“PROHIBIDO DEJAR LIBROS EN LOS BANCOS” (*)
Nicolás emprendió el largo y complicado viaje desde Madrid, donde había ejercido de traductor durante dos años, con satisfacción, porque añoraba a su país. Diez días antes, su jefe le había convocado en su despacho y, sin previo aviso, le había ordenado desplazarse hasta Valencia para coger un barco la vispera siguiente rumbo a Odessa. Con una voz neutral le aconsejó no llevar consigo “ningún recuerdo literario de su estancia en aquel país”. Esta recomendación dejó perplejo a Nicolás, pero decidió seguirla, porque Ivan G. no solía hablar sin motivo. Aquel barco, un carguero viejo y sucio, estaba abarrotado de pasajeros, en su mayoría solteros, pero había también dos o tres parejas, cuyas mujeres eran españolas. Al principio del viaje el ambiente era bastante jovial y casi festivo. Este buen humor duró hasta la escala en Marsella, donde en contra de sus deseos, ningún pasajero pudo desembarcar. Cuando los pasajeros preguntaron por sus pasaportes, el capitán utilizó una excusa poco creíble para negarse a entregarlos. Los dos días de escala pasados encerrados en el barco, mirando la tierra que no podían pisar, rompió el hechizo....
Notó el cambio en la pequeña cabina que compartía con tres otros ocupantes. Definitivamente no era como el primer día cuando se cruzaron las preguntas de rigor: ¿De donde vienes?, ¿Y tu que hacías allí?, ¿Entonces conocerías a mengano o fulano?, .¿A dónde vas?. Cuando le habían hecho estas preguntas que siempre se hacen en estos casos Nicolás no había intercambiado con ellos otras palabras que comentarios comunes, contestando con frases sencillas, que impedían a cualquier persona hacerse una idea de quien era y sobre todo de cuales eran sus opiniones. Lo único que sabían de él era su nombre, Nicolás S. su profesión, traductor y su ciudad de origen Moscu. Por el contrario, sus compañeros habían sido muy volubles, casi demasiado, a su gusto.
Pero ahora las conversaciones eran más serias y cuando empezaban a surgir criticas y opiniones negativas sobre la situación Nicolás optaba por pisar lo menos posible la cabina. Entre los pasajeros del carguero, la tensión aumentaba a medida que el barco se alejaba de su primera escala, casi al mismo ritmo que la hélice acercaba a los pasajeros a su destino. Reflexionando, él se preguntó si este cambio tenía también algo que ver con la presencia casi permanente de dos personas embarcadas como los otros pasajeros en Valencia. Nicolás había visto a demasiados personajes de este tipo para saber que no eran miembros de la tripulación, ni unos simples viajeros, auque al principio hicieron todo lo que pudieron por parecerlo. Les había catalogado de inmediato: eran agentes de la policía encargados de vigilar al rebaño durante su vuelta a casa.
Llegaron a Odessa en la fecha prevista. Después de un control minucioso en el cual participaron, no solamente los dos policías, sino dos pasajeros más, uno de ellos compañero de cabina de Nicolás, él pudo desembarcar sin demasiadas complicaciones. Recuperó su pequeño equipaje que evidentemente había sido inspeccionado en su ausencía como lo había comentado su antiguo jefe. No se preocupó de la suerte de sus otros compañeros de viaje con los cuales acababa de pasar más de una semana. Dos días más tarde llegó por tren a la capital. Era de noche y no pudo observar los cambios que había sufrido la gran ciudad durante su ausencia de dos años, porque la luz en las calles era escasa. Después de pagar al taxista, despertó al jefe de inmueble para recuperar la llave de su pequeño piso, en realidad una habitación y media, en un inmueble burgués, construido el siglo anterior, por alguna familia burguesa y que, en los años veinte, había sido dividido en pisos comunitarios.
