EL GATO QUE HABLABA

Ocurrió durante la única visita que hice con mi padre a casa de la vieja señora C. Fuimos allí porque acababa de terminar mis estudios y buscaba desesperadamente algún apoyo para poder seguir estudiando en el servicio de psiquiatría del profesor F. No había sido alumno suyo pero, durante mi último año de carrera, yo había presenciado una de sus intervenciones y su técnica muy innovadora me había convencido de que se trataba de un verdadero maestro. Desde entonces mi sueño era conseguir trabajar en su equipo. La señora C., quien conocía a mi padre por haber sido su abogado en unos pleitos, era la tía abuela del médico. Conservaba muy buenos recuerdos del talante de mi padre, por haber defendido sus intereses con éxito. Así que, en señal de agradecimiento, se prestó a presentarme, invitándonos a ambos a una de las reuniones literarias que presidía. Durante estas reuniones, decía ella, su sobrino, un espíritu curioso, solía aparecer.


Llegamos allí a las ocho cuando la reunión estaba en su apogeo. Aquel día los miembros del círculo comentaban la publicación de una novela que había causado sensación, porque estaba inspirada en un caso extremadamente escabroso de adulterio femenino. El autor de la novela quien, años más tarde acabaría reconocido por todos a tal punto de ingresar en la Academia, había tenido que exiliarse por la reacción de la buena sociedad de la época. El escándalo cuando se había publicado del libro había sido tan grande que el gobierno había requisado la casi totalidad de los ejemplares impresos en nuestro país y solamente circulaba, de manera confidencial, una edición paralela impresa del otro lado de la frontera. Mi padre me contó estos detalles en el coche que nos conducía hasta la residencia de la anciana.


- No sé si la señora C. logrará que esta noche se presente el autor, pero de todos modos ella esta encantada porque le gusta este tipo de literatura y el morbo de la situación. ¡Recibir a un proscrito, aunque sea literario, no esta al alcance de cualquiera!.


En aquellos tiempos yo era totalmente ajeno al mundo literario – a mi entender un mundo fútil - habiendo estudiado duramente durante los últimos seis años de mi existencia para lograr ser solamente un buen medico. Con estas palabras mi progenitor consiguió transmitirme un poco de su entusiasmo, pero confieso que lo que me interesaba sobre todo, era la posible entrevista con el profesor F.


Escuché distraído durante un cuarto de hora a los tertulianos, pero rápidamente perdí totalmente el interés. Entonces me dediqué a observar a las otras personas presentes en el salón y descubrí en una esquina, cerca de una ventana, a otra persona que parecía, como yo, totalmente ajena a la conversación. Muy aislado, nadie se le había acercado durante el descanso de la tertulia. Era un hombre de edad indefinida sentado delante de una mesa redonda. Lo que atrajo mi curiosidad fue, que sobre ésta, se encontraba sentado en frente de él, un gato pelirrojo de tamaño respetable. Intrigado aproveché que la tertulia se había reanudado con cierta vehemencia, y acerqué hasta este personaje que parecía enfrascado en un dialogo silencioso con aquel enorme gato. La situación me fascinó, pero no me atreví a interrumpirlo, contentándome en observarles, porque ya había empezado a desarrollar lo que sería mi teoría sobre el lenguaje gestual y la comunicación entre las especies.

No sé cuánto tiempo había pasado, seguía observando este intercambio de miradas al cual intentaba dar algún sentido, cuando noté una mano que me rozaba el hombro. Sorprendido justo en el momento en que pensaba penetrar este secreto, giré la cara con un aire molesto que se torno en confuso cuando reconocí al profesor F. Me hizo una seña para que me quedará en mi sitio, acercó sigilosamente un taburete al lado de mi silla y, con la cara casi tocando la mía, él que sería más tarde mi maestro, empezó a hablarme a la oreja, sin que ni el gato pelirrojo ni el desconocido interrumpiesen su intercambio silencioso:


- Seguro que no conoce al señor B. Hace doce años cuando usted era todavía un niño, este hombre primo de mi tía, era ya un jurista de gran porvenir. Siempre había profesado unas opiniones que se calificaban de muy avanzadas, pero ni sus escritos ni su posicionamiento político, habían afectado negativamente a su carrera en el órgano judicial. La prueba es que, a la víspera de la caída del antiguo régimen, el señor B. era uno de los fiscales más jóvenes del país, ejercitando en la ciudad de P.

