Unas mujeres y sus casas. (IV) El nacimiento de algo más que una amistad

CAPITULO 4: El nacimiento de algo más que una amistad.

Caroline no tardó en cumplir con su promesa y, el lunes de la semana siguiente a la cena en casa de los Lasky, llamó a Maria Dolores preguntándole:

- ¿Porque no te pasas por mi casa mañana por la mañana sobre las diez y media?. Trabajo solamente por las tardes así, que si te apetece, charlaremos un rato, comeremos juntas algo ligero y a las dos cada una ira a sus cosas -. La Española no se lo pensó dos veces y aceptó encantada.

Los Saint Pierre habían elegido su piso de la Avenue Louise antes de finalizar las obras de construcción de la finca lo que les había permitido hacer una serie de modificaciones al plan original de su futura casa. A no tener hijos eligieron dos áticos de tamaño mediano que decidieron unir con una gran terraza orientada al oeste desde la cual se vislumbraba los techos de la parte baja de la ciudad, el verdadero corazón histórico de Bruselas. Tanto el salón en forma de L como la habitación de matrimonio daban sobre esta terraza y durante el verano, el matrimonio ubicaba un cenador de tela muy apreciado por sus invitados a las cenas que solían ofrecer regularmente. Gérard y Caroline se habían reservado cada uno una de las otras habitaciones, acordando entre ellos que ninguno podía penetrar en el territorio del otro sin su permiso previo, a pesar de que las dos estancias no se cerrarían con llave. Solamente la mujer de la limpieza, una tal Elvira, tenia acceso libre a ellas sin restricciones. La personalidad y los intereses de cada uno se reflejaban en el partido que marido y mujer habían sacado de su pequeño territorio secreto. Gérard había convertido lo suyo en una pequeña biblioteca despacho donde albergaba su colección de libros y Caroline había transformado el suyo en un taller de pintura, aprovechando una claraboya que daba al techo del inmueble. Fue allí donde condujo a su invitada cuando llegó.

Maria Dolores encontró muy original el atuendo informal con el cual su amiga la recibió. Le abrió la puerta con el pelo suelto y una bata ligera a través de la cual se adivinaba, a pesar de la hora, su pijama. Se quedó boquiabierta a ver el estudio con sus paredes desnudas pintadas de blanco y con tres caballetes con telas empezadas, dos de ellas cubiertas por un paño que ocultaba el trabajo realizado. Al ver la cara de sorpresa de Caroline, le propuso visitar el resto del piso. Tomándola del brazo la guió a través de todas las estancias salvo la de Gérard. La idea que cada uno de los esposos tuviera así su dominio privado le gustó y a la vez la intrigó:

- Es un poco como si vosotros dos, unos Adán y Eva modernos, os encontrarais aún en el jardín del Edén con la prohibición por Dios de comer de la fruta prohibida - La inesperada reflexión de la Española hizo gracia a la Belga pero ella continuó diciendo:

- Nuestro piso de la avenida Winston Churchill es espacioso, totalmente amueblado pero no se presta a este tipo de misterio. En cuanto al de Valencia de momento se ha quedado totalmente vació a la excepción de un taburete de plástico en la cocina. Tu piso es realmente precioso, se nota que eres decoradora. En cada habitación hay detalles curiosos. Sabía que existía, pero por ejemplo nunca había visto una bañera redonda como ésta.

Volvieron al estudio de Caroline donde Maria Dolores se sentó sobre un sofá de diseño moderno, cubierto de rojo, parecido a uno que había visto paseando hacía poco en una tienda de moda. Su amiga se sentó enfrente de ella sobre un taburete cuadrado forrado del mismo material. Escondió los pies debajo de su cuerpo y siguieron la conversación emprendida tres días antes durante la cena.

Interrogada por su amiga sobre sus gustos, Maria Dolores le confesó que le gustaba mucho la lectura, novelas, ensayos y que, desde cuando era pequeña, escribía cuentos.

-¿Qué tipo de cuentos?, ¿Cuentos para niños?” Preguntó Caroline intrigada.

