Cuentos de la noche nº 5

Mi primer pajaro.

Después de observar un buen rato al lorito Pipo posado sobre mi hombro con los ojos aparentemente cerrados, mi amigo me preguntó:

- ¿No tuviste otro pájaro antes de Pipo? .

No le contesté enseguida. No me hacía falta hacer un esfuerzo para acordarme de aquel tiempo, pero me pregunté si valía realmente la pena volver a hurgar en esos recuerdos hundidos en mi memoria. De repente una gran tristeza me invadió y Pipo, que solamente fingía estar dormido, pero en realidad estaba muy atento a la conversación, debió notar mi estado de ánimo porque acarició dulcemente mi oreja con su pico como solía hacerlo en circunstancias excepcionales. Bebí un trago del té humeante que estaba delante de mi y contesté a mi amigo en voz baja.

- Si, es cierto, antes de Pipo tuve otro pájaro y como él no hubo ni habrá ninguno…

Noté que Pipo había parado de repente su caricia, como si se estuviese enfadando con mi afirmación, que le relegaba a un segundo plano indigno de él. Entonces lo cogí desde mi hombro y lo guardé entre mis dos manos acariciándole la cabeza suavemente…

- Te contaré esta noche la historia de Héctor. Te diré todo lo que ocurrió con él. Pero después, no quiero que menciones su nombre nunca más. Entonces empecé a narrarle la historia siguiente:

- Era un mal estudiante y mi padre, que lo había probado todo, desde las amenazas hasta las recompensas, ya no sabía qué hacer conmigo, cuando un amigo suyo que trabajaba en una naviera, le propuso conseguirme un puesto de tripulante en un barco para un año. Mi padre, pensando que esta experiencia me cambiaría la mente y me formaría el carácter, aceptó. Así se tramó mi llegada como suplente en el tramp “Isla de San Andrés”. Te recuerdo que en Inglés el término “tramp” designa un barco que no sigue una ruta fija sino que navega de puerto en puerto en función de la carga que encuentra.

- El “Isla de San Andrés” tenía más de veinte años y era seguramente el barco más pequeño de la compañía del amigo de mi padre, pero éste lo había elegido por la personalidad del capitán – “Un hombre que sabe hacerse respetar y que sabrá enderezar a tu hijo rebelde. Nada de golpes pero muy duro. Navegamos juntos durante la guerra y aun me debe algún que otro favor”

- Después de esta conversación entre hombres mi padre me convocó una tarde en su despacho para darme la noticia anunciándome que saldríamos el día siguiente hasta el puerto donde se encontraba atracado en ese momento el barco. Al pie de la pasarela él me entregó con pocas palabras al capitán Arregui y nos despedimos fríamente.

- La tripulación del “Isla de San Andrés” era escasa y se componía, además de un capitán, de otro oficial, de un contramaestre y de siete marineros. Arregui, a penas habló conmigo y me confío al contramaestre quien seguramente había recibido instrucciones sobre cómo tratarme. Este, a su vez, decidió finalmente ponerme a las ordenes de un tal Dimas quien, entre veinte otras tareas, ejercía de timonel del barco. Era un personaje solitario, poco hablador, pero lo descubrí más tarde beneficiaba de un trato único entre los miembros inferiores de la tripulación por parte del capitán quien le consultaba a menudo sobre aspectos de la vida a bordo o se encerraba con él en su cabina para emprender largas conversaciones acompañadas de numerosos tragos de whisky.

- Desarrollando mis tareas básicas desde ayudante en la cocina hasta de picador del oxido que se aparecía con una frecuencia diabólica en todas partes bajo su benévola mirada, me hice poco a poco amigo de Dimas, contándole historias mías. Admiré su calma cuando realizaba cualquier tarea, su amor por el orden y la limpieza en el barco......pero antes que se me olvide quiero precisar que el tal Dimas tenía un compañero inseparable que será el personaje principal de esta historia. Se trataba de un mainate, o Mirlo del Himalaya, un pájaro negro con una mancha blanca en la base del cuello, un pico amarillo con unas pequeñas rayas rojas laterales y unos ojos redondos extremadamente expresivos. Dimas, le había bautizado con el nombre de Héctor, cuando lo compró, años atrás, a un Indio durante una escala del barco en un puerto de África del Sur. Héctor y Dimas eran inseparables. El pájaro vivía en una jaula donde, según las órdenes del capitán, debía permanecer encerrado porque estos animales son muy sucios y le había “decorado” el uniforme en varias ocasiones. Pero, a pesar de las órdenes, el animal pasaba la mayor parte del tiempo, salvo la noche, sobre el hombro de Dimas. Él y solamente él podía tocarle, acariciarle y darle de comer. Héctor no hacía caso a nadie más. Daba golpes muy dolorosos con su pico o, en el mejor de los casos, profería unos sonoros insultos a cualquier persona ajena que se le acercaba, le hacía preguntas inverosímiles o soltaba unos comentarios verdes sobre el intruso. Efectivamente el mainate hablaba. Pude comprobar rápidamente que su vocabulario era extenso, hecho de frases que, supongo, habría captado en el transcurso del tiempo, pero que repetía con un acierto abrumante. También en raras ocasiones Héctor acompañaba a su dueño cuando esté silbaba o cantaba.

