Cuentos de la noche. nº 4

UN NIÑO VENIDO DE OTRO MUNDO

Al final de su primer año de estudios en la Universidad de Michigan, Bruno entabló una gran amistad con una estudiante Americana llamada Sonia con quien había hablado varias veces durante las cenas que se organizaban en la “Maison Française”. Esta casa situada en una calle tranquila, justo al lado del campus, albergaba una veintena de estudiantes, todas del sexo femenino, que debían seguir la regla estricta de hablar Francés entre ellas mientras se encontraban físicamente allí. Para facilitar las cosas, cada miércoles se invitaba a un par de estudiantes Franceses – éstos no eran muy numerosos en la universidad - para que participasen en las conversaciones durante la cena.

Bruno, estudiante de arquitectura en la universidad, manejaba un presupuesto personal bastante exiguo, así que iba allí frecuentemente para beneficiarse de la cena a cambio de conversación y en una ocasión conoció a Sonia Nandalian. La joven, de origen Armenio, no tardó en demostrar cierto interés por el futuro arquitecto, hasta tal punto que cuando se casó su hermana mayor, Verónica, le invitó a la ceremonia que iba a durar todo un fin de semana en Detroit. Viajaron juntos en el coche de la chica que pensaba de esta manera presentar a Bruno a sus padres con quien había acordado antes que el joven Francés se alojaría en la casa familiar.

La casa de los Nandalian era la casa típica de las familias Americanas de clase media alta. Situada en un suburbio residencial, aunque no elitista, la casa de un solo nivel estaba construida en madera blanca y ladrillos rojos. Al tener solamente una altura era bastante extendida y rodeada de un jardín que ningún seto separaba ni de la calle ni de las casas vecinas. La familia estaba compuesta por los padres y las dos hijas, pero debido al acontecimiento que representaba la boda de la hija mayor, tíos, tías, sobrinos, sobrinas y amigos que vivían esparcidos en todos los Estados Unidos habían emprendido el viaje hasta Detroit y se hospedaban en un motel cercano. El sentido de la hospitalidad de los Armenios sobrevivía y se manifestó al recibir a todos los miembros de la familia para las comidas a excepción del desayuno. La madre de la familia era una mujer de un poco más de cincuenta años, muy hermosa, con una silueta esbelta, una cabellera oscura medio larga y una tez algo morena, rasgos típicos de la raza Armenia. De naturaleza era muy activa pero su actividad se había multiplicado para cumplir con la tradición de recibir a toda la familia durante estos tres días. Ella, sus hijas y unas tías se afanaban a todas horas en la cocina para preparar los platos sacados del recetario tradicional.

El padre, ingeniero en una empresa de construcciones aeronáuticas, se reservaba la instalación de las mesas y de las sillas que se ponían y se quitaban según las horas. Pidió a Bruno que le ayudara y poco a poco, mientras se afanaban y hablaban, los dos hombres empezaron a conocerse mejor hasta tal punto que entre ellos surgió una gran confianza. El señor Nandalian tenía unos diez años más que su mujer pero se mantenía muy joven. Una vez cuando con la ayuda de Bruno acabó de colocar las sillas y las mesas, le invitó a pasar a su estudio donde le ofreció un vaso de Ouzo acompañado de dátiles rellenos. Le hizo varias preguntas de cortesía sobre sus estudios y su vida que permitieron a Bruno darse cuenta de que Sonia había hablado profusamente de él, pero sus preguntas iban siempre en una dirección concreta. ¿Qué pensaba el futuro arquitecto de su hija menor?. Al final pareció quedarse satisfecho con las respuestas y dejó de interrogarle cuando esté empezaba a encontrarse un poco molesto. Fue cuando el padre de Sonia, volviendo a llenar su vaso con dos dedos de Ouzo y cinco volúmenes de agua, decidió contarle esta historia:

- No lo sabes Bruno pero conozco a tu país. Hasta habría podido ser Francés en lugar de Americano. Viví un año en Marsella al final de la primera guerra, en los años 1919 -1920. Tenía entonces once años y con mis padres habíamos llegado de Constantinopla, hoy Estambul, y nos quedamos allí hasta que nació mi hermana Lara. La conocerás esta tarde, vive en California y, como toda la familia, ha venido por el motivo de la boda de Verónica. Pero primero déjame contarte mi historia que se parece a la de miles de Armenios. Siempre me entristece que a tantas personas les cueste tanto aceptar la Historia de la cual mi familia fue solamente una parte mínima y me enfurece oír hablar a los políticos que actúan solamente al hilo de sus intereses.

