Dos mujeres y sus casas. (XVII) Una excursión nocturna por le cabo

CAPITULO 17: Una excursión nocturna por el cabo.

Recorrer los acantilados del cabo San Antonio era uno de los paseos favoritos de las dos amigas. Hacían este recorrido varias veces cada temporada......

Utilizó unos fragmentos de texto encontrado en un armario de la casa de Maria Dolores y Caroline cuando la visite para relatar esta excursión insólita como si hubiese el testigo invisible de ella.... ”

.....Hoy, después de subir el sendero desde la gruta de la Cova Talla(1) Caroline, que la subida había cansado y quería recuperar el aliento, buscó el primer grupo de árboles al lado del camino y, cuando le encontró, dejo la mano de su amiga para sentarse. Entonces Maria Dolores le hizo un signo con la mano y se adelantó en la planicie donde de vez en cuando se agachó para recoger algo que iba guardando en el bolsillo de su falda. – Probablemente serán algunos espárragos silvestres - pensó. A echarse sobre el lecho vegetal la mujer notó el crujir de las hojas desecadas en el suelo que iba aplastando. Se quitó el sombrero que la molestaba para ver como las ramas que la protegían del sol se movían al ritmo del viento. Ahora todo quedaba tranquilo y, como Maria Dolores se había alejado suficiente, no se oía ningún otro ruido que el soplo de la brisa que corría hasta los acantilados. Hasta los insectos se mantenían quietos, paralizados por el calor del día.

Siempre se acuerda de aquella excursión que nunca repitieron. Fuera de la estación turística les gustaba andar allí y encontrarse a solas en la inmensa sala de piedra tallada por el hombre hace un par de siglos para extraer los bloques necesarios para elevar unos edificios de la ciudad. Para facilitar la salida de las piedras los obreros en aquella época habían ampliado una especie de puerto natural lo que permitía al agua de penetrar en la propia cueva. En este paraje solitario, el agua estaba particularmente transparente y limpia. Una vez dentro Maria Dolores nunca se asustaba a ver pasar a su lado la sombra veloz de un pulpo atemorizado que buscaba volver a su cueva. A una distancia respetable de las rocas, se movían uno bancos de peces pequeños pero ninguna de las dos pescaban peces o pulpos. Preferían, armadas de pequeños cuchillos de cocina, recoger las lapas pegadas sobre las rocas. Algunas se las comían crudas y las otras se la llevaban a casa para cocinarlas.

Les gustaba tanto el sitio que cada una, sin decirlo a la otra, había acariciado la idea de quedarse por la noche en la cueva en una especie de sesión de camping. Habían propuesto a sus amigos Antonio y Isabel de acompañarlas pero sin éxito. Todo lo que habían obtenido era que les acompañarían hasta el atardecer y que vendrían a buscarla por la mañana - si seguían vivas – les dijo Isabel media seria. Este día varias personas se habían acercado a la cueva durante la tarde así que las dos mujeres tuvieron que esperar a quedarse solas para montar su campamiento.

Cuando el último excursionista hubo desparecido por la senda que bordea el mar en dirección de Denia, la pareja de libreros se despidió también dándoles sus últimas recomendaciones y las dos mujeres empezaron a prepararse por la extraña velada. Mientras Caroline hacia acopio de juncos y maderas flotantes que las tormentas de invierno habían empujado hasta el fondo de la cueva, Maria Dolores buscó un rincón para instalar los sacos de dormir. Justamente la idea de quedarse allí a dormir le había venido a observar durante unas visitas previas unas marcas de fuego en las paredes. Todo había empezado a raíz de una conversación una noche en casa cuando Maria Dolores, quien era la más intrépida, había dicho a su amiga:

.......- ¿Amor, te aparecería observar la salida del sol desde una cueva al borde del mar ?

A Caroline, media dormida, la sugestión pareció tan estrafalaria que decidió darse la vuelta pero su amiga volvió a la carga la mañana durante el desayuno de bajo de los pinos.

- ¿Has pensado a mi proposición de ayer?. Me gustaría observar la salida del sol desde el mar.

- No me digas que piensas ir andando hasta los acantilados en la oscuridad. ¿Y si nos caemos a estas horas quien vendrá a buscarnos? – le contestó Caroline

- Primero no nos caeríamos, amor. Somos ligeras como gacelas y nuestros pies se agarran a las rocas casi como las cabras salvajes del Mongo (2). Pero pienso en algo más, te invito a pasar la noche conmigo al borde mismo del mar. – le contestó Maria Dolores

- ¿Pasar la noche en la Cova Talla? ¡ Estas loca!.

