Un cuento de Navidad: el cuadro.

Faltaban cuatro días para Navidad, Nicolás andaba por la calle, perdido en sus sueños. Este año pasaría unos días con su grupo de amigos, que se iban a reunir en el chalet de los padres de uno de ellos, cuando hasta el momento siempre había preferido hacer un viaje al extranjero, solo o en compañía, pero este año, las cosas se habían complicado tanto en el plan emocional, como en el material. Desde que, con diecinueve años, él se había ido de casa, le invadía por primera vez una cierta inquietud sobre su futuro. Intentaba tranquilizarse pensando que, pasara lo que pasara, nunca llamaría a su padre, un abogado famoso, el cual había soñado siempre con moldearlo a su gusto, en todos los aspectos, para hacer de él su sucesor. La ruptura, última etapa de una crisis, que había llegado a ser casi permanente, había ocurrido por causa de una inoportuna carta enviada por Sophie. Su padre, quien sospechaba un noviazgo que no era acorde con los planes que tenía para él, le había obligado a leerla en voz alta, en presencia de su madrastra. La humillación, que representó este incidente, había sido la chispa que le había hecho explotar, reduciendo a la nada los planes que su progenitor tenía para él.


Esta ruptura había sido para Nicolás como un renacer. Había dejado atrás toda su vida anterior, sus estudios, una carrera prometedora, una vida fácil, sus amigos.... Se había ido con lo puesto, una pequeña maleta que contenía una muda y media docena de libros, el dinero líquido que tenía en su armario y su pasaporte. Se había ido de casa para siempre. Llegó a España, donde había empezado a vivir lo que llamaba “su segunda vida”, partiendo de cero. Apenas conocía el idioma, porque durante los dos cursos de español que había estudiado en el liceo, había preferido acabar sus deberes de matemáticas, en lugar de participar más. El pobre monsieur Blanco, su profesor, se había resignado a considerar su caso como perdido, sabiendo que era inútil intentar convencer al joven Nicolás C. de seguir sus enseñanzas y que las excelentes notas que conseguía en las otras materias, le protegían contra cualquier sanción. El profesor, bastante decepcionado por su actitud , se había contentado con cabecear más de una vez, a la hora de entregar los pésimos deberes del alumno rebelde, repitiendo entre sus dientes. “Tal vez un día, amigo mío, te arrepentirás...”.


Al llegar a Valencia, Nicolás había hecho un enorme esfuerzo para recordar las pocas frases que sobrevivían aún en su memoria. Eran pocas pero, después de comprar uno de esos libros escritos para viajeros extranjeros y un diccionario, él se obligó a hablar solamente en castellano. Su conocimiento de idiomas, el inglés y sobre todo el alemán, le permitió encontrar un primer trabajo poco interesante, pero bien pagado, en una empresa especializada en el comercio internacional. A pesar de su aburrimiento, Nicolás se había aferrado a este puesto, para poder conseguir su permiso de residencia. Desde el primer día, llevaba una vida simple y su proyecto de “segunda vida” iba bien encaminado, cuando de repente dos años después, la sociedad fue vendida. La única conversación que mantuvo con el nuevo dueño le había dejado un poco perplejo y en las semanas siguientes, pudo verificar que su instinto no le había fallado. El señor García, jefe de personal, le encargó que se ocupara de formar, durante el verano, a un becario. Nicolás enseñó a este joven, bastante simpático, todo su trabajo y en septiembre, Pedro García, volvió a convocarle en su despacho, le dio las gracias y le despidió. El becario era un sobrino del dueño, que éste, había decidido colocar en su sitio. Desgraciadamente, este episodio tan penoso, había ocurrido justo cuando la situación económica del país empezaba a deteriorarse.


Desde entonces Nicolás acumulaba tres trabajos por horas. De madrugada trabajaba seis días a la semana, como “reponedor de mercancía” en una sucursal de una cadena de distribución alimentaría, situada al otro lado de la ciudad. A las diez se presentaba en un taller de arquitectura, donde había sido contratado como administrativo. En teoría, tenía que trabajar allí cuatro horas, pero la realidad era otra y no le pagaban nunca las horas extras, cuando se producían. Finalmente era asistente del entrenador del equipo de balonmano de un colegio privado, tres tardes a la semana. Entre sus tres trabajos, ganaba suficientemente para vivir sin lujos, pero él sabía que en ninguno de los tres tenía garantía de continuidad. Una conversación con uno de los socios del estudio, le había convencido de que su falta de título académico, le hacía cada vez más vulnerable y le imposibilitaba para encontrar un verdadero trabajo. Siguiendo su consejo, había decidido reemprender sus estudios de derecho, partiendo otra vez de cero, porque la convalidación de los créditos de estudios entre los dos países, era un verdadero rompecabezas. Afortunadamente el idioma ya no era ningún problema para Nicolás y los dos años de derecho que había hecho en su país, le facilitaban mucho las cosas. Debido a sus trabajos, iba a sus cursos por la tarde y estudiaba de noche o durante los fines de semana.


