Mina

Una mañana de finales de abril nuestros guardianes nos llevaron hasta el bosque para tallar árboles. Ese día, nunca supimos por qué, apareció otro grupo que empezó a caminar al lado del nuestro. Eran mujeres y entre ellas la distinguí enseguida.

El Destino quiso que ella anduviera justo a mi altura, en el estrecho camino aun lleno de nieve. La observaba de reojo. Tenía un aspecto bastante joven e iba vestida con unos harapos que la hacían parecer casi una adolescente. Varias veces miré discretamente su cara sucia y noté una manchas grises debajo de unas grandes ojeras. Imaginaba que serían trazas de lagrimas secadas cuando, de repente, vi que iba a tropezar con un tronco que la nieve ocultaba y la cogí de la mano para evitar su caída en la nieve. La chica iba sin guantes y el choque le había hecho sacar las manos de sus bolsillos. El contacto con esta mano pequeña y huesuda me causó una sensación de felicidad como no había tenido desde hacía muchos meses pero, una vez que hubo recuperado el equilibrio y franqueado el obstáculo, la mujer la retiró rápidamente esbozando una tímida sonrisa.

A los hombres se nos distribuyeron unas viejas herramientas, sierras y hachas que apenas cortaban y el oficial nos ordenó empezar a cortar una hilera de árboles que llevaban una marca roja en el tronco, a la vez que los guardias se sentaban a los lejos, el fusil entre las piernas, observándonos. A las mujeres se les asignó la dura tarea de transportar los troncos, de donde caían hasta la carretera, donde esperaban unos camiones. Lo hacían arrastrándolos con la ayuda de unas largas cadenas. La suerte quiso que durante toda la mañana la joven y yo trabajáramos en el mismo equipo.

Vino la hora del descanso de mitad mañana, que duraba escasamente un cuarto de hora. Saqué un resto de pan que me quedaba de la noche anterior y para no perder tiempo me puse en la cola. Se nos distribuyó una agua tibia, colorada y apenas azucarada, que la administración del campo llamaba “el café”. Este brebaje, ahora tibio, nos había acompañado desde el campo, transportado en grandes bidones, supuestamente aislados para conservar el calor. Noté que la joven no llevaba consigo ningún recipiente para beber, así que apuré rápidamente el cuenco de madera que me había confeccionado y se lo tendí para que ella pudiese beber a su vez. Estaba prohibido a los detenidos hablar entre ellos, pero los guardianes se encontraban lejos, así que me atreví a preguntarle cómo se llamaba:

“Me llamo Mina”, me dijo en un suspiro al devolverme el cuenco. Le respondí:

“Yo soy Andrés”. Este primer contacto no dio para más porque en seguida nos llamaron de nuevo a nuestros puestos.

Nos volvimos a ver de forma discontinua durante varios días del mes de mayo. Siempre nos arreglábamos para caminar el uno al lado del otro y así conseguimos hablar a escondidas. Me enteré que Mina era originaria de la capital y que había sido arrestada meses atrás al salir de una reunión con amigas suyas. Su marido, antiguo compañero de clase, quien seguía en libertad, había escapado al arresto renegando de ella. A pesar de esta traición, Mina me dijo que se llamaba Alejandro y que le seguía queriendo. Pero lo que le causaba más inquietud, era la suerte de su hija de cuatro años, Ana, que probablemente nunca más volvería a ver. No sé por qué no me preguntó nada sobre mi vida, conformándose con los pocos elementos que le conté.

A pesar del bien que le causaban nuestros encuentros y nuestras conversaciones a escondidas, yo notaba que Mina iba decayendo poco a poco. Cada día iba menos arreglada y sus vestidos se encontraban cada vez más sucios. Durante nuestros breves encuentros me costaba más y más encender en su mirada, una luz tenue que indicara esperanza, sosiego, o solamente el deseo de vivir. Durante toda una semana, dejamos de vernos y su ausencia me apenó mucho. Su presencia y nuestros encuentros furtivos habían sido, lo reconozco, una razón adicional para intentar sobrevivir a este infierno. Más de una vez durante la noche sobre la tarima, que compartía con cuatro de mis compañeros, había soñado con otra vida después de “todo esto”. Y en esa vida soñada, estaba no solamente Mina, sino también la pequeña Ana que no conocía...

A finales del verano, volví a verla a lo lejos. Tenía un especto muy cambiado. Su vestimenta había mejorado notablemente. Iba arreglada y aseada. Ya no llevaba los harapos de antes, sino unos vestidos nuevos y limpios y, sobre todo, una boina de lana color marrón. Toda una diferencia con el resto de los prisioneros que llevaban las mismas ropas todo el año. También me llamó la atención el hecho de que Mina, a diferencia de las otras veces, no hubiese hecho ningún intento para integrarse en nuestro grupo de trabajo o, por lo menos, para acercarse a mi, su amigo. Esta mañana absorto en mi trabajo y en la necesidad de alcanzar mi objetivo diario de troncos abatidos que mi malévolo jefe de equipo acababa de subir de manera brutal, no me fijé en ella.

La encontré a la hora del descanso. Comprendí rápidamente por qué no la había visto antes durante toda la mañana. Su nueva tarea consistía en distribuir el “café” de la mañana a los prisioneros. A su lado se encontraba Oleg, un miembro del hampa, uno de los jefes de la jerarquía paralela del campo, a quien conocía de vista. Como a sus compañeros nunca se les asignaban tareas como las nuestras, ellos al contrario pasaban el tiempo viviendo de trapicheos con los guardianes. Este día la distribución del café resultó particularmente lenta, y mientras esperaba, oí a Mina y a Oleg que charlaban. Me sorprendió el tono vulgar de la joven y las palabras soeces que empleaba con su compañero. Cuando llegó mi turno, noté en sus ojos que me había reconocido pero, si durante un segundo pude percibir unos rasgos de la dulzura de antaño, enseguida sus ojos se volvieron inexpresivos. Mientras me sirvió, no pronunció ni una palabra. Esta noche volví a soñar con ella y hasta imagine un plan para poder sacarla de las garras de la chusma del campo.

Otra vez Mina y yo nos separamos. Seguía soñando durante la noche que la joven había sido seducida o mejor, forzada por este jefe del hampa. En mi imaginación me creía su salvador afinando las estratagemas para liberarla y fugarnos juntos....

Un año más tarde, mi condena a tres años de campo se acababa, Un día fui llamado a la oficina del jefe del campo. Esperaba y a la vez temía esta convocatoria en la cual, él me iba a notificar algo relativo a mi futuro. Cuando entré en el despacho del comandante no pude reprimir un gesto de asombro. Detrás de este hombre implacable que me anunció, con un tono monocorde y sin mirarme que, a raíz de la revisión de mi caso, debería pasar cinco años más de reclusión, pero esta vez en las minas de plomo del norte, se encontraba Mina, vestida como un ama de casa. Cuando el oficial cerró mi expediente, la joven posó delicadamente su pequeña mano sobre su hombrera como para quitarle una motita de polvo....

“Así es la naturaleza humana”, pensé.



(Inspirado de “Relatos de mi vida en los campos “ de I. Filshintski.

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