Primer cuento del libro "Cuentos para unos niños".

El cormorán.

“Vivimos en el mundo cuando amamos. Sólo vivir para los demás da sentido a nuestra existencia...”. A.Einstein.


Un día, hace ya tiempo, paseando con mi hija por el paseo marítimo que une nuestra ciudad con el cabo, se produjo un encuentro que iba a dar mucho de que hablar en la familia.

Era invierno, un poco antes de la una y el sol, aun alto, calentaba un poco el ambiente después de unos días de tormenta extrema. Lucía había observado cómo yo tiraba unos guijarros sobre el mar y cómo ellas rebotaban varias veces antes de hundirse. Con el rabillo del ojo observé que mi hija, un tanto perpleja con una piedrecilla en la mano, la miraba preguntándose cómo unas piedras podían volar sobre el mar, empezaba a recoger varias sin fijarse mucho ni en su forma ni en su tamaño. Intentó, por si sola, imitarme un par de veces sin ningún éxito hasta que, acercándome a ella, le enseñé cómo elegir la piedra más adecuada, cómo colocarla en la palma de su mano y, sobre todo, cómo lanzarla. Antes de cansarse, como lo hacen los niños, había conseguido dos rebotes y con esto creo que se encontraba muy satisfecha. A partir de ese momento se dedicó a recoger toda una provisión de piedrecillas para enseñar a su madre “unas piedras que vuelan”.

Con los bolsillos del anorak llenos, no se cansaba de corretear delante de mi saltando sobre las rocas que bordean el mar. No la perdía de vista por temor a que ella resbalase y cayese en el agua, cuya temperatura no debía ser muy alta. De repente se paró y se agachó para observar algo que había atraído su atención. Sin pronunciar una palabra me hizo una señal para que me acercara. Cuando llegué a pocos metros de ella, Lucia giró la cabeza, puso un dedo delante de sus labios para indicarme que no hiciera ruido y con la otra mano me señaló un punto en el suelo a unos dos metros de ella.

Solamente entonces oí unos gemidos débiles que provenían de una bola negrusca acurrucada en una infructuosidad de las rocas. Los dos nos quedamos parados un minuto sin saber ni lo que era ni que hacer con ella. Creí distinguir el movimiento de lo que me pareció ser unas alas diminutas. Entonces dije en voz baja a Lucia, que me había cogido de la mano:

- Cariño creo que es la cría de un pájaro de mar. Tal vez esta enfermo o herido y se ha refugiado en este rincón.

- Pues, si esta enfermo, tenemos que recogerlo y curarlo, Papi.

- No es tan fácil, Lucía. No sabemos lo que tiene. Tal vez le esta buscando su madre. - Dije a mi hija, intentando así quitarme de forma cobarde, el problema que veía acercarse -. Me acordaba del amor de mi hija por toda clase de animales. Más de una vez, su madre y yo habíamos tenido un verdadero hospital en casa con un lagarto cuyas vísceras salían del vientre, una gatita tuerta y otros animales en estado más o menos lastimoso. ....

- Papi, Papi, recógelo. Hazlo por favor, hazlo por mi. No podemos dejarle aquí solo.

Conocía de sobra esa mirada de Lucía, esos ojos un poco vidriosos que solían anunciar una catarata de lagrimas, así que me acerque al animal. A medida que el pajarito notaba que me acercaba, sus gritos se hicieron más agudos y sus movimientos más nerviosos. Conseguí recogerlo en mis manos, evitando gracias a mis guantes, unos picotazos que, asustado, me quería proporcionar. Enseguida noté el peso de otro cuerpecito, el de mi hija, apoyado sobre mi, quien devoraba con los ojos el pajarito mientras lo examinaba.

Después de examinarle le volví a depositar suavemente en el mismo sitio y dije a mi hija:

- Lucía, creo por su plumaje y la forma de su cuerpo que se trata de una cría de cormorán. Son aves acuáticas que son grandes pescadores. Hace tiempo que he observado unos grupos en las rocas de la costa. Vuelan sobre el mar y, cuando ven un pescado, se hunden verticalmente en el agua. Pueden bucear hasta varios metros debajo del agua y suelen alcanzar su presa casi siempre ....