Marqué una pausa y mi amigo vio mis ojos brillantes, con tal vez una lágrima retenida, porque la historia de Dimas, Héctor y mía en la medida que fui mezclado a ella, resultó ser un verdadero cuento, con unas horas de gran hilaridad, pero con un final inesperado y trágico. Habiendo recolocado Pipo, ya tranquilizado, sobre mi hombro continué mi relato:

- Habíamos navegado unos meses cuando el “Isla de San Andrés” salió otra vez del puerto de Marsella con destino a Alejandría, donde íbamos a descargar madera y cargar cemento para Estambul. Héctor, al ver ahora que su compañero hablaba conmigo en un tono distendido y cada vez más amistoso, había dejado sus comentarios desagradables y me observaba con sus ojos brillantes, pero aún yo no me había atrevido a tocarlo por miedo a su terrible pico amarillo. Dimas, para familiarizarme con él, me dejaba colocar y quitar la tela sucia que cubría su jaula durante la noche. Pero lo que más me gustaba era abrir la jaula por la mañana y darle de comer. El pájaro comía sobre todo frutas y grano, pero lo que prefería eran los pistachos, que sabía abrir con una delicadeza abrumante con su pico sin perder nunca la fruta.

- Una noche mientras Dimas y yo estábamos bajo un cielo maravilloso y con un mar tan tranquilo que no teníamos nada que hacer, éste me contó las circunstancias exactas en las cuales se había hecho con su pájaro.

- El timonel tenía varios vicios y uno de ellos era él del juego. Se lo jugaba todo y en todo tipo de juegos conocidos o mejor, según él, desconocidos, porque la primera vez siempre uno tiene suerte, añadía sonriendo. Un día en East London, un puerto de mala muerte en la costa Sur Africana, unos estibadores Chinos le convencieron de ir con ellos a jugar al “Chuck a Luck (*)”, un juego de dados muy peligroso. Noté que cada vez que Dimas pronunciaba las palabras “Chuck a Luck” Hector, instalado como siempre sobre su hombro se hacía más pequeño, como si la simple evocación de este nombre le resultara terrorífico. Al describirme el lugar en él cual, la famosa partida se desarrolló, imaginé algo similar a los sitios en los cuales le acompañé durante nuestras escalas, un lugar sórdido abarrotado de hombres y mujeres de razas a veces indeterminadas...... Lo cierto es que esta noche Dimas tuvo suerte y que el premio más apreciado que logró fue justamente Hector.
(*) Juego de dados de origen Chino.

- Después de varias horas de juego en el sótano del “Sol de Medianoche”, así se llamaba el establecimiento, quedaban pocos jugadores en la partida, vigilados, eso si, por una marea humana que les observaba desde una tarima, que rodeaba la mesa de juego situada en una especie de fosa en el centro. El banquero de la partida, el propietario del local, acababa de dejar la partida y su puesto en beneficio de Dimas, que ahora acompañaban uno de los Chinos que le habían atraído, dos europeos que parecían hermanos y un Indio esquelético. Al poco tiempo, aprovechando la retirada del Chino, el hermano mayor murmuró algo a la oreja de su cadete quien abandonó también la partida colocándose justo detrás de él. La atención de los espectadores aumentó si era posible. Habían olfateado que algo iba a pasar. Cuando volvieron a tirar los dados otra vez, el Indio, uno de los que iban perdiendo todo, pronto se encontró en la incapacidad de seguir. Fue cuando, agachándose sacó de una mochila situada entre sus piernas una jaula muy pequeña hecha de juncos, que contenía una pequeña bola negra.