Como soltero divorciado, no tenía derecho a tener más de una habitación, pero debido a la situación de su piso, en una esquina del inmueble, él disfrutaba de una especie de vestidor, su “media habitación” adicional, donde se había hecho un pequeño estudio. Antes de dormirse pensó en la suerte que había tenido, al mantenerle la titularidad del apartamento durante su ausencia. Era una cosa rara, casi excepcional, porque la falta de alojamiento era tal en la ciudad, que normalmente habría tenido que perderla. Natalía, su ex mujer, con la que había convivido aquí durante tres años, se había portado bien y había decidido irse a vivir con su nuevo compañero, hacía seis meses. Le había escrito que le dejaba los pocos muebles que tenían. En realidad eran suyos, porque ella había venido sin nada, desde su habitación en la universidad. Lo único que se había llevado Natalía, eran sus cosas personales y los libros que le pertenecían, pero el grueso de la biblioteca se había quedado aquí. Nicolás durmió como un tronco durante toda la noche, hasta que la luz del día le despertó. Le sorprendió porque era el mes de abril, cuando el sol no se levanta aun muy pronto. Fue cuando él notó que las cortinas habían desaparecido.
Como venía directamente del extranjero, no tenía nada para desayunar, así que decidió bajar a la calle y buscar un sitio donde beber y, tal vez, comer algo caliente. A esta hora temprana el tráfico no era aun muy denso, lo que le permitió descubrir de lejos un panel con un anuncio que decía “Prohibido dejar libros en los bancos”. Nicolás no entendió el sentido de este cartel, firmado por una asociación cívica desconocida, pero que, de todos modos, debía tener un respaldo oficial. Era el único anuncio de este tipo, porque los otros paneles que vio, llevaban las clásicas consignas políticas o las estadísticas, muy halagüeñas de producción, que la gente estaba acostumbrada a ver desde hacía años.
En el pequeño restaurante que encontró pidió un té. El mostrador estaba desesperadamente vació. No se veía nada que se pudiese comer, pero el camarero, tentado por una buena propina, accedió a darle una rebanada de pan con una especie de confitura. Hizo desaparecer la moneda en los pliegues de su delantal inmaculado mientras, guiñándole el ojo, murmuraba que “la confitura era de fabricación casera, la hace mi suegra”. A la vez que comía, Nicolás cogió un periódico y se puso a buscar artículos, para ponerse al tanto de la vida cultural de la ciudad. El cuarto articulo que leyó trataba justamente del mismo tema que le había intrigado por la mañana en la calle: la prohibición de dejar libros en los parques. Como siempre el artículo estaba escrito en términos positivos, presentando esta campaña, lanzada hacía tres meses, como extremadamente exitosa “...la población en su conjunto ha demostrado así su espíritu cumplidor y su adhesión total a las consignas de nuestro querido partido...”. A pesar de este grito de victoria, el texto no incluía ninguna estadística relativa al cumplimento, o a la disminución o abandono de “ la costumbre burguesa y antipartido de dejar algún libro u otro objeto, en los bancos de cualquier parque de la ciudad”.
Nicolás sabía leer entre líneas y entendió que no convenía hablar de este tema con cualquier persona. Decidió esperar una ocasión propicia y, sobre todo segura, para enterarse de lo que había detrás de esta extraña consigna. Una vez su frugal desayuno acabado, se puso en marcha hasta la oficina donde había trabajado hasta su salida para España, en octubre del 36.
Sabía que este día, debería resolver muchos tramites administrativos necesarios para su reincorporación como traductor de primera clase. Como había llegado pronto y los jefes solían llegar siempre mucho más tarde, Nicolás dedicó unos minutos a recorrer los pasillos del edificio. Casi todos los nombres que figuraban sobre las puertas de las oficinas, eran nuevos y desconocidos. Solamente dos de sus antiguos compañeros, Lev S. y Martina P. seguían trabajando aún. Afortunadamente al parecer el departamento administrativo no había sido tocado tan profundamente por este virus de cambios y Eugenia, la vieja administrativa de siempre, le facilitó los formularios necesarios para recuperar su tarjeta sindical, con todos sus sellos actualizados y, sobre todo, su librito de racionamiento, dos documentos absolutamente imprescindibles para sobrevivir, así como su pase para el comedor de la oficina. Nicolás no hizo ningún comentario sobre la epidemia de cambios que acababa de observar, tampoco la antigua administrativa le hizo preguntas sobre su ausencia, pero la sonrisa que le envió lo decía todo. Antes de su salida, Nicolás era de su favoritos.
