Tres amores



Éramos tres hombres contando las horas en la habitación del hospital donde el Destino nos había reunido. En realidad éramos cuatro, pero a Antonio su mujer acababa de llevárselo a dar un paseo. La primera impresión que ella nos causó cuando apareció fue extraordinaria. Hacía varias semanas que las únicas mujeres que veíamos eran las monjas que nos cuidaban. Llevaban unos amplios hábitos que ocultaban su feminidad y solamente sus caras enmarcadas en unas cofias enormes y sus manos blancas nos acercaban a nuestra vida anterior. De todos modos creo que ninguno de los cuatro las consideraba realmente mujeres. Las veíamos más como una reencarnación de nuestras madres, que nos habían cuidado durante la infancia. Pero la mujer de Antonio era otra cosa, hermosa, elegante, atractiva, cariñosa…. Un beso, que dio a su marido cuando éste se puso de pie, inflamó nuestra imaginación y pienso que los tres sentimos el mismo alivio cuando la pareja se marchó. Estas caricias y arrumacos mientras ella había ayudado a su marido a vestirse nos causaban demasiada envidia y malestar. Nosotros tres tendríamos que esperar aún mucho tiempo para volver a reunirnos con seres femeninos como ella. Por fin la puerta de la habitación se cerró, el silenció volvió a reinar en la habitación y nuestras mentes se perdieron en múltiples pensamientos. Pasado un cuarto de hora fue Amancio quien propuso a manera de distracción que nos contáramos nuestras mejores historias de amor y, para animarnos, fue él quien empezó:


“Mi historia sucedió cuando volví a mi ciudad natal para resolver la herencia de mis padres. Como venía por poco tiempo, había escrito al notario para pedirle que tuviera todo preparado para que las formalidades fuesen lo más rápidas posible. Acabé con él antes de tiempo, comí solo en un restaurante barato del centro y, como me quedaban unas horas antes de coger mi tren de regreso, me paseé por el barrio donde había pasado toda mi infancia y mi juventud. Admiraba las casas que se sucedían intentando recordar las caras de sus propietarios. Para ayudar a mi memoria miraba las placas de latón sobre las cuales se graban los apellidos de sus ocupantes. De repente me paré. Acababa de leer uno que me era muy familiar, aunque su recuerdo fuese aún un tanto doloroso”.

“Era una casa de dos pisos rodeada de un gran jardín. La verja que la separaba de la acera era tan baja y sencilla que se podía perfectamente observar la terraza de la casa y las personas que se encontraban sentadas allí. Entonces la vi, sentada sola bajo un parasol. Pensé que después de acabar su café, ella desaparecería, así que decidí llamar al timbre. Un sirviente salió de la casa y vino hasta mí. Le entregué mi tarjeta de visita. Mientras él la llevaba hasta su dueña, retrocedí unos pasos atrás para poder ver y oír sin ser visto. Sus palabras me llegaron nítidamente“.

“- Ah claro, el caballero quiere verme. Acompáñele hasta mí, Víctor”.

“Seguí al sirviente, pisando el camino de grava lo más ligeramente que podía, porque el ruido que hacemos al pisarla, siempre me ha resultado desagradable. Llegados a su lado, la mujer levantó los ojos. Me fijé en la elegancia de su silueta y constaté que ella apenas había cambiado pasados estos años. Me pregunté si habría tenido niños, aunque no había ningún indicio que lo indicara. No se veían ni juguetes, ni libros, ni vestidos. Solamente vislumbré otra taza vacía, al lado de un cenicero que Víctor hizo desaparecer discretamente. Mientras tanto los ojos de la mujer se iluminaron. Ella esbozó una sonrisa y me tendió la mano diciendo:”

“- Es muy delicado de tu parte acordarte aún de mí después de tanto tiempo. ¿Pero, dime, como me encontraste?”.

