Unas mujeres y sus casas. (VIII) Una sospecha que se transforma en obsesión.

CAPITULO 8: Una sospecha que se transforma en obsesión.


Hacia tiempo que Gérard Saint Pierre había notado un cierto enfriamiento en las relaciones con su mujer. Al principio lo relacionó con el hecho de que Caroline y él estaban casados más de diez años y que la pasión de los primeros tiempos se iba transformando en una especie de convivencia amorosa. Como le parecía que el fenómeno tomaba cada vez un cariz más de convivencia y menos de amoroso, aprovechó un viaje que hizo a Paris por motivos de trabajo, para reflexionar sobre el estado real de su matrimonio.

Era consciente que el hecho de no poder tener hijos había creado una cierta fragilidad en su unión. No había ocultado a Caroline su esterilidad desde la primera vez que hicieron el amor durante la escapada a Ámsterdam. En aquel entonces su futura mujer no había visto en su esterilidad un obstáculo a su matrimonio. Bien al contrario le había comentado durante los primeros meses de su relación que el hecho de no tener que tomar una píldora anticonceptiva le parecía mucho más natural y hasta más saludable. ¿Quién conocía los efectos que podía tener este fármaco tan útil pero tan antinatural durante tanto tiempo?. A medida que pasaban los años, creyó leer en sus ojos una cierta nostalgia por la maternidad. Un domingo por la mañana le sobrecogió una mirada suya cuando, paseando por la Avenue Louise, cruzaron unos bebes en sus carritos. Esta misma noche organizó una cena romántica en un restaurante cerca de la Forêt de Soignies. Hablaron del futuro pero él no se atrevió a tocar el tema hasta volver a casa:

- ¿Caroline, crees que deberíamos adoptar un niño? - le preguntó esa misma noche en la cama.

- ¿Si no podemos tener uno de manera natural, podríamos intentar adoptar uno desde muy pequeño? -.

- De verdad, Gérard, tu nos ves a los dos, dentro de varios años, con un niño africano o un asiático, que no se parecerá en nada a nosotros, intentando consolarle de la crueldad de los otros niños o explicándole que Papa y Mama en realidad no lo son y que hace años que fingen serlo.

- Sin ir a estos extremos podríamos buscar un europeo. Adoptar un niño Belga es muy difícil, nunca he entendido por qué, pero podríamos buscar un Ruso, un Ucraniano o un Búlgaro. Me han dicho que hay mucha miseria en los países del este y que existen unas organizaciones especializadas que se encargan....- Caroline se puso tiesa, se irguió, aun desnuda en la cama y mirándole a los ojos, le dijo:

- Ni blanco, ni amarillo ni negro. No quiero adoptar un niño. Sé que no podré tener uno de manera natural y lo acepté desde el primer día...

La segunda pista que exploró estaba relacionada con el éxito profesional de su mujer. Resultaba evidente que Caroline estaba plenamente satisfecha con esta faceta de su vida. Trabajaba en una empresa de decoración, propiedad de un matrimonio Italiano, los Sforza. Era la única colaboradora que tenían y había empezado a trabajar con ellos cuando decidió dejar Namur, después de la muerte trágica de su novio. Gérard conocía a la pareja por haber cenado varias veces juntas en el piso de la Avenue Louise o en la granja rehabilitada donde vivían los Italianos a las afueras de la ciudad. El Estudio Sforza trabajaba para muy pocos clientes, habiéndose especializado en la decoración de los pisos y oficinas de diplomáticos o de altos directivos expatriados. Desde que Caroline, a instancia suya, había tomado la decisión de trabajar a medio tiempo Gérard la encontraba un poco más relajada pero notaba que le seguía faltando algo.

En varias ocasiones cuando descansaban sobre la terraza después de comer o de cenar, durante una escapada de fin de semana o durante las vacaciones le había interrogado sobre su percepción de este progresivo alejamiento, pero nunca había obtenido una respuesta clara. Creyó dar en clavo de lo que le pasaba a su mujer cuando, un sábado por la mañana tomando el desayuno, Caroline quien hojeaba la prensa le dijo al terminar la lectura de un artículo:

- Oye Gérard, ¿te acuerdas de Martín?.

- ¿De cual de ellos, conocemos por lo menos tres Martin?”

- De Antoine, Antoine Martín, él que hizo el crucero con nosotros en Córcega. ¡Acuérdate! Todos pensábamos que era un poco cortito. Nos reíamos todos de él porque no entendía casi ningún chiste. Hasta Céline tuvo que reñirnos en dos o tres ocasiones.

- ¿Y que le ha pasado a este querido Antoine? - le preguntó su marido.

- Pues fíjate que en la rubrica económica de la Libre Belgique (1) hay noticias suyas. Acaba de ser nombrado Senior-Partner de Ernst & Young (2) - dijo Caroline con una mirada pensativa cerrando el periódico.
-
- ¿Quién lo habría dicho entonces?. No solamente era limitado pero era muy tímido y fue el único que no quiso formar pareja dejando a esta pobre Claudine en evidencia. Ella no sabia que hacer para atraer su atención. Éramos compañeras de camarote y me le contaba todos los días pidiéndome consejos..

