Unas mujeres y sus casas. (VI). Los Menéndez
CAPITULO 6: Los Menéndez.
José Luis Menéndez se casó con Maria Dolores Turis en marzo de 1966. Sus padres, conocían a la novia pero no veían un posible enlace con buenos ojos. Por esto habían esperado mucho tiempo que el noviazgo se rompiera pero, en contra del pronóstico, ni la separación causada por los estudios en Valencia ni el servicio militar, primero en el Cerro Murciano (1) y después en Madrid hicieron cambiar de opinión a su hijo. Para ellos Maria Dolores era una buena chica, pero las dos familias venían de mundos tan diferentes, que una boda entre ellos sería un error. El padre de José Luis era abogado aunque no ejercía como tal, prefiriendo dedicarse a los campos de naranjas que su mujer le había aportado en la dote. El matrimonio había tenido ya siete hijos y la última, Nuría, tenía doce cuando nació José Luis, apodado “el inesperado”. No se puede decir que este niño sorpresa no fuese querida por sus padres pero lo cierto es que, ya mayores no le dedicaron en su juventud la misma atención que a los demás.
Ni su padre ni su madre hicieron el menor comentario cuando con dieciséis años José Luis, un chico desde siempre un poco ensimismado, les informó que tenía novia, una alumna del Instituto Francisco de Borja, cuatro años más joven que él. El joven siempre se mostró muy evasivo en cuando a dar detalles sobre la familia de su novia y Maria Dolores quien ayudaba a sus padres, estaba poco disponible para conocer a los padres de su novio. Se la presentó por primera vez a sus padres el día de su graduación. Su madre la encontró guapa y cuando le preguntó lo que hacían sus padres, fue José Luis quien se adelantó, respondiendo por ella:
- Mama, los Turis tienen un restaurante en la playa y Maria Dolores, que es hija única, les ayuda bastante.
Era la primera vez que mencionaba a sus padres la ocupación profesional de sus potenciales consuegros. Era verdad que con los años aquel humilde chiringuito de la playa, levantado con unos tablones y un techo de metal, había dado lugar, primero a un edificio de obra levantado casi de noche y últimamente a un pequeño edificio con licencia que arbolaba el famoso letrero “Bar Restaurante Marisquería Turis”. José Luis decidió no mencionar la existencia del hermano tonto para no aumentar el rechazo.
A sugestión de su esposa, el padre de José Luis dio una vuelta por el lugar. Encontró un establecimiento pequeño pero coqueto. Era verano y el local estaba totalmente lleno. No cabía ni una mosca en la terraza atiborrada de turistas ruidosos. Recordando que sus propios abuelos eran simple trabajadores del campo en la huerta Valenciana, el señor Menéndez tenia menos perjuicio que su mujer y supo ver que los padres de la novia de José Luis tenían un establecimiento prospero - un buen punto - pensó el abogado y naranjero. Acercándose más, decidió sentarse anónimamente en la barra y pedir un refresco y una ración de salpicón de mariscos. Le atendió un hombre pequeño, muy delgado que había dejado su sitio cerca de la caja registradora para atender a este nuevo cliente:
- ¿En qué puedo servirle, caballero? - le preguntó con una voz agradable.
Una vez servido, el padre de José Luis sentado sobre un taburete alto que acababa de liberarse se dedicó a observar el negocio de manera discreta fingiendo absorberse en la lectura un ejemplar bastante manoseado de la prensa deportiva que odiaba. A pesar de la afluencia de clientes el servicio era escaso pero volaba a todas partes. El señor Turis, porque era él, preparaba las cuentas, recibía el dinero y devolvía el cambio a dos camareros jóvenes, un chico y una chica, que corrían de aquí para allá. Su mirada en perpetuo movimiento seguía todo y daba las instrucciones pertinentes para que ningún cliente tuviese la impresión de no ser atendido. El señor Menéndez reconoció enseguida a la joven que le había presentado su hijo. Demostraba una agilidad poco común para desplazarse entre las mesas apretadas sin rozar nunca a nadie y evitar que unas manos grasientas tocasen su cuerpo. A un cierto momento María Dolores se acercó con un montón de platos sucios recogidos de una mesa que se iba a liberar y, reconociendo al padre de José Luis, le dedicó una sonrisa, indicándole que tan pronto pudiera se acercaría.
Aprovechando un instante de espera enfrente de su padre quien preparaba el cambio de una cuenta, se limpió las manos con un trapo limpio, y se dirigió a él:
- Papa, te presento al señor Menéndez, el padre de José Luis.
