Un manojo de cartas

Justo después de la muerte de su marido, Isabelle decidió irse a vivir en un piso más pequeño cerca de donde vivía su hermana. Esta decisión no obedecía a una razón económica sino sentimental. No quería seguir viviendo en el ambiente que había compartido con Miguel todos estos años. En este entorno había vivido feliz pero ahora temía la soledad y querría “pasar pagina”. Antes de mudarse, decidió hacer limpieza dentro de los papeles que guardaba su esposo y que nunca había tenido la curiosidad de mirar. Encontró todo perfectamente ordenado y clasificado. Este cuidado era la representación exacta de lo que había sido su marido, un hombre tranquilo, atento, meticuloso, casi maniático. Estaba a punto de acabar esta tarea algo desagradable cuando encontró dentro de una caja sin ninguna identificación un manojo de cartas que no se acordaba haber visto nunca. Antes de romperlas, decidió examinarlas para ver si contenían algo importante. Empezó a leer la primera carta que decía:


"Amor mío. Te escribo esta carta que tu no recibirás jamás. Hace mucho tiempo que estoy enamoradísimo de ti. A pesar de que ignoras mi existencia, te amo con locura, obsesivamente, porque, cuando no se ama demasiado, no se ama suficiente. Eres mi gozo y mi tormento. Eres mi secreto mejor guardado y para mi el amor deja de ser un placer cuando cesa de ser un secreto. Tu sola existencia da un sentido a mi vida."


Isabelle se sonrojo a leer las primeras palabras. Primero pensó que la carta iba dirigida a ella, pero no tardó en darse cuenta no era ella el verdadero destinatario de esta misiva. Tuvo que sentarse nerviosa y casi violenta. ¿Quién era esta mujer? ¿Qué le había sucedido a su marido? Siempre le había considerado como un hombre fiel, cumplidor y atento. Además le extraño que ni siquiera la carta fuese fechada. Con curiosidad y aprehensión abrió la segunda:


"Uno es feliz amando aunque sea solamente él quien ama. Es un poco lo que me pasa. Te amo intensamente. Te amo sin más. Ni siquiera sé si me amas pero mi amor por ti supera todo."


Todas las cartas en las cuales reconoció la escritura típica de su marido, veintidós en total eran del mismo estilo. Todas rebozaban de un amor fogoso. Isabelle notó que no figuraba el nombre del destinatario ni las fechas a las cuales habían sido escritas. Tampoco había en la caja respuesta alguna a ellas. Unas lagrimas brotaron de sus ojos. Solamente ahora ella descubría quien era su marido y se preguntó si era la misma persona con la cual había convivido felizmente durante casi treinta años. Decidió leer una a una todas las cartas. Algunas eran muy largas y otras al contrario no levaban escritas que tres o cuatro frases. Una decía:


"Amor, Hoy te he contemplado durante casi una hora y tu no has dado cuenta de mi presencia. Estaba sentado a poco metros de ti en el parque que esta debajo de tu casa. Estabas jugando con tu hija. Escuché tus palabras y estuve al punto de acercarme y de dirigirte las palabras banales que se usan en estos casos. “¡Que buen día ha salido hoy!” o “¡Como tu hija ha crecido últimamente! ¡Cada día esta más bonita! ¡Se va transformando en toda una personita!”. No lo hicé. Me callé, cautivado por tu encanto. Al rato vos marchasteis para volver a casa. Me levanté para ocupar tu sitio y me quedé sentado hasta el anochecer, solo pero feliz y más enamorado que ayer."


Isabelle se preguntó si la niña había podido ser engendrada por su marido. Ellos no habían tenido descendencia. Cuando eran novios, habían soñado tener dos o tres hijos o los que fuesen. Recordaba que, después de los primeros años, Miguel se había deprimido a causa de esta situación pero que, a los diez años de casados, de repente se había resignado. ¿Esta “liaison” databa de esta época? ¿Había tenido su marido una doble vida y una doble familia. ¡No podía ser! Ahora se acordaba con que ironía Miguel comentaba el caso del Presidente de la Republica cuando se descubrió su hija secreta. Muy nerviosa leyó las últimas cartas.


"Te amo como si más tarde debía odiarte. Siempre es pronto para amar y siempre tarde para ser amado. Sin duda lo mejor es amar serenamente, pero amar locamente es siempre mejor que no amar. Siempre perdurará en mi la voz de tu hija cuando te llama. Imagino que es la misma voz que empleas cuando me sonríes y me dices “te quiero”."


Isabelle ya no sabía que pensar. Nunca su marido le había escrita tales cartas cuando habían sido separados durante unas semanas. Se acordó del tono las cartas que le enviaba durante la temporada de sus largas estancias en Argentina donde vigilaba las obras de la prensa hidráulica que su empresa construyó allí. Intentó acodarse de la ultima vez que su marido le había dicho “te quiero”. ¡No se acordaba! El era siempre amable, correcto y hasta detallista en los regalos que le hacia, pero nunca pronuncia estas palabras “te quiero”.


De repente ella descubrió que no sabía casi nada de su marido, de esta persona con la cual había vivido treinta años. El, si la conocía, adivinaba a menudo sus pensamientos, sabía todo de su cuerpo. Isabelle se sonrojó un poco porque, a pesar de los años, se acordaba muy bien de la primera vez que su marido la había desnudado. Elle había llegado virgen al matrimonio como se hacia a esta época. Durante su largo noviazgo se habían intercambiado unos cuantos besos y caricias pero nada más. En la cama él no era egoísta sino paciente y le había hecho descubrir el placer y el gozo. La penúltima carta decía:


"No intento analizar mi amor, simplemente te deseo. Tal vez lo mejor ha sido esperar y no conocerlo nunca porque el amor desprecia todo lo que no es amor." Leyó la última que era muy corta: "Hoy has muerto. Ya nunca más te veré ni sabré de ti. También pensé un secundo que a la vez había muerto mi amor pero no es cierto. Tu imagen y tu recuerdo me acompañaran siempre."


Era todo. Ella realizó que había pasado su vida al lado de Miguel, una persona tan extraordinaria y de repente desconocida, sin darse cuenta de nada y se preguntó: ¿Quién era esta mujer? ¿Quién había sido esta persona que había podido despertar tal intensidad de sentimientos por parte de Miguel?¿Quién había sido ella? Isabelle no lo supo nunca.

Comentarios

Entradas populares