Luis que yo. Le aconsejo que hable con ella… Le corté: -Se lo agradezco enormemente señor Villa, pero es la primera vez que oigo el nombre de esta señorita. Le puedo asegurar que su familia ni conoce, ni sospecha de su existencia. No sé dónde vive esta persona. ¿Seguirá viva? -Si, señor García, Gloria aún vive. Por lo menos, vivía aún hace dos meses porque la crucé en la calle y hablé con ella. Era mucho más joven que nosotros dos. Vive justamente en un piso del número 8 de la calle del General Anastasio, un piso que le regaló su amante. Pero dejemos nuestra conversación aquí por hoy. Me encuentro un poco cansado y usted me ha pillado por sorpresa con sus preguntas. Vaya usted a hablar con la señorita Lasso. Que ella le cuente lo que sabe de la vida de mi amigo y vuelva la semana que viene. Yo, por mi lado, pensaré en ello y seguro que recordaré más detalles que comentaremos… ************* El taxista se presentó en la tienda de Gloria Lasso una semana justo después de su primera visita. La mujer estaba sola y le acogió con una enorme sonrisa. -Buenos días, Gloria. Le había dicho que soy un hombre de palabra y aquí estoy. - No lo dudaba… ¿Por fin, que ha decido regalar a los novios? -No se lo va a creer. -¿Por qué? ¿Qué ha pasado? -¡El padre, mi amigo! Cuando le he preguntado sobre los gustos y las necesidades de la pareja me ha respondido. “¡No te preocupes tanto Ovidio! Mándales un talón o hazles una transferencia y basta. Le aseguro que no me he caído del sillón porque Dios no ha querido. Venía con tantas ilusiones y de repente todo se ha ido al garete. No entiendo, ni entenderé nunca estas nuevas generaciones. Así que nada de regalarles una lámpara para que, cuando la miraran, dentro de unos años, se acordaran de mí. Me la quedo yo y para ellos ni talón, ni transferencia, ni nada… Mientras hablaba, no dejaba de mirar a la mujer y notaba algo más que aprobación en sus ojos. Estaba literalmente embaucada… Y era verdad. Su cliente, que no había reconocido como el taxista de hacía dos semanas, le gustaba. Hablaba bien, con calma, pero con firmeza. Era elegante y su voz tenía algo de “latín lover” que siempre le había gustado. Además, ella había vendido la lámpara…Cuando habló la señorita Lasso le tuteo una vez por accidente, lo que convenció al hombre de que su plan estaba funcionando. -Pues, le entiendo, Ovidio. Usted no es ni el primero, ni el último que me cuenta este tipo de comportamiento. Es una pena. Ellos no saben lo que se han perdido. Al contrario, a usted la lámpara le gustará mucho porque puede colocarse tanto en su salón como en su despacho o en su dormitorio. ¿Le puedo hacer una pregunta, Ovidio? -Naturalmente, faltaría más. -¿En que trabaja, si se puede saber? El taxista había preparado su respuesta de antemano, aunque no había previsto que la mujer se la haría tan pronto. En la soledad de su piso o al volante de su vehículo, había repasado todo el catálogo de profesiones posibles, salvo la del taxi, naturalmente. Tenía que ser una profesión difícilmente verificable, acorde con la imagen que quería transmitir, la de una persona acaudalada, tranquila y respetable… -Le va a hacer sonreír o darle envidia, pero la verdad es que ya no trabajo. Lo hice y muy duro antes de recibir una herencia bastante importante que ahora me dedico a hacer fructificar. No lo hago pensando en unos herederos porque no los tengo. Mi única familia era mi hermano mayor, que falleció hace unos años, y los dos éramos solteros. Ahora, gestiono esta herencia lo mejor que puedo para poder transmitirla a unas obras benéficas cuando muera… Había bajado su tono de voz como si hiciera una confidencia a la señorita Lasso. Mientras hablaba, no le quitaba los ojos de encima para evaluar el efecto de sus palabras y le pareció que la reacción era más que favorable. Seguía marcando puntos. No sabía cómo acabar esta discusión sin estropear nada cuando unos clientes entraron en la tienda permitiéndole salir… -Pues, Gloria guárdeme la lámpara, se la pago ahora y vendré a buscarla mañana a estas horas. Y se despidió, pensando: “Esta en el bote…”. Ya estaba pensando en cómo abordaría la próxima etapa… ****************** Decidí no comentar los detalles de este aspecto de la vida de su padre a mi cliente y siempre hablé de ella como “una fuente” para proteger su anonimato. Hice lo mismo con el señor Villa quien, más que amigo, me pareció siempre haber sido en realidad un confidente de la víctima. Me entrevisté varias veces con ambos en sus respectivas casas. Algunas veces, me preguntaba si Federico González sospechaba de este aspecto secreto de la vida de su padre porque nunca me preguntó por ellos dos. Yo fui a ver a la señorita Gloria Lasso a la dirección que me había dado el señor Villa. Allí estaba su nombre inscrito en cursiva sobre una pequeña placa de latón. Antes de que me preguntara algo, dije al portero del inmueble a quien iba a ver. El hombre apenas levantó los ojos de su periódico y me espetó: -Lasso, sexto piso, puerta C. Llamé al timbre y ella me franqueó su puerta. No pareció sorprendida. Era como si me esperase. Después, supe que el señor Villa la había llamado para advertirla de mi visita. “No me creo esto del encuentro casual en la calle. Estos dos se ven con frecuencia”, pensé. De repente, me encontré en frente de aquella chica que José Luis González había conocido durante una visita a un tugurio llamado “El Oso Negro” de la mano de su mejor amigo del Ateneo, Ambrosio Villa. Gloria Lasso tendría unos cincuenta años y nada, ni en su apariencia física, ni en su manera de vestir, ni en la manera de hablar, hacía suponer lo que había podido ser su existencia anterior… Gloria era de estatura media y conservaba, a pesar de los años, un cuerpo esbelto. Tenía el pelo negro, los ojos grandes y el cutis perfecto de una persona que se cuida. Iba vestida como si fuera a salir a la calle. Había tenido suerte de pillarla ahora. Decidí ser franco con ella desde el principio, diciéndole que la familia de José Luis González me había encargado reconstruir su vida desde su juventud hasta su muerte trágica en el solar de la fábrica abandonada de la calle Sagunto. Se mostró muy sorprendida y me dijo, casi sin pensar: -¿No me diga, señor García que alguien de la familia González, sospecha que tuve algo que ver en la muerte de José-Luis? Me extrañó ese rasgo de familiaridad después de todos estos años. No había pronunciado una de las expresiones que uno esperaría como Don José Luis o el señor González, sino que había utilizado esta fórmula familiar y próxima de José Luis, que era su nombre. Un pensamiento fugaz y un poco morboso me pasó por la cabeza: “¿Cómo se llamarían los amantes en la intimidad?”. -En absoluto, señora. No la imagino disparando tres veces sobre su amante. No contestó y aproveché este tiempo para mirarla con más atención. No cabía duda. A pesar de los años, Gloria Lasso seguía siendo una mujer atractiva… Recuperada de su sorpresa, me invitó a entrar y a sentarme en el salón de su piso. .- ¿Cómo me ha encontrado, señor García? Llevo una vida muy tranquila y han pasado tantos años desde que José Luis… Era una pregunta trampa. Algo me decía que el señor Villa le había anunciado mi posible visita. Fue gracias a ella que empecé a recrear ciertos aspectos de la vida del padre de mi cliente en la Valencia de principios de los años setenta, utilizando mi propia investigación, los recuerdos de su hijo y toda la documentación posible relativa a las circunstancias que rodearon su primera compra, la de un inmueble abandonado en el barrio de Ruzafa. Antes de hablarme de su relación con José Luis González, me resumió su vida. -Nací en un pueblo remoto de Cuenca, Villar de Domingo García. Mis padres, que en paz descansen, eran pobres a más no poder. Allí no había, ni hay, cualquier atisbo de futuro para la juventud. Todos emigraban a las grandes ciudades. Mi novio y yo, elegimos Ir a Valencia que nos parecía un sitio más prometedor que la capital de nuestra provincia. Fue un sueño porque no encontramos un trabajo digno para dos jóvenes como nosotros, sin formación y con apenas estudios… Acabé como puta en el “Oso Negro”. Allí tuve de cliente al señor Villa y después me presentó a su amigo José Luis. Gloria me contó que, muy al principio, ella y su amante se veían una vez por semana, primero en el pub del “Oso Negro”. - A él le desagradaba tener que subir a la pensión donde ejercía y pagar la voluntad a la dueña del piso. No tardó mucho en invitarme a un pisito de su propiedad situado encima de su tienda. Después, cuando este edificio en el que