Recuerdos

¡Hace muchos años que me exilié y no amanece ningún día sin que mi mente vuele hasta ti! En París, donde vivo ahora, las noches son húmedas, oscuras y una neblina rosada y brillante adorna el cielo sombrío. El Sena fluye lentamente bajo los puentes como un alquitrán negro. Los faroles de los puentes proyectan unas columnas de luz, aunque en este caso son de tres colores: blancas, azules y rojas como nuestra vieja bandera.


Ayer por la noche cuando cruzaba el río me acordé del puente de nuestra ciudad. Lo vi con su aspecto seco y polvoriento parecido a este lejano pariente, que siempre se presenta en las reuniones familiares y, después, aparece en las fotos de aquellos días. Entonces nuestro puente no llevaba faroles pero en uno de sus extremos se erguía sobre la colina la vieja torre de vigilancia que dominaba la ciudad.


¡Díos mío, qué felicidad más indescriptible la de aquel instante! Fue durante un incendio nocturno cuando besé por primera vez tu mano y tú me correspondiste apretando la mía. Nunca olvidaré este secreto asentimiento. Tus padres no nos vieron. Los habíamos perdido de vista, náufragos extraviados dentro de este mar de gente que, bajo esa luz siniestra y extraordinaria, oscurecía la calzada. Aquel día estaba de visita en tu casa cuando sonó la alarma. Las conversaciones murieron de repente. Todo el mundo se precipitó a las ventanas y después se lanzó hacía la verja del jardín.


El fuego se había iniciado lejos, más allá del río, pero las llamas corrían, manada de fieras, rápidas, voraces y violentas. Espesos soplos de humo, parecidos a vellones negruzcos y purpúreos, se amontonaban. De ellos brotaban a una gran altura las cortinas rojizas de las llamas. Los dos vimos como se reflejaban temblorosas y cobrizas en la cúpula de la iglesia.


En medio de las apreturas de la gente y entre el murmullo agitado de los habitantes venidos de todos los rincones de la ciudad, percibí el aroma de tus cabellos oscuros, de tu cuello, de tu vestido. Todos conocidos y todos nuevos a la vez. De pronto me decidí y, con el alma en vilo, cogí tu mano. ¡Aún hoy noto en mi palma su suave presión!






Didier MASSON
12. 09.11
Inspirado por “A una hora tardía” de Ivan Bounine

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