En su “segunda vida”, mantenía un estilo de vida bastante frugal, muy distinto al que había conocido en su juventud. Ahora no le interesaba la ropa de marca y, en su lugar, llevaba siempre ropas simples, que compraba en tiendas corrientes . La cocina tampoco tenía mucho atractivo para él, salvo cuando, dos veces al mes, le tocaba su turno de preparar una cena completa para su grupo de amigos. Vivía en un pequeño apartamento, situado en el cuarto piso, sin ascensor, de una casa antigua del centro de la ciudad. Se desplazaba andando, para no subir y bajar su bicicleta por la escalera, utilizándola, solamente los fines de semana, para dar largos paseos con sus amigos. También había descubierto el arte y, cuando podía, visitaba las exposiciones itinerantes que solían ofrecerse en Valencia. Esta pasión le había llevado a querer pintar. En lugar de ir a una academia, había recibido los consejos de un viejo profesor de arte, con quien había entablado una gran amistad. Pintaba lentamente y hasta la fecha había acabado solamente media docena de obras. En este momento estaba trabajando sobre un retrato inspirado en una Virgen del renacimiento, cuyo marco había comprado en el rastro. Esta obra, la primera que realizaba totalmente solo, le resultaba difícil de acabar y hacia varias semanas que la tenía paralizada, porque la mirada de la virgen no le convencía.


Durante estos últimos años, había tenido varias relaciones con chicas, pero ninguna había cuajado. Hacia poco, se había celebrado la cena de Navidad del taller de arquitectura. El ambiente no había sido como él del año anterior, se rumoreaba que los socios atravesaban una mala racha. Tenía que haber algo de cierto, porque últimamente las nóminas se pagaban con bastante retraso y la paga extra, aun no había sido ingresada. Durante la fiesta había coqueteado con una de las delineantes, Marta, una chica no muy agraciada físicamente, pero simpática y extrovertida, que solía ser siempre una de las animadoras de estas cenas. Después del restaurante un grupo reducido, había ido a una discoteca y después Nicolás había acompañado a Marta hasta su piso. Habían hecho el amor, pero los dos sabían, que este encuentro no les llevaría a ningún sitio. Al día siguiente, durante el desayuno los dos habían pensado al unísono. “¡Que curioso, a los dos nos pasa lo mismo!. ¡No hay manera de que las personas de quienes nos enamoramos, se interesen por nosotros y por otra parte, nos llevamos muy bien con las personas por las cuales, nuestros sentimientos, no pasan de la camaradería! “..


Caminando en dirección a la facultad, absorto en sus pensamientos, Nicolás pasó delante de una joven parada sobre la acera, a pocos metros del edificio donde se iba a impartir la última clase, antes de las vacaciones de Navidad. De repente, él retrocedió y se acercó a la chica. Vio que lloraba y pensó que, probablemente había sido el sonido de su llanto, el que le había despertado de su ensimismamiento. La chica debía tener alrededor de veinte años y no vestía mal, pero de su cara se desprendía una infinita tristeza. Nicolás iba justo de tiempo, así que buscó en su bolsillo y le entregó las dos únicas monedas que tenía. La chica esbozó una media sonrisa y, mirándole, murmuró:


“Muchas gracias, caballero”.


El hizo un gesto con la mano, como para indicar que no había por que agradecerle nada y se precipitó hasta su facultad. Subiendo la escalera se arrepintió un poco de su acción . Solamente le quedaban alrededor de veinte euros para acabar el mes y las noticias de antesdeayer sobre la paga extra, no eran muy alentadoras. Esta ausencia de fondos no sería grave si, dentro de dos días, no se iba a casa de Feliciano con sus amigos y entonces tendría que participar en los gastos comunes...”Bah, se me ocurrirá algo” pensó....