- Nací en el seno de una familia acomodada que vivía en una ciudad del interior de Turquía. Esta ciudad, que aun existe, se llama Sivas y esta situada en plena Anatolia. Es la capital de una región con un patrimonio histórico y artístico importante y donde vivía, desde hacía siglos, una gran población Armenia. En las últimas décadas los Turcos habían favorecido la instalación de muchos Kurdos en la región, lo que producía frecuentes roces de varias índoles entre las dos comunidades. Los Kurdos, recién llegados en comparación con los Armenios, se dedicaban a las actividades más comunes, cuando los Armenios solían representar lo que vosotros europeos llamáis la pequeña y mediana burguesía aunque muchos eran también agricultores. Por su parte los Turcos monopolizaban la administración y, sobre todo, el ejército. Mi padre, el hijo menor de su familia, una dinastía de comerciantes en especies, cuando desaparecieron sus progenitores el negocio pasó a manos del hermano mayor y él heredó una casa en la ciudad y una pequeña tierra con una casa de campo.

- Siempre se sintió parte de estos parajes y no le preocupaban demasiado las persecuciones esporádicas que los Turcos organizaban contra los Armenios. Se consideraba muy integrado en la sociedad. Al terminar sus estudios había participado en las desastrosas guerras Balcánicas (1) y ostentaba un título de capitán médico en el ejercito Turco aunque había vuelto a la vida civil. La región en general estaba tranquila y hasta el principio de la Gran Guerra los alborotos habían sido limitados.

(1) Al principio del siglo veinte el Imperio Otomano perdió durante dos guerras varios territorios Europeos como por ejemplo Serbia y Grecia.

- Conoció a mi madre en un baile en Constantinopla poco antes de finalizar sus estudios de medicina. Era hermosísima, y huérfana de padre. Se casaron después de licenciarse del ejercito y decidieron que mi abuela debía venirse a vivir con ellos en Sivas, donde se quería establecer. La anciana, quien venía de la capital, nunca se habituó del todo al ambiente provinciano pero la presencia de su hija y el cariño de su yerno, compensaron en gran parte su añoranza por Constantinopla. Después de varios intentos fallidos para tener descendencia mis padres consiguieron por fin en 1909 traer al mundo un niño vivo, yo. A pesar de ser hijo único tuve una infancia feliz en medio de una familia unida. Mis padres se querían mucho y mi padre era muy apreciado por el conjunto de la población. Su experiencia en los campos de batalla le había transformado en un cirujano muy hábil y su consulta en el hospital de Sivas estaba siempre llena. En cuanto a mi abuela, para ella, yo era casi el rey de la casa.

- Las cosas empezaron a nublarse cuando la Gran Guerra estalló al final del verano de 1914. Desde hacía muchos años, el gobierno Turco mantenía una alianza diplomática y militar con Alemania y no dudó en ponerse de su lado en contra de Inglaterra, Francia y Rusia. Al principio de la guerra cerró el estrecho de los Dardanelos (2), cortando así las líneas de comunicación entre Rusia y sus dos aliados. Desde siempre los Armenios, una minoría cristiana en un océano musulmán, habían sido sospechosos de favorecer el bando Franco-Ingles. En cierta parte era cierto aunque no se podía probar la deslealtad de los Armenios pero existía, desde hacía años, una importante emigración Armenia hacia estos países, emigración provocada por las constantes persecuciones que no habían cesado a pesar de la caída del régimen del sultán y de la llegada al poder de los denominados “Jóvenes Turcos” con Enver y Talaat Pacha a la cabeza (3). Como ciudadano Turco y antiguo medico militar, mi padre fue llamado a filas. Al ser Armenio, no fue mandado al frente sino que le asignaron a un hospital militar cerca de Sivas.