A una hora prudente, Nicolás se presentó a su “nuevo jefe” porque el “antiguo”, Alexis F. “ya no trabajaba aquí”. Su lugar estaba ocupado ahora por Vladimiro K. que Nicolás no conocía y cuya trayectoria profesional era un misterio para él. La entrevista fue cordial. Visiblemente Vladimiro había leído su expediente recientemente. Le hizo dos o tres preguntas sobre sus tareas en España a las cuales Nicolás respondió escuetamente, limitándose estrictamente al plan profesional, guardándose de cualquier apreciación positiva o negativa, sobre la situación de aquel país. Al final de la conversación, su jefe le comentó que “una pequeña reorganización de la oficina estaba en marcha. Al finalizar ésta, se la asignaría la gestión de un departamento...” y decidió otorgarle una semana de vacaciones durante la cual Nicolás debería efectuar los tramites administrativos que tenía que hacer fuera de la oficina.
Cuando Nicolás volvió a su piso por la tarde, llevaba debajo del brazo un ejemplar del periódico que había leído por la mañana y, dentro de su cartera, dos pequeñas botellas de vodka que había comprado. Dejó la cartera sobre su cama y subió a hablar con Maxim B., uno de sus vecinos de siempre. Maxim era poeta y los dos estaban muy unidos. Se conocían desde hacía muchos años, se querían y entre ellos, las discusiones siempre eran muy francas. Sus respectivas parejas se llevaban bien y juntos habían hecho pequeñas excursiones, por los alrededores de la capital. Ya antes de que Nicolás se fuese a España, Maxim había tenido dificultades para publicar sus poesías pero estas dificultades no habían afectado la amistad entre ellos. Esta tarde Nicolás encontró a su amigo envejecido y desmejorado. El, de antaño, muy elegante, llevaba ahora ropas que parecían harapos. Finalmente Nicolás descubrió que la habitación de Maxim estaba casi vacía de muebles. Quedaban pocos y su biblioteca, antes abarrotada de buenos ejemplares algunos muy bien encuadernados, contenía solamente la cuarta parte de los de antes.
Maxim, que conocía desde por la mañana el regreso de su amigo, le sonrió para tratar de borrar la pésima impresión causada y ambos cayeron en un largo abrazo. Antes de empezar a hablar, el poeta abrió la ventana que daba sobre la calle, ahora muy concurrida y de la cual subía un cierto ruido. Solamente por nuestra seguridad pensó Nicolás. Hablaron. Maxim interrogó largamente a su amigo sobre su estancia en España. En estas circunstancias Nicolás no tuvo ningún reparo en contar a su amigo lo que había sido su vida en aquel país, tanto en el plan profesional como en el plan personal.
-¿Y como esta María?. Preguntó Nicolás a su amigo.
María era la pareja de Maxim, su compañera desde el principio de los años veinte. María venía de San Petersburgo, hoy Leningrado, mientras que Maxim era oriundo de Moscú. La historia que contó este último a su amigo resultó desoladora. Hacía un año, la policía había venido a buscarla a la salida de su trabajo, la habían interrogado durante unos días y la habían soltado sin más. A partir de este momento, María dejo de vivir tranquila, convocada a la comisaría de manera aleatoria. Estos arrestos seguidos e imprevistos, les hizo perder su trabajo. La policía había convocado a María una ultima vez más hacía unos meses y no la había soltado. Detenida en una prisión de la ciudad, sin derecho a visita, esperaba un hipotético juicio y después, la deportación o peor... Maxim iba cada lunes a la puerta de la cárcel para entregarle un pequeño paquete de comida.
Nicolás empezó a entrever la realidad. En esta pareja la única que llevaba dinero a casa, era María, desde que Maxim había sido excluido del sindicato de los escritores en 1937. Su exclusión le impedía publicar sus obras, porque solamente los miembros del sindicato lo podían hacer. Para sobrevivir vendía pieza a pieza lo poco que tenía pero, viendo lo que quedaba del piso, esta situación ya no duraría mucho más. Una pena inmensa invadió a Nicolás, porque quería muchísimo a esta pareja amiga y no entendía este ensañamiento contra ellos. Eran apolíticos y en ningún caso podían ser considerados como peligrosos para el régimen! Sabiendo que Maxim odiaba dar lastima, decidió cambiar de tema y de sitio.