nos encontrábamos, se construyó, empezamos a verse dos o tres veces a la semana, un piso que él me regaló. Insistió en que su amante era un hombre de costumbres en todos los aspectos de su vida, salvo en la intimidad donde “no dudaba en pedirme que le hiciera lo que su esposa ni conocía, ni habría tolerado y que había descubierto conmigo”. En una ocasión, al vestirse después de hacer el amor, le habló de los inicios de su gran proyecto: -…Llevaba una vida muy ordenada. Iba andando de su domicilio a su tienda y de su tienda a su domicilio, porque no le gustaba conducir. Recorría siempre el mismo camino, pero, un día, cambió sus hábitos y cogió una de las calles paralelas a su trayecto habitual. Cuando se paró en un cruce para dejar pasar el tráfico, se percató de que había, a poco distancia, una casa antigua que le pareció abandonada. La fachada estaba muy deteriorada. Las ventanas se encontraban cerradas y protegidas por unos postigos cuya pintura había conocido tiempos mejores. La puerta de entrada era de madera y estaba protegida por una verja intacta. A pesar del paso de los años, no parecía que nadie la hubiera franqueado recientemente. La finca tenía solamente dos alturas mientras los edificios colindantes, también antiguos, tenían varias alturas más. Todos databan de mediados del siglo XIX cuando este barrio se urbanizó… -…A partir de aquel día, José Luis decidió cambiar su recorrido habitual para pasar delante del misterioso inmueble abandonado. Se fijó que la fachada no era muy ancha y contó con sus pasos que no llegaba a veinticinco metros. Llegó a conocerla hasta poder describírmela de memoria. Según él, nunca veía a nadie en el edificio. Los postigos y la puerta se mantenían siempre cerrados. Tampoco observó ningún signo de vandalismo o de ocupación ilegal. Solamente había una fina línea horizontal que los años no habían borrado y que marcaba hasta dónde había llegado el barro durante la gran riada de 1957. Durante mucho tiempo, no se atrevió a hablar con nadie más que conmigo de su descubrimiento. Al verlo tan indeciso, le empujé a dar un paso más y, un domingo, decidió levantarse muy pronto, dio cualquier excusa a su mujer y se fue hasta el edificio que le desasosegaba. Una vez allí, vio a una anciana que salía del inmueble de la derecha. Pensó que, probablemente, iba a oír la misa matinal en la iglesia más próxima. En este mismo instante, le surgió la idea de entrar para ver si, desde allí, podía descubrir algo más. Empujó la puerta pero no se abrió. Al ser un día festivo, el portero no estaba y, sin llave, no podía entrar salvo que tocara a varios timbres al azar. A través del cristal de la puerta, vio que otra persona se preparaba para salir. Esperó que aquella mujer saliese, haciéndose pasar por un familiar de la casa. Subió por la escalera con todos los sentidos en alerta por si venía alguien. Al llegar al primer rellano, abrió sigilosamente la ventana de la escalera que daba sobre la parte trasera de los edificios. Desde donde se encontraba, pudo ver que se prolongaba por unas vidrieras que parecían proteger unos talleres. Pero en la zona que prolongaba el edificio abandonado, no había ninguna construcción, sino un solar abandonado, invadido por la maleza. Hasta un par de árboles empezaban a crecer… Era todo. Ya hacía unos minutos que la mujer me había mandado signos que quería poner fin a nuestra conversación: -Lo siento, señor García pero no esperaba su visita y debo irme ahora mismo. Tengo que abrir mi tienda. Es mi sustento. -¿Una tienda, señorita Lasso? -Si tengo una tienda de decoración. Está situada en un barrio nuevo, cerca de la universidad. Funciona bien. Por lo menos, me permite vivir... Con los detalles que había recibido de la antigua amante de su amigo, volví a visitar al antiguo banquero, el señor Villa, para completar mi información. Me recibió sin problemas. Parecía alegrarse de mi visita porque, al no tener familia, sufría bastante de la soledad. No me preguntó por mi visita a la señora Lasso, lo que me hizo pensar que habían hablado entre ellos. -…Las relaciones de José Luis con sus suegros se habían deteriorado mucho. Me contaba que su suegra no tenía más manía que llamar a su hija a todas horas para preguntarle sobre la vida de la pareja. Esta actitud le molestaba mucho, a pesar de que las dos mujeres intentaban mantener sus conversaciones cuando él no estaba en casa. Por otra parte, él se había vuelto irritable, teniendo un verdadero pánico de perder “su compra”. Le aconsejé que llamara a su tío del cual me había hablado varias veces y en quien tenía una confianza absoluta: Trabajaba justamente en el departamento de urbanismo del Ayuntamiento de Valencia. Cuando José Luis le mencionó el nombre de la calle al antiguo militar, éste le había interrumpido, diciéndole: -“¡Cuidado con ese barrio, José Luis! Sé que existe un plan por parte de Urbanismo para ensanchar varias calles. El Ayuntamiento expropiará estas casas bajas a precio tasado para derribarlas. Además, como gran parte de la superficie expropiada va a ser transformada en calle, el valor de tasación va a ser irrisorio. Un propietario, que se considere perjudicado, puede siempre recurrir delante del Tribunal Contencioso Administrativo, pero éste es muy lento y poco propenso a dictaminar contra la Administración.” -…Al no tener suficiente información y al no estar seguro de lo que había descubierto desde la ventana del edificio colindante – el solar vacío-, no dijo nada a su tío y decidió seguir recabando información por su cuenta. No sé por qué, me seguía comentando regularmente sus progresos y me solicitaba consejos. -…Acordamos que antes de todo, había que localizar a Manuel Estébanez, el misterioso propietario del inmueble, objeto ahora de todos sus deseos. Al principio, sus pesquisas resultaron vanas. No había señales de esta persona en toda Valencia. No había nacido, ni muerto en ninguno de los barrios. Decidimos que había que extender la búsqueda a los barrios periféricos, pero tampoco encontró nada. Sin estos datos, su proyecto no tenía futuro. ¡Para comprar algo hay que tratar con su propietario o con su representante y este hombre parecía no existir o no parecía haber existido nunca! En sus días de peor desesperación, José Luis dudaba hasta de su existencia. Yo le animaba. Volvió al Registro para ver si el empleado había cometido algún error. Rellenó de nuevo el formulario de solicitud, pagó otra vez la póliza…. y obtuvo el mismo resultado. Los datos registrales de las propiedades, situadas en la manzana, habían desparecido en un incendio. No era un caso único en Valencia y, de hecho, hacía años, que el Ayuntamiento había empezado a reconstruir el registro de otras zonas, pero todo iba muy lento. Le dijo el empleado: -“Hay que reconocer que no es una tarea fácil. Se trabaja sobre este asunto desde hace diez años. Van progresando, pero tardará un poco”. .-José Luis preguntó: -¿De cuánto tiempo estamos hablando? -El otro le contestó: -“Nos hará falta por lo menos otros tres o cuatro años….” -Esta respuesta descorazonó a José Luis. ¡Según las informaciones que había recabado gracias a su tío, las expropiaciones debían empezar en menos de dos! Decidió volver a abrirse a su padrino, explicándole su proyecto y en qué punto se encontraban sus averiguaciones. Este prometió ayudarle, retrasando todo lo que pudiera los procesos administrativos por parte del Ayuntamiento, dando la prioridad a actuaciones en otras zonas de la ciudad. -“Pero José Luis, date prisa, Todo lo que puedo hacer es retrasar el examen del expediente por parte del concejal. No puedo anularlo…” - Mi amigo no sabía ya qué hacer, cuando una tarde, jugando al dominó en el Ateneo Mercantil, oyó una conversación que le dio una idea. Después de una partida particularmente reñida, uno de nuestros contrincantes con un vaso de vermut en la mano comentó que un pariente suyo había emigrado a América en los años treinta. Todos los presentes entendieron que, en realidad, se trataba de su padre y que la fecha no era precisamente la del principio, sino la del final de la guerra. “¿Y si había sido también el caso del señor Estébanez?”, se preguntó entonces José Luis. Podía ser, pero era como buscar una aguja en un pajar. ¡Había tantas fechas posibles y tantos países donde este enigmático personaje había podido emigrar…! ¿Por dónde empezar, si no sabía ni dónde había nacido este sujeto escurridizo…? -…Años antes, le había presentado a un buen amigo mío, el señor Mejía, que era el director de las Aduanas de Valencia. Los dos habían hecho buenas migas y José Luis le