Unas mujeres y sus casas. (V). Maria Dolores

CAPITULO 5: Maria Dolores Turis.


Poco después de su nacimiento los padres de Maria Dolores emigraron desde un pueblo del interior, llamado Barx, hasta Gandia, la capital de la comarca, donde las oportunidades y el porvenir eran infinitivamente mejores. Gracias a unas pesetas prestadas por sus padres el matrimonio abrió un chiringuito en la playa, cerca del Grao. Los primeros años fueron duros porque el turismo era muy incipiente. Solamente hacían negocio los fines de semana a partir de abril y durante las vacaciones de verano porque el resto del tiempo los lugareños, fundamentalmente los pescadores gastaban muy poco pero, poco a poco, empezaron a llegar los turistas extranjeros, especialmente los Franceses, que venían a pasar sus vacaciones de verano beneficiándose de los precios bajos y de un cambio de divisas favorable.

Tres años después de Maria Dolores había nacido otro hijo, esta vez un varón en le cual los padres depositaron todas sus esperanzas de promoción social. Ignacio, así se llamaba, desplazó a su hermana en las preocupaciones de sus padres hasta que una meningitis mal curada le dejase medio tonto. Fue entonces cuando los padres decidieron de mandar a Maria Dolores al Instituto donde conoció a su novio, José Luis Menéndez, cuatro años mayor que ella. El matrimonio Turis, a pesar de la buena disposición de la niña para los estudios, no podía imaginarse que su hija hiciera estudios superiores. Cuando acabara sus estudios básicos tendría que ayudar en el negocio familiar hasta casarse. Lo decía la tradición y así tenía que ser. Además con las limitaciones de Ignacio no cabía otra solución.

Desde que aprendió a descifrar las primeras palabras escritas Maria Dolores se sintió un gran gustó por la lectura. Su madre, que apenas sabia leer, estaba secretamente orgullosa de su hija, pero no quería que la lectura la apartase de las múltiples tareas que tenia que cumplir en casa o en el pequeño bar. La lectura de libros recuperados allí y allá o comprados con los chavos que unos clientes le dejaban y, especialmente en invierno, las largas horas pasadas a oír las historias de los pescadores que frecuentaban el establecimiento de sus padres la llevaron a desarrollar una gran imaginación. En el Instituto la materia donde destacaba sobre sus compañeros era justamente la escritura. Un año, la dirección del Instituto Francisco de Borja (1) aceptó una sugestión de la Caja de Ahorros local de patrocinar un concurso de relatos escritos por los propios alumnos. La joven se apuntó al certamen, trabajó con asiduidad sobre su texto que rescribió varias veces, un cuento infantil ligado a la mar con el cual ganó el primer premio. Sus padres se mostraron tan orgullosos que llegaron a recortar el artículo del periódico cuando se dieron a conocer los resultados, pero el éxito de su hija no cambió su decisión: nada de estudios después del bachillerato. Su novio, José Luis, la felicita calurosamente y le regalo una pluma Waterman, pero dentro del cuerpo profesoral del Instituto una persona se deleitó muy especialmente con la lectura del cuento. Se trataba de Clara Marcos, profesora de literatura del último curso, recién llegada ese año al Instituto Francisco de Borja, quien había sido miembro del jurado.

La profesora maniobró sutilmente hasta conseguir que la ganadora del premio fuese alumna suya durante el curso escolar siguiente que, para María Dolores Turis, iba a ser el último. En octubre del 62 a los dieciséis años la joven entró por primera vez en la clase de la profesora. Clara Marcos doblaba justo la edad de la alumna, se había trasladado a vivir a Gandia después del verano, cansada de las idas y venidas desde Valencia, alquilando en uno de los primeros edificios de apartamentos levantados al lado del mar uno de estos pisos que los turistas abandonaban a mediados de septiembre hasta el verano siguiente. Utilizaba para desplazarse un Citroën dos caballos amarillo chillón que la había hecho famosa entre los alumnos del instituto. Sus compañeros de claustro la consideraban como una excelente profesora, perfeccionista aunque un poco original pero y durante el curso no dio ninguna muestra de favoritismo a favor de la alumna Turis. Al contrario se mostró firme y exigente, pero nunca pesada, con ella. Después de Navidad pidió a Maria Dolores que se quedara algunas veces con ella en la sala de profesores donde le dio unos consejos tanto en materia de lectura como de escritura.