(2) Estrecho que separa Europa de Asia.
(3) Una revolución que causó la abdicación del sultán a principios de siglo.. Los lideres de este movimiento, que aspiraba a modernizar el Imperio Otomano, fue liderado, entre otros, por Enver, Talaat y Talit que tuvieron un papel importante en el genocidio Armenio.

- Poco a poco las cosas fueron empeorando en la provincia con requisiciones, altercados en los mercados, insultos, provocaciones, pero la población Armenia, acostumbrada a esta situación, aunque no con esta intensidad, los soportó. Creo acordarme que un día escuché una conversacion entre mis padres durante la cual mi abuela abogaba para que nos fuéramos mientras pudiéramos. Naturalmente no hablaban frente a mi. Pero como era travieso y muy curioso les oí discutir desde detrás de la puerta del salón. Meses después, durante nuestra deportación, mi abuela volvió a hablarme más abiertamente de estas oportunidades perdidas. Se lamentó mucho entonces de no haber convencido a mi padre y a mi madre. Lo había planeado todo, la venta de la casa a unos amigos Turcos, el viaje de noche hasta Constantinopla donde podríamos escondernos más fácilmente y donde el hostigamiento a los Armenios era mucho menor por la presencia de la prensa internacional.

- Un día, mi padre quien, montado sobre su caballo, iba todas las mañanas al hospital situado a poca distancia de la ciudad, no volvió. A las pocas horas mi madre se puso histérica y empezó a buscarlo por todas partes. A pesar de su condición de Armenios, mis padres tenían unos pocos amigos Turcos, entre ellos el matrimonio dispuesto a comprarles la casa. Algunos de estos amigos eran gente influyente así que mi madre se fue a visitarlos. Por primera vez ninguno la recibió, salvo uno. Meses después mi madre me contó su entrevista con Ali Bey, uno de los altos funcionarios de la Administración de la provincia de Sivas. Era un hombre culto, abierto y que quería sinceramente ver progresar a su país. Gracias a su riqueza había viajado a varios países europeos. Hablaba Alemán y Francés, era musulmán naturalmente, pero todo lo contrario de un fanático aceptando la existencia de otras religiones. En un momento había sido miembro del movimiento de los “Jóvenes Turcos” pero unas divergencias le habían hecho exiliarse voluntariamente en su provincia natal. En el pasado había utilizado su influencia de moderación para resolver de forma pacifica pequeños conflictos entre las distintas comunidades de Sivas, lo que le había hecho popular pero descubrimos después que tenía muchos enemigos en Constantinopla, uno de ellos, y el más temible, era Enver Pacha, el hombre fuerte del país.

- Recibió a mi madre con su afabilidad habitual y, en un primer tiempo, le recomendó tener paciencia. Al poco tiempo la informó que su marido estaba retenido en el mismo hospital para investigar unas denuncias contra él. La acusación, según él, era tan absurda que la cosa se iba a clarificar en nada. Cuando mi madre le preguntó de que se acusaba o sospechaba de mi padre, Ali Bey le contestó que se le acusaba de haber descuidado a unos heridos Turcos y que habían unos que habían muerto porque mi padre quería que Turquía perdiese la guerra. Mi madre le aseguró que todo esto no podía ser cierto y le recordó todos los servicios que mi padre había prestado en el hospital hasta la fecha, sin olvidar los casi milagros que había conseguido a pesar de las deficiencias en el material. Ali Bey le respondió que él y otros, no especificó quienes, lo sabían y que todo se aclararía. Finalmente aconsejó a mi madre de volverse a casa y de esperar un par de días. Así hizo ella, pero la situación no cambió y mi padre siguió preso. A los tres días mi madre decidió volver a visitar a Ali Bey pero, al llegar a su casa, se enteró de que nuestro amigo había salido la víspera después de recibir la orden urgente de presentarse en Constantinopla. Mi madre llamó a otros amigos y conocidos pero, una vez más, no quisieron recibirla aludiendo a todo tipo de pretextos.