mandaba todos los años dos jamones de jabugo de calidad excepcional. Era verdad que necesitaba, a veces, su benevolencia al momento de examinar las licencias de importaciones de los productos que provenían del extranjero. Mejía, por su pasado de falangista, conocía a mucha gente en todas las administraciones y podía serle útil. Le aconsejé que recurriera a él con el argumento un poco simple pero verosímil de que buscaba información sobre un pariente suyo llamado Manuel Estébanez, justo el nombre del hombre que buscaba desde hacía meses. Debía presentarle como un tío suyo, que había emigrado a América del Sur al momento de la contienda. Le diría que la familia no conocía la fecha exacta porque entonces él era muy joven y había vuelto a vivir en Alberique. Inventaría que la mujer del desaparecido acababa de fallecer sin comunicar esta información a nadie y que, ahora, había que resolver el papeleo de la herencia… Invitó a Mejía a comer, como solía hacer un par de veces al año en el restaurante de los Viveros. Durante la comida, le contó esta lastimosa historia y preguntó a “su amigo” si podía ayudarle, abriéndole los archivos de la Aduana correspondiente a estas fechas. -… Mejía no levantó ninguna objeción y no indagó más. Le dijo que lo haría con mucho gusto porque quería justamente pedirle un pequeño servicio. Necesitaba encontrar un lugar discreto donde pasar dos tardes a la semana con “una joven amiga”… José Luis entendió enseguida el trato que era muy común entre conocidos. Era el famoso “una vez por ti, otra por mí”. Así funcionaban y siguen funcionando las cosas en nuestro país. José Luis le aseguró que le prestaría un par de veces a la semana el pisito que tenía encima de la tienda de la calle Ruzafa donde le gustaba echar una cana al aire con Gloria. Los dos hombres alternarían los días. El director de las Aduanas podría utilizarlo los martes y los jueves por la tarde y éste le aseguró que, a su vez, pondría a su servicio uno de los empleados del archivo. La cosa salió bien porque dos meses más tarde, Mejía le entregó un sobre con los datos que buscaba relativos a su “tío abuelo, deseando que así se resolviese el lio de la herencia familiar”... -… José Luis le dio las gracias y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no abrir el dichoso sobre delante de él. Esperó a estar en su despacho para abrir el sobre marrón. Una vez leída, vino a contarme su hallazgo. Me pilló en el banco y, desde allí, fuimos a tomar algo a Barrachina, nuestro sitio preferido donde me enseñó la nota. Estaba eufórico. Durante las semanas siguientes, me repitió tantas veces su contenido hasta tal punto que lo memoricé y se la puedo repetir después de todos estos años. Decía que: “Manuel Estébanez Serra, nacido el 14 de diciembre de 1898 en Játiva y con pasaporte expedido por la Jefatura de Policía de Valencia el 5 de marzo de 1938, se había embarcado en Valencia el 23 de septiembre del mismo año en el vapor “Moctezuma” con destino al puerto de Veracruz, (México)”. No estoy del todo seguro de la fecha del pasaporte, pero me llamó la atención que había muy poco tiempo entre la fecha de su emisión y la del viaje del señor Estébanez. Le acompañaba una pequeña nota de su contacto que le recordaba que no olvidara a un tal Juanito que había “sudado la gota gorda para localizar a su tío”. De hecho, José Luis me aseguró que aquel funcionario muy trabajador había recibido estas Navidades la cesta más grande que había visto jamás. - …Con esta noticia, José Luis recuperó el ánimo. ¡Por primera vez, el propietario del inmueble abandonado de Ruzafa tenía más que una simple identidad! Le recomendé la prudencia. Contaba conmigo para todo y, una noche, cenando en el restaurante de Lionel en el número 4 de la calle d’en Llop, establecimos una estrategia. La etapa siguiente en su investigación sería de hacer una visita al consulado de México en Valencia. Debido a la actitud favorable a la República de este país durante la Guerra Civil, la España franquista seguía manteniendo con México un nivel de relaciones diplomáticas bajo. De hecho, había solamente un cónsul honorario en Valencia. Él no era diplomático de carrera y creo acordarme que se llamaba Francisco Echeverría o algo así. Tenía la doble nacionalidad y debía este puesto a sus negocios relacionados con las importaciones de frutas tropicales desde el país de los aztecas. José Luis y yo, le conocíamos de vista por haber coincidido con él en varias comidas del Ateneo Mercantil. Aprovechando una conversación sobre el cultivo de aguacates, el oro verde del estado de Michoacán, mi amigo le preguntó si podría ayudarle a localizar un pariente suyo, un tío abuelo, que había emigrado a México en el año 1938. ¡Creo que Echeverría estaba muy acostumbrado a este tipo de solicitudes! No vivíamos en la época inmediatamente posterior a la victoria del bando nacional. En los años que nos interesan, el gobierno había abierto bastante la mano, pero los solicitantes seguían utilizando todo tipos de artimañas para ponerse en contacto con familiares muy próximos, padres o hermanos, presentándolos siempre como parientes lejanos, tío abuelos, o primos de tercer grado y que habían escapado antes del final de la Guerra Civil. Abrió su pequeña agenda y anotó los datos que le dio mi amigo, el dueño de la conocida tienda de delicatessen del cruce de la Gran Vía con Ruzafa. Se rio cuando me lo contó: “Servicio por servicio” había pensado “Tengo otro cliente para mis productos...” Le pagó como anticipo con unos jamones como a sus contactos anteriores. -....Señor García, debo decirle que el cónsul Echeverría era un hombre de negocios que sabía perfectamente lo que tenía entre manos. El Gobierno mexicano no le pagaba ningún salario o muy poco por sus tareas diplomáticas que, de todos modos, eran leves, apenas dos mañanas y una tarde a la semana. En consecuencia, el hombre se había inventado un negocio bastante lucrativo con aquellos trabajos de “búsqueda de familiares”, racionando la información para exprimir un poco a sus clientes siempre ávidos de noticias. Fue lo que ocurrió con José Luis. Los datos le llegaban a cuenta gotas. -….Fue gracias a Echevarría que él se enteró de que su “tío abuelo” había desembarcado en Veracruz en una fecha de la cual no me acuerdo pero que debió ser una semana más o menos después de su salida. En otra remesa, el avispado diplomático le comunicó que el señor Estébanez no parecía que se había quedado allí mucho tiempo, sin darle más información. La traducción del mensaje era clara: “Hay que pagar más si quieres conocer el siguiente capítulo”. Las conversaciones que yo mantenía con el señor Villa se desarrollaban siempre en un ambiente agradable. Había descubierto que al anciano le gustaba el whisky y, para mejorar nuestra complicidad, le había regalado une botella de Glenfiddich de 15 años de antigüedad que me había costado lo mío, pero que esperaba cobrar a mi cliente. La falta de precisión en las fechas exactas de los movimientos del señor Estébanez me preocupaban un poco, pero yo era consciente de que no podía pedir mucho más al anciano. ¡Bastante hacía ya, recordando unos hechos que databan de casi veinte años atrás! Para relajarle, intentaba, de vez en cuando poner sobre el tapete la figura de la señorita Gloria Lasso. A cada mención de este nombre, una chispa encendía sus ojos, una chispa que me convencía de que seguía habiendo algo entre ellos. ¿Había sido así también del tiempo de José Luis González? -… Señor García, volviendo al tema que nos ocupa, José Luis estaba tan obsesionado con su proyecto que, a pesar de la rabia que le causaba este chantaje, “pagaba”. Además, el tiempo apremiaba porque no sabía cuánto tiempo su tío podría retrasar el expediente de las expropiaciones. Cada mes, el cónsul le recibía muy sonriente en su oficina de la segunda planta de la plaza Cánovas del Castillo, número uno. En cada ocasión, le soltaba unos elementos más de la información que obraba en su poder. El precio era unas entregas de quesos franceses u holandeses, botellas de coñac o un jamón de Jabugo que llegaban directamente al domicilio particular del sinvergüenza. De esta forma, José Luis se enteró de que Manuel Estébanez se había mudado a México Distrito Federal en 1939 donde había contraído matrimonio civil con Juanita Pillajo Toapanda. Otro envío le permitió saber que el matrimonio había abandonado México rumbo a Chile en 1946… Llegado a este punto, el cónsul le confesó que no sabía nada más. ¡La extorsión había acabado por fin, pero ahora había que empezar todo de cero, esta vez en