Un viaje en tren
Ángel subió en el tren y tuvo que recorrer todo el convoy hasta encontrar una plaza donde poder sentarse. ¡Era la última plaza! En el compartimiento había ya un matrimonio con un niño, un anciano y una joven. Todos llevaban bastante equipaje así que, en un primer tiempo, no pudo colocar su pequeño maleta conservándola entre sus piernas. Empezó a leer una revista literaria. El niño se portó bien y la única molestia que notó fue la voz aguda de la madre quien insistía en hacerlo comer una fruta después que él hubiese engullido un enorme bocadillo. Visiblemente el niño no tenia tanta hambre. Al cabo de media hora la familia se preparó para dejar el tren en una pequeña parada. El marido salió a buscar un mozo de cuerda para llevar los numerosos bultos de la familia. Ángel decidió ayudar a la joven madre a bajar maletas y paquetes que llenaban los dos portaequipajes pero cuando se apoderó de una maleta de un peso inimaginable, tropezó y, sin querer, rozo levemente el busto de la joven sentada justo enfrente de él.
Finalmente el tren reemprendió su recorrido y una calma total se apoderó del compartimiento. El viejo no tardó en dormirse y la joven se puso a leer una novela sacada de su bolso. Ángel observó que se trataba de un libro de cobertura blanda no muy espeso. Se imaginó que se trataba de una de estas novelas de amor baratas que se venden en el kiosco de cualquier estación. El viejo tenia la boca abierta y unas gotas de salivas se le escapan. La joven le limpiaba con cariño de vez en cuando. Era hermosa así que Ángel, aprovechando que la joven había cerrado momentáneamente su libro, le preguntó:
- ¿Le gusta leer?
- Si, mucho.
- ¡Y que lee?
Ella se le enseñó. Como lo había adivinado, era uno de estos bestsellers norteamericanos llenos de intriga, de amor y salpicados de escenas de sexo muy ligero. En resumen una obra de nulo valor literario.
- ¿Le gusta este tipo de lectura? - Si mucho. Es lo único que leo. No tengo paciencia para leer esto que llaman libros buenos. Los encuentro demasiado pesados. Estos en cambio, tienen más vida y acción. Se leen fácilmente y me hacen soñar.
- Amor y sexo. ¿No? Ella sonrió y movió la cabeza para asentir.
- Es lo único que me interesa.
El viaje prosiguió. Un movimiento brusco del tren hizo que sus rodillas se junten. Ángel aprovechó este instante para tomar su mano. La apretó un poco y la joven respondió por una presión similar. Ella miró tranquilamente al anciano que seguía durmiendo placidamente. Sonrió a Ángel que se animó. Jugó con esa mano pequeña y bien cuidada. La llevó a sus labios. La joven seguía sonriéndole como para animarle. La etapa siguiente fue que, Ángel, se sentó a su lado y, levantándose un poco, le rozó la mejilla con los labios. Ella sonrió como si quería provocarle. Después se atrevió a besarle suavemente la mejilla casi de manera furtiva. Elle no se le impidió, pero aprovechó un instante de calma para volver a limpiar la boca del anciano que no se despertó. Ángel depositó el siguiente beso sobre los labios de la joven cuyos ojos se iluminaron. Los besos empezaron a ser más intensos y correspondidos. Cuando se hicieron más fuertes y profundos, ella puso una pasión intensa propia de un muchacha joven, llena de ansias amorosas. Las manos de Ángel se atrevieron a acariciarle un pecho mientras la besaba. Ella no protestó. Bien al contrario, se apretó contra él. Se la notaba vibrante y ansiosa. Hasta le ayudó sacando de su sujetador uno de sus pechos. De pronto miró por la ventana y le dijo:
- Lo siento pero hemos llegado.
Recogió su libro caído en el suelo. Arregló un poco su vestido y despertó el anciano.
- Ya. Estamos llegando.
Cuando iba a salir del compartimiento Ángel le murmuró:
- Adiós princesa. - Adiós.
Añadió en voz alta: - Le ayudo a que baje su padre del tren.
- No es mi padre es mi marido.
- ¿Entonces estas casada?
- Si, pero tan poco.
Y los dos se perdieron en la fila de los pasajeros.
Finalmente el tren reemprendió su recorrido y una calma total se apoderó del compartimiento. El viejo no tardó en dormirse y la joven se puso a leer una novela sacada de su bolso. Ángel observó que se trataba de un libro de cobertura blanda no muy espeso. Se imaginó que se trataba de una de estas novelas de amor baratas que se venden en el kiosco de cualquier estación. El viejo tenia la boca abierta y unas gotas de salivas se le escapan. La joven le limpiaba con cariño de vez en cuando. Era hermosa así que Ángel, aprovechando que la joven había cerrado momentáneamente su libro, le preguntó:
- ¿Le gusta leer?
- Si, mucho.
- ¡Y que lee?
Ella se le enseñó. Como lo había adivinado, era uno de estos bestsellers norteamericanos llenos de intriga, de amor y salpicados de escenas de sexo muy ligero. En resumen una obra de nulo valor literario.
- ¿Le gusta este tipo de lectura? - Si mucho. Es lo único que leo. No tengo paciencia para leer esto que llaman libros buenos. Los encuentro demasiado pesados. Estos en cambio, tienen más vida y acción. Se leen fácilmente y me hacen soñar.
- Amor y sexo. ¿No? Ella sonrió y movió la cabeza para asentir.
- Es lo único que me interesa.
El viaje prosiguió. Un movimiento brusco del tren hizo que sus rodillas se junten. Ángel aprovechó este instante para tomar su mano. La apretó un poco y la joven respondió por una presión similar. Ella miró tranquilamente al anciano que seguía durmiendo placidamente. Sonrió a Ángel que se animó. Jugó con esa mano pequeña y bien cuidada. La llevó a sus labios. La joven seguía sonriéndole como para animarle. La etapa siguiente fue que, Ángel, se sentó a su lado y, levantándose un poco, le rozó la mejilla con los labios. Ella sonrió como si quería provocarle. Después se atrevió a besarle suavemente la mejilla casi de manera furtiva. Elle no se le impidió, pero aprovechó un instante de calma para volver a limpiar la boca del anciano que no se despertó. Ángel depositó el siguiente beso sobre los labios de la joven cuyos ojos se iluminaron. Los besos empezaron a ser más intensos y correspondidos. Cuando se hicieron más fuertes y profundos, ella puso una pasión intensa propia de un muchacha joven, llena de ansias amorosas. Las manos de Ángel se atrevieron a acariciarle un pecho mientras la besaba. Ella no protestó. Bien al contrario, se apretó contra él. Se la notaba vibrante y ansiosa. Hasta le ayudó sacando de su sujetador uno de sus pechos. De pronto miró por la ventana y le dijo:
- Lo siento pero hemos llegado.
Recogió su libro caído en el suelo. Arregló un poco su vestido y despertó el anciano.
- Ya. Estamos llegando.
Cuando iba a salir del compartimiento Ángel le murmuró:
- Adiós princesa. - Adiós.
Añadió en voz alta: - Le ayudo a que baje su padre del tren.
- No es mi padre es mi marido.
- ¿Entonces estas casada?
- Si, pero tan poco.
Y los dos se perdieron en la fila de los pasajeros.
Comentarios
Publicar un comentario