- Volvió a nuestra casa más nerviosa aún. Mi abuela intentó tranquilizarla y trató de convencerla de que, hasta ver como evolucionaban las cosas, sería mejor que nos fuésemos a Constantinopla donde podríamos beneficiarnos de más apoyos e interceder allí para la liberación de su yerno. Mi madre empezó rehusando la propuesta de su madre, pero después de pensarlo una noche entera aceptó, por lo menos una parte de la sugerencia de la abuela. Irían todos a la capital siempre y cuando primero mi padre fuese liberado. Esta vez ella le convencería. Ambas empezaron a preparar discretamente nuestra huida cuando una mañana se presentaron a la puerta de casa cuatro gendarmes Turcos. Sin muchos modales indicaron a mi madre que todos los varones adultos debían presentarse en la plaza principal de la ciudad a las nueve de la mañana del día siguiente con un máximo de dos maletas de objetos de viajes por persona. Mi madre les contestó que su marido, el único adulto de la familia, un medico militar con grado de capitán, ya no estaba en casa. Los hombres hicieron caso omiso y pasaron a la casa siguiente. Yo había oído todo y, cuando los soldados hubieron desaparecido, me acerqué a mi madre y le dije que sabía donde papá guardaba su pistola y que, a pesar de mi corta edad, la defendería pasara lo que pasase. Esta pistola era la única arma que teníamos en casa. Mi padre la había escondido cuando, meses antes, los Turcos habían requisado todas las armas, incluidas las armas de casa de la población Armenia. Sabia que entonces mi padre había entregado unas viejas escopetas pero había conservado, escondido, un revolver.

- Ella comentó la situación con mi abuela y preguntó a unos vecinos de confianza si ellos también habían recibido la llamada de los policías. Todos le confirmaron que si. El barrio había sido recorrido de manera sistemática y ninguna casa Armenia había sido olvidada. Ya los hombres no podían huir antes de tiempo porque unos retenes de soldados armados patrullaban en las principales calles que salían del barrio. Nuestro barrio, el barrio Armenio estaba rodeado y aislado del resto. Al final ella decidió buscar la opinión de Ter Misirian, el párroco. Mi madre no era muy devota pero como todos los Armenios consideraba nuestra religión y nuestra fe como los cementos de esta minoría perdida en medio de un mundo hostil. Corrió hasta la casa del sacerdote para contarle lo que le habían dicho los gendarmes a primera hora de la mañana. Como no se fiaba de nadie me llevó consigo dejando la casa al cuidado de su madre y de las criadas .

- No era la única persona que estaba esperando al párroco. Su salón estaba repleto de hombres y mujeres desamparados. Los fieles hablaban todos a la vez así que era difícil de entenderse, pero ella entendió que la orden que había recibido afectaba solamente a nuestro barrio, porque todas las personas que estaban allí vivían en nuestra calle o en las calles colindantes. Finalmente Ter Misirian apareció. Explicó que salía ahora mismo del Ayuntamiento, se había dirigido allí para oír las noticias de la mañana. Me acuerdo muy bien de este buen hombre de su apariencia este día y de cuando dispensaba los cursos de catecismo a la docena de muchachos a la cual pertenecía. Su imponente estatura, su vestido de negro que llevaba con tanta dignidad y su larga barba. impusieron el silencio. Entonces él explicó a los asistentes lo que le habían comunicado las autoridades en el Ayuntamiento.

- Según el Gobernador se trataba de una medida excepcional y temporal. Los varones Armenios no habían sido movilizados para ir al frente y en Constantinopla se quería corregir este tratamiento injusto. Los Armenios se incorporarían a unas brigadas de tropas territoriales que levantaban unas defensas contra el avance de la tropas Rusas que habían cruzado las fronteras al este del Imperio. Efectivamente, desde hacía unas semanas a pesar de la ausencia de noticias, corría el rumor de que los Rusos habían lanzado una ofensiva con los Turcos y todos los Armenios rezaban en secreto para el éxito de esta invasión. No tenían nada que temer de los Rusos a diferencia de los Turcos y sus secuaces Kurdos. El sacerdote intentó tranquilizar a unos jefes de familias que sospechaban que todo eso no era más que una trampa urdida por el Gobierno. Sin la protección de los varones el resto de la población, los ancianos, las mujeres y los niños estarían a merced de los Turcos. Ter Misirian probablemente no se creía lo que decía, pero añadió que se trataba de una medida temporal. ¿Sabía él entonces que desde Constantinopla había llegado la orden de evacuar a toda la población Armenia de las provincias colindantes utilizando el mismo argumento del avance de las tropas Rusas en el este? Djemal, Talaat y Enver habían decidido que los Armenios debían alejarse de Sivas y de las otras localidades donde vivían, entonces en varios convoyes. Querían dirigirles hasta unos campos que afirmaban haber construido en el sur. Añadían que, cuando la situación militar se reestableciera, cosa que no debía tardar mucho, los Armenios podrían regresar a sus casas que, mientras tanto sus familias y sus bienes se quedarían bajo la vigilancia del ejercito Turco. La planificación de estos movimientos estaba muy adelantada y las salidas debían producirse de manera escalonada, pero primero convenía alejar a todos los hombres en edad de llevar armas y de rebelarse. Después se desarrollarían más fácilmente las expulsiones hasta los desiertos del sur.