Chile! ¡Era como una persecución, pero el propietario en fuga le llevaba más de diez años de ventaja! Muchos años después, yo imaginaba al señor González despertándose en mitad de la noche al lado de su esposa, plácidamente dormida, preguntándose si llegaría a tiempo antes de la fecha fatídica y cuánto le costaría llegar a esta meta que parecía en perpetuo movimiento, pero alejándose de él. Me hizo pensar a la paradoja de la tortuga y Aquiles de Zenón (*). Entendía muy bien su frustración porque yo padecía de la misma en cuanto a la situación del padre de mi cliente. Durante otra visita al antiguo banquero, el señor Silva me habló de Chile. (*) La paradoja del filósofo griego Zenón de Elea (495 AC - ¿) que explicaba a base del concepto de los intervalos sucesivos decrecientes, que el veloz Aquiles nunca conseguirá alcanzar la lenta tortuga… -… Habíamos acordado entre nosotros que no cabía otra solución para José Luis, que volver a empezar de nuevo sus averiguaciones, esta vez, en el consulado de Chile que estaba ubicado en la calle Marqués de Sotelo, 4. La diferencia era que, ahora, trataría con diplomáticos profesionales y no con extorsionadores como el señor Echeverría, que seguíamos viendo en el Ateneo Mercantil y que él no se atrevía a “mandarle a tomar viento” por si, más tarde, le volvía a necesitar. -…El señor Frey, el cónsul de Chile, resultó más ameno, directo y, sobre todo, íntegro. Después de recibir toda la información de parte del español, él puso sus servicios a buscar información sobre el señor Estébanez y su esposa. Llamó a José Luis a las pocas semanas. El tema había progresado mucho. El matrimonio se había instalado en Valparaíso al poco tiempo de llegar a Chile y de hecho la mujer de su tío, Juanita, era chilena. El marido se había dedicado a negocios relacionados con la pesca, llegando a ser propietario de un barco de arrastre para la captura de la merluza. Su empresa había funcionado hasta 1956 cuando, según un artículo del periódico “la Estrella de Valparaíso”, cuya copia le facilitó el consulado, el señor Estébanez había muerto ahogado en el naufragio de su barco durante une tormenta de características excepcionales mientras faenaba en las costas de las islas Juan Fernández. Cuando José Luis recibió la noticia, él estaba tan impregnado de su personaje y tan convencido de su relación con el señor Estébanez, que no le costó nada adoptar la actitud de un sobrino destrozado. Recobrando la compostura, le confesó su inquietud en relación con la herencia “que le urgía resolver”. Decidió hacer una última petición: -“¿Podría usted averiguar si mi tío tenía algún heredero? porque tenemos que preparar la partición de la sucesión cuanto antes” -La respuesta tardó lo que tardaba la valija diplomática vía Madrid y Santiago de Chile, es decir unos quince días. Los dos festejamos esta excelente noticia con una comilona en el restaurante La Hacienda, en la calle Navarro Reverter. Me enseñó el texto que decía algo como: “Don Manuel Estébanez Serra, ciudadano español, con doble nacionalidad chilena por matrimonio, nacido el 14 de diciembre de 1898 en Játiva (España) y muerto el 2 de agosto de 1956, casado en régimen de comunidad de bienes en Veracruz (México), el 12 de noviembre de 1938 con Juanita Pillajo Toapanda, muerta el 25 de diciembre de 1962, había nombrado herederos a los sobrinos de su mujer. Se trataba de Juan y de Francisco Pillajo López, cuya dirección era calle Libertador General Bernardo O’Higgins nº 7 en Valparaíso (Chile) “. Me invento las fechas, salvo los años, pero no los nombres. Los tengo grabados en mi memoria… Desgraciadamente fue lo último que pudo conseguir de este testigo de excepción porque a la semana el señor Villa fue víctima de un ictus que le dejó totalmente inválido. La persona que me avisó de lo que le había pasado fue la señorita Gloria Lasso, una cosa que no me extrañó del todo porque intuía desde hacía tiempo que aquellas dos personas no solamente se veían, sino que tenían una estrecha relación. ¿Podría la antigua amante de José Luis González ayudarme a llegar hasta el final de esta persecución? ********************** La próxima etapa que se había fijado el taxista era la de afianzar su incipiente trato con Gloria Lasso. Gracias a ella, tendría una visión más completa de la situación del inmueble. Sería mucho mejor si, de paso, podía entablar con ella una relación íntima que le cambiaria de las citas tarificadas con las furcias del Barrio del Carmen, a las cuales recurría regularmente para satisfacer su libido. Se trataba de una mujer madura, muy bien conservada y, de lo que había podido ver, con un cuerpo perfecto. No parecía una mojigata. Se seguían hablando de usted, pero utilizaban sus nombres de pila con naturalidad. Ya conocía el truco que iba a utilizar para engatusarla: la comida… A casi todas las mujeres que había conocido, a parte de las rameras, les gustaba que sus hombres supieran cocinar algo y, precisamente, él, de guisar, sabía un montón y le gustaba. Además, una buena cena en casa podía ser el escenario perfecto para una buena sesión de sexo. Averiguó que la cocina le gustaba a la señorita Lasso por una conversación que habían mantenido el día que había ido a buscar la dichosa lámpara. Sin venir, a cuenta le había preguntado dónde creía que podría comprar unos buenos boletus. -¿Unos buenos boletus, para qué? -Es que soy un poco cocinillas y un amigo me dio a probar unos canelones con boletus riquísimos. Me gustaron tanto que le pedí la receta y este cabrón, ¡perdón!, no me la quiso dar, aludiendo que se trataba de un secreto que aprendió de su madre, ¡una bobada! Entonces, busqué la receta en un viejo libro de cocina que compré hace tiempo en el Rastro y la encontré. Ahora me queda solamente localizar la materia prima y una persona con quien compartirlos. Acababa de inventarse todo este cuento, pero, al ver la cara de la mujer, supo que la tenía fascinada. -Ovidio, creo que el mejor sitio para encontrarlos es el Mercado Central. No suelo comprar allí, a pesar de que me gusta, porque vivo sola, pero, cada vez que voy por allí, veo unos puestos con un género muy apetitoso y creo que de precio es un sitio recomendable… -Muchas gracias. Seguiré su consejo y cuando tenga este plato a punto… La mujer iba a decirle algo, pero él decidió robarle la palabra. Era el momento de la estocada: -Ya lo sé Gloria. Usted se apuntaría para una degustación. Pues le tomó la palabra. -Pues, no le digo que no. Si, de verdad, usted es tan buen cocinillas, no veo por qué su invitación tiene que tardar tanto… Pensó: “Está en el bote. La primera vez en mi casa, la segunda en la tuya y allí…”. Le contestó: -De acuerdo. Solo necesito unos días para organizarme. A pesar de todo, soy una persona muy atareada, aunque probablemente menos que usted. Justamente tengo un viaje a Madrid para resolver un asunto de importancia. Pero dígame: ¿Qué día de la semana le va mejor, Gloria? -Creo que podría ser el sábado, pero no éste, sino el próximo. ¿Qué le parece, Ovidio? -Para mí, muy bien. ¿Qué prefiere? ¿Venir a comer o a cenar? -La cena me vendría mejor porque, los sábados, abro solamente por la mañana y generalmente es un día de mucho ajetreo. Mis clientes no trabajan y se van de compras… -Lo entiendo. Verifico lo de mi viaje y le llamo para concretar los detalles. Tengo su número de teléfono en la tarjeta de la tienda. Y así habían quedado. Solamente le faltaba organizar todo lo de la cena. Era cosa hecha. ************************ Yo llamé a la señorita Lasso pidiéndole ayuda. Ella estaba perfectamente al tanto de lo que había ocurrido al antiguo banquero y me ofreció su ayuda, pero no recurrí inmediatamente a ella porque, a mi gran sorpresa, mi cliente muy motivado por mis descubrimientos hasta la fecha, empezó a cooperar. Hacía tiempo que él estaba interesado en la pista del negocio inmobiliario, realmente la única pista que tenía y seguía. A él también le parecía prometedora. Me comentó que su propio padre había contado parte de la historia a su tío, el antiguo guardia civil y que éste, a su vez, le había contado, poco antes de morir, haciéndole prometer que no revelaría a nadie el resto de la historia. Federico González estaba ahora decidido a romper esta promesa, empujado por el afán de descubrir a los autores de la muerte de su padre y me contó durante una de nuestras reuniones periódicas en mi despacho: - …Nuestro padre nos habló un par de veces de su famoso viaje a Chile. Él nunca había cruzado el charco antes y tampoco lo cruzó después. Contaba que había ido allí para cerrar un trato