“Le expliqué la razón de este reencuentro tras tantos años. Añadí que no sabía dónde vivía y que mi aparición se debía al azar, pues acababa de leer sus apellidos sobre la placa, al lado de la puerta de entrada. Ella no me dejo terminar:”

“- No por ello eres menos bienvenido. Aunque debo reconocer que no recordaba tu existencia, a pesar de que una vez, fuiste bastante importante para mí”.

“Me indicó una silla a su lado, me propuso una taza de té y seguimos conversando amigablemente. Me dijo que lamentablemente no podría presentarme a su marido, que justamente acababa de volver a su oficina. No sé si la mención de su ausencia significaba que podríamos conversar más libremente. Ella tenía sobre su regazo un perro minúsculo medio dormido que acariciaba mientras me hablaba. Nuestra conversación rodó sobre las cosas pasadas y sobre nuestros gustos durante aquellos años. Todo me pareció semejante a unas flores marchitas o a unas cintas olvidadas en un baúl de recuerdo. Me interrogaba sobre cuánto tiempo duraría este dialogo intrascendente cuando de repente ella se interesó por mi vida. Le conté que vivía en el extranjero donde trabajaba como abogado y que esta visita era la primera que hacía a la ciudad de mi juventud en casi quince años. Me preguntó si pensaba quedarme algo de tiempo”.

“- No, cogeré un tren a las diez esta noche-. Añadí:"

“- A pesar de todo no he perdido contacto con este país. Compro la prensa y durante los fines de semana leo los ejemplares que se han acumulado. Allí en América recibí la noticia de tu compromiso cuando seguramente ya se había consumido tu matrimonio”.

“No respondió, pero pareció de repente más seria cuando, girando su hermosa cara en mi dirección, murmuró.”

“- ¿Qué pensaste de mi entonces?”

“- Puedo decírtelo sin circunloquios, ya que embarco para Filadelfia pasado mañana. No te ofendas. Te confieso que al leer la noticia, no tuve sentimientos confusos ni hostiles. Ya el Destino había reducido la frágil fogata que quedaba de mi amor a una tenue llama de simpatía. Sabes que mi decisión de emigrar tuvo mucho que ver con nosotros, especialmente con una conversación que mantuvimos en el porche de la casa de tu padre. A los pocos meses de estar allí, claudiqué y te mandé una carta desde América. Nunca recibí respuesta alguna. Fue cuando me convencí definitivamente que todo había acabado. Cuando, unos años después leí la noticia de tu boda, solamente, te compadecí”.

“- ¡No lo entiendo!”

“- Pensé en tu esposo, ese financiero exitoso un poco entrado en años que de repente decide adquirir una hermosa joven. ¡No, No pretendo ni ofenderte ni ofender a tu marido! Pensé en la mujer que dejé, la cual había decidido convertirse de hija de un modesto y respetado médico, en la esposa de un hombre muy rico, pero finalmente sin interés. ¡Déjame acabar por favor! Decidiste escoger su título y sus millones renegando de tu frescura y de tus principios. ¿No fue así? ¡No, la lectura de esas pocas líneas en un periódico no me extraño! Acuérdate que al final de nuestra relación ya te había dejado entrever cual sería tu futuro. Cuando nos separamos yo tenía proyectos pero entonces era tan pobre que tu padre”.

“La cara de la que había sido el gran amor de mi juventud cambió. De repente me pareció que la mujer esplendida con la cual compartía el té, se había convertido en un ser pequeño y frágil como puede ser un pájaro herido, que uno recoge en las manos o como era el perrito que ella había estado acariciando todo el tiempo delante de mí hasta que Víctor se había hecho cargo de él. Después de un momento de silencio ella dijo:”

“- Tienes razón, no soporté más la vida monótona y vulgar que tenía al lado de mi padre. Estaba equivocada en cuanto a mi verdadera naturaleza. En realidad soñaba con el lujo y la riqueza porque los amo. Era feliz cuando elegía las joyas que tenía que lucir cuando mi marido me llevaba con él a una de esas recepciones… “

“Había notado el empleo del pasado así que esta vez fui yo quien la interrumpí con una pregunta muy corta y directa.”