- Un hombre viejo, de cuyo nombre nunca me acuerdo a pesar de haber recordado la escena con mi madre muchas veces, esperó cortésmente que el sacerdote hubiese acabado su mensaje y, tomando la palabra, dijo al grupo lo siguiente:

- Todo esto es una farsa siniestra. Sé por correos confidenciales que, en toda Turquía, la población Armenia esta desplazada a marcha forzada hasta el sur, es decir hasta el desierto. Lo que pasa en Sivas no tiene nada que ver con la ofensiva Rusa. No. Todo parece más bien un plan urdido en Constantinopla. Dicen que el ejercito Turco va a vigilar nuestros hogares...¿Quién va a creer tales mentiras?. En el mismo momento que nos marchemos nuestras casas serán saqueadas. Tristemente no puedo proponer nada. No tenemos fuerza ninguna. No tenemos armas y si las tuviésemos, somos muy minoritarios a pesar de todo, así que ..y se calló de repente.

- Entonces todos los asistentes quisieron tomar la palabra lo que generó un tumulto tal, que no le quedó más remedio a Ter Misirian que mandar a todo el mundo a casa. Seguramente los Turcos se enteraron de estos movimientos y se alarmaron, porque decidieron adelantarse. Justo después de comer empezaron a registrar todas las casas para hacerse con los hombres sin esperar al día siguiente. Tocaban a las puertas brutalmente y, mostrando una lista de los ocupantes, arrestaban a los varones de entre catorce y sesenta y cinco años. Este adelanto y la forma planeada y sistemática de operar resultó muy efectiva. Pocos escaparon y algunos que intentaron escaquearse o fugarse fueron ejecutados sin piedad.
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- Una vez que los hombres se hubieron ido, un silencio se apoderó del barrio. Se esperaba que empezasen escenas de violencia contra la población femenina sin defensas, pero ocurrió solamente en casos muy aislados. Supe más tarde la razón de esta falsa calma. Se trataba de la presencia de unos oficiales Alemanes de paso en Sivas. Los Turcos no querían testigos del crimen que estaban cometiendo y esta tranquilidad duró unos quince días hasta que, una mañana, el gobernador hizo pregonar un nuevo bando. Las mujeres, los niños y los ancianos, toda la población Armenia que quedaba en Sivas debía presentarse en la plaza del mercado antes de la cuatro de la tarde, con un máximo de dos maletas por persona y comida para dos días. La población iba a ser evacuada para dar sitio a refugiados venidos del este. Se repetía la cantinela relativa a la protección de nuestros bienes que aseguraría entonces el ejercito.

- Mi madre preparó con mi abuela dos maletas con ropa, algunos enseres de cocina, y unos fardos de comida. Escondió entre nuestra ropa monedas de oro, alguna joya y una foto de mi padre. Nos despedimos de nuestras sirvientes Turcas, una viuda y su hija que estaban con nosotros desde mucho tiempo y que considerábamos casi como parte de la familia. Ellas lloraron en el patio y mi madre les hizo un pequeño discurso confiándolas nuestra casa, los muebles, los cuadros, los enseres, todo lo que no podíamos llevarnos. Escondió un mensaje para mi padre en un sitio que solamente ella y él conocían, me cogió de la mano y empujando a su madre, cerró la puerta. Nunca más volveríamos a ver esa casa. A pesar de que desde que soy adulto habría podido hacerlo muchas veces nunca he querido volver a Sivas.

