NO VOLVERE

Cuando entré en la consulta del dentista con un cuarto de hora de antelación, la recepcionista me recibió con su mejor sonrisa para anunciarme una mala noticia.

“Lo siento, señor Stazak, pero hoy el doctor Caillaud viene con retraso. Está realizando una pequeña intervención de urgencia con el doctor Dumas. Ninguno podrá atender a sus respectivos pacientes antes de media hora. ¿Mantengo su cita o le doy otra para más tarde?”

Decidí quedarme. En la sala de espera me encontré con otro paciente que probablemente esperaba al otro dentista. Nos saludamos con un movimiento de cabeza y, sin prestarle más atención, abrí mi cartera y me puse a leer y anotar el pequeño libro de Babel que llevaba conmigo. Estaba absorto en mi tarea cuando oí una voz que me decía:
“¿Usted habla ruso, amigo?”.

La pregunta me sacó de mi ensimismamiento. El acento indicaba que su autor era un auténtico ruso. Al levantar el cabeza pude verle de pie a mi lado un poco agachado como si intentara leer sobre mi espalda. Antes de contestar le miré con más atención. Tendría unos cincuenta años, iba vestido de un traje corriente de color gris y llevaba una corbata algo anticuada. Pero fue su mirada inquisitiva e irónica lo que me cautivó.

“Sí, lo leo. He nacido en Rusia, pero soy francés. Trabajo como profesor de literatura en un colegio y acabo de presentar mi tesis doctoral”. Aún hoy no entiendo por qué di toda esta clase de detalles a aquel desconocido. ¿Tal vez fue la sorpresa al oírle dirigirse a mí en el idioma de mi juventud? No sé.

El hombre acercó un sillón y empezamos a hablar. Su francés dejaba mucho que desear, así que seguimos dialogando en nuestro idioma común. Se presentó como Alexis Tretiakov, miembro del departamento de cultura de la Embajada de la URSS en París y me entrego su tarjeta de visita. Le hablé de mí, Alexandre Stazak, nacido en Rusia de padre ruso y de madre francesa. Le mencioné sin más que había emigrado a Francia en 1945 y que gracias a mi ascendencia materna había obtenido rápidamente la nacionalidad francesa. Al no tener aquí familia o protector, había llevado una existencia dura, pero mi suerte iba a cambiar: acababa de conseguir por fin el doctorado en letras. Sonriente, mi interlocutor me escuchó todo el tiempo con atención. Charlamos distendidos hasta que nuestros respectivos dentistas nos llamaron a la vez. Nos despedimos estrechándonos la mano.
No pensaba volver a ver a Tretiakov. Había explicado su presencia contándome que el dentista de la embajada era poco hábil y que un amigo le había recomendado este consultorio. No había precisado la naturaleza de su dolencia, así que me sorprendió volver a verle la semana siguiente. Esta vez no hubo retraso y, cuando salí, Tretiakov, me esperaba y me propuso tomar un café. Quería comentarme algo. Accedí. El hombre era simpático, venía de mi país natal, que a menudo yo añoraba y, sobre todo, me gustaba la idea de hablar con un nativo.

En el café hablamos de Rusia. No veníamos de la misma región. Él era moscovita mientras que yo había nacido en los Urales. Antes de cumplir dos años mis padres se mudaron a una pequeña ciudad de la Ucrania polaca donde mi padre trabajó como ingeniero agrónomo. El ruso era el idioma familiar, pero aprendí también el alemán, el polaco y, naturalmente, el francés con mi madre. Conté a Alexis – él había insistido en que utilizáramos nuestros nombres de pila – que había estudiado arquitectura. Cuando nuestra provincia fue anexionada por la Unión Soviética, mi familia, que nunca había militado en ningún partido, salió indemne de las primeras purgas. Dos años más tarde, en el momento de la agresión alemana, fui movilizado. Dejé a mis padres, mi hermana pequeña y mis amistades. Nunca respondieron a mis cartas y no volví a oír hablar de ellos. Antes del final de la guerra el Destino me hizo pasar por mi ciudad. No quedaba nada. Había sido arrasada y todos su habitantes fusilados. Sin arraigo, decidí rehacer mi vida en Francia donde llegué después de muchas peripecias.

Alexis me escuchaba con atención y parecía hasta conmoverse con mis miserias. Para serenar el ambiente, me preguntó sobre el titulo de mi tesis. Acertó por qué estaba muy orgulloso de ella. Era un análisis comparativo de cómo tres novelistas europeos del siglo XIX, Tolstoï, Flaubert y Fontane, habían tratado en sus obras el tema del adulterio femenino. Unos minutos más tarde, después de mirar su reloj, mi compañero se disculpo y nos separamos.

Mi intuición me había susurrado que volveríamos a vernos una vez más y así fue. Alexis Tretiakov me llamó por teléfono para invitarme a cenar. Quería comentarme algo relativo a mi carrera. Esta vez fue él quien llevó la voz cantante durante toda la cena. Reconoció que, a pesar del puesto que ocupaba, sus conocimientos literarios eran limitados, pero me contó que había hablado de mí con el agregado cultural de la embajada.

“¿Por qué no vuelves a Rusia Alexandre? Nuestra madre Rusia necesita gente como tú. Allí recibirías un reconocimiento profesional que te va a costar años conseguir en Paris” Se adelantó a mi objeción diciendo:
“El de hecho que hayas abandonado el país de manera un poco – vamos a decir - precipitada al final de la guerra no te será tenido en cuenta. Stalin ha muerto y ya corren tiempos nuevos”. Como me veía un poco dudoso, decidió destapar su carta maestra.
“No creo que lo sepas, Alexandre, pero dentro de tres meses se va a organizar un congreso mundial sobre Tolstoï en Yasnaya Poliana (2) con ocasión de su restauración después que los Alemanes la destruyeran durante la guerra patriótica (3). Podrías participar en una de las ponencias con un trabajo sobre Ana Karenina. Después, te ofreceríamos un puesto en una universidad en Moscú o en Leningrado. ¿Qué te parece?”

Reconozco que estaba muy seducido por el discurso de mi interlocutor. ¡Cuántas veces, durante las numerosas horas bajas vividas desde mi llegada a Francia, había soñado volver a Rusia donde había dejado mi gran amor! Iba a darle una respuesta positiva cuando el ruso cometió un error garrafal. No había adivinado mi decisión y dijo:
“¿Si quieres, una vez en Rusia, podríamos intentar localizar a Eva Cherematova?”

A oír este nombre le miré y reconocí la mueca que los protervos policías de la NKVD (4) arbolaban durante sus interrogatorios. Ni siquiera le pregunté cómo podía conocer este detalle de mi vida, el nombre de mi primer amor. Con una voz helada contesté a Alexis Tretiakov:
“No, no volveré.” Me levanté y salí aprisa del restaurante sin pronunciar una palabra más.

(1) “Nuestra madre Rusia”, así hablan los rusos de su país. (2) Yasnaya Poliana es el nombre de propiedad de Tolstoï. (3) La guerra patriótica designa la segunda guerra mundial. (4) La NKVD era la policía política de la URSS.

Didier MASSON Septiembre 2011

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