“- ¿Y el amor?”

“Oyó mi pregunta y una sonrisa triste se asomó a sus labios”.

“- ¿Y tú, puedes decirme a tu vez si aún conservas todos tus ideales y tus sueños? ¿Los has conservado todos indemnes o se han muerto, como se morirán las flores de este jardín dentro de pocas semanas? ¿Puedes afirmarme que no has perdido ninguno de ellos?-. Preferí no contestar, me levanté, besé su mano y me fui con un cordial:”

“-Adiós.”



Una vez acabada la historia de Amancio, fue Jaime quien tomó la palabra. Nos dijo que una antigua amante suya le había relatado lo que nos iba a contar. No le concernía en absoluto, pero lo consideraba admirable:

“Los Orlov pasaban siempre el mes abril en uno de los mejores hoteles de la Riviera francesa. Cuando ocurrió lo que voy a contar, la condesa tenía treinta años y su marido cincuenta. Esta temporada un empleado nuevo, llamado Pierre, empezó a trabajar en el establecimiento elegido por los condes. Era el primer año que el joven trabajaba en este hotel y la dirección le encargó unas tareas cotidianas, invisibles y anónimas en el comedor. A fuerza de verla todos los días, el joven se enamoró locamente de Eva Orlova, la cual, yo puedo confirmarlo, era de una gran belleza. La servía con mucha atención, ayudándola retirando y acercando su asiento a la mesa cuando ella se sentaba o depositando en su plato los mejores bocados con mucha delicadeza. La devoraba literalmente con una mirada tan intensa que el jefe de sala tuvo que llamarle la atención. Desde este momento, temiendo ser apartado de su servicio, lo que habría sido para él, el castigo supremo, el joven se moderó. Su amor ciego por la Polaca le empujaba, cuando quitaba la mesa después de las comidas con sus compañeros, a cometer unas acciones muy singulares. Escondía en su bolsillo uno de los vasos que la condesa había usado o la servilleta con la cual ella había limpiado sus labios. Lo hacía con tanto sigilo que nunca nadie se dio cuenta de la desaparición de estos objetos, hasta mucho más tarde”.

“Por la noche, una vez acabado su trabajo, subía hasta su modesta habitación situada debajo de los techo el objeto de su hurto. Lo depositaba en el dintel de la chimenea en compañía de los otros objetos recogidos anteriormente y los contemplaba como verdaderas reliquias hasta el momento de dormirse. Los mismos hechos se reprodujeron día tras día hasta que Pierre se enteró que los Orlov volvían a su país. La condesa nunca había notado la presencia de su “chevalier servant” pero el pobre estaba tan enamorado de ella que tramó plan para seguirla hasta Polonia. Pensó que, una vez allí, él encontraría el medio de seguir a su servicio hasta que las circunstancias le permitiesen declararle su amor. Repasó el importe de sus ahorros y comprendió que nunca serían suficientes para llegar hasta ese lejano país. Entonces cambió de plan. El día de la salida de su amada no se presentó al trabajo, alegando un fuerte dolor de cabeza. Salió del hotel sin que nadie se diese cuenta, se fue hasta la mejor floristería de la ciudad y, con la totalidad de sus ahorros, encargó para ella un ramo de flores de una belleza excepcional. Entregó a la florista un sobre que contenía una breve confesión suya, ordenando que el ramo fuera llevado a la condesa directamente al compartimento del tren que la llevaría a su hogar”.