A la salida de clase se despidió de sus compañeros en la acera. Había totalmente olvidado a la chica de la limosna, cuando volvió a encontrarla, exactamente en el mismo sitio que antes. Pensaba seguir su camino de regreso a casa, pero algo le hizo pararse. Tal vez le llamó la atención el hecho de que las ropas de aquella chica, no parecían ser de mucho abrigo o que seguía llorando y que ya era de noche. Sin saber muy bien por qué, se dirigió hasta ella diciendo:


“¿Tienes hambre?”. Con una voz temblorosa, ella le contestó:


“Si mucho”. Nicolás le preguntó:


“¿Y por qué no te has comprado nada con lo que te he dado antes?”.


“No puedo, tengo que guardarlo para después”, murmuró ella.


Nicolás, quien sabía que del otro lado de la avenida habían bares abiertos, cogió a la chica del brazo y le dijo:


“Ven conmigo hasta el bar de enfrente. Cerrará pronto, pero tenemos tiempo de coger un café y un bocadillo”.


Una vez sentados dentro del “Bar de las facultades”, Nicolás observó a la chica mas detenidamente. A pesar de que su vestimenta era demasiado ligera para estos días de finales de diciembre, iba limpia, aseada, bien peinada y su cara tenía una expresión, donde se mezclaba el reconocimiento y el miedo. Quiso preguntarle cosas sobre su vida, pero se encontró incomodo. No quería que esta conversación pareciese un interrogatorio, recordando los tiempos, en los cuales tampoco le habría gustado que un desconocido, por bueno que fuese, le hubiese preguntado detalles de su vida. Mientras esperaban los dos bocadillos a compartir, un café doble para ella y un té para él, Nicolás se enteró de que la chica se llamaba Raquel, que era extremeña y que había llegado a Valencia, hacía solamente una semana. No le reveló el motivo de su viaje, pero le aclaró que los dos euros que le había dado y las otras pequeñas limosnas que había recogido durante el día, le permitirían pasar la noche en una pensión, cuyo nombre no mencionó. Por eso no había comido nada.


Poco a poco el bar se había vaciado y los dos camareros habían empezado a levantar las sillas ruidosamente para fregar el suelo, indicando así a los dos últimos clientes que era hora de irse. Nicolás ya no sabía qué decir ni qué hacer, pero la mirada de la chica seguía posada sobre él confiada y como si esperase algo. Al final, cuando salían a la calle, le dijo:


“Mira Raquel, ahora mismo no puedo hacer nada más por ti”. Pero una voz interior le hizo añadir:


” Si quieres, nos vemos mañana, a las seis, en el mismo sitio”. Raquel aceptó y se despidió con la misma fórmula de antes:


“Muchas gracias, caballero”.


Durante la noche, Nicolás repasó los acontecimientos de la tarde. No se podía explicar, qué le había empujado a invitar a la desconocida a un café y a un bocadillo, a pesar de las consecuencias desastrosas para su propia economía y no sabía por qué le había citado la tarde siguiente. Al día siguiente no tuvo tiempo para pensar, porque al ser víspera de fiestas, tanto en el supermercado como en el bufete, reinaba un ambiente de locura. Salió del bufete tarde y preocupado por la noticia, según la cual solamente la mitad de la paga extra se ingresaría antes de fin de año. El colegio se encontraba cerrado por las vacaciones escolares así como la universidad, así que llegó sin problema a su cita con la tal Raquel. Ella le esperaba en el mismo sitio que la víspera. Ahora la joven no lloraba, sino que tenía una expresión inquisitiva.


Después de saludarla, Nicolás le propuso andar hasta el jardín de Viveros, situados a cien metros. Ya no le quedaba dinero suficiente, ni siquiera para un café. Una vez sentados en un banco, preguntó a Raquel lo que sabía hacer. No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que la chica, no tenía muchos estudios - lo que suponía - y que nunca había trabajado en nada que no fuese “ayudar en casa”. Tampoco precisó cuales eran sus tareas cuando vivía en casa de sus progenitores.


“¿Y no podrías volver allí?”. Al oír esta pregunta, el rostro de la chica se tensó, sus ojos se volvieron húmedos y Nicolás creyó leer en ellos un cierto temor. El pensó que había cometido un error y decidió no insistir más en el tema. Desde hacía unos minutos que una pregunta le quemaba los labios.


“¿Cuántos años tienes, Raquel?”. Ella contestó:


“Acabó de cumplir dieciocho en octubre”. Nicolás, quien la observaba, pensó que la joven decía la verdad.