- Empecé con cuentos para niños y sigo escribiendo algunos de vez en cuando, pero hace años que decidí ampliar mis trabajos a temas relacionados con la aldea de donde proviene mi familia, su gente, su historia, sus costumbres.... Mis padres emigraron a Gandia, una pequeña ciudad al sur de Valencia, pero mis abuelos siguen viviendo en el pueblo situado en la montaña. Un año tuve que pasar varias semanas para cuidar de mi abuela materna que se había quedado ciega. Su marido, quien por cierto, no es mi abuelo sino su el amigo de esté, se casó con ella al quedar viuda, es un hombre muy mayor. Siempre le he conocido desplazándose con dificultad porque se le rompieron las dos piernas durante la guerra y, al principio, no podía ocuparse de ella por eso mi madre me mandó allí. Una vez acababa mis tareas domesticas me sentaba al lado de la anciana y ella empezó a hablarme de su juventud. Tenía recuerdos increíbles, se acordaba de muchas anécdotas de su infancia y sobre todo de los relatos de la aldea que se transmitieron de forma oral a través de las distintas generaciones de aldeanos. Algunos son tan antiguos que datan de la expulsión de los moriscos y cuentan las conversiones forzadas impuestas a los que se quedaron. Decidí grabarlos con un radiocasete que había llevado conmigo y empecé a escribir inspirándome en ellos. No he ido a la universidad como José Luis, pero en el instituto lo de la escritura me iba bastante bien. Tuve una profesora muy buena en mi último año de bachillerato. Le debo mucho.

- ¡Que interesante Maria Dolores! Cuando hablábamos, tu y yo, la otra noche no me imaginaba que estaba sentada al lado de una escritora.

- Ni yo con una pintora aunque no me has enseñado aún ninguna de tus obras - le contestó sonriendo.

-¿Y qué dice ahora tu profesora de su antigua alumna? Debe estar muy orgullosa. Creo que lo mejor que puede hacer un maestro es ayudar a sus alumnos hasta el punto de hacer fluir una vocación donde las haya.

- No sé. Se tuvo que marchar antes de acabarse el curso. Hay poca libertad en mi país y además la gente sigue chapada a la antigua y es bastante cruel cuando...- se calló y Caroline pudo ver como una sombra de tristeza en sus ojos. Mirando el reloj dijo a su amiga.

- Pues, si quieres, mira los trabajos que hay en este cartón apoyado contra la pared, mientras tanto me cambio y nos preparo una ensalada para comer. Después me iré al trabajo. Como de dije suele comer y cenar poco, mi comida preferida es el desayuno.

Confiándole el cartón se fue al cuarto de baño. Maria Dolores se maravilló de algunas de las obras de su amiga. Levantando la mirada en la dirección por donde había desparecido vio que Caroline se estaba duchando y que la puerta del cuarto de baño se había quedado abierta. Admiró el cuerpo de su amiga, los cabellos recogidos en un moño, la cabeza un poco alargada, los pechos altos y rellenos, las caderas finas y las piernas largas. Durante una fracción de segundo su mirada se fijó sobre el vello púbico de la Belga, apenas un hilillo vertical de pelos rubios. Nunca había visto nada parecido. Algo la turbó pero no llegó a pronunciar una palabra cuando la mirada de las dos mujeres se cruzaron y Caroline le sonrió. Sin ocultarse o parecer molesta se puso un albornoz y desapareció hasta su habitación.

Cuando Maria Dolores oyó unos ruidos en la cocina se acercó para ayudar a su amiga que ahora iba vestida con un conjunto color crema y acaba de sacar los ingredientes de la comida del refrigerador. Prepararon juntas una ensalada copiosa que comieron sentadas cara a cara sobre la mesa de la cocina.

- No te quedes con hambre, Maria Dolores.Si quieres coge un yogur o una fruta. - pero la Española no pudo articular palabra alguna porque seguía algo confusa..

Después de la comida, charlaron un poco más mientras Caroline introducía dos cuadernos en su cartera de cuero negro. Al salir a la calle, Maria Dolores dio las gracias a su amiga y le murmuró cuando le besaba en la mejilla:

- La próxima vez en mi piso, ¿de acuerdo, Caroline?. No es tan original como el tuyo ni tan grande, pero tiene un jardín donde me gusta sentarme cuando el tiempo lo permite. Si quieres, te leeré algunos de mis cuentos. A ver si te gustan. ¿Tal vez podrías hacerme el favor de ilustrar uno con unas obras tuyas? ¿Qué te parece el viernes?.

- De acuerdo, querida, allí estaré a las diez y media - le contestó Caroline. Así nació la gran amistad entre la diseñadora Belga y la futura escritora Maria Dolores Turís, amistad que iba a durar veinte años.

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