importante con el propietario de un terreno que quería comprar. -¿Mencionó cuál? -No. Éramos jóvenes y no preguntábamos mucho. Él hablaba de una herencia, de la emigración causada por la Guerra Civil. Inmediatamente después se centraba sobre este tema que le había marcado mucho. Nuestro padre lo había pasado muy mal durante y, sobre todo, después de la guerra. Si no hubiera sido por su padrino, el tío Pepe, que era guardia civil y se ocupó de él después de hacerle salir del orfanato, su vida y la nuestra habrían sido muy diferentes… -Volviendo sobre el tema que nos interesa. Su padre voló hasta Chile… No me contó mucho más que generalidades. Sus recuerdos se limitaban a la despedida en el aeropuerto para desear buena suerte al intrépido viajero, las lágrimas de su madre y su inquietud durante el tiempo en que su esposo estuvo fuera porque, en aquellos años, una conferencia transatlántica costaba una fortuna sin contar con las molestias de la diferencia horaria. Él se acordaba de dos telegramas escuetos, recibidos: el primero anunciando su llegada “sano y salvo” en el país andino y el otro que informaba de que la gestión, que había ido a hacer allí, había sido fructífera y que precisaba la fecha y la hora de la vuelta. Después, fueron la recepción en el aeropuerto de Manises, los abrazos y la apertura de los regalos en el salón de la casa… Fue la señorita Lasso, la persona que me dio más información. Visiblemente, José Luis González le había hecho muchas confidencias que había completado por lo que le había contado el señor Villa, unos años más tarde cuando ella le visitaba como “amiga”: -…José Luis estaba transformado por las buenas noticias que le habían dado los funcionarios del consulado de Chile. Dedicó los meses siguientes a preparar su encuentro con los que llamaba delante de mí “sus primos chilenos”. Utilizó los servicios de su abogado y los consejos del cónsul, que entre tanto se había convertido en un verdadero amigo, hasta tal punto que le introdujo en la sociedad del Ateneo Mercantil donde fue muy bien recibido, ocupando un sitio en la mesa al lado de su amigo Villa durante las partidas de dominó. Preparó un falso cuadro particional con un oficial de notaria que conocía y un contrato de compra venta del edificio del número 8 de la calle del General Anastasio entre “los primos” y él. Con la ayuda de su tío, hizo el cálculo de lo que podía valer el inmueble cuando fuera expropiado. Decidió que utilizaría este argumento en la negociación con sus “parientes”. Pero su golpe de genio fue, al último minuto, cambiar las pesetas españolas en dólares, aunque esta decisión le costó lo suyo. En aquellos años, obtener divisas era toda una aventura, pero para el dueño de una de las tiendas de delicatessen más apreciadas de Valencia no era imposible, especialmente si eras íntimo del director de la Urbana Principal del banco Comercial. Este último tenía sus contactos en la Dirección General de Transacciones Exteriores (DGTE), el organismo que debía dar su visto bueno en el caso de la compra de divisas por encima de cierto importe. José Luis se sacó un pasaporte y él, que nunca había salido de España, emprendió un largo viaje aéreo desde Valencia hasta Valparaíso… - …José Luis había repasado docenas de veces, primero delante del señor Villa, después delante de mí y, al final, en solitario el guion de la entrevista con “los primos” Juan y Francisco. Allí, se alojó en el Hotel Reina Victoria, desde donde me mandó una tarjeta postal que llegó dos días después de su vuelta. Estaba situado en la calle Sotomayor, cerca del mar. Era el sitio donde citó a los dos hombres. Lo había elegido por su proximidad al consulado de España donde debía desarrollarse el segundo acto de la comedia que representaría. ************** El piso del taxista se encontraba a menos de diez minutos andando del de Gloria Lasso. Era un piso pequeño pero cómodo: dos habitaciones, un salón comedor espacioso, cocina y baño. Estaba situado en el primer piso lo que hacía que la ausencia de ascensor, muy común en los edificios de este barrio, no fuera un hándicap importante. El tiempo que el falso Ovidio debía dedicar a un viaje de negocios imaginario en Madrid, él lo empleó en adecentar un poco su morada para poder asemejarla al piso de un soltero cincuentón, que se dedicaba a gestionar su patrimonio. El dinero para esta reformita no era ningún problema para él. En la nueva etapa de su vida, se había convertido en un hombre frugal y, antes de transformarse en taxista, durante lo que él llamaba “su época de sicario”, había podido amasar bastante dinero que nunca había gastado. En solo cinco días, el piso había sido renovado. La nueva lámpara de color sangre de buey se encontraba en un sitio muy visible del salón… Él la llamó con cuatro días de antelación para citarla, precisando su dirección, Carrer de Sueca, nº 23, primer piso, puerta B y la hora del encuentro. No quería precipitar las cosas. En su “vida anterior” había aprendido a ser cauto, a no precipitarse y a observar a su presa durante el tiempo necesario antes de golpear… Esta primera cena íntima resultó ser muy amena. Además de degustar los anunciados y riquísimos canelones con boletus, Ovidio supo dar a la conversación un tono divertido. Sin ser pedante, contó a su nueva amiga varias anécdotas divertidísimas de sus “viajes” por varios países, lo que reforzó la imagen que quería dar de sí, la de un hombre de negocios conocedor del mundo. La mujer, embelesada, no sospechó en ningún momento el verdadero objeto de tales desplazamientos... Él la hizo beber sin abusar y en ningún momento tuvo un gesto que podía prestarse al equívoco. Apenas la rozó una vez con la mano, a pesar de que le quemaba el deseo. “Contrólate, contrólate. Todo vendrá a su debido tiempo”, le murmuraba su conciencia, suponiendo que tuviera una. También supo hacerla hablar sobre su vida actual. “una vida muy tranquila, a veces demasiado tranquila, como le corresponde a una persona de mi edad”, le dijo con una pizca de nostalgia. Le preguntó discretamente sobre sus amores. “No, no, en este momento no hay nadie en mi vida.”, le contestó con un aire burlón como si fuese una media promesa. Como la presionaba un poco sobre su pasado, salió airosa. A pesar de una ligera embriaguez, ella fue muy discreta sobre su pasado, lo que reforzó la impresión del taxista que “detrás de todo esto, había gato encerrado. ¿Hubo algo entre ella y el estafador?”. Él se guardó de bombardearla con preguntas, respetando sus silencios y sus respuestas escuetas. Le preguntó a dónde vivía, porque oficialmente no lo podía saber, ofreciéndole llevarla a su casa en coche. Ella se negó, aludiendo que había venido andando y que volvería de la misma manera. -Gracias Ovidio, eres muy amable, pero vivo en el número 8 de la calle General Anastasio. Tardaré menos de diez minutos andando. El barrio es seguro y no me pasará nada. Resultó evidente al falso Ovidio, que, a pesar de su negativa, ella había apreciado el ofrecimiento. Ahora, “oficialmente” sabía dónde vivía. -Ah, sí, veo tu inmueble. Paso por delante a veces cuando me paseo. .Se separaron con un par de castos besos en la mejilla. Ya se tuteaban, “Ovidio y Gloria por aquí, Ovidio y Gloria por allá”. Ella le felicitó otra vez por la decoración “sobria pero acogedora” de su piso y, finalmente, hubo la promesa de un nuevo encuentro, esta vez en el piso de la mujer, justo lo que él buscaba… ********************* Gloria seguía contándome sus recuerdos: -…José Luis había decidido parar un día entero en Santiago de Chile para descansar después de un viaje agotador y recuperarse de la diferencia horaria. Nunca había viajado en avión y nunca había ido tan lejos. Antes, lo más lejos que había viajado era a Formentera donde había hecho una mili muy tranquila. Originalmente, debía ir a Menorca donde las condiciones eran mucho más duras y donde se mandaba a la gente sin relaciones, pero su tío y padrino había intervenido para evitárselo. Fue y volvió en barco. Después, se había ido a Palma de Mallorca en su luna miel, también por vía marítima. La sola idea de volar en un avión, casi veinticuatro horas con unas pocas escalas, le aterrorizaba y fue al punto de torpedear su proyecto. Al final, no lo pasó tan mal. Me dijo que las azafatas, que califico de “muy guapas”, habían sido muy amables. Creo que lo dijo para hacerme rabiar. Dedicó unas horas para ir a la Oficina Central de Correos. Quería mandar tres telegramas, uno a su familia, uno al señor Villa y uno a mí. Me emocioné tanto cuando recibí esta media docena de palabras