- No tanto. A esta época del año antes de que llegue el flujo de turistas no habrá nadie. Creo que el espectáculo de la salida del sol será algo inolvidable. Hasta te recomendaría coger contigo un librito para dibujos mientras me llevaré la cámara de foto. De todos modos, cariño, si tienes miedo, iré sola o mejor dicho preguntaré a unos de nuestras amigas de acompañarme. – Maria Dolores sabia que su amiga la acompañaría. Siempre hacía lo mismo, renegando un poco al principio pero al final haciendo suya la decisión......

A pesar de que el combustible no era de muy buena calidad Caroline, quien se acordaba de sus campamentos con los scouts, cuando era joven, supo hacer una pequeña fogata que les permitió calentar su cena. Inmediatamente después, aprovechando los últimos episodios de luz se volvieron a dar un baño. No se atrevieron a entrar en al agua oscura que, de repente, les pareció misteriosa y hasta hostil sino que se pusieron a chapotear en la piscina interior de la cueva que no tenia conexión con el mar salvo en tiempos de grandes tormentas de invierno. Desde esta piscina natural observaban fascinadas como las paredes de la cueva se iluminaban por momento cuando, de repente las llamas del fuego se avivaban.

- Estamos como en los tiempos de la prehistoria cuando los hombres se refugiaban en las cavernas – dijo Maria Dolores apoyada a su amiga.

- Algo así, sino que hoy no se trata de hombres sino dos pobre mujeres. – Le susurró Carolina a la oreja mientras acariciaba la cara de su amiga.

- Los machos aquí no son bienvenidos. Nos han hecho sufrir demasiado antaño. Estamos en la cueva de las ninfas marinas que cogen su último baño antes de acostarse y de caer, rendidas, en los brazos de Morfeo, el único ser masculino que nos puede rozar....

Cuando se cansaron se volvieron alrededor del fuego para secarse y después, desde sus sacos de dormir, miraron como el fuego poco a poco se apagaba.

Se despertaron justo antes del amanecer para reavivar el fuego y sentarse sobre las rocas desde donde empezaron a vislumbrar en el horizonte una fina línea un poco más clara.

- Ahora no somos ni ninfas ni nereidas dijo Maria Dolores a su amiga somos las sirenas que esperan a la entrada de su cueva que pasen los marineros y los pescadores para atraerlos hasta las rocas donde se perderán.

La puesta del sol les pareció todo un acontecimiento. La una, con su cámara de foto, y la otra, con su librito de boceto, intentaron no perderse ningún detalle del espectáculo que les regalaba el Creador de la naturaleza. A las ocho en punto oyeron los gritos de sus amigos, Antonio e Isabel, acompañados de Asunción que venían a ver si las dos intrépidas habían sobrevivido al encanto de la noche. Contaron a sus amigos, maravillados, su experiencia acabando con los saludos que habían intercambiado una hora antes con una pequeña embarcación que progresaba a poca distancia de la costa par ir a pescar meros en unas cuevas profundas más allá en dirección del cabo San Antonio.

- Veis, últimamente nuestros poderes han sido reducidos a la nada por no sabemos que maldición. No hemos podido atraer a unos de estos pescadores que ahora mismo estarán adentrándose en las fisuras de las rocas a la busca de estos apacibles gigantones -. Le interrumpió Antonio diciendo:

- Ni tan apacibles. Devoran a su próximo más pequeño. ¿Pero quien sabe tal vez estos malhechores no se van a encontrar con algún pulpo gigante que les atraerá hasta su garita para comérselos?.

- Estos seres son mucho más inteligentes – le contestó Maria Dolores. Por enormes que sean no se comerían un hombre que probablemente temen. Le matarían asfixiándole y le dejarían a la puerta de su antro para atraer a sus presas favoritas, los cangrejos que acuden atraídos por la carroña. A estos les come vacilándoles, chupando su carne.

- Por favor, queréis parar vosotras dos, me dais miedo. He venido aquí solamente para compartir un desayuno con dos exploradoras y no para oír estas barbaridades. Después tengo pesadillas y no pego ojo.- les espetó Asunción.

(1) Cova Talla: Cueva artificial Al final de las Rotas de Denia que los hombres perforaron para extraer la piedra necesaria para la construcción de muchos edificios de la ciudad.

(2) Mongo: La montaña que domina Denia culminado a 750 metros.

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