Propuso a su amigo seguir hablando abajo en su propio piso, porque quería enseñarle algo. Maxim pidió unos minutos para asearse y bajó después, Nicolás le esperaba con el periódico abierto sobre la mesa. Primero contó a su amigo lo que le había llamado la atención por la mañana, concerniente al eslogan que había visto en el panel, y abriendo el periódico le enseño el eslogan preguntándole:
- ¿Qué significa esta campaña “ Prohibido dejar cualquier libro sobre un banco”? ¿Qué sabes tu de eso? Maxim respondio:
- Poco después de tu salida para España, el gobierno empezó a hacer circular unas listas de “libros prohibidos”. Las personas que tenían ejemplares de los libros que pertenecían a esta lista, tenían que entregarlos en sus respectivas comisarías de policía. No sé cuántos lo hicieron, pero los que decidieron obedecer, se llevaron un disgusto cuando se dieron cuenta, de que no solamente los policías recogían los ejemplares, sino que también anotaban los datos personales de sus propietarios. Puedes entender, Nicolás, que cuando la noticia de esta formalidad se difundió, el número de “buenos ciudadanos”, cayó en picado. Entonces empezaron los registros domiciliarios. Muchos se hacían a raíz de denuncias por parte de los jefes de inmuebles, los cuales, como tenían la llave de todos los pisos, hacía pesquisas para la policía. Ocurrieron situaciones ridículas y embarazosas, porque estas personas, generalmente poco educadas, a veces confundieron títulos y autores. Pero la presión policíaca se intensificó hasta tal punto, que la gente empezó a deshacerse de sus “obras prohibidas” de todas las maneras posibles.
- Utilizaron los cubos de basura, pero la policía lo impidió ordenando a los jefes de inmuebles de vigilar lo que los vecinos depositaban allí. Pensaron en utilizar las chimeneas y las estufas pero, como sabes, ya quedan muy pocas de las primeras y la utilización de las segundas, durante todos los meses del año resultaba sospechoso y por eso estaban los jefes de inmueble observando desde sus puestos de trabajo. La gente recurrió a los retretes causando obstrucciones enormes en los maltrechos desagües!....Hasta que finalmente alguien pensó en utilizar un método mucho más simple. Mientras la gente paseaba en los parques, esta persona empezó a dejar sobre los bancos un ejemplar, que otras personas recogían cuando los guardianes o la policía no habían sido más rápidos, lo que ocurría a menudo. Su ejemplo fue seguido por cada vez mas gente, hasta que fue relativamente fácil encontrar uno de estos “libros prohibidos”. A pesar de los gritos de victoria del gobierno, creo que el resultado ha sido pobre porque, al contrario de lo que pretendía esta odiosa campaña de destrucción, se ha fomentado la circulación de las obras que él pretende prohibir. De allí el eslogan “Prohibido dejar libros en los bancos”......
-¿Y como estos nuevos lectores se deshacían de los libros?. ¿Si era peligroso tener uno en casa, no creo que la gente fuese muy propensa a poner en riesgo su seguridad? Al final estos libros no eran suyos. - Le preguntó Nicolás.
- Pues, sorpréndete, amigo mío. En realidad hay mucha más gente valiente de lo que se supone, especialmente cuando se hacen las cosas de manera anónima. Probablemente algunos los tirarían, pero prefiero creer que la mayoría no lo ha hecho. Guardarán los libros o los harán circular de nuevo. Los que aman los libros, son muy reacios a destruirlos.
Los dos amigos hablaron y bebieron durante varias horas acabando las dos botellas. A medianoche Maxim se subió a su piso mientras Nicolás se acostaba bastante borracho, lo que impidió despertase cuando se produjo un pequeño alboroto en el piso de arriba, sobre las dos de la mañana. No fue hasta la mañana siguiente que se enteró de la noticia. La policía había arrestado a su amigo en plena noche. Esta misma mañana cuando Nicolás recogió los vasos y las botellas de la noche anterior, encontró sobre el sofá un libro que había dejado Maxim. Cuando lo vio, supo en seguida que, pase lo que pase, nunca lo destruirá...