Mientras el medico me hablaba a la oreja, seguía observando el extraño dialogo silencioso entre la persona que me presentaba mi interlocutor y el gato pelirrojo. El medico siguió hablando:


- Curiosamente, después de la revolución, tampoco el nuevo régimen le favoreció demasiado. El siguió ejerciendo de fiscal en la misma ciudad, durante casi todos los años de este triste periodo. Eso si, lo ejercía con un celo y una severidad absolutos. Aplicando las nuevas leyes, la mayoría de las cuales se reconocieron después injustas e inhumanas, sin pestañear siempre a favor del gobierno, dictando sentencias condenatorias una tras otra. Y en aquellos años la única condena que se conocía era la sentencia de muerte. El resultado fue que este hombre que usted descubre ahora silencioso y envejecido prematuradamente, mandó a la muerte a unas cuantas centenas de personas. Yo explico su estancamiento profesional por la desconfianza que tiene la cúpula de cada nuevo régimen por los que consideran sus enemigos objetivos, a pesar de haberse convertidos totalmente a sus ideas. Estos dirigentes no se fían simplemente por el origen de estos individuos. A pesar de todo, para ellos los genes de estos conversos, provienen de una clase que han decidido erradicar. Muy pocos son los que pueden superar este desafió. El señor B. con su celo frió y su ausencia de duda o de crítica fue uno de éstos. En el último periodo del régimen subió repentinamente de categoría y fue nombrado fiscal jefe en D. la tercera ciudad del país.


- Allí su celo se mantuvo tan intenso como siempre hasta que un día se topó con una mujer que, él mismo, había sentenciado a muerte la víspera, pero que, por una súbita indisposición de su asistente, le tocó acompañar personalmente hasta el lugar de su ejecución. Durante el juicio, que había durado solamente unos minutos, él no se había fijado en el físico de la acusada. ¡Tal vez, ni siquiera la había mirado!. Ahora con las primeras luces del día la mujer se arrastraba por el camino llorando sin cesar. Presa del temor a la muerte, ella se cayó de rodillas, cogió la mano del temido fiscal intentando besarla y murmuró unas palabras para suplicar misericordia. El hombre, aquí sentado, apartó violentamente su mano, pero por primera vez, miró con algún detenimiento a la condenada. Fue cuando le pareció que esta pobre mujer, tenía un asombrado parecido con su propia madre, muerta de enfermedad años antes. A pesar de todo, la hizo ejecutar, pero desde aquel fatídico día, su recuerdo le persigue hasta tal punto que dejó de dormir, de trabajar y hasta de hablar con otras personas.

- Cuando este régimen revolucionario atroz se derrumbó, mi tía volvió del exilio muy rápidamente y recuperó unas cuantas propiedades. Creía que una suerte de protección divina la había protegido durante esta época, hasta que un día se cruzó con su pariente quien erraba por la ciudad. Le encontró sentado a una mesa en la terraza de una taberna con un gato sentado en frente de él, este mismo gato aquí presente, que en realidad es una gata y se llama Amanda. Mi tía conoce parte del pasado de su pariente, el antiguo fiscal jefe aunque, por suerte, sospecha solamente una ínfima parte de las fechorías y crímenes de esta antigua gloria de la carrera judicial. Tal vez ella piensa que fue justamente él quien la protegió - ¡craso error!. Por esta razón o porque le daba pena, les recogió a él y a su gato.


Muy impresionado hablé yo, preguntándole en un murmullo:


-¿Y como es que usted conoce esta historia, si el hombre no habla, porque los gatos tampoco lo hacen ?. El me contestó:


- Este hombre que ahora parece un anciano, pero que en realidad apenas tiene cuarenta años, vive en una buhardilla del último piso. Una vez, cayó enfermo y, como médico, me llamaron para examinarle. Le encontré postrado sobre su jergón con su gato pelirrojo sentado en frente exactamente como usted lo ve esta noche. Sobre la mesa de la habitación había una pila de hojas que llevaban todas, absolutamente todas, el mismo texto que nuestro pariente vuelve a escribir noche tras noche y que parece una suerte de confesión. He verificado el texto de todas las hojas y puedo afirmar que es siempre el mismo. Se trata de un dialogo entre él y la anciana, quien fue la última persona que condenó.

- ¿Y qué hay del gato? le pregunto.


Me contestó con una extraña sonrisa sobre los labios:


- El gato pertenecía a la anciana. El lo recogió personalmente después de la ejecución, cuando visitó el sitio donde la habían detenido. La estancia estaba vacía, probablemente saqueada, a excepción del animal. Nuestro pariente el fiscal lo recogió y le dio el nombre de la pobre ajusticiada que era también el nombre de su madre, Amanda. Desde este momento no se han separado nunca. El uno no habla, el otro ni maúlla, ni ronronea. Pasan todo el tiempo en este dialogo mudo reviviendo aquel juicio somero. El haciendo las preguntas y la anciana a través de su mascota, contestándole y el puntilloso fiscal escribe preguntas y respuestas, siempre las mismas, todas las noches.


Valencia, noviembre 2010.

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