No tengo nada más , Señores, pronunció el Indio pero si me lo permiten, me jugaré este pájaro. El tercer jugador quien había evaluado la cuantía de dinero, una masa respetable de billetes sucios de varios países, y unas pilas de monedas de plata situadas sobre la mesa hizo una señal de denegación. Era claro que veía al penúltimo jugador acabado. Quería el dinero que veía a su alcance y no estaba por la labor de dar al Indio una última oportunidad por una apuesta tan despreciable, pero la decisión final pertenecía al banquero de la partida es decir a Dimas y él aceptó. Este que no perdía de vista a los dos europeos, vio una mirada malintencionada en los ojos del cadete y percibió el ruido de un cuchillo que se abría, pero no dijo nada y sonriendo tiró los dados. Al Indio su nueva apuesta no le trajo suerte, perdió contra la banca....la pequeña jaula y su ocupante pasaron a ser propiedad de Dimas......

- Después de cinco días de viaje, llegamos a Alejandría para descargar la madera. Por la tarde, después de nuestro trabajo, Dimas, Héctor y yo bajamos a tierra sin mucha ceremonia después de descubrir que Héctor había decorado la gorra del segundo oficial, en respuesta a un comentario poco amable de su parte. Como te lo dije a Dimas le encantaba la bebida, las mujeres y sobre todo el juego. No me extenderé mucho en el tema de las mujeres, aunque te puedo decir que las hubo y algunas eran realmente hermosas, prefiero hablarte de una partida memorable.

- Paseamos por las calles del puerto hasta llegar a un tugurio de los peores, pero que resultó ser uno de los favoritos de Dimas. Él me comentó que quería entrar allí unos minutos, para encontrar y saludar a viejos compañeros suyos y así fue como empezó la noche.

- Dimas bebió enormemente. Héctor, silencioso, se quedaba sobre su hombro, fingiendo dormir, hasta que de repente empezó a ponerse nervioso. Su presencia encima de Dimas, desencadenaba una serie de comentarios, salvo por parte de los clientes habituales que le habían visto tantas veces que no se percataban ya de su presencia. De repente uno de los jugadores dejó su sitio, pero la silla no quedó vacía mucho tiempo, porque una persona de la cual no nos habíamos percatado antes se sentó diciendo:

- Otra vez nos vemos, amigo, después de estos años coincidimos de nuevo. Veo que sigues teniendo a este pájaro de mala suerte. Pero hoy será mi día. Esta vez le dejaré sin nada como me paso aquella noche en “el Sol de Medianoche”.

- Aunque mi compañero no me dijo nada entendí que se trataba de uno de los dos hermanos que protagonizaron la famosa velada en East London, cuyo final Dimas no me había contado, pero que intuí rápidamente al oír la respuesta que le dirigió Dimas con esa sonrisa irónica tan desconcertante que arbolaba siempre:

- ¡Ah, eres tu!. Efectivamente yo sigo con mi compañero pero no veo el tuyo a tu lado, espero que no le haya pasado nada desagradable, cuando los Chinos le llevaron a dar un paseíto, después de la partida. Es que a éstos, no les gusta perder. Pero hablemos del presente. Si quieres te ofrezco tu revancha esta noche, pero nada de malas maneras. Acuérdate de lo que pasó con tu hermano. Mirando a Héctor descubrí que tenía ahora su pelaje en desorden, como en los días malos y que tenía sus dos ojos minúsculos fijados sobre el extranjero.

- La partida de poker empezó y me dedique a observar al recién llegado. Pequeño y con una fina cicatriz en la mejilla derecha, exhibía de manera permanente una sonrisa gélida en los labios, manipulaba las cartas con una destreza y una velocidad extraordinaria. En este local todos los hombres hablaban o chapurreaban el Ingles. El desconocido lo hablaba correctamente y tenía un fuerte acento del Este, cuyo origen no pude identificar con certeza. Me aburría mucho, así que me dedique a mirar a mi alrededor el ir y venir de las chicas con sus clientes, midiendo discretamente cuánto tiempo duraban los servicios. Cuando al rato volví a interesarme en la partida de cartas, noté que la suerte se había decantado por Dimas y el extranjero y que ambos acumulaban unas ganancias nada desdeñables.

- Dimas, quien hasta el momento había ganado, empezó de repente a perder con una regularidad notable a favor de su contrincante, mientras los otros se mantenían como estaban. Se quedaba silencioso y concentrado cuando, en una última jugada, perdió todo. Hundido en su pasión por el juego quiso seguir y volvió a perder, entonces el extranjero, con su fría sonrisa, le propuso, con sorna, de poner a Héctor para saldar la diferencia. En este instante miré a Héctor. El animal temblaba y parecía que sudaba, quedándose expectante. Con un signo de la mano Dimas rehusó, sacó de yo no se donde una moneda de oro que lanzó sobre la mesa y se levantó muy tranquilamente después de recoger la baraja, bien ordenada sobre la mesa. Al pasar al lado del vencedor, ocupado en recoger su botín, le dio un golpe a su silla que se desmoronó, tirando al suelo a su ocupante quien no se lo esperaba. Esté se levantó con mala cara buscando con una mano un arma. Antes que lo consiguiera uno de los otros dos jugadores recogió en el suelo unas cuantas cartas que acababan de salir de la manga del extranjero y las puso sobre la mesa al lado de la baraja intacta. Dimas, muy dueño de si, pronunció estas palabras

- Pero amigo, con cuántas cartas juega usted al poker habitualmente. Antes de levantarme de la mesa las recogí todas y aquí aparecen unas cuantas más y no cualquiera, reyes, ases.