Nunca se supo del futuro del poeta ni del de su pareja, María. Los dos desparecieron como tantas decenas de miles...
(*) Escribí esta historia después de leer el articulo “Prohibido echar libros en el retrete” publicado por Ignacio Vidal-Floch en el País del 12 de noviembre de esta año. Me he inspirado en algunas cosas que él escribió en este articulo.
Valencia, noviembre 2010
Notó el cambio en la pequeña cabina que compartía con tres otros ocupantes. Definitivamente no era como el primer día cuando se cruzaron las preguntas de rigor: ¿De donde vienes?, ¿Y tu que hacías allí?, ¿Entonces conocerías a mengano o fulano?, .¿A dónde vas?. Cuando le habían hecho estas preguntas que siempre se hacen en estos casos Nicolás no había intercambiado con ellos otras palabras que comentarios comunes, contestando con frases sencillas, que impedían a cualquier persona hacerse una idea de quien era y sobre todo de cuales eran sus opiniones. Lo único que sabían de él era su nombre, Nicolás S. su profesión, traductor y su ciudad de origen Moscu. Por el contrario, sus compañeros habían sido muy volubles, casi demasiado, a su gusto.
Pero ahora las conversaciones eran más serias y cuando empezaban a surgir criticas y opiniones negativas sobre la situación Nicolás optaba por pisar lo menos posible la cabina. Entre los pasajeros del carguero, la tensión aumentaba a medida que el barco se alejaba de su primera escala, casi al mismo ritmo que la hélice acercaba a los pasajeros a su destino. Reflexionando, él se preguntó si este cambio tenía también algo que ver con la presencia casi permanente de dos personas embarcadas como los otros pasajeros en Valencia. Nicolás había visto a demasiados personajes de este tipo para saber que no eran miembros de la tripulación, ni unos simples viajeros, auque al principio hicieron todo lo que pudieron por parecerlo. Les había catalogado de inmediato: eran agentes de la policía encargados de vigilar al rebaño durante su vuelta a casa.
Llegaron a Odessa en la fecha prevista. Después de un control minucioso en el cual participaron, no solamente los dos policías, sino dos pasajeros más, uno de ellos compañero de cabina de Nicolás, él pudo desembarcar sin demasiadas complicaciones. Recuperó su pequeño equipaje que evidentemente había sido inspeccionado en su ausencía como lo había comentado su antiguo jefe. No se preocupó de la suerte de sus otros compañeros de viaje con los cuales acababa de pasar más de una semana. Dos días más tarde llegó por tren a la capital. Era de noche y no pudo observar los cambios que había sufrido la gran ciudad durante su ausencia de dos años, porque la luz en las calles era escasa. Después de pagar al taxista, despertó al jefe de inmueble para recuperar la llave de su pequeño piso, en realidad una habitación y media, en un inmueble burgués, construido el siglo anterior, por alguna familia burguesa y que, en los años veinte, había sido dividido en pisos comunitarios.
Como soltero divorciado, no tenía derecho a tener más de una habitación, pero debido a la situación de su piso, en una esquina del inmueble, él disfrutaba de una especie de vestidor, su “media habitación” adicional, donde se había hecho un pequeño estudio. Antes de dormirse pensó en la suerte que había tenido, al mantenerle la titularidad del apartamento durante su ausencia. Era una cosa rara, casi excepcional, porque la falta de alojamiento era tal en la ciudad, que normalmente habría tenido que perderla. Natalía, su ex mujer, con la que había convivido aquí durante tres años, se había portado bien y había decidido irse a vivir con su nuevo compañero, hacía seis meses. Le había escrito que le dejaba los pocos muebles que tenían. En realidad eran suyos, porque ella había venido sin nada, desde su habitación en la universidad. Lo único que se había llevado Natalía, eran sus cosas personales y los libros que le pertenecían, pero el grueso de la biblioteca se había quedado aquí. Nicolás durmió como un tronco durante toda la noche, hasta que la luz del día le despertó. Le sorprendió porque era el mes de abril, cuando el sol no se levanta aun muy pronto. Fue cuando él notó que las cortinas habían desaparecido.