que lo conservé durante muchos años... La mañana siguiente, tomó otro avión para Valparaíso. Esta vez, no tuvo miedo. Era un viajero con experiencia … -… En Valparaíso, dedicó una jornada “a reconocer el lugar” y a pasear como lo hacía todos los días en Valencia. Los hermanos Francisco y Juan Pillajo se mostraron muy sorprendidos por la aparición de su pariente español. No tenían ni idea de que el tío Manuel, con el cual tampoco habían tenido mucha relación, tuviese aún familia en España. José Luis lo vio como un signo positivo. Sus padres siempre habían presentado al marido de la tía Juanita como un refugiado que había dejado su país en el momento de la Guerra Civil. Las pocas veces que le habían visto, les pareció un hombre silencioso y triste. Su empresa de pesca le permitía llevar una vida modesta a cuenta de pasar largas temporadas en el mar. José Luis se había preparado para explicar la relación familiar que existía entre ellos. Él era el único nieto de la hermana mayor de Manuel Estébanez. El documento era falso y lo había confeccionado alguien del hampa del puerto de Valencia, experto en falsificaciones, que, de vez en cuando, le ayudaba a sacar de los almacenes de la aduana unas mercancías perecederas que no podían esperar los lentos trámites administrativos... Mientras la señorita Gloria Lasso hablaba, la observaba. Me pareció distinta de las otras veces. ¿Eran los recuerdos de una época feliz de su pasado que la emocionaban? No. Era otra cosa. Aquel brillo en los ojos me hizo pensar que la mujer podía estar enamorada otra vez. No podía ser de mí. Nunca le había dado ninguna esperanza de nada. Había sido siempre afable, pero serio y profesional. Estoy felizmente casado y no me dedico a flirtear con clientes o con testigos. ¡La cosa siempre acaba mal! Tampoco, ella se me había insinuado. Era una mujer guapa, muy cuidada y atractiva, pero tenía por lo menos diez años más que yo. Al ver mi mirada fija, se había parado como interrogándose “¿Y a éste que le pasa? ¿No me estará tirando los tejos?”, podía estar pensando. Decidí romper el hechizo. -Lo siento señorita Lasso. Durante unos segundos, pensé en otra cosa. Continué, por favor. -Señor García, le estaba contando el primer encuentro entre los protagonistas de esta historia. José Luis se fundió en un abrazo con “sus primos”. Les dijo que hacía años que intentaba ponerse en contacto con ellos. Embelleció un poco la historia de su búsqueda, dándose el rol del pariente desinteresado, el de una buena persona que siempre se había preocupado de la familia. Su (falsa) tía había vivido en la casa de la calle del General Anastasio hasta su muerte. Cuando se había abierto su testamente, el notario le había informado de la existencia de otro propietario, Manuel Estébanez, su hermano. Descubrir donde vivía su tío, que había dejado muy pocas pistas detrás de sí, había sido una hazaña pero, por fin, estaban todos reunidos. Se fundió en otro abrazo no exento de lágrimas… -…Los dos hermanos no tenían ni idea de que, gracias a su tío abuelo, tenían intereses en un inmueble abandonado en Valencia. José Luis pudo verificar con estupefacción que ni siquiera conocían la ubicación exacta de esta ciudad situada al otro lado del océano. Tenían poca instrucción, uno era camarero y el otro estibador. Sus recursos económicos eran modestos y él estaba convencido de que, en ningún caso, se plantearían viajar a España. No tenían pasaporte, ni dinero y nunca, hasta la fecha, habían salido de su país para verificar lo que les contaba. Para ellos, Santiago de Chile parecía el sitio más lejano donde algún día podrían aspirar a ir. El hecho de que todo podía resolverse, sin que abandonasen su ciudad, era un triunfo en su baraja. Les enseñó unas fotos en blanco y negro que presentaban una vista no muy ventajosa de la calle y del inmueble. Les habló de los proyectos del Ayuntamiento. Extendió delante de ellos unos planos del barrio que había confeccionado y que mostraba el efecto que tendría la expropiación forzosa sobre la propiedad. No entendían nada, sino que el asunto era de una complejidad extrema y que solamente su “primo”, que vivía allí, podría resolver, comprándoles su parte. José Luis se guardó de hablar de dinero hasta que Juan, quien parecía el más tonto de los dos, le preguntó: -“¿Pero todo esto cuánto vale, primo José Luis?”. -Tenía la respuesta preparada, pero se tomó su tiempo antes de responder, haciéndoles ver con su gesto que el tema era complicado. Aplazó otra vez su respuesta, enseñando unas fotos de los miembros de la familia, mientras disfrutaba, contemplando la creciente impaciencia de los dos hombres. No en vano José Luis había pasado varias décadas negociando la compra del género que vendía en sus tiendas. Conocía todas las artimañas de una buena negociación, la paciencia que hay que tener y la elección del mejor momento para lanzar su oferta: -“A decir verdad, no se sabe con exactitud, porque como os he dicho, existe un proyecto muy adelantado por parte del Ayuntamiento de expropiar los inmuebles del lado par de la calle - aquí nos ha tocado la mala suerte - para urbanizarla y ensancharla. Yo he venido aquí para llegar a un acuerdo con vosotros. Nuestros intereses son comunes. ¡Al fin y al cabo somos familia! Vivo en Valencia y, para mí, me resulta un poco más fácil hacer las gestiones. Tengo mi tienda de ultramarinos mientras vosotros tendríais que viajar allí, hospedaros, negociar… Todo esto cuesta un potosí, sin contar los gastos de abogados, peritos…” -“Yo, por el contrario, estoy aquí para cerrar unos contratos para la compra de marisco y de pescado enlatado con unos fabricantes locales, así que gastos suplementarios, ninguno. Los paga mi empresa, pero en vuestro caso…”. -“¿De acuerdo, pero cuanto nos ofreces, primo?”. -…José Luis no quería responder a esta pregunta hasta el final. En su lugar, extendió sobre la mesa de su habitación más papeles, planos, estimaciones oficiales que él mismo había confeccionado, utilizando unos membretes que le había suministrado su tío, el empleado de urbanismo del Ayuntamiento. Volvió a exagerar las dificultades. Poco a poco, su discurso se tornó más pesimista sobre las posibilidades reales de negocio. Los tenía perdidos y aturdidos. Señor García, usted no le ha conocido, yo sí. José Luis era un lince como negociador… -…Creo que, al final, él les ofreció veinticinco mil dólares. Abrió delante de ellos un maletín de cuero que había comprado por la mañana, justo antes de ir a un banco para cambiar los billetes de cien dólares que habían viajado en un doble fondo de su maleta, en billetes de diez, ¡lo que multiplicaba por diez el volumen del dinero pero no su valor ¡ José Luis sabía que, no solamente esta suma de dinero, de la que ellos no tenían conocimiento el día anterior, sino la simple contemplación de los fajos de billetes, les decidirían. Francisco estaba un poco más reacio, pero Juan, quien probablemente necesitaba más el dinero, le empujó a aceptar… - …José Luis lo tenía todo planificado desde España. No quería dejar pasar ni un solo día para que los dos hermanos no tuvieran el tiempo de reflexionar o consultar con alguien. Con la excusa de que su viaje de retorno a España era al final del día siguiente y que no podía cambiar sus planes sin tener que pagar un sobrecoste muy elevado, se fueron inmediatamente al Consulado de España. Allí, el cónsul, a la vista de los documentos que había traído José Luis, redactados bajo la supervisión del señor Villa, ratificó que los hermanos Pillajo Bermejo eran los herederos de su tío y dio fe de que las firmas estampadas en el documento de compra venta eran auténticas. Justo antes de la firma, Francisco Pillajo pareció tener un instante de duda al no ver el nombre de José Luis aparecer en la relación de los herederos. Aquella duda podría haber llevado todo el montaje al traste en el último minuto, pero éste le tranquilizó explicándole con mucha calma que, como él era heredero vía la hermana de su padre, Manuel Estébanez, muerta en España, esto se vería allí… - …Cuando salieron del Consulado, José Luis ofreció a los dos hermanos, aun un poco aturdidos por todo lo que había pasado y por los fajos de billetes que llenaban sus bolsillos, una buena comida. Después, se despidió de ellos un poco achispados, compró unos regalos para su familia y volvió a Valencia. ¡Ya, después de dos años de trabajo la vieja casa era suya! - …El procedimiento de expropiación empezó al año siguiente. No se pudo retener por más tiempo. José Luis, flamante propietario de la parcela que correspondía al número 8 