- Entonces se oyó un “Oh” pronunciado por decenas de personas, mientras uno de los otros dos jugadores, que se habían quedado sentados, sacó un enorme cuchillo de su cintura y cortó, sin apenas esfuerzo, el pulgar derecho del tramposo. Esté, con una terrible mueca de dolor, pero sin pronunciar una palabra, se levantó como un cohete y empujando a unos asistentes, que obstruían su camino, corrió hacia la puerta desapareciendo en la noche. Ojalá hubiera sido para siempre.

Me quedé inmóvil y mudo un minuto. ¡Cuánto me habría gustado que la historia terminase aquí!. Dimas y yo nos habíamos hecho, amigos casi inseparables y él me había inculcado su amor por las cosas bien hechas, que había conservado hasta hoy. Desde entonces nunca había vuelto a ser el mozo despreocupado y descerebrado de antes de nuestro encuentro. Volví a mi historia:

- Mi estancia en el “San Andrés” había entrado en su último mes y me encontraba nostálgico de pensar que pronto tendría que alejarme de él. Temía el momento en el cual tendría que despedirme también de Héctor. Después de la fuga del tramposo, Dimas, rodeado de muchos amigos, se emborrachó como nunca antes durante gran parte de la noche. Todos sus conocidos habían insistido en ofrecerle una copa, así que los tres volvimos con dificultad al barco.

- Curiosamente, el resto del tiempo durante el cual nos quedamos en Alejandría, el comportamiento de mi amigo cambió radicalmente. Víctima de un presentimiento o no, el timonel del “San Andrés” no pisó tierra desde la accidentada madrugada en el tugurio, hasta la salida del barco. Se volvió inusualmente taciturno y durante esos días, hablando solamente con Héctor de cosas incomprensibles y en un idioma que no entendía. Sufrí por su cambio de actitud, porque a penas hablaba conmigo, tratándome, como al principio de mi estancia en el barco, con educación, pero no como al amigo que pensaba tener. Sin su compañía también salí pocas veces siempre de día y nunca me alejé mucho del barco, limitándome a llevar los recados del capitán. Por fin vino el día en el cual el barco, cargado de cemento, zarpó desde Alejandría, de malos recuerdos. Una vez en alta mar, Dimas recuperó su temple de siempre. Hizo cantar y bailar a Héctor varias veces, para mi enorme satisfacción, durante el trayecto de cuatro días que nos llevó a Estambul. Como información por si no lo conoces, el puerto de esta ciudad se extiende sobre varios kilómetros y el “Isla de San Andrés” atracó para descargar su cargamento, al pie de unos silos al final de unos muelles interminables. Dimas, que era conocido por todos en todos los puertos del Mediterráneo, desembarcó al atardecer del primer día. Decidí, como siempre, acompañarle.

- Siguiendo su costumbre de no hacer mucho caso a las recomendaciones del capitán, quien misteriosamente se había enterado de lo ocurrido durante la última escala, recorrimos como en Alejandría, los bajos fondos de la ciudad. Me pareció que cuanto más terrible y sórdido era el espectáculo, más le gustaba a Dimas. Descubrí en esta ciudad unas casas de citas absolutamente dantescas que nunca habría imaginado antes. Eran unos antros en los cuales ninguna persona normal en su sano juicio hubiese aceptado entrar, pero Dimas parecía conocerlos todos y ser conocido en todos. Una tarde, ya un poco harto de la monotonía de los acontecimientos, volví al barco por mi cuenta dejando a mi amigo Dimas muy atareado con un par de chicas. ¿Porque no me quede con él aquella noche? ¿Fue el destino.....?