Como venía directamente del extranjero, no tenía nada para desayunar, así que decidió bajar a la calle y buscar un sitio donde beber y, tal vez, comer algo caliente. A esta hora temprana el tráfico no era aun muy denso, lo que le permitió descubrir de lejos un panel con un anuncio que decía “Prohibido dejar libros en los bancos”. Nicolás no entendió el sentido de este cartel, firmado por una asociación cívica desconocida, pero que, de todos modos, debía tener un respaldo oficial. Era el único anuncio de este tipo, porque los otros paneles que vio, llevaban las clásicas consignas políticas o las estadísticas, muy halagüeñas de producción, que la gente estaba acostumbrada a ver desde hacía años.
En el pequeño restaurante que encontró pidió un té. El mostrador estaba desesperadamente vació. No se veía nada que se pudiese comer, pero el camarero, tentado por una buena propina, accedió a darle una rebanada de pan con una especie de confitura. Hizo desaparecer la moneda en los pliegues de su delantal inmaculado mientras, guiñándole el ojo, murmuraba que “la confitura era de fabricación casera, la hace mi suegra”. A la vez que comía, Nicolás cogió un periódico y se puso a buscar artículos, para ponerse al tanto de la vida cultural de la ciudad. El cuarto articulo que leyó trataba justamente del mismo tema que le había intrigado por la mañana en la calle: la prohibición de dejar libros en los parques. Como siempre el artículo estaba escrito en términos positivos, presentando esta campaña, lanzada hacía tres meses, como extremadamente exitosa “...la población en su conjunto ha demostrado así su espíritu cumplidor y su adhesión total a las consignas de nuestro querido partido...”. A pesar de este grito de victoria, el texto no incluía ninguna estadística relativa al cumplimento, o a la disminución o abandono de “ la costumbre burguesa y antipartido de dejar algún libro u otro objeto, en los bancos de cualquier parque de la ciudad”.
Nicolás sabía leer entre líneas y entendió que no convenía hablar de este tema con cualquier persona. Decidió esperar una ocasión propicia y, sobre todo segura, para enterarse de lo que había detrás de esta extraña consigna. Una vez su frugal desayuno acabado, se puso en marcha hasta la oficina donde había trabajado hasta su salida para España, en octubre del 36.
Sabía que este día, debería resolver muchos tramites administrativos necesarios para su reincorporación como traductor de primera clase. Como había llegado pronto y los jefes solían llegar siempre mucho más tarde, Nicolás dedicó unos minutos a recorrer los pasillos del edificio. Casi todos los nombres que figuraban sobre las puertas de las oficinas, eran nuevos y desconocidos. Solamente dos de sus antiguos compañeros, Lev S. y Martina P. seguían trabajando aún. Afortunadamente al parecer el departamento administrativo no había sido tocado tan profundamente por este virus de cambios y Eugenia, la vieja administrativa de siempre, le facilitó los formularios necesarios para recuperar su tarjeta sindical, con todos sus sellos actualizados y, sobre todo, su librito de racionamiento, dos documentos absolutamente imprescindibles para sobrevivir, así como su pase para el comedor de la oficina. Nicolás no hizo ningún comentario sobre la epidemia de cambios que acababa de observar, tampoco la antigua administrativa le hizo preguntas sobre su ausencia, pero la sonrisa que le envió lo decía todo. Antes de su salida, Nicolás era de su favoritos.
A una hora prudente, Nicolás se presentó a su “nuevo jefe” porque el “antiguo”, Alexis F. “ya no trabajaba aquí”. Su lugar estaba ocupado ahora por Vladimiro K. que Nicolás no conocía y cuya trayectoria profesional era un misterio para él. La entrevista fue cordial. Visiblemente Vladimiro había leído su expediente recientemente. Le hizo dos o tres preguntas sobre sus tareas en España a las cuales Nicolás respondió escuetamente, limitándose estrictamente al plan profesional, guardándose de cualquier apreciación positiva o negativa, sobre la situación de aquel país. Al final de la conversación, su jefe le comentó que “una pequeña reorganización de la oficina estaba en marcha. Al finalizar ésta, se la asignaría la gestión de un departamento...” y decidió otorgarle una semana de vacaciones durante la cual Nicolás debería efectuar los tramites administrativos que tenía que hacer fuera de la oficina.
