Cuentos del viento VII. Mina

Mina.
(Inspirado de “Relatos de mi vida en los campos “ de I. Filshintski.

Una mañana a finales de abril nos llevaron en camiones hasta el bosque para tallar árboles. Ese día, nunca supimos por qué, apareció otro grupo que empezó a caminar al lado del nuestro. Eran mujeres y entre ellas la distinguí enseguida.

El Destino quiso que andase justo a mi altura en el estrecho camino aun lleno de nieve. La observé de reojo. Tenía un aspecto bastante joven e iba vestida con unos harapos que la hacían parecer casi una adolescente. Varias veces miré su cara sucia en la cual imaginé ver una lagrimas secas por debajo de unas grandes ojeras. De repente, cuando iba a tropezar con una madera que la nieve ocultaba, le cogí de la mano. Era una mano pequeña y huesuda. Una vez que hubo recuperado el equilibrio y franqueado el obstáculo, la mujer la retiró rápidamente con una tímida sonrisa.

A los hombres se nos dio unas viejas herramientas, sierras y hachas que apenas cortaban y el oficial nos ordenó empezar a cortar una hilera de árboles que llevaban una marca roja en el tronco a la vez que los guardias se sentaban a los lejos, el fusil entre las piernas, observándonos. A las mujeres se les asignó la tarea de transportar los troncos con la ayuda de unas largas cadenas hasta la carretera donde esperaban unos camiones. La suerte quiso que durante toda la mañana la joven y yo trabajáramos en el mismo equipo.

A la hora del descanso, un escaso cuarto de hora, durante el cual se nos distribuyó un agua tibia, colorada y apenas azucarada, que nuestros guardianes llamaban “el café”. La bebida, que nos había acompañado desde el campo, venía en grandes bidones supuestamente aislados para conservar el calor. La joven no llevaba consigo ningún recipiente para beber así que apuré rápidamente el cuenco de madera que me había confeccionado y se lo tendí para que ella pudiese beber a su vez. Estaba prohibido a los detenidos hablar entre ellos, pero los guardianes se encontraban lejos, así que me atreví a preguntarle cómo se llamaba:

“Me llamo Mina”, me dijo en un suspiro al momento de devolverme el cuenco. Le respondí “Yo soy Andrés”. Este primer día no dio para más.

Nos volvimos a ver de forma discontinua durante varios días del mes de mayo. Siempre nos arreglábamos para caminar el uno al lado del otro y así conseguíamos hablar a escondidas. Mina era originaria de la capital. Había sido arrestada meses atrás al salir de una reunión de amigas. Su marido había escapado al arresto renegando de ella y a pesar de esta traición, Mina le seguía queriendo. Pero lo que le causaba más inquietud era la suerte de su hija de cuatro años que probablemente nunca más volvería a ver. No sé por qué no me preguntó nada sobre mi historia, conformándose con los pocos elementos que le comuniqué.

A pesar del bien que le causaban nuestros encuentros y nuestras conversaciones a escondidas, yo notaba que Mina iba decayendo poco a poco. Cada día iba menos arreglada y sus vestidos se encontraban cada vez más sucios. Durante nuestros breves encuentros me costaba más y más encender en su mirada una luz tenue que indicara esperanza, sosiego, o solamente el deseo de vivir. Durante toda una semana dejamos de vernos y su ausencia me apenó mucho. Su aparición había sido, lo reconozco, una razón más para intentar sobrevivir a este infierno. Más de una vez durante la noche sobre la tarima que compartía con cuatro de mis compañeros, había soñado con otra vida después de “todo esto”. Y en esa vida soñada, estaba Mina...

A principios de otoño, volví a verla a lo lejos. Tenía un especto muy cambiado. Su vestimenta había mejorado notablemente. Iba arreglada y aseada. Ya no llevaba los harapos de antes, sino unos vestidos nuevos y limpios como sí viniera de la ciudad y sobre todo una boina. Toda una diferencia con el resto de los prisioneros que llevaban las mismas ropas todo el año. También me llamo la atención el hecho de que Mina, a diferencia de las otras veces, no hubiese hecho ningún intento de integrarse en nuestro grupo de trabajo o, por lo menos, de acercarse a mi. Esta mañana absorto en mi trabajo y en la necesidad de alcanzar mi objetivo diario de troncos abatidos que mi malévolo jefe de equipo acababa de subir de manera brutal, no me fijé en ella.

La encontré a la hora del descanso. Comprendí rápidamente por qué no la había visto antes. Su nueva tarea consistía en distribuir el “café” de la mañana a los prisioneros. A su lado se encontraba Oleg, un miembro del hampa, uno de los jefes de la jerarquía paralela del campo, que conocía de vista. Como sus compañeros nunca trabajaban viviendo muy bien de trapicheos con los guardianes. Este día la distribución resultó particularmente lenta, y mientras esperaba, oí a Mina y a Oleg que hablaban. Me sorprendió el tono vulgar de la joven y las palabras soeces que empleaba con su compañero. Cuando llegó mi turno, noté en sus ojos que me había reconocido pero, si durante un segundo pude percibir unos rasgos de la dulzura de antaño, enseguida sus ojos se volvieron inexpresivos. Mientras me sirvió no pronunció ni una palabra.

Otra vez Mina y yo nos separamos. Seguía soñando durante la noche que la joven había sido seducida o mejor forzada por este jefe del hampa. En mi imaginación me creía su salvador buscando estratagemas para liberarla y fugarnos juntos....

Un año más tarde fui llamado a la oficina del jefe del campo. Supe enseguida que me iban a notificar algo relativo a mi condena o a mi futuro. Cuando entré en el despacho del comandante no pude reprimir un gesto de asombro. Detrás de este hombre implacable que me anuncio que, a raíz de la revisión de mi caso, debería pasar cinco años más de reclusión en las minas de plomo del norte, se encontraba Mina, vestida como un ama de casa. Cuando el oficial cerró mi expediente, la joven posó delicadamente su pequeña mano sobre su hombrera como para quitarle una motita de polvo....

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