de la calle General Anastasio, perdió la mitad de la superficie del edificio que daba a la vía, pero le quedó intacta la otra parte más el terreno de atrás. Esperó unos meses más antes de hacer construir un edificio moderno de seis plantas. Me regaló este piso y con los otros, vendió la mitad y alquiló el resto. Fue el principio de su fortuna porque le siguieron otras inversiones más… ***************************** La segunda cita entre la señorita Gloria Lasso y Ovidio tuvo lugar quince días después de la primera y ocurrió también un sábado por la noche, esta vez en el piso de ella. Entre tanto, los dos habían intercambiado varias conversaciones telefónicas. Cada vez que la llamaba, él notaba al oírle como un fondo de alegría en su voz. Nunca abusaba de la duración “por si tenía clientes que atender”, decía. Las primeras veces, había sido él quien llamaba, empezando la conversación por un “Espero que no te moleste, Gloria. ¿Puedes hablar? Si no, te vuelvo a llamar un poco más tarde. No es importante…”. Supo que su estrategia había funcionado la primera vez que ella le llamó a él. Dijo: -No sé si estaré a la altura del cocinero de los canelones con boletus. -Estoy seguro de que tú también tienes tus recetas preferidas. -¿Qué prefieres Ovidio, carne o pescado? -A decir verdad, soy más de pescado, pero lo hago pocas veces en casa porque no me sale muy bien cuando lo cocino, así que, si quieres hacerme una sorpresa, ya lo sabes…. -Pues, no te digo más. Hasta el sábado, Ovidio. El hombre tocó el timbre de la puerta de la calle a la hora que habían acordado con un ramo de flores ni demasiado grande, ni demasiado pequeño. El portero se había marchado. No trabajaba los sábados por la tarde y en semana su horario laboral acababa a las ocho. Penetrar por primera vez en este inmueble, en el cual había pensado tanto, le puso al principio un poco nervioso. No podía dejar de acordarse de su hermano y de su final lamentable. Se tranquilizó mientras subía en el ascensor. Gloria le abrió la puerta nada más tocar el timbre. “Esta mujer es increíble. Voy a creer que me esperaba detrás de la puerta”, pensó. Vestía un conjunto que ponía en valor su figura y visiblemente salía de la peluquería. Intercambiaron unos castos besos, mientras él apoyaba ligeramente su mano sobre su cadera. No notó ningún rechazo por su parte. Le enseñó el piso que estaba decorado con mucho gusto. Se detuvieron en la habitación de matrimonio, donde pasaron un poco más de tiempo que lo absolutamente necesario. “¿Era un guiño o una invitación por lo que podría pasar después de la cena?”, pensó. Una vez comido el último bocado de una tarta de limón hecha en casa, se sentaron en dos sillones muy confortables. De momento, todo había ido según su plan y él no quería precipitarse. Antes de las primeras caricias que los llevaría, sin ninguna duda, primero hasta el sofá y después hasta la cama de matrimonio, él quería hablar con ella del edificio y de su propietario. -¿Hace mucho tiempo que vives aquí, Gloria? .-Desde que se acabó de construir. Puedo decir que soy la más antigua habitante del inmueble. No lo sabes, pero el constructor era mi amante por aquel entonces y fue él quien me lo regaló… -¡Ah! ¿sí? -Sí. A ti, te lo puedo contar. El pobre ha muerto y no de una muerte muy agradable. Lo único que le deseo es que no haya sufrido demasiado. Su coche se incendió. -¿Un accidente de coche? -Se podría decir así, pero en realidad, le tirotearon… El hombre se enderezó en el sillón. Estaba muy atento. No se lo podía creer… -Es una historia larga. José Luis, así se llamaba… Le conocí en una vida anterior cuando él tenía una empresa de venta de delicatessen… Descubrió una vieja casa abandonada… La mujer estaba tan metida en su relato que no veía que de los ojos del hombre salían chispas… -…Con un amigo suyo, un banquero, montaron toda una historia… Él voló al otro lado del océano para comprársela a unos pobres ingenuos a un precio irrisorio… La tiró abajo y construyó en su lugar este inmueble… A veces le gustaba contar esta historia a sus amigos… La rabia de Ovidio llegaba a su paroxismo. “Tenía razón. Este sinvergüenza nos engañó a mi hermano y a mi…y ahora tengo que oír la historia de boca de esta furcia”, pensaba. Cuando Gloria hubo acabado, él miró su reloj y empezó a despedirse… -¿Tan pronto, querido…? ¿Te pasa algo? -Sí, Gloria. Creo que estoy incubando una gripe. De repente, no me encuentro del todo bien. Puede que tenga algo de fiebre. Será mejor que vuelva pronto a casa y me ponga en la cama. No quiero contagiarte... Cuidó mucho la despedida, dándole las gracias por esta excelente reunión y, por primera vez, se besaron y él rozó uno de sus pechos… -Te llamaré mañana para saber cómo has pasado la noche. ¡Cuídate, Ovidio! ******************************* EXTRACTO DE MI NOTAS EN EL MOMENTO DE PREPARAR MI INFORME DEL 4-09-1998 A JOSE LUIS GONZALEZ PORTERO “…Al final de estas confesiones, estoy convencido de que la muerte violenta del padre de mi cliente debe tener algo que ver con lo que pasó en Chile con su primera compra. Esta historia de la adquisición del inmueble de la calle General Anastasio con sus visitas a los consulados, la elaboración de documentos falsificados, el viaje hasta Valparaíso en aquella época en la cual la gente viajaba poco, el engaño a los dos palurdos… me parece rocambolesca. Sin contar con que todas las otras pistas que he investigado no han dado ningún resultado. No hay trazas de chantaje. El hombre no jugaba y no tenía vicios, según los pocos amigos que había interrogado. Elena, por su parte, ha estudiado a fondo la vida familiar y sentimental de la víctima y no ha encontrado nada, salvo una discreta relación con una prostituta, transformada más tarde en amante mantenida, pero esta relación debía de estar muy bien escondida porque ni su familia, ni la policía, la había descubierto. Para todos, el señor González era un buen marido. También Elena ha recogido un cotilleo sin gran fundamento que hablaba de un lío con una viuda, clienta suya, que vivía en Valencia… De todos modos, ella ha concluido que: “matar a una persona de tres tiros y quemarla en su coche no casa muy bien con una posible venganza femenina, si es que la hubo…”. Mi cliente, Federico González no puede aportarme más información sobre estos hechos. Ahora la pelota está sobre mi tejado. -Pedí autorización a mi cliente para viajar a Valparaíso. Quería intentar encontrar a los dos hermanos Pillajo. Era un gasto importante, pero él, que estaba contento con mis progresos, me dijo que lo sufragaría. Valía la pena ir hasta el final de la pista chilena que parecía la más prometedora. Tenía pocos indicios relativos a ellos y solamente gracias al famoso documento de la venta del inmueble de la calle General Anastasio supe que se llamaban Juan y Francisco Pillajo Bermejo. Las direcciones que figuraban en el documento ya no correspondían. No pude quedarme mucho tiempo allí investigando una pista que no estaba del todo segura y porque había prometido que me gastaría solamente lo imprescindible. Mi cliente había financiado el coste del billete, haciéndome beneficiario de un programa de puntos que tenía con Iberia. Allí, busqué la colaboración de un investigador privado local, Guillermo San José. Hizo un muy buen trabajo y me mandó lo siguiente. “…Referente a los hermanos Pillajo, le comunico lo siguiente. Primero, le confirmo que el estilo de vida de los dos había cambiado sustancialmente poco después de la firma de la venta. Juan, el mayor, que ha trabajado como camarero en varios establecimientos de la ciudad, ha muerto. Su vida profesional ha sido un reguero de desgracias. Invirtió el dinero de la herencia de su tío en un local que fue incapaz de dirigir. ¡Si valía como camarero, no tenía la fibra empresarial! La bebida y las drogas le habían llevado poco a poco a un final lamentable. Falleció sin descendencia conocida el 12 de febrero de 1969. El segundo hermano, Francisco quien, en la época de los hechos que usted me señaló, trabajaba de estibador, ha cambiado varias veces de profesión. Sigue probablemente vivo, pero no he podido localizarlo. Ha sido detenido varias veces por llevar armas y participar en pequeños delitos durante los años sesenta, tanto en Valparaíso como en Santiago de Chile. En la actualidad, tiene una orden de busca y captura emitida por la comisaría central de la Policía Nacional, el 5 de junio de 1974. Se encuentra en paradero desconocido y se sospecha que ha actuado durante algún tiempo como sicario de un grupo de narcotraficantes brasileños… “. Esta información