Cuando Nicolás volvió a su piso por la tarde, llevaba debajo del brazo un ejemplar del periódico que había leído por la mañana y, dentro de su cartera, dos pequeñas botellas de vodka que había comprado. Dejó la cartera sobre su cama y subió a hablar con Maxim B., uno de sus vecinos de siempre. Maxim era poeta y los dos estaban muy unidos. Se conocían desde hacía muchos años, se querían y entre ellos, las discusiones siempre eran muy francas. Sus respectivas parejas se llevaban bien y juntos habían hecho pequeñas excursiones, por los alrededores de la capital. Ya antes de que Nicolás se fuese a España, Maxim había tenido dificultades para publicar sus poesías pero estas dificultades no habían afectado la amistad entre ellos. Esta tarde Nicolás encontró a su amigo envejecido y desmejorado. El, de antaño, muy elegante, llevaba ahora ropas que parecían harapos. Finalmente Nicolás descubrió que la habitación de Maxim estaba casi vacía de muebles. Quedaban pocos y su biblioteca, antes abarrotada de buenos ejemplares algunos muy bien encuadernados, contenía solamente la cuarta parte de los de antes.
Maxim, que conocía desde por la mañana el regreso de su amigo, le sonrió para tratar de borrar la pésima impresión causada y ambos cayeron en un largo abrazo. Antes de empezar a hablar, el poeta abrió la ventana que daba sobre la calle, ahora muy concurrida y de la cual subía un cierto ruido. Solamente por nuestra seguridad pensó Nicolás. Hablaron. Maxim interrogó largamente a su amigo sobre su estancia en España. En estas circunstancias Nicolás no tuvo ningún reparo en contar a su amigo lo que había sido su vida en aquel país, tanto en el plan profesional como en el plan personal.
-¿Y como esta María?. Preguntó Nicolás a su amigo.
María era la pareja de Maxim, su compañera desde el principio de los años veinte. María venía de San Petersburgo, hoy Leningrado, mientras que Maxim era oriundo de Moscú. La historia que contó este último a su amigo resultó desoladora. Hacía un año, la policía había venido a buscarla a la salida de su trabajo, la habían interrogado durante unos días y la habían soltado sin más. A partir de este momento, María dejo de vivir tranquila, convocada a la comisaría de manera aleatoria. Estos arrestos seguidos e imprevistos, les hizo perder su trabajo. La policía había convocado a María una ultima vez más hacía unos meses y no la había soltado. Detenida en una prisión de la ciudad, sin derecho a visita, esperaba un hipotético juicio y después, la deportación o peor... Maxim iba cada lunes a la puerta de la cárcel para entregarle un pequeño paquete de comida.
Nicolás empezó a entrever la realidad. En esta pareja la única que llevaba dinero a casa, era María, desde que Maxim había sido excluido del sindicato de los escritores en 1937. Su exclusión le impedía publicar sus obras, porque solamente los miembros del sindicato lo podían hacer. Para sobrevivir vendía pieza a pieza lo poco que tenía pero, viendo lo que quedaba del piso, esta situación ya no duraría mucho más. Una pena inmensa invadió a Nicolás, porque quería muchísimo a esta pareja amiga y no entendía este ensañamiento contra ellos. Eran apolíticos y en ningún caso podían ser considerados como peligrosos para el régimen! Sabiendo que Maxim odiaba dar lastima, decidió cambiar de tema y de sitio.