Para Maria Dolores esta relación con su profesora fue como una bendición del cielo. Conociendo la actitud de sus padres y la poca consideración que mostraban para la cultura, apenas les comentó el interés que le demostraba Doña Clara. Al contrario la joven informó puntualmente a través de correos semanales a su novio José Luis, quien estudiaba en Valencia Derecho y Economía, de las conversaciones que mantenía con su profesora. Esté se alegraba mucho por su novia, había leído algunos de sus cuentos y le habían parecido llenos de frescura y no escatimaba los esfuerzos para elogiarla enfrente de sus propios padres. Fue su profesora quien la empujo a abordar otros temas. Se entusiasmó con los relatos orales que provenían de Barx, el pueblo de sus abuelos, el día que escucharon juntas unas grabaciones que Maria Dolores había hecho a su abuela. También la incitó a leer obras más modernas que las que contenía el programa oficial. Como su profesora estaba muy afrancesada le hablo de un autor Francés llamado Albert Camus quien había recibido el Premio Nobel (2) hace poco y acaba de morir en un accidente de automóvil. La lectura de sus novelas, La Peste y El Extranjero les entusiasmaron a ambas.

Pero el Destino se mostró bastante cruel con Clara Marcos por vivir varios decenios adelantados sobre su época. El edificio en el cual ella residía estaba casi vació durante la semana lo que le había permitido negociar con una agencia inmobiliaria un importe de alquiler muy razonable y tener, desde su terraza, una vista maravillosa sobre el mar especialmente al alba. Algunos propietarios que acudían a sus pisos los fines de semana se acostumbraron a cruzar a la joven profesora en el hall de entrada o en el ascensor. Iba sola o con amigas y saludaba siempre cortésmente a todo el mundo. Durante las vacaciones de Pascua Marisa Fernández se desplazó desde Madrid con su marido y sus dos hijos para ocupar su piso durante el largo puente. Una mañana sorprendió a su marido, provisto de unos prismáticos, quien observada con una atención inusitada una terraza situada cuatro niveles más abajo. Sin decir nada se asomó a la ventana de su dormitorio para descubrir cuál era el objeto que tenia embaucado a su esposo. Eran los cuerpos de dos mujeres jóvenes tomando el sol, totalmente desnudas. Escandalizada, la madre de familia cerró la ventana sin hacer ruido y sin proferir una palabra pero aprovechó la hora de la siesta para hacer unas averiguaciones y descubrir que, las ocupantes del apartamento numero 6/3, eran dos mujeres. La inquilina, la señorita Clara Marcos, una joven profesora de Instituto Francisco de Borja era oriunda de Valencia y una tal Teresa Campos que trabajaba en una oficina Gandiense de La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia. Ambas compartían este piso desde hace meses y nunca habían dado de que hablar.

Durante toda la noche la mujer rechazó los preliminares amorosos de su marido y no pegó ojo. La sangre le bullaba. ¿Y si en lugar de este sin vergüenza quien medio roncaba a su lado hubiera sido uno de sus hijos el que hubiese descubierto a estas dos zorras? Convenía poner, cuanto antes, un punto final a este escándalo. Conocía a la familia propietaria del numero 6/3 así que aprovechó su insomnio para preparar la llamada que haría al día siguiente.