“Probablemente erró por la ciudad hasta la noche y entonces se dirigió a pie hasta la salida de la ciudad. En un paraje absolutamente desierto, se acostó sobre los raíles de la vía férrea que debía utilizar el convoy. Evidentemente nadie pudo saber nunca cuáles fueron sus últimos pensamientos mientras esperaba allí la muerte. El tren salió de la estación a la hora prevista. La condesa, sentada en una butaca estaba a punto de abrir el sobre que le revelaría el nombre de su generoso admirador, cuando notó como todos los otros pasajeros un choque. Levantando los ojos y la carta en la mano, se percató que el tren se había parado por completo. Mientras su marido iba por los pasillos para enterarse del incidente, ella leyó la carta y lloró…”

“Cuando me contó esta historia, mi amante tenía los ojos húmedos y añadió que lo peor para ella era no poder recordar los rasgos de ese joven que se había matado por ella. Solamente sabía su nombre, Pierre”.



El silencio se apoderó de la habitación y entonces empecé yo:

“Acababa de cumplir quince años y, como todos los veranos, mis padres me habían dejado al cuidado de mis abuelos en la finca familiar mientras ellos viajaban por Europa. Temía mucho estas vacaciones pues me encontraba siempre solo, aburrido, con la única compañía de los dos ancianos. Mi abuela era una persona muy autoritaria que pasaba los días persiguiendo a la servidumbre, convencida de que le robaban. En cuanto a mi abuelo, él era un intelectual que vivía encerrado en su biblioteca, escribiendo un libro que nunca acabaría como se descubrió a su muerte. Pero este año todo fue distinto. Cuando llegué, la casona estaba llena de juventud. Tres primas mayores que yo y un grupo de amigos suyos poblaban la decena de habitaciones que hasta el momento permanecían cerradas todo el tiempo. Yo era el más joven del grupo, pero ellos me aceptaron como un miembro más de pleno derecho. Las chicas pasaban el tiempo piropeándome y yo era feliz. Hubo paseos, picnics, sesiones de juegos de mesa y hasta bailábamos por las noches”.

“Todos opinaban que era un buen bailarín pero una noche, algo mareado, me escapé un poco antes del final y me fui a pasear por el parque. No temía la oscuridad, bien al contrario, así que me adentré en la parte más frondosa del pequeño parque que rodeaba la vieja casa, último vestigio de lo que había sido la gran finca familiar. Al poco tiempo oí detrás de mí el ruido de unos pasos y me encontré en presencia de una mujer. No pude ver su rostro, ni distinguir claramente su vestido cuando ella, sin pronunciar una palabra, me abrazó. A pesar de mis quince años era alto y nuestras caras se encontraron a la misma altura. De repente noté que una de sus manos acariciaba mi cara. La mujer pasó su otra mano detrás del cuello y, acercándose suavemente, me besó. Primero fueron unos besos ligeros en las mejillas acompañados de caricias. Intentaba hablar pero la desconocida me puso un dedo sobre la boca, dándome a entender que no debía pronunciar palabra alguna. Poco a poco noté que sus labios se habían posado sobre los míos. Aunque nunca había besado a nadie de esta manera, conocía este gesto por mis lecturas. La mujer entreabrió los labios y su lengua se hizo insistente buscando la mía. Abrí ligeramente la boca y nuestras lenguas se encontraron. Estaba excitadísimo. Empecé a manosear a la mujer por encima de su vestido pero rápidamente ella se apartó de mí y se desprendió de mis brazos. Se fue corriendo, no sin antes haberme prohibido con unos gestos imperiosos que la siguiera.. Le obedecí, quedándome solo unos minutos para tranquilizarme antes de volver a la casa en medio de la oscuridad. Fui sigilosamente hasta mi habitación, atravesando la casa silenciosa y me costó mucho sosegarme y encontrar el sueño.”