me llenó de esperanza. ¿Tal vez mi intuición no había fallado? ¿Pero cómo relacionar a un sicario que operaba en América del Sur? La noticia de que el segundo de los Pillajo se había unido a un grupo de traficantes, me hizo entrever una posibilidad, a pesar de que no veía muy claro las relaciones entre Chile o Brasil y España por una parte y la relación que podría haber existido entre el tráfico de estupefacientes y el negocio de José Luis González, por otra. El asesinato de este último de tres balas y el incendio de su coche, podía tener el sello de un ajuste de cuentas. ¿Sería por un tema de drogas o por el engaño en la compra del inmueble? Los investigadores privados solemos colaborar voluntariamente o forzosamente con la Policía. Desde que he dejado el cuerpo, mis relaciones con la jefatura de Policía han sido siempre excelentes, así que pedí ayuda a un viejo amigo, el comisario jefe Ricardo Quintanilla. Le hablé de mis sospechas, preguntándole .si podía averiguar la posible entrada en España de un sujeto chileno, llamado Francisco Pillajo Bermejo, en fechas próximas al 22 de mayo de 1972. Sabía que mis posibilidades eran escasas. Habían pasado muchos años desde los hechos y, tal vez, los datos ya no existían o el sujeto había entrado con otra identidad utilizando un pasaporte falso… ¡A veces el Destino es benévolo hasta con los investigadores! Al haber una orden de busca y captura emitida desde Chile, la información que concierne a estos sujetos se conserva hasta la revocación de la orden – “y tal vez más tiempo”, pensé yo – o hasta la muerte del sujeto. ¡La casualidad era que, en el caso de Francisco Pillajo, la justicia española lo había buscado también por un crimen relacionado con un asunto de estupefacientes cometido en el barrio del Carmen! Comprobé las fechas. ¡Había una diferencia de solamente una semana entre los acontecimientos! En un instante, vi cómo las piezas del puzzle podrían encajar. Una organización criminal (¿brasileña?) había mandado a uno de sus sicarios, Francisco Pillajo, a España para arreglar cuentas con un deudor que habían localizado en la provincia de Valencia. Había entrado en España bajo su identidad real (¡un error tremendo!) y había pasado algunos días en la ciudad para reconocer el terreno. Imaginé varios escenarios, algunos encajaban, otros no ¿Pero cómo probarlo sin ninguno de los protagonistas presente? Mi cliente, que seguía mis progresos, estaba en ascuas. Decidí averiguar si el tal Francisco Pillajo vivía aun en España. No encontré ninguna condena en los archivos judiciales. La policía había perdido su pista después del asesinato de Juan Carlos Castaño, apodado La Cobra, un conocido traficante, cuando salía del restaurante La Tasita de Café, en la Plaza de Mossén Sorrell, en pleno barrio del Carmen. Los investigadores habían encontrado una única bala en muy mal estado en la cabeza del maleante y ningún casquillo. “Trabajo de profesionales” habían dicho los investigadores. El forense había determinado que el hombre había sido ejecutado con dos balas. La única, que se había encontrado, se había fraccionado en tres trozos pequeños en el cerebro de la víctima y no se había localizado la otra en el cuerpo. La reconstrucción de la bala no había permitido identificar con precisión el tipo de arma que se había utilizado. Cuatro años más tarde, cuando el caso ya no interesaba a casi nadie, la segunda bala había aparecido durante una obra de remodelación de la fachada del restaurante, que acababa de cambiar de dueño. Gracias a mis contactos, obtuve permiso para proceder a un análisis que me permitiría conocer de qué tipo de arma se trataba. El caso de asesinato del padre de mi cliente había sido distinto. En su cuerpo calcinado, se habían encontrado tres proyectiles que pudieron ser analizados. Provenían de una pistola semiautomática Beretta 92. En aquella fecha, era un arma relativamente reciente. Allí también los casquillos no fueron encontrados. Lo que pretendía con todo este trabajo era ver si los proyectiles habían sido disparados por la misma arma. Como la autoría de la ejecución del narcotraficante, había sido atribuida a Francisco Pillajo, el caso estaría resuelto y la estafa de la compra del inmueble de Ruzafa, sería un móvil verosímil… Empecé a imaginar que el sicario, aburrido en Valencia y tal vez a la espera de las últimas recomendaciones de los ordenantes de la ejecución de Juan Carlos Castaño, había decidido pasear por esta ciudad que pisaba por primera vez, pero cuyo nombre le resultaba familiar. Se decidió a ir a ver el sitio donde se había ubicado el edificio del cual había sido heredero, al cincuenta por ciento con su hermano y que había vendido a un primo suyo, aparecido de la nada y del cual nunca había vuelto a tener noticias, llamado José Luis González. Había descubierto el inmueble que el “otro heredero” había edificado en su lugar y que, a pesar de los años, seguía teniendo muy buen aspecto. Siguiendo esta hipótesis, no era descabellado pensar que nuestro sospechoso, podía haber entendido que su “primo”, José Luis, les había engañado. Furioso, le habría localizado porque conocía su profesión, le habría citado y le habría chantajeado. Seguramente, José Luis González, pensando encontrarse delante del mismo paleto que él había conocido en Valparaíso, le habría dicho que todo era legal y prescrito. Pensaría que aquí en España, no le pasaría nada y que la policía le protegería. El otro se habría enfadado más y le habría matado, incendiando después el coche para borrar las pistas. Después se habría ido a realizar el encargo que había recibido desde Brasil… ************************* Cuando volvió a casa, después de las confidencias de Gloria, Francisco Pillajo, alias Ovidio, se decidió a actuar. “Así que no solamente me han estafado, sino que se han reído de mí durante mucho tiempo y lo siguen haciendo. Esta zorra va a pagarlo caro…”, murmuraba mientras andaba por la calle. A un borracho que se acercó a él para pedirle algo, le propinó un puñetazo que lo tiró al suelo. Al día siguiente, respondió con una fingida amabilidad a la mujer solicita, que le llamó para preguntarle cómo se encontraba. Dedicó todo su tiempo libre durante la semana siguiente para urdir un plan perfecto. Se citarían cuando ella cerrase su tienda para hacer una excursión a Peñíscola y pasar la noche allí, en un hotelito que él conocía… En la noche del domingo, sobre las tres de la mañana, un coche se paró en la calle Bachiller, a pocos metros de la tienda DECORACION GLORIA. Alguien abrió la puerta, desconectó la alarma y puso un cartel que decía: CERRADO POR VACACIONES HASTA EL 30 DE SEPTIEMBRE Volvió a conectar la alarma, cerró la puerta y se alejó sin que nadie se percatara de nada. **************************** . Una semana más tarde, recibí de la Dirección General de la Policía una carta en lenguaje administrativo, informándome de que no era posible comprobar si los proyectiles de los dos casos provenían de la misma arma. ¡La segunda bala del caso del Cobra se había extraviado durante una mudanza de los almacenes de pruebas! Por otra parte, al no encontrar al sospechoso, todo se quedaba en una hipótesis, pero fue con la que me quedé. Informé a mi cliente de las pesquisas que ponían fin a mi trabajo, cerrando aquel caso mucho antes del aniversario de nuestro primer encuentro en mi despacho. Me pagó lo acordado y nos despedimos. Un poco más tarde, Elena me preguntó por qué, a mi juicio, la policía había fracasado en sus averiguaciones. Le contesté que, probablemente, no tuvieron la paciencia de revivir, como había sido mi caso, los primeros pasos de la vida de un hombre que, al igual que muchos otros en esta época, se había hecho rico demasiado rápidamente y que los años setenta, habían sido la edad de oro del pelotazo inmobiliario. Habrían descubierto, como lo acababa de demostrar, que el origen de la fortuna de José Luis González se encontraba en un engaño que, años más tarde, un maleante estafado decidió vengar. Quise llamar a Gloria para compartir con ella mi hipótesis. No respondió a mis llamadas. Unos días después, pasé delante de su edificio y pregunté por ella al portero: -No, señor, mi mujer y yo, no hemos visto a la señorita Lasso desde hace unos quince días. Se habrá ido de viaje. Mi señora me dice que, últimamente, estaba muy cambiada y que parecía enamorada. ¿Intuición femenina? Pero es un poco curioso, porque es una persona muy formal y ella siempre avisa cuando se ausenta, pero esta vez, no nos ha dicho nada… CONTINUARA.

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