“Pues lo único que me ocurre en este momento es lo siguiente. Tu me has dicho que tienes el tema de tu alojamiento cubierto de momento. Lo que necesitas es tener unos ingresos más o menos fijos que te permitan cubrir tus necesidades económicas más urgentes. ¿Cuánto te cuesta la pensión?”. La joven contestó:


“Me cuesta siete euros, solamente para pasar la noche, pero quiero dejarla cuanto antes. Allí hay una clase de gente que me dan miedo”. Nicolás entendió la situación inmediatamente . La pensión de la cual hablaba Raquel, debía de ser uno de esos establecimientos destartalados, que alquilan habitaciones por horas, a prostitutas o a otras personas poco recomendables.


“A pesar de lo que me cuentas, en tu lugar no me iría de momento. No encontraras nada más barato. Como tu no tienes ninguna experiencia laboral, lo que te convendría es encontrar trabajo en casas particulares, para limpiar o cuidar niños o ancianos.” Seguía pensando en voz alta mientras la joven parecía beber sus palabras. Le preguntó:


“Es evidente que te van a pedir referencias. ¿Podrías dar alguna referencia Raquel? ¿Sabes los datos de alguien que te conozca y pueda responder de ti?”. La joven negó con la cabeza y, después de unos segundos, dijo:


“No. Prefiero no dar nombres. No se trata que haya hecho algo malo, pero no quiero que vengan a por mi. Los conozco demasiado bien.... Mi padrastro, o el gato, mandarían por delante a mi madre o a mi hermano, quien es carne y uña con el gato, para convencerme. Quiero seguir desaparecida.....Si me encuentran, no pararán hasta que vuelva y entonces todo será peor.” Con estas pocas palabras, Nicolás se hizo una idea de la situación. Raquel había hablado de un padrastro – ¿la maltrataría? – Los periódicos estaban repletos de noticias aterradoras de maltrato dentro del ambiente familiar. La referencia “al gato”, un apodo, indicaba que, tal vez Raquel tenía un novio o algo así. Sintió verdadera lástima por la chica, que no dejaba de mirarle, con una muda llamada de socorro en los ojos.


“¿Y la policía?. ¿Por qué no vas a la policía? Si alguien te maltrata o te amenaza la policía te protegerá....”. Ella negaba con la cabeza:


“Es que usted no los conoce. Donde vaya, más pronto o más tarde, me encontraran. Son unos demonios. En el pueblo todos los conocen. De donde vengo, nadie puede salir....¡No, lo he pensado bien!. Tengo que estar en una ciudad grande, lejos de ellos, lejos del gato. El quiere que trabaje allí, en un local de carretera llamado “La casa dorada”... Mi padrastro, quien le debe mucho dinero, me ha vendido a él.....” Ya no había manera de parar a Raquel, que ahora hablaba sin parar, como si, de repente, su reserva y su prudencia le hubieran abandonado.


“Usted es un buen hombre y no conoce a esta clase de gente y la mentalidad que hay en los pueblos pequeños como él mío. Allí, nadie me protegerá. ¡Por favor, caballero, ayúdeme!”. Ahora Raquel había cogido las manos de Nicolás entre las suyas y las estrujaba. El notó que su incomodidad había desaparecido y que la misma fuerza que le había hecho invitarla a un bocadillo la víspera, le volvía a empujar. De repente se levantó y cogiendo el brazo de la chica le dijo.


“Ven, te quedaras conmigo esta noche. Mañana iremos a buscar tus cosas a la pensión. No soy rico, ni siquiera sé lo que me reserva el futuro pero, pasé lo que pasé, no te abandonaré”.


Fueron a casa de Nicolás, quien la acomodó en su habitación, mientras él se arregló para pasar la noche en el sofá del salón, envuelto en una manta. Al día siguiente, se tenía que marchar a casa de sus amigos, pero antes la acompañó hasta la pensión, para recoger lo poco que llevaba consigo. Una vez en casa, le dejó los últimos veinte euros que le quedaban, recomendándole, que los hiciera durar hasta su vuelta, cuatro días más tarde y se fue.


Cuando volvió, el piso estaba vacío, ordenado, su ropa lavada y planchada. Hasta el viejo reloj de pared, que había comprado el año anterior en el rastro y que nunca había funcionado, lanzaba un tic-tac alegre. Pero sobre todo, lo más extraordinario era que, posado sobre su caballete de trabajo, su último cuadro estaba acabado. El rostro de la Virgen tenía esa misma mirada, a la vez un poco triste, expectante y confiada de su protegida, unos trazos que nunca había podido realizar antes...... Nicolás nunca volvió a saber nada más de Raquel. Solamente el tic-tac del reloj que, desde aquel momento nunca paró, y la contemplación del cuadro, le recordaban la efímera presencia de la joven en su piso.

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