La ejecución del plan urdido entre Marisa Fernández y el señor Montes, propietario del piso donde ocurrían esas escenas escandalosas, se llevó a cabo el día de Pascua a las nueve de la mañana cuando el hombre, haciendo uso de unas llaves que guardaba para casos de emergencia, hizo irrupción en el piso alquilado, acompañado de la señora Fernández. Ambos descubrieron en la cama del dormitorio principal a las dos mujeres dormidas abrazadas apenas cubiertas por una sabana. El ruido de los intrusos despertó a Clara quien se irguió sobre el lecho intentando taparse con la sábana. El señor Montes retrocedió hasta el salón con la señora Fernández donde esperaron a la profesora la cual apareció a los pocos minutos.

- ¿Pero que hacen ustedes aquí? - les preguntó Clara, indignada por la presencia inesperada de esta pareja desconocida.

- Soy el propietario de este piso, zorra, y aquí a mi lado está una persona decente, una madre de familia con dos hijos menores, que le ha sorprendido en actitud lasciva con otra mujer sobre mi terraza, dando un espectáculo, desnudas como Dios las trajo al mundo.

- Que yo sepa pago el alquiler de su piso todos los meses, así que le pido que me deje en paz y que se vaya de aquí inmediatamente. No tienen ningún derecho de entrar aquí como Pedro por su casa sin avisar ni llamar a la puerta - contestó la joven.

- Esta usted totalmente equivocada, Señorita. Tengo todo el derecho del mundo. Usted y su...amiga, van a dejar este piso hoy mismo. Me oye y si no lo hace, las denuncio a ambas a la Guardia Civil por escándalo público.....

El alboroto duró unos cuantos minutos más pero Clara entendió que no las tenias todas consigo y que su interés inmediato era de acatar la orden del propietario y evitar la llegada de la Benemérita que no se pondría de su lado, bien al contrario. En un segundo percibió la secuencia de los acontecimientos como las fichas de domino que, apoyadas una sobre la otra, se van cayendo cuando la primera se desequilibra. Hecho una última mirada a la pareja de inquisidores que se encontraban enfrente de ella, un hombre, pequeño, obeso y sudoroso cuya mirada lubrica intentaba adivinar las curvas de su cuerpo debajo de su camisón y una mujer, poco agraciada, con los brazos cruzados sobre unos pechos enormes, vestida como para ir a misa quien enarbolaba un rictus de victoria.

La profesora desalojó discretamente el piso con su amiga al anochecer. Como era de prever, y a pesar de todas las precauciones, el incidente se difundió hasta llegar al director del Instituto. Era un hombre cabal pero iba a jubilarse pronto y no quería tener problemas con el Ministerio o la Policía así que sugirió a Clara de dimitir bajo cualquier motivo sin esperar el final del curso. Ambas mujeres dejaron Gandia sin dejar rastro. Maria Dolores resultó muy afectada por la desaparición súbita de su profesora. Intentó varias veces averiguar lo que había pasado pero un espeso silencio había caído sobre este asunto.

Con el bachillerato aprobado se acabaron los estudios y la joven tuvo que dedicarse a pleno tiempo al negocio familiar con sus padres y su hermano Ignacio quien sino tenia toda su cabeza tenia una fuerza física descomunal. Maria Dolores le temía especialmente cuando su hermano la miraba de una manera rara. Por si acaso intentaba de no quedarse sola con él en un lugar cerrado. Las pocas horas libres que robaba al trabajo en el bar las dedicaba a la lectura y la escritura, lo que le permitía esperar a que su novio acabase el servicio militar. En sus intercambios de cartas, habían decidido que, tan pronto José Luis encontrase un trabajo serio, se casarían. Mientras tanto desde la cocina donde ayudaba a su madre con la preparación de las tortillas, escuchaba las historias que contaban los clientes, memorizándolas antes de anotarlas en un cuaderno que rellenaba escrupulosamente antes de apagar la luz de su cuarto por las noches.

