Unas mujeres y sus casas. (XII) Un nuevo edén en cielo y mar.
CAPITULO 12: Un nuevo edén entre cielo y mar.
Finalmente la estrategia de Caroline resultó ser la buena. No se precipitó y, tal como lo había previsto, el constructor no vendió todos los chalets en el tiempo que tenía planeado. Asfixiado por unos tipos de interés descomunales, el hombre aceptó su oferta de comprarle un gran terreno del cual no sabia que hacer porque era demasiado pequeño para las dos casas previstas y que le resultaba demasiado grande para una sola. La parcela, plantada con pinos de más de quince años, tenia una vista espléndida y era suficiente extensa para que sus propietarios pudiesen vivir aislado de los vecinos. Ella no fue a ver a un arquitecto local hasta acabar un diseño suyo bastante preciso con todos los detalles que quería. El plan de la casa de sus sueños le había costado muchas tardes de trabajo con la ayuda de su amiga que se iba recuperando y venia a visitarla el fin de semana cuando se podía escapar de las garras paternales.
Había pensado en una casa alargada en forma de un v muy abierto. Tendría solamente dos habitaciones, una grande para ella y su amiga, una pequeña para los posibles invitados aunque, a la fecha, no imaginaba quien podría invitar en este nuevo “Paradou” (1). Había previsto igualmente un salón comedor y un estudio bastante amplio para que las dos mujeres trabajasen juntas, una a su pintura y la otra a sus escritos. Las ventanas del salón, del dormitorio principal y del taller daban sobre una terraza ancha donde se encontraría, hundida en su suelo, una piscina. Desde todas estas estancias se veía, a lo lejos, el mar y la casa estaba orientada al este para poder observar el amanecer. El arquitecto a quien Caroline presentó sus bocetos le hizo algunas sugestiones para mejorar la funcionalidad de la casa y ahorrarle algún disgusto pero no cambio nada en la esencia del proyecto. Le propuso que, a ser construida sobre un pendiente, utilizar el desnivel natural para albergar un garaje, el vaso de la piscina situada en la terraza y un pequeño apartamento por si un día quería tener allí una asistenta interna y alojarla de manera totalmente independiente.
La casa empezó a levantarse al año siguiente. Caroline iba todos los días a ver los progresos del palacio de sus sueños. Maria Dolores, quien había encontrado un trabajo de dependienta en una librería de Gandia, liberándose así de la tiranía de su madre, arreglaba los detalles de la publicación de su primer libo de cuentos con las ilustraciones de su amiga y, los fines de semana, acudía a Denia para reunirse con su amiga. Había recuperado un aspecto saludable atribuyendo su mejoría física y psíquica a la influencia de Caroline y a su separación oficial de José Luis. A menudo las dos mujeres recorrían las aldeas de la región comprando aquí y allá, a precios más que razonables, unos muebles rústicos que sus dueños, más interesados por la modernidad y la funcionalidad, no querían. Utilizando una vieja furgoneta del constructor llevaban sus compras hasta la obra donde los obreros habían habilitado el sótano como una especie de trastero donde todo este “bric à brac”(2) se iba acumulando. La presencia de las dos mujeres que demostraban un gran entendimiento y compenetración le hizo hablar un poco al principio los obreros pero ellas se guardaron de cualquier gesto equivoco enfrente de ellos para no escandalizarles. Un día, aprovechando que los obreros estaban almorzando debajo de un algarrobo, Caroline llevó el encargado hasta un espacio de la parcela donde crecía un bosquecito de pinos. Los árboles eran aún jóvenes pero ella, imaginando la sombra que formarían cuando crecerían más, ordenó al hombre de construir en este preciso lugar una mesa de obra y dos bancos de piedra. Añadió que más tarde le llevaría unos azulejos para rematar la obra.
Un día cuando la casa estuvo casi terminaba, Caroline decidió trasladar allí su taller de pintura. Durmió en la nueva casa por primera vez y no la dejo. No le importó vivir unas semanas más entre trozos de escayolas, botes de pintura y bobinas de hilos eléctricos. Quince días más tarde fue el turno de Maria Dolores. Se quedarían allí de manera continua quince años con muy pocos intermedios, unos viajes a Madrid y a Barcelona relacionados con la publicación de los libros o exposiciones de pintura y unos contados viajes al extranjero pero de común acuerdo nunca pisaron otra vez Bruselas.
El jardín nunca se remató del todo. Les gustaba la naturaleza en su estado natural. Solamente hicieron limpiar un trocito de terreno bien resguardado que utilizaron como huerta y en otra esquina plantaron unos pocos árboles frutales de secano. Hicieron construir un muro bajo para marcar el deslinde la propiedad salvo en el lado que daba al barranco solitario lo que daba más amplitud aun a su propiedad..
(1) Paradou. Jardín mítico y principal personaje de la novela de Emile Zola “la faute de l’abbé Mouret”.
(2) Bric à brac: palabra Francesa que significa una acumulación de objetos y en particular muebles muy dispares.
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