- Por la mañana Dimas no apareció en el barco, cosa incomprensible porque nunca pernoctaba en tierra. A las diez, un coche de policía se acercó al barco y bajaron dos agentes Turcos, que preguntaron por el capitán en un Inglés casi incomprensible y se encerraron en su cabina. Al rato la noticia se corrió como la pólvora por todo el barco, Dimas había muerto. El capitán me llamó, porque los policías querían hacerme una serie de preguntas. Era la última persona que le había visto vivo. Conté como pude nuestra salida y los policías me preguntaron con dificultad, en un inglés muy básico, las direcciones de los distintos sitios donde habíamos ido. Satisfechos con mis respuestas contaron que unos vigilantes habían encontrado el cuerpo de Dimas, casi al lado del barco, con una terrible herida en la espalda. A parte de esta herida no había otro signo de violencia o de pelea y la cartera del marino se había encontrado intacta. El capitán se portó magníficamente y aseguró a la policía que Dimas era un profesional honrado y apreciado y que ambos se conocían desde hacia muchos años. Solamente al final de la conversación reconoció delante de ellos que, durante las escalas, era como un demonio con las mujeres, el juego y la bebida, pero que no se interesaba por las drogas y los policías concluyeron que podía tratarse de un asunto de chicas. Como Dimas no tenía familia conocida se decidió que le enterrarían en esa ciudad. La ceremonia, con la sola presencia de la tripulación y de un representante del Consulado, fue breve y muy triste.

- Héctor tampoco había regresado al barco y durante los días siguientes siguió sin dar signos de vida. El tiempo transcurrió, pero hasta la víspera de nuestra salida del puerto, busqué el pájaro de mi amigo recorriendo todos los muelles y hangares cercanos al barco durante horas, pero en vano. Héctor seguía desaparecido. Una mañana el piloto que nos debía conducir hasta alta mar se presentó. Los estibadores Turcos soltaron los amarres y el barco empezó a deslizarse en dirección al Bósforo. Fue justo en ese momento cuando Héctor apareció volando y cayó literalmente en el barco. Su aspecto era lamentable. Le faltaban bastantes plumas. Entró en su jaula, cuya puerta se quedaba siempre abierta provista de agua y de comida para atraerle y se quedo allí, como encogido con los ojos apagados. Cuando intenté sacarle de su jaula se arrastró lamentablemente por el suelo. Le recogí en mis manos, le besé, le acaricié, hablándole suavemente. Héctor casi no reaccionó.

- El “Isla de San Andrés” estaba encarrilado en el estrecho, cuando el piloto vino a despedirse del capitán, volvía a tierra. Después de la copa de rigor él y el capitán salieron de la cabina. Este último me dio la orden de limpiar la mesa de los vasos y de la botella que habían utilizado. Fue cuando noté que el piloto, había dejado sobre un sillón el periódico que llevaba cuando subió a bordo. Era uno de esos periódicos populares y sensacionalistas que llevan una enorme foto en portada. Estaba a punto de tirarlo a la basura cuando me fijé en la foto. Representaba la cara de un hombre con los ojos reventados. Ni yo ni nadie entendía el Turco, así que no pude leer el artículo, pero por la noche imaginé un desenlace al drama de mi amigo Dimas.

¿Podría ser que el hombre con los ojos reventados, fuese aquel tramposo de Alejandría, que se habría vuelto a encontrar con Dimas y le habría asesinado? ¿Podría Héctor haber aplicado el castigo de cegar al asesino de su dueño con su temible pico?

- Durante la semana que tardamos en volver al puerto en el cual el capitán Arregui, me iba a devolver a mi padre, me transformé en el enfermero de Héctor, quien seguía sin comer ni beber y tenía el pelaje triste. Pensé más de una vez, que se dejaba morir de pena. No sabía qué hacer. Había perdido un amigo y veía que, a pesar de todos mis esfuerzos y mi cariño, el otro se iba también. Muy triste, una noche saque de mi bolsillo la pequeña harmónica que había comprado en algún puerto y que tocaba para acompañar a Dimas, cuando éste cantaba una vieja canción, intentando animar al pájaro. Empecé con unas notas muy suaves y un ritmo lentísimo. Héctor seguía escondido en su jaula de la cual, ya no quería salir nunca. De repente oyendo un ruido de alas me giré y vi que el pobre animal muy débil esbozaba unos movimientos y, abriendo el pico, intentaba cantar o decirme algo.

- Héctor mejoró. Lo adopté, llevándolo conmigo cuando abandoné el “Isla de San Andrés” pero el animal nunca volvió a hablar o a cantar como antes. Quedó a mi lado triste, casi indiferente a todo durante algunos años, hasta que un día, ya viejo, oyendo por la ventana a un niño que aprendía a tocar el violín con una canción popular, volvió a cantar. Pero de repente, como cogido por un remordimiento, se paró en seco. Al día siguiente lo encontré muerto en su jaula.

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