Durante un cuarto de hora Lucía y yo discutimos sobre lo que convenía hacer. No me parecía herido, sino tal vez exhausto o aun aturdido por un golpe de mar sobre las rocas. Al final ella aceptó que, por tratarse de un ave marina, lo mejor era dejarle en su medio natural. En contrapartida ofrecí a mi hija poner a su alcance algo de comida. Acababa de acordarme que en la lista de la compra que nos había preparado su madre, figuraban unos langostinos. Se trataban de langostinos cocidos, pero pensé que para un animal hambriento no podía ser demasiado difícil. Mientras Lucía montaba la guardia para apartar cualquier intruso y entablaba un monólogo con el animal, hice un viaje relámpago hasta el coche para recoger dos langostinos. Delante de mi hija atónita, abrí el pico del animal para hacerle tragar un trozo de gamba medio masticado. El animal trago con gran facilidad el alimento. Decidí dejar el resto incluyendo las cabezas a su lado...

No permití a Lucía tocar el cormorán y la arrastré con dificultad cogida de la mano, intentando explicarle por cuarta vez por qué era mejor dejarle donde lo había encontrado. Afirmé que su madre lo estaba ya buscando y que seguramente lo encontraría, pero que lo abandonaría irremediablemente si notaba sobre su cuerpo el olor del hombre. Visiblemente mi hija no estaba convencida porque tenía la cara huraña de los malos momentos. Para divertirla le conté que en África los nativos recogían a cormoranes muy jóvenes y les adiestraban para pescar para ellos. Con el fin de evitar que los pájaros se tragasen todos los peces que pescaban, les fijaban unos anillos de metal alrededor del cuello, lo que les impedía tragar el pescado. Como mi hija encontraba que no era justo que los animales recibieran este trato, añadí que, de vez en cuando, el pescador quitaba el anillo al animal para permitirle tragar un pez. Esta última frase a penas cambió el aire desconcertado que mostraba Lucía. Cada cinco pasos se volvía mirando atrás hasta la roca donde habíamos dejado el pájaro. Mientras le hablaba, noté que la mente de mi hija estaba absorta en algo. De repente soltó mi mano y recogiendo un puñado de algas secas que la tormenta de los días pasados había traído hasta el camino y corrió atrás hasta donde se encontraba el pequeño animal gritándome que quería hacerle una protección contra el viento.

Cuando finalmente volvimos en coche a casa ella me hizo prometer que, si se portaba bien durante la comida, volveríamos a visitar al pájaro esa misma tarde, para ver como evolucionaba. Como el momento de la comida familiar, casi siempre se transformaba día si y día no, en una lucha terrible por la falta de apetito de nuestra hija, accedí. Durante la comida Lucía nos sorprendió a mi mujer y a mi. Entre bocado y bocado de paella, Lucía monopolizó la conversación para contar a su madre los acontecimientos de la mañana, “las piedras volantes” y, sobre todo, nuestro encuentro con un pajarito negro. Apenas lavados los platos de la comida, tuve que cumplir la promesa que había hecho a mi hija. Pilar, Lucia y yo cogimos el coche para ir hasta el camino del cabo. Había aprovechado un momento de distracción de Lucía para hacer prometer a mi mujer que, en ningún caso, traeríamos ese pequeño animal a casa. Lo que no sabía aun era que, mientras se lavaba las manos, Lucía había hecho prometer lo contrario a su madre...

La niña corrió hasta el lugar exacto donde, por la mañana, habíamos encontrado al pequeño cormorán, mientras que Pilar y yo andábamos detrás de ella dando grandes pasos. Cuando llegamos al sitio exacto vimos a Lucía desconcertada. El hueco de la roca estaba vacío. Pero en el lugar que por la mañana ocupaba el joven cormorán, había una piedrecilla de color verde un poco aplastada, que tenía la forma de un pez minúsculo.

Lucía acaba de cumplir doce años y desde aquel, día nunca se ha separado de la piedra verdosa que lleva colgada del cuello.

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