Gérard no pudo discernir si fue la noticia en si, el comentario jocoso sobre las limitaciones de su amigo, el tono que usó Caroline al decirlo o su extraña mirada cuando plegó el periódico pero él recibió la noticia como si su esposa acabase de clavarle un cuchillo en el alma. Sus amigos, hasta el más tonto, iban subiendo en la escala profesional mientras él, Gérard Saint Pierre, matricula de honor de la Universidad de Lovaina, quien suponía ser un brillante profesional, vegetaba desde hacía años como abogado veterano, incapaz de llegar a ser uno de los socios de un bufete de tamaño mediano que no se podía comparar con los de Ernst & Young.

Supo contenerse y, cuando se levantó para entrar en su despacho-biblioteca, Caroline quien estaba aun inmersa en su lectura del periódico no notó nada. Más tarde, cuando se serenó, intentó revivir la escena, reconociendo que su mujer no le había hecho ningún reproche pero que su subconsciente la había delatado. Durante los meses siguientes acumuló lo que consideraba pruebas adicionales y empezó a construir una teoría propia según la cual su mujer estaba decepcionada con su carrera profesional y, por este motivo, se alejaba progresivamente de él. Desde entonces tuvo una fijación sobre su nombramiento como socio. Después de la conversación con Paul Ricour, entendió que se erguía delante de él un obstáculo enorme pero se aferró a su sueño. Sería socio y recuperaría la admiración de su esposa.

Pensó que se le presentaban dos opciones. La primera consistía en dar un vuelco a su carrera. A su edad cambiar de bufete no se concebía si no era para ser nombrado de inmediato socio. Para atraer la atención sobre él, necesitaba presentarse trayendo consigo un cliente de enorme prestigio como tarjeta de visita y no era fácil sondear discretamente los bufetes que le aceptarían. Tenia que moverse con mucha cautela. El mundo judicial era más pequeño de lo que parecía y tales movimientos, una vez descubiertos, llevaban a su autor casi siempre a una especie de “cementerio de los oportunistas derrotados” porque la lealtad con la firma que te empleaba era una pieza clave de tu carrera. Conocía solamente una persona que podría ayudarle, Fred Ellis. Sabía que éste le apreciaba profesionalmente y le había comentado en varias ocasiones que pensaba jubilarse anticipadamente para disfrutar de los años que le quedaban mientras tenía fuerza e ilusión...y una mujer muy joven. Gérard estaba convencido de que, si podía presentarse en su bufete llevando consigo solamente una parte del negocio que representaba el Banco Neuman, tenía asegurado un puesto de socio. Si no funcionase le quedaría una segunda opción, podría hacer un último intento de chantaje con su buen amigo Paul Ricour ofreciéndole el negocio Neuman a cambio de anular el veto Portugués.

Durante la cena en casa de los Lasky había averiguado discretamente los gustos y ocupaciones de Jennifer Emery, la secretaria particular del presidente del banco Neuman. Entonces decidió provocar un encuentro fortuito con ella fuera del trabajo la semana siguiente. Durante la cena ella habló mucho, ayudado por las copas de vino que Gérard le servia. Era la típica solterona, algo acomplejada, que en su juventud tardía había sufrido el engaño de un novio quien, una vez de haber conseguido poseerla la había dejado de lado para otra más atractiva o más experta. No lo confesó pero era claro que era el amante de su jefe lo que tampoco la satisfacía mucho. Gerard quien era experto en la materia supo seducirla sutilmente y así la hizo hablar. Se enteró durante la cena que vivía en Waterloo, era una apasionada de la hípica, y solía pasearse a caballo en la Forêt de Soignes los sábados y domingos por la mañana. En su juventud Gérard había practicado un poco la equitación así que un sábado alquiló un caballo que el propietario de la cuadra le garantizó como bastante tranquilo y se puso a la búsqueda de la mujer.

Jennifer Emery tenía cuarenta y nueve años cuando conoció a Gérard Saint Pierre. Los lazos emocionales con Lasky eran laxos. Se acostaba a veces con él cuando éste la llevaba consigo en un desplazamiento profesional, pero nunca en Bruselas cerca de la vigilante Hélène. La mujer de Lasky, que no era ni idiota ni ciega, lo sabía pero toleraba solamente esta infidelidad mientras se desarrollaba fuera de su vista. Jennifer no tenia novio formal y le gustó que un hombre apuesto y unos años más joven que ella, la mimase. Se sorprendió al encontrarse con su vecino de mesa en una senda de la Forêt de Soignes, pero se dejo acompañar durante el resto del paseo. Gérard había decidido de tomar el tiempo necesario para conquistar a la Inglesa, así que se vieron durante varias semanas antes que hasta que aprovechando un viaje de Caroline se acostaron juntos en el piso de ella sellando así una especie de alianza. Se vieron durante todo el verano, salvo las semanas durante las cuales ambos se fueron de vacaciones.

Mientras tanto Gerard empezó sus maniobras de acercamiento a Fred Ellis invitándole a él y su mujer a pasar un fin de semana en la casa que su familia tenia en Knokke le Zoute(3). Durante un paseo que ambos hombres hicieron sobre el malecón mientras Caroline llevaba a Mina a visitar unos rincones poco vistos de Brugges, dejó caer que el bufete en el cual trabajaba desde hacía años, le resultaba un poco pequeño. Fred Ellis captó el mensaje enseguida. Aprecia al Belga que había visto pelear y ganar unos casos nada fácil. No dijo nada pero mandó a Chicago, sede de su bufete varios mensajes con información sobre el abogado.

(1) La Libre Belgique, uno de los dos periódicos francófonos de tirada nacional en Bélgica.
(2) Ernst and Young, Famosa firma Americana de Auditoría.
(3) Famosa ciudad balnearia sobre el mar del norte.

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