Los dos hombres se saludaron mirándose durante unos segundos como para evaluarse mutuamente. Enseguida el señor Turis, observando que el vaso de del señor Menéndez se encontraba casi vació, le ofreció otra cerveza y una nueva ración de salpicón que el otro, quien estaba bastante pesetero, aceptó agradecido. A ver que el primer contacto era positivo Maria Dolores gratificó los dos hombres con una sonrisa y volvió a su loca carrera. Ellos intercambiaron una de esas conversaciones estereotipadas y, al poco tiempo, Menéndez se despidió y dejo el local. Le llamó la atención el hecho de no haber sido presentado a la madre de la novia de su hijo, pero adivinó que debía tratarse de la persona que se afanaba en los fogones. Había que reconocer que la hora punta de actividad a medio día no era el mejor momento para una presentación formal. A la hora de la siesta el señor Menéndez le contó a su mujer lo que había visto diciéndole:
- El matrimonio Turis tiene un negocio que debe funcionar bastante bien. El restaurante es pequeño pero limpio y abarrotado de clientes. La chica es tan guapa como la hemos visto y claramente esta metido en el negocio. Con el padre apenas he hablado porque estaba muy atareado pero me parecen que es buena gente con mucho mérito......-. Su mujer le interrumpió diciendo:
- Todo lo que quieras, José. Pero todo esto confirma lo que te he dicho ya cien veces. Es buena gente, pero qué tenemos en común con ellos. José Luis se equivoca queriendo casarse con esta chica. Él es abogado y ella ayuda a sus padres en un restaurante. No funcionará. Hay que desalentarle.
La madre de José Luis luchó cuatro años más pero no consiguió nada. Solamente una vez, poco después de la boda de su última hija Nuria, ella creyó vislumbrar una vacilación en la resolución de su hijo. Durante varios meses, la relación entre los novios pareció haberse enfriada mucho por parte de José Luis hasta tal punto que su madre se preguntó si no había aparecido otra mujer en su vida pero resultó ser una falsa alarma, las cosas volvieron a su cauce y al final, gracias al empeño de José Luis, la boda se celebró.
El calendario de los acontecimientos resultó ser muy apretado. Después de la boda se irían quince días de viaje de luna de miel a Paris y, casi sin deshacer las maletas, se marchaban a Bruselas donde José Luis acababa de ser mandando por su banco. Se trataba de una promoción muy prometedora. La asistencia a la boda no fue muy numerosa por parte de la novia. Los padres de Maria Dolores asistieron solos porque sus propios padres o bien habían muerto o no podían desplazarse y desde luego el hermano no apareció porque se le había mandado pasar una temporada al pueblo. Del lado de José Luis asistieron sus padres, los seis hermanos y hermanas acompañados de los sobrinos y solamente faltó una de sus cuñadas que estaba indispuesta. Después de la ceremonia religiosa, que se celebró a la seis, vino el banquete en el restaurante de la playa, propiedad de los padres de la novia. Fue eterno y solamente a las once y media empezó a tocar la orquesta. Como de costumbre Maria Dolores bailó con su marido, su suegro y su padre pero después tuvo que pasar sucesivamente entre los brazos de los cinco hermanos de su marido que apenas conocía. No se encontró muy a gusto con ellos salvo con Pedro quien justamente había venido sin su mujer. Ella tuvo la certeza de ser evaluada intelectualmente y físicamente a observar que, cuando los hermanos volvían a su mesa, se producían toda clase de comentarios entre sus ocupantes. Cuando pudo bailar de nuevo con su marido le suplicó que agilizara las cosas para que pudiesen salir de allí cuanto antes, pero no fue antes de la una y media que consiguieron escabullirse.
Tomar el avión por primera vez fue para la recién casada como un sueño en todos los sentidos. De pequeña había soñado que algún día volaría en un avión, cosa que entonces no parecía muy probable y, por otra parte, ella se encontraba tan cansada que, apenas el aparato despegó del aeropuerto Valencia, se quedó dormida hasta Paris. Mientras José Luis se hundía en una guía de la ciudad donde iban a pasar dos semanas, Maria Dolores revivió en sueños su boda. Hasta este día nunca había permitido a su novio otras cosas que muchos besos y unas caricias superficiales. Una vez, durante la proyección de una película, después de manosearles los pechos, su novio intentó meter la mano debajo de su falda. No le consintió. No conocía muy bien el cuerpo masculino a pesar de que su hermano le había enseñado más de una vez su sexo en erección. Muy inocente, tenia una idea un poco imprecisa de lo que pasaría durante la primera noche con su marido y no entendió las palabras confusas que le murmuró su madre cuando se despidió de ella. Llegaron muy tarde al hotel Astoria de Valencia donde tenían una habitación reservada. A petición suya, José Luis la ayudó a quitarse el pesado vestido pero acabó de desnudarse sola en el cuarto de baño e apareció desnuda en la habitación donde su ahora marido la esperaba con la cama abierta...Todo le pareció muy rápido y insípido si no fuese por el dolor que sufrió a ser penetrada por primera vez...
(1) Cerro Murciano, Campo Militar cerca de Córdoba.
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