Dos mujeres y sus casas. Epilogo

Epilogo

En 1995 Caroline, la pintora, estaba ya casi ciega cando su amante Maria Dolores, la escritora, cayó victima de una modalidad fulgurante de la enfermedad de Kreuzfeld Jacob. Se quitó la vida a la muerte de su amiga y el chalet, bautizado “Villa Dolores”, donde vivieron juntas más de veinte años, se quedó abandonado a no haber herederos por ninguno de los dos lados. Es en este estado que el autor le descubrió, paseando con su mujer y su perro en mayo de 2005. La casa, que había sido la cuna de un gran amor atípico y donde ambas habían llegado a producir sus obras más acabadas, estaba hecha añicos. El jardín no existía e había sido remplazado por una selva. En el tronco del algarrobo que sostuvo en su ramaje “la casa entre las nubes” solamente se percibía los restos de algunos peldaños. La famosa piscina, testigo de las fiestas que las dos mujeres dieron, estaba casi vacía y llena de juncos. Las puertas de la casa yacían por el suelo. Unos vándalos habían arrancado la ventana de la habitación que albergó este insólito amor. En el interior los muebles habían sido robados y solamente quedaban restos de las tristes fiestas de unos yonkies anónimos venidos allí para encontrar sus paraísos artificiales sin imaginar lo que fue este sitio en su época de esplendor. Solamente quedaba intacto, debajo la cúpula del enorme pino parasol, la mesa y los dos bancos con sus azulejos donde dos personas que habían renunciado voluntariamente a sus matrimonios fracasados, desayunaban mirando el mar. Antonio Pérez, el librero ahora recluido en la Residencia de Ancianos de Santa Lucia, al pie de la partida de los Campusos donde se erguían aun los restos de la casa, es el último testigo vivo y fue gracias a su testimonio que este relato ha podido ser escrito.

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