Un hombre sencillo Capitulo 1

CAPITULO I: El nacimiento de las dos vocaciones de Lucas.

Lucas Alain tenia una verdadera pasión por la fotografía y realizaba cada año centenas de fotos con su pequeño Leica (a) revelándolas, el mismo. Lo hacia en un diminuto laboratorio que, por falta de sitio, había instalado en un armario desaprovechado al final del pasillo de su piso. Le gustaba encerrarse allí los fines de semana, encender la luz tenue de color rojiza y observar como poco a poco en un palangana medio llena de solución aparecían las imágenes captadas unos momentos antes. Acumulaba los clichés en diversos álbumes que guardaba en la habitación que le servia de despacho en un mueble que había mandado hacer expresamente siguiendo sus indicaciones.

Las escenas que captaba con su cámara eran variopintas pero lo que le salía mejor eran unas escenas, casi robadas, de la vida cotidiana. Durante varios años mandó a instancia Lea, su mujer, unas cuantas fotografías a concursos de amateurs pero el resultado cosechado había sido decepcionante. A diferencia de ella, antigua modelo de moda y artista de cabaret, la ausencia de éxito en este campo no le afectaba en absoluto. Solamente, en una ocasión, se había publicado una foto suya. Se trataba de un cliché bastante mediocre, realizado durante las vacaciones de verano. Representaba a su hijo como ganador de un concurso de castillos de arena patrocinado por una marca de aceite durante unas vacaciones de verano en Bretaña. Lea, un poco vanidosa, había contado la anécdota a los vecinos de mesa del pequeño hotel familiar donde se alojaban. El día siguiente a la hazaña, la familia, ilusionada, compró el periódico local donde debía aparecer publicada la famosa foto del ganador con la lista de todos los premiados. A Lea y a su hijo se les cayeron el alma a los pies cuando constataron que el periodista quien había seguido el acontecimiento no había sido capaz de escribir correctamente el nombre del fotógrafo. Lucas fue el único quien se rió del incidente, la misma noche su esposa, aun frustrada por el incidente le hizo prometer que no volvería a mandar nunca más unas fotos a los periódicos. Desde entonces se había limitado a mandar a sus amigos, a la ocasión del Año Nuevo, unas tarjetas de felicitación utilizando unos clichés suyos que representaban unas de su escenas favoritas hasta que, unos años más tarde, un paciente suyo le había invitado a participar a una exposición.

Ejercía de dentista en una clínica de su propiedad en un barrio burgués de la capital. Le había costado bastantes esfuerzos conseguir su diploma porque su vocación había sido tardía y se debía a una carambola del Destino.

Después de ejercer, desde los doce años, decenas de pequeños trabajos mal pagados y siempre efímeros había encontrado en la música una carrera de carácter más permanente. Tocaba con cierto talento el piano y la trompeta en locales de fiestas en Montmartre donde vivía en verdadero bohemio. El Ejercito, a raíz de las secuelas de un principio de tuberculosis que había sufrido de joven le había declarado inapto para el servicio militar. Cuando estalló la guerra soñó varias veces presentarse como voluntario pero siempre se había echado atrás al último momento hasta que una gran decepción amorosa le hizo enlistarse como voluntario al final del primer año de guerra. En estas fechas el Ejercito Francés, muy necesitado de hombres debido a la hecatombe de los primeros meses, había cambiado radicalmente de criterio a propósito de las secuelas de su tuberculosis. Su solicitud fue aceptada sin demora y, después de una instrucción acelerada de pocas semanas, fue mandado al frente. Durante la primera ofensiva a la cual participó, resultó herido a la pierna y a la cabeza y cayó sin conocimiento sobre la fría y húmeda tierra de unos campos de remolacha en Artois.

Unos sanitarios Alemanes le recogieron entre las líneas el día siguiente, cuando se arrastraba sobre el suelo en dirección de los suyos y le detuvieron. Una vez curado, los médicos Alemanes le mandaron en un campo de prisioneros en Prusia en un lugar llamado Stendal. A su llegada, después de un interminable viaje, fue interrogado como el resto de sus compañeros sobre su profesión y sus dotes. Lucas no hablaba Alemán así que intentó explicar con unos gestos sus varios dotes. Debido a la poca imaginación de quien le interrogó o a las aberraciones administrativas que se suelen producir en estas situaciones en el entornó militar, el oficial encargado de asignarle una tarea le nombró ayudante dentista.

El Destino quiso que le tocó trabajar un tal doctor Luchini, prisionero como é, pero cuyo titulo era real. Luchini , a pesar de su apellido Italiano, era Francés. Tenia a penas veinticinco años y por agradecimiento al país que había acogido a su familia emigrada desde el sur de Italia, había preferido servir como combatiente de a pie en lugar de escaquearse como un miembro más de los servicios sanitarios del ejercito. Cuando muy al principio del conflicto cayó prisionero, revindicó su titulo de odontólogo. Los Alemanes, siempre muy atentos al desarrollo de epidemias y enfermedades en los campos, reconocieron su titulo, a pesar de no haber sido otorgado por una universidad Alemana y le asignaron al campo de prisionero de Stendal, una pequeña ciudad que había sido un poco más de un siglo antes el origen del seudónimo de un famoso escritor. En el campo Luchini, cumplía con sus obligaciones a la satisfacción general y rápidamente fue desbordado por la aluvión de dolencias dentales causadas, en su mayoría, por una alimentación muy escasa y casi totalmente deficiente en vitaminas. Fue cuando se decidió a pedir un ayudante a las autoridades del campo.

Pasaron varios meses y el dentista daba su petición como perdida al igual de otras anteriores relacionadas con instrumentos y material, cuando, una mañana, encontró esperando de pie a la puerta del local que le servia a la vez de consulta y de habitación, a un hombre delgado, vestido, como todos sus compañeros, de harapos con largas piezas de color en el hombro. Estas bandas, generalmente de color rojo, permitían reconocer desde lejos a un prisionero en caso de que ocurriese la extraña idea de recorrer los más de seiscientos kilómetros que separaban el campo XXVII de la frontera Francesa.

“¿Qué quieres, soldado? ¿Vienes a que te cure la boca?” le preguntó Luchini, acostumbrado a que los enfermos se presentasen a primera hora de la mañana para escaquearse y evitar las varias faenas que se les podría asignar este día.

“No teniente, Me han mandado aquí para ser su asistente” contestó Lucas a la espera de la reacción del dentista por el malentendido que iba a producirse.

“¡No me le puedo creer, mi refuerzo....después de tres meses!...Por favor nos esperas aquí de pie en con este frió. Entras y tomamos algo caliente”. Una vez que Lucas hubiese entrado en la pequeña estancia Luchini prosiguió con sus preguntas:

“¿Dime, compañero, donde ejercías en el civil?”

“En Montmartre” respondió Lucas quien, con una sonrisa burlona, había decidido hacer durar la broma todo el tiempo posible antes de ser devuelto al conjunto de los prisioneros y asignado a unas tareas menos prestigiosas.

“Muy bien, un Parisino, como yo, o casi. Me llamo Luchini, mi familia viene de Calabria pero soy Francés” le respondió, entusiasmado, el dentista quien en seguida le preguntó:

“¿Como te llamas y donde estudiaste?”

“Me llamo Lucas Allain y estudié un año como auditor libre en el Conservatorio de Paris” le contestó esté manteniendo, a duras penas, un aspecto serio y concentrado.

“¡En el Conservatorio de Paris! Pero no llevo la banda de música, soldado, le hablo de Odontología, qué es lo que ejerzo en este tugurio donde me ves. Odontología, dientes..... Soy dentista. ¿Entiendes?”.

“No digo que no lo sea doctor, lo único que hago es contestar a sus preguntas. He venido aquí siguiendo las instrucciones del Major Manteufel, o de como se llama este idiota. Es él quien me ha nombrado asistente suyo” le respondió Lucas quien ya casi no podía contener su risa.

La conversación subió y bajó de tono varias veces hasta que Luchini, enfurecido, devolviendo a Lucas a la puerta del edificio se precipitó hasta el despacho del Major para quejarse. Esté, cuyas luces intelectuales se habían apagado para siempre después de su trepanación durante la batalla de la Marne, le dejó claro que si quería un asistente, sería este hombre y que, si no le quería, no tendría asistente odontólogo hasta muchísimo tiempo. Luchini, furioso, se lo pensó mucho durante el trayecto de vuelta hasta su consulta. De lejos vislumbró el músico que le esperaba de pie debajo de una lluvia fina. Cuando se encontraron cara a cara delante de la puerta se observaron durante un cierto tiempo. Algún corriente de simpatía tuvo que pasar entre ellos porque al final Luchini tendió la mano a este reesfuerzo atípico y el dijo:

“Allain, entramos ¿Quieres?. A partir de ahora serás mi asistente”.

Muchos años, después de estos acontecimientos, los dos hombres seguían evocando, entre carcajadas, las sabrosísimas circunstancias de su primer encuentro y el dialogo surrealista que presidió entonces y las muchas bromas que hicieron a cuenta del Major Manteufel..

Durante su larga detención llegaron a ser muy amigos, Lucas aprendió y practicó cuidados dentales bajo la atente mirada del Docteur Luchini. Se apasionó tanto por la técnica como por el contacto humano que le procuró esta nueva actividad. En contrapartida a la enseñanza del dentista Lucas le contó sus años de juventud a Luchini quine se quedaba cautivado cuando su amigo le narraba su vida en Montmartre. Al final de la guerra eran inseparables y cuando ambos fueron liberados y volvieron a Paris, habían decidido que no se separarían. Luchini, cumplió con su sueño y abrió una consulta de la Rue Jouffroy (b) y Lucas se inscribió a una escuela profesional para sacarse el titulo de “Chirurgien Dentiste” (c). Conocía la técnica mejor que todos los jóvenes alumnos y que algunos de sus profesores, pero sufrió mucho con la teoría porque su formación musical era muy alejada de la Odontología y como había abandonado la escuela muy joven tenia unas lagunas increíbles en muchos campos. Lucas, más mayor que su amigo, tenia ya treinta y nueve años, diez más que su mentor y lo que habría tenido que durar solamente dos años le costó casi cinco, pero finalmente, en 1924, con su titulo en el bolsillo, el Doctor Allain pudo hacer grabar su nombre sobre la misma placa de latón donde figuraba ya él de su famoso amigo, el Doctor Pierre Luchini.

Para sobrevivir durante todo este tiempo y pagar sus costosos estudios, trabajó de ayudante de su amigo pero, como le sobraba, unas pocas horas, decidió colaborar con un estudio fotográfico revelando unos clichés. Había descubierto la fotografía antes de la guerra cuando vivía en Montmartre y la técnica le fascinaba. Los artistas, en particular los pintores, consideraban este arte como menor salvo unos precursores de lo que seria la escuela cubista. Ellos le habían iniciado a la técnica.

Lucas nunca quiso abandonar el ambiente del barrio donde había nacido y que había sido suyo durante los años maravillosos que precedieron la Gran Guerra así que decidió seguir viviendo Rue Lepic (d) en un pequeño piso de alquiler que compró a su propietario cuando esté se arruinó a principio de los años treinta. Por amistad introdujo a Luchini en este mundo artístico en el cual tenia tantos contactos permitiéndole adquirir unas telas de vanguardia que fueron el principio de su colección de pintura de su amigo pero esté nunca pudo integrarse y quedó siempre bastante al margen de dicha sociedad que no entendía. La posesión de cuadros, salvo los que sus amigos le regalaron, no interesaba a Lucas quien prefirió volcarse en la fotografía. Tan pronto pudo, se compró una pequeña cámara Alemana con la cual empezó a retratar escenas y gentes de la Butte Montmartre (e). Su amigo, quien le había enseñado la odontología intentó, a su turno, aprender de él, la técnica y el arte de la fotografía pero se dio cuenta rápidamente que si podía casi igualarle en la técnica, le faltaría siempre el sentido artístico que Lucas tenia de forma innata.

Dos años después de finalizar la guerra, Luchini se casó. Su mujer, Laure, una belleza, venia de la burguesía Parisina. Después de un periodo durante el cual el carácter un poco extravagante de Lucas le hizo gracia, está empezó a recelar del asociado de su marido y sobre todo de la influencia que tenia sobre él. Pero sobre todo la irritaba sus modales imprevisibles y bohemios. Por ejemplo cuando los Luchini invitaban a Lucas en su casa a comer o a cenar esté, casi siempre, se presentaba con una compañera distinta. Al principio Laure Luchini le hizo unos comentarios irónicos pero rápidamente le resultó evidente que, a pesar de unas reflexiones irónicas, el doctor Alain no quería abandonar su actitud casi libertaria. Fue culpa de ella que los dos amigos se separaron profesionalmente en al principio de 1935, el mismo año que Lucas regularizó su situación con Lea, la amante, con la cual había tenido, unos años antes, un hijo llamado Eric. La amistad entre los dos hombres forjada desde su encuentro en Alemania resistió unos años más a la falta de entendimiento y a la diferencia de clase social de sus esposas. Ni Laure, la burguesa un poco altana, ni Lea, la artista de cabaret y modelo de moda lograron romper el lazo inmaterial que unía los dos hombres. Fueron los acontecimientos políticos de la época y sus posiciones opuestas que empezaron a amenazar una relación hasta el momento perfecta.

(a): Leica, Cámara fotográfica de fabricación Alemana muy cotizada.

(b): Rue Jouffroy Calle donde vive la clase burguesa en el distrito XVII.

(c) Chirugien dentiste. Odontólogo, no son médicos en Francia.

(d) : Rue Lepic. Calle muy animada del barrio de Montmartre.

(e): Butte Montmartre Montmartre se sitúa sobre una colina, es le punto más alto de la capital

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