“A la mañana siguiente empecé a dudar de la realidad de los hechos de la víspera. No encontré en los otros huéspedes de la casona ningún indicio que me hubiese permitido saber quién era la mujer desconocida que me había besado con tanta pasión la noche anterior. Participé con el grupo a las actividades del día pero esperaba con ansía la noche. Oculté como pude mi nerviosismo. Observaba discretamente a todas los chicas, tratando de adivinar cuál de ellas era el hada. Decidí jugar particularmente mal durante el torneo de bridge para escaquearme antes de su final y volver al mismo sitió que la noche anterior. Esperé entre los árboles mucho tiempo – por lo menos fue lo que me pareció -. Estaba al punto de abandonar, dando mi sueño por acabado, cuando oí unos pasos apresurados. Era ella. Había vuelto. Empezó la misma escena de la noche anterior. Sabía que no debía pronunciar palabra alguna. Esta vez la cosa fue más rápida, más intensa y más completa. Nos echamos en los brazos el uno del otro sin los preliminares de la víspera. Hubo unos besos más profundos casi de inmediato. Esta vez la mujer me atrajo hasta un viejo banco donde nos sentamos. Intercambiamos caricias primero por la cara, el cuello y los hombros, pero no tardé en deslizar mis manos por el cuerpo de la desconocida. Ella me dejó acariciar sus pechos mientras hacía lo mismo por mis cabellos y mi cuello. Noté que su respiración se aceleraba y la mía iba desbocada. Bajé una mano hasta sus piernas. No noté ninguna resistencia por parte de ella sino que sus jadeos se hicieron más hondos. Me dejo acariciar su pierna por encima de la medía pero, cuando mi mano llegó a la liga, ella cruzo de repente las piernas y apartó mi mano violentamente. Emitió un pequeño grito al mismo momento que yo experimentaba una eyaculación. Conocía este fenómeno desde la época del internado pero en aquellas circunstancias me encontré muy incómodo. Mi desconocida, quien probablemente había notado lo que me pasaba, aprovechó mi desconcierto para levantarse y desaparecer rápidamente no sin antes hacerme un signo que significaba que no debía seguirla.”

“Fue otra noche en vela. Le sucedió un día tan tranquilo como el anterior sin que apareciera ningún indicio de estas apariciones nocturnas. Después de la cena desaparecí con el pretexto de ir pronto a la cama pero no fue así. Me dirigí por tercera vez hasta el sitio de siempre y esperé. Me encontraba medio dormido, soñando con mi amada cuando ella llegó. Nos sentamos en el mismo banco y reanudamos nuestros besos, nuestros abrazos y nuestras caricias efusivas. Pero aquella noche me había prometido descubrir la identidad de la desconocida. Empecé a acariciarle como lo había hecho la víspera. No noté resistencia por su parte hasta el punto que pensé que ella me incitaba a acariciarle de forma más íntima pero esta vez no perdí el control de la situación. Cuando nos encontrábamos ambos muy excitados, le murmuré cuánto la amaba y la presioné para que me diese su nombre. Se negó con vehementes movimientos de cabeza. Como durante las dos noches anteriores se mantuvo callada, compensando su silencio con nuevas caricias. Le supliqué varias veces pero ella siguió negándose. De repente noté el roce molesto de una pulsera que llevaba en su muñeca. No podía verla a causa de la oscuridad pero me pareció que tenía un colgante con una forma muy particular con muchos ángulos. En un instante me vino a la cabeza una idea. Apreté el colgante sobre mi muñeca al punto de hacerme daño manteniéndola presionada con fuerza mientras rogaba a mi amada que se identifíquese. De repente se despidió en mitad de nuestras efusiones como si se hubiera enfadado.”

