Unas mujeres y sus casas. (IX) La confesión de Maria Dolores a Caroline.

CAPITULO 9: La confesión de Maria Dolores a Caroline.

Además de llamarse todos los días las dos mujeres se veían los miércoles alternativamente en casa de la una o de la otra con el objeto de comer juntas y de charlar de sus cosas. Un poco más de un mes después de la cena en su casa, el encuentro semanal debía celebrarse en el piso de Maria Dolores. Este día cuando Caroline saludó su amiga, notó que le pasaba algo. Iba sin vestir y sin arreglar como si saliese ahora mismo de la cama, cosa rara en ella que siempre se arreglaba hasta para quedarse enfrente de su maquina de escribir en su estudio de trabajo:

- ¿Que te pasa querida?. No parece que tengas un buen día - le dijo dándole un beso en la mejilla manteniéndola apretada contra su cuerpo.

- No puedes imaginarte lo que me pasa, Caroline. Siéntate y prepárate, mientras traigo la comida -. Cuando volvió con una bandera llena de pinchos caseros prosiguió:

- Caroline, lo que me pasa es que estoy embarazada.

- Pues enhorabuena cariño - le contestó su amiga besándola otra vez y acariciándole la cara con la mano.

- No es para deprimirse sino para alegrase. No todo el mundo puede conseguirlo. Te conté que yo, por ejemplo, nunca seré madre. No me vas a decir que tu marido y tu no lo buscabais. Es lo que ocurre al final cuando unos desaprensivos mantienen relaciones sexuales sin ninguna protección. ¿No es lo que me contabas?.

- Si, Caroline, siempre me he visto con varios hijos. Puedo decir que no he tenido hermanos salvo este bruto de Ignacio y siempre he notado que me faltaba algo. El problema no esta allí - la joven paró un instante para coger aliento.

- El problema es....- y no pudo seguir porque estalló en un llanto continuo.

Caroline, quien no entendía nada, intentó consolar su amiga con buenas palabras, mimos y caricias. Cuando al final Maria Dolores se recuperó, sigo entre sollozos:

- El problema es ...que, en el fondo, creo que mi marido no me quiere.

- ¿Pero mujer cómo puedes decir eso?. Sois recién casados, novios de toda la vida. Vivéis aquí magníficamente como expatriados. Tu marido tiene buenas perspectivas profesionales, tu escribes con talento y vais a ser padres... No puede ser. Son ilusiones tuyas tal vez ligadas a tu estado.

- ¡Escucha Caroline!. ¿Te acuerdas del matrimonio Belga que invitamos con vosotros? - y en ese momento volvieron a salir las lagrimas de los ojos de Maria Dolores

- Me acuerdo perfectamente de los Fourquet. La mujer se llama Sylvie y es profesora de música. A propósito teníamos que venos juntas para crear este pequeño cenáculo cultural. ¿Te acuerdas? Le dijo su amiga.

- Pues por mi parte dudo mucho que este ocurra porque hace por lo menos dos meses que mi marido me engaña con ella. - murmuró Maria Dolores. A ver la sorpresa de su amiga siguió:

- La noche durante la cual el matrimonio Fourquet vino a cenar, yo les veía por segunda vez. Sabía que José Luis les había visto alguna otra vez estando solo. Fue él quien propuso invitarle por temas profesionales. Mientras tu te dedicaba amigablemente a mi cuñada, hice migas con Sylvie con quien apenas había hablado cuando nos invitaron a su casa. Me resultó simpática aunque un poco estrafalaria. Fue cuando pensé que tu, ella y yo, las tres podría formar un pequeño grupo de intelectuales, la unión entre la pintura, la música y... la escritura pero todo se ha torcido. Cuando los Fourquet se marcharon esta noche yo estaba en la cocina contigo y no sé porque miré en el espejo de la entrada. José Luis se había ido a buscar la chaqueta de Sylvie que estaba sobre nuestra cama. Los dos estaban solos porque su marido había ido a por el coche aparcado en la calle de atrás. La puerta de la calle estaba abierta y ella estaba de espada a él con la cabeza un poco levantada. ¿Te acordaras que ella es sensiblemente más pequeña que José Luis?. La escena duró unos pocos segundos. Cuando José Luis le colocó el vestido sin pasarle las mangas, la cogió por los hombros, la hizo volverse le dijo algo en castellano, probablemente para que en caso de aparecer su marido no le entendiera. La mala suerte es que de muy pequeña he aprendido a leer sobre los labios de la gente. Puedo jurarte que sus labios dijeron algo muy parecido a lo siguiente:

- Me muero por tenerte otra vez en mis brazos – Entonces esta zorra puso sus dedos sobre la cara de mi marido como si iba a darle una caricia y le sonrió con un aire perezoso. José Luis se estremeció y sus labios dibujaron una mueca que nunca le he visto antes mientras decía en voz baja:

-¿Mañana, en el mismo sitio y con esta ropa interior tuya que me vuelvo loco? - y Sylvie Fourquet bajo los párpados contestando:

- De acuerdo, te esperaré pero seas puntual. Sabes que no me gusta esperar...

Caroline quien, mientras hablaba su amiga, le había cogido la mano le dijo:

- ¿Estas segura?. Reflexiona. ¿No seria una ilusión?. Hay una cierta distancia entre el sitio donde estabas y la entrada donde José Luis se encontraba con Sylvie.

- No, Caroline, no me equivocó. Hace años, en el bar de mis padres, aprendí a leer sobre los labios de la gente. Me era muy útil para seguir las historias del legionario. Apelotonada detrás de las cajas de botellas de cervezas para que nadie, ni mi padre ni mi hermano se acordasen de mi presencia y me mandasen a casa, aprendí a seguir una conversación sin apenas oír las palabras.

- Pero, cariño, tu marido te quiere. Se ve a simple vista. Sois novios desde siete años y tenéis solamente cuatro meses casados - Caroline había acercado su cabeza a la de su amiga al punto de rozarla. Intentaba con un pañuelo, encontrado milagrosamente en su bolsillo, secar las lagrimas que brotaban de sus ojos cuando esta le murmuró:

- Es que últimamente José Luis hace cosas muy raras. Desde que nos hemos casado no le reconozco. No era así cuando íbamos de novios. Desde que hemos llegado a Bélgica esta muy olvidadizo. No, no es el mismo hombre. Hasta cuando hacemos el amor, me parece que piensa en otra cosa. Acuérdate que te conté que me casé virgen. Nunca antes había mantenido una relación intima, ni siquiera con él que era mi novio. Al principio pensé que mi inexperiencia podía ser la causa de algo así que me documenté. Un día, cerca de la Grand-Place(1) en un barrio donde no voy nunca, compré uno de estos libros sobre la sexualidad y el matrimonio. ¡No pasé más vergüenza en mi vida!. Una vez en casa lo ojeé e intenté aplicar algunas de las cosas que describían pero José Luis no se ha interesado en nada de lo que, con la luz apagada, le sugería......- Lanzada añadió como si toda su vergüenza había desaparecido de golpe:

- Una vez decidí hacer una cosa que, en el fondo, me repugnó bastante. ¿Sabes? Decidí darle gusto con mi boca...Mientras contaba Maria Dolores sus últimos proezas su cara se había puesto al ojo vivo.

- Me dejo hacer todo y al final, mi marido me soltó, muy enfadado. “No vuelvas a hacerme esto nunca más..No lo hacen las mujeres respetables a sus maridos..

Caroline decidió desviar la conversación sobre la noticia del embarazo de su amiga, dejando de lado por el momento el tema de la posible infidelidad de José Luis, aunque de repente volvió a revivir la escena de la despedida entre él y su cuñada. Pero decidió borrarlo enseguida de su mente: - No pueden haber dos amantes, el mismo día y en el mismo lugar-. Lo del embarazo era tal vez prematuro Maria Dolores no había visto ningún ginecólogo y el único síntoma era que no le había bajado la regla por segunda vez en la fecha prevista. Caroline, después de preguntarle si conocía algún ginecólogo, le propuso acompañarla al suyo propio.

(1) Gran-Place: Plaza del Ayuntamiento, centro histórico de Bruselas.


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