- En la plaza central de la ciudad se amontonaban los equipajes de alrededor de un millar de personas. El sitio estaba vigilado por varios grupos de gendarmes Turcos y, más inquietante para nosotros, por tropas auxiliares Kurdas. A pesar del gran desorden, existía una cierta organización. A medida que la gente llegaba a la plaza, los gendarmes les ponían en filas. Creo acordarme que habían ocho o diez de ellas según la calle donde habitaba cada uno. Al principio de la fila había una mesa con dos escribanos que anotaban en unas listas preparadas de antemano los nombres y apellidos de la gente que se presentaba. Una vez franqueada la mesa, unos gendarmes recogían los bultos más pesados y poniéndoles una etiqueta los cargaban sobre unos carros. Estaba claro que íbamos a recorrer el camino andando y que el carruaje se quedaba solamente para nuestros bultos. También me acuerdo que apartaban del montón de la gente a los adolescentes de más edad y que estos eran sujetos a una vigilancia particular. Yo tenía casi siete años y, por esta razón, me dejaron con mi madre y mi abuela. Nos situamos siempre cerca de Ter Misirian , quien cumpliendo con su palabra, había acudido con su mujer (4) a pesar de no haber sido citado. Él había convencido o sobornado a los Turcos para acompañar el primer grupo de “desplazados”.
(4) En la religión Armenia, muy cercana pero no idéntica a la ortodoxa los sacerdotes pueden casarse.

- Más allá de la seis de la tarde, aún no habíamos salido esperando sentados a pleno sol. La razón del retraso era el rastreo de las casas que efectuaban los gendarmes que al final aparecieron con los pocos recalcitrantes que habían descubierto y que llevaban las marcas de haber sido brutalmente golpeados. Me acuerdo de tener una sed y un hambre terrible. Mi madre quien no quería utilizar muchas de las provisiones, me daba muy poco de comer y menos aún de beber. Al final casi alrededor de la siete, estábamos a principios de junio, nos pusimos en marcha hasta la salida de la ciudad. Los Turcos que habían acudido nos miraron enmudecidos. Algunas personas estaban visiblemente tristes, algunas mujeres lloraron y solamente unos pocos se burlaron de nosotros.

- Una vez franqueadas las puertas de la ciudad, anduvimos aún una hora y, a cuatro o cinco kilómetros de la ciudad recibimos la orden de parar y de prepararnos para pasar la noche al raso. Nunca entendí por qué se nos distribuyó entonces un trocito de pan y un pescado salado a cada uno, así como el equivalente a un gran vaso de un agua malísima. La gente se lo comió para ahorrar sus pobres provisiones personales. Ter Misirian quien había ido a por noticias nos informó que a partir del día siguiente íbamos a seguir la carretera en dirección de Malatya. La ruta era muy dura, mal conservada. Las noches por los puertos de montaña iban a ser muy frías y nadie había pensado en tiendas de campaña.

- Al amanecer la columna de más o menos dos mil personas fuertemente custodiadas por unos gendarmes emprendió de nuevo su marcha seguidas por las carretas. Al tercer día muchas personas mayores no pudieron seguir el ritmo. Los Turcos los apartaron confiándolos a un destacamento de Kurdos. Para tranquilizarnos se nos comentó que irían lentamente hasta la vía del ferrocarril con la cual nuestro camino se cruzaba de vez en cuando y que subirían en uno de lo convoyes que se dirigían al sur. Nunca más volvimos a oír hablar de esta pobre gente. Es probable que fueron ejecutados y robados por estos feroces guerreros que nos odiaban más aun que los Turcos. Nuestra marcha prosiguió día tras día pero el numero de los integrantes de la columna se iba reduciendo cada vez más. La abuela se debilitó rápidamente, entre mi madre y yo la ayudamos para que no se la llevasen los Kurdos. Estos, después de los primeros días ya no ocultaban sus fechorías. A mitad mañana, después de haber ejecutado a los que no podían seguir, volvían a reaparecer tranquilos con unas sonrisas inocentes. Una mañana después de una semana, creo, mi abuela no pudo