“Mi vuelta a casa ocurrió como las noches anteriores. Ella tenía solamente unos pocos minutos de adelanto sobre mí pero esta vez hubo un cambio. Al llegar a la casa, noté que detrás de una ventana se encendía la luz del techo y que inmediatamente después se apagaba siendo remplazada por una luz más tenue. Alguien acababa de entrar en esa habitación. ¡No podía ser otra persona que mi misteriosa amante! Me subí en un árbol, cuyas ramas se acercaban hasta el edificio y desde donde pensaba que podría vislumbrar el interior y contemplar por primera vez su cara y su cuerpo. Trepaba por una rama grande, cuando resbalé y me caí. Temí que el ruido de mi caída hubiese llamado la atención de los habitantes de la casa pero no fue el caso. Me había hecho mucho daño y me arrastré como pude a través de la casa oscura, subí no sé cómo las escaleras y llegué hasta mi habitación. Estaba exhausto y solamente encendí la luz para examinar la marca que persistía en mi muñeca antes que desapareciese. Tenía una forma octogonal.
“A la mañana siguiente, al ver que no bajaba a tomar el desayuno, mi abuela subió a ver lo que pasaba. Me encontró postrado en la cama. Inmediatamente tomó las riendas de la situación. Llamó al médico que me reconoció, descubrió que se trataba de un esguince y me puso un vendaje. Había imaginado una historia más o menos creíble y por suerte nadie se interesó mucho por las circunstancias de mi accidente. Durante toda la mañana fue un ir y venir de los huéspedes. La penúltima que se presentó era mi prima mayor, Margot. Siempre se había mostrado un poco altiva conmigo pero, cuando se sentó al lado de mi cama, movió la muñeca de tal manera que yo descubrí que llevaba una pulsera con un colgante hecho de una moneda antigua con ocho ángulos….”

“¡Por fin yo tenía a mi amada frente a mí! Con un movimiento brusco la agarré e intenté acercar su cuerpo hasta mi cama para besarle como lo hacíamos durante la noche. Empezamos a forcejear mientras la abrumaba con palabras de amor, recordándole nuestros encuentros nocturnos y jurándole un amor eterno. Ella se resistió. Negó todo. Su enfado creció hasta tal punto que se precipitó fuera, pegando un portazo, no sin antes gritarme que me había vuelto loco. Estaba destrozado cuando entró su hermana pequeña. Tenía solamente un año más que yo y siempre se había mostrada atenta y hasta cariñosa conmigo pero nunca me había fijado en ella. Al verme tan abatido, me preguntó qué me pasaba. Le conté todo, mi conversación con su hermana mayor, mi declaración de amor, mi confusión cuando ella negaba nuestros encuentros nocturnos. Víctima de mi sensación de incomprensión por parte de su hermana, no la miraba mientras confesaba que estaba loco de amor por ella y que su indiferencia ahora me destrozaba. Volví a describir nuestros encuentros con más detalle, sin darme cuenta de que mi prima se iba poniendo cada vez más pálida. Al final ella se puso a llorar al oír mi propósito de poner fin a mi vida. Pensé que ella se encontraba emocionada por la actitud de su hermana y que me apoyaba cuando, al subir la sabana de mi cama que se había deslizado un poco, vi que de su muñeca colgaba también la misma pulsera con aquel colgante tan extraño”.

“Al ver su cara, tan distinta de la de su hermana, comprendí mi equivocación. ¡La desconocida no era la altiva Margot, sino ella, la compasiva y callada María! Pero ella ya había salido de la habitación llorando. Por la tarde mi padre, vestido de luto, acudió a la casona para anunciarme, que mi madre acababa de morir. Me fui con él esa misma tarde. Nunca volví a ver a mis primas. Sé que ambas se casaron mientras me encontraba en el extranjero. Un día, por casualidad, supe el motivo de mi equivocación. Mi tío, quien viajaba mucho, había regalado al volver de uno de sus viajes tres monedas antiguas idénticas montadas en unas pulseras a sus tres hijas…”.

Al acabar mi relato la habitación se quedó en silencio y cada uno de nosotros se sumergió en sus recuerdos o en estas tres historias.

(Este cuento está inspirado en tres relatos breves escritos por Stefan Zweig a principios del siglo XX)

Comentarios

Entradas populares