Propuso a su amigo seguir hablando abajo en su propio piso, porque quería enseñarle algo. Maxim pidió unos minutos para asearse y bajó después, Nicolás le esperaba con el periódico abierto sobre la mesa. Primero contó a su amigo lo que le había llamado la atención por la mañana, concerniente al eslogan que había visto en el panel, y abriendo el periódico le enseño el eslogan preguntándole:
- ¿Qué significa esta campaña “ Prohibido dejar cualquier libro sobre un banco”? ¿Qué sabes tu de eso? Maxim respondio:
- Poco después de tu salida para España, el gobierno empezó a hacer circular unas listas de “libros prohibidos”. Las personas que tenían ejemplares de los libros que pertenecían a esta lista, tenían que entregarlos en sus respectivas comisarías de policía. No sé cuántos lo hicieron, pero los que decidieron obedecer, se llevaron un disgusto cuando se dieron cuenta, de que no solamente los policías recogían los ejemplares, sino que también anotaban los datos personales de sus propietarios. Puedes entender, Nicolás, que cuando la noticia de esta formalidad se difundió, el número de “buenos ciudadanos”, cayó en picado. Entonces empezaron los registros domiciliarios. Muchos se hacían a raíz de denuncias por parte de los jefes de inmuebles, los cuales, como tenían la llave de todos los pisos, hacía pesquisas para la policía. Ocurrieron situaciones ridículas y embarazosas, porque estas personas, generalmente poco educadas, a veces confundieron títulos y autores. Pero la presión policíaca se intensificó hasta tal punto, que la gente empezó a deshacerse de sus “obras prohibidas” de todas las maneras posibles.
- Utilizaron los cubos de basura, pero la policía lo impidió ordenando a los jefes de inmuebles de vigilar lo que los vecinos depositaban allí. Pensaron en utilizar las chimeneas y las estufas pero, como sabes, ya quedan muy pocas de las primeras y la utilización de las segundas, durante todos los meses del año resultaba sospechoso y por eso estaban los jefes de inmueble observando desde sus puestos de trabajo. La gente recurrió a los retretes causando obstrucciones enormes en los maltrechos desagües!....Hasta que finalmente alguien pensó en utilizar un método mucho más simple. Mientras la gente paseaba en los parques, esta persona empezó a dejar sobre los bancos un ejemplar, que otras personas recogían cuando los guardianes o la policía no habían sido más rápidos, lo que ocurría a menudo. Su ejemplo fue seguido por cada vez mas gente, hasta que fue relativamente fácil encontrar uno de estos “libros prohibidos”. A pesar de los gritos de victoria del gobierno, creo que el resultado ha sido pobre porque, al contrario de lo que pretendía esta odiosa campaña de destrucción, se ha fomentado la circulación de las obras que él pretende prohibir. De allí el eslogan “Prohibido dejar libros en los bancos”......
-¿Y como estos nuevos lectores se deshacían de los libros?. ¿Si era peligroso tener uno en casa, no creo que la gente fuese muy propensa a poner en riesgo su seguridad? Al final estos libros no eran suyos. - Le preguntó Nicolás.
- Pues, sorpréndete, amigo mío. En realidad hay mucha más gente valiente de lo que se supone, especialmente cuando se hacen las cosas de manera anónima. Probablemente algunos los tirarían, pero prefiero creer que la mayoría no lo ha hecho. Guardarán los libros o los harán circular de nuevo. Los que aman los libros, son muy reacios a destruirlos.
Los dos amigos hablaron y bebieron durante varias horas acabando las dos botellas. A medianoche Maxim se subió a su piso mientras Nicolás se acostaba bastante borracho, lo que impidió despertase cuando se produjo un pequeño alboroto en el piso de arriba, sobre las dos de la mañana. No fue hasta la mañana siguiente que se enteró de la noticia. La policía había arrestado a su amigo en plena noche. Esta misma mañana cuando Nicolás recogió los vasos y las botellas de la noche anterior, encontró sobre el sofá un libro que había dejado Maxim. Cuando lo vio, supo en seguida que, pase lo que pase, nunca lo destruirá...
Nunca se supo del futuro del poeta ni del de su pareja, María. Los dos desparecieron como tantas decenas de miles...
(*) Escribí esta historia después de leer el articulo “Prohibido echar libros en el retrete” publicado por Ignacio Vidal-Floch en el País del 12 de noviembre de esta año. Me he inspirado en algunas cosas que él escribió en este articulo.
Valencia, noviembre 2010
Me gusta este texto amigo! :)
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