Uno de los clientes habituales del bar, ahora denominado “Bar Restaurante Marisquería Turis” como figuraba en un rotulo luminoso, era un antiguo cabo legionario, curtido, según decía, en decenas de combates variopintos. No se conocía su origen exacto, hablaba castellano pero no era Español. Según contaba había servido una temporada en la Legión Extranjera Francesa, pero al final de su contrato se había pasado a Marruecos enlistándose en una de las banderas (3). Luchó con la Legión durante la Guerra Civil, formó parte de la expedición de la División Azul en Rusia y finalmente se había licenciado después de pasar los cinco últimos años en Sidi Ifni. Para alivio del padre de Maria Dolores, Domingo que así se llamaba el cabo legionario, no aparecía en el local durante el periodo estival. Estos meses el hombre completaba su exigua pensión con unos pequeños trabajos, porque era muy manitas. Conocía casi todo los oficios y podía arreglar un grifo que perdía agua o llevar a buen puerto cualquier otro trabajillo. Los turistas que se encontraban a menudo con pequeños desperfectos en sus pisos se lo rifaban. Volvía a aparecer en el bar a principio de octubre cuando la temporada turística se había acabado. La madre de Maria Dolores no lo soportaba, así que él esperaba para presentarse a que ésta se hubiese ido a casa después de cerrar la cocina dejando a su hija la tarea de preparar las raciones que pedían los pocos clientes que quedaban.

Domingo, alto, seco, la piel negra de haber sido quemada por el sol y con unos ojos azules clarísimos, pasaba allí largas horas contando sus historias a un público de marinos que le escuchaban extasiados. El padre de la joven, quien nunca había viajado más allá de Albacete, cuando le llamaron a filas, no era el último de sus auditores. Había de reconocer que el legionario era un contador nato. Sabia modular su voz para interpretar a los varios personajes de sus historias imitando tanto el Árabe, tanto el Ruso. Podía transformarse sucesivamente en hombre o en mujer, en soldado o en oficial, en amigo o en enemigo. Moviendo las manos construía para sus oyentes los decorados de sus hazañas. Dejaba el bar siempre a la misma hora como si hubiese oído la corneta señalando la extinción de las luces en el cuartel. Mientras andaba, bastante cargado de alcohol, hasta la habitación que alquilaba, cerca del puerto de pesca, los asistentes, rememorando las historias, meneaban la cabeza diciendo:

- Este Domingo, que actor habría podido ser - palabras a las cuales el padre de la joven solía contestar:

- Con él nunca se sabe si lo que nos cuenta es real o no pero, si no lo es, hay que reconocer que este animal tiene una imaginación fuera de lo común.

A Maria Dolores le encantaban las historias que contaba el legionario. Muchas de ellas, a medida que pasaban las horas, eran cada vez más verdes. Ella, curiosa aunque a veces un poco escandalizada, intentaba pasar desapercibida, ocultándose detrás de una pila de cajas de cervezas en la cocina temiendo que su padre, al acordarse de repente de su presencia, la mandase a casa sin poder oír el final de la historia o que su hermano aprovechase estos momentos para pellizcarla. A menudo uno de sus auditores esperaba que Domingo, habiendo acabado una historia, bebiese melancólicamente unos tragos para lanzarle:

- ¿Domingo, y las mujeres que nos dices de ellas, tu, que has viajado tanto? ¿Cómo son las Rusas y las Moras?. ¿En que se diferencian de las de aquí? ¿Un hombre como tú has tenido que conocer a muchas?- . Entonces cuando el legionario retomaba la palabra lo hacia en un silencio sepulcral. Con el tiempo los clientes conocían casi todas las historias pero, a veces, el narrador añadía unos detalles nuevos. Una noche Domingo dejo boquiabierto a un interlocutor al contestarle diciendo:

- Las Moras, están todas rasuradas...

(1) Instituto Francisco de Borja, nombre imaginario para un establecimiento de enseñanza Media en Gandia.

(2) Albert Camus, Escritor Francés, nacido en Argel en 1913 y Premio Nobel de Literatura en 1957. Murió en un accidente de automóvil en 1960.

(3) Banderas, Unidades de la Legión Extranjera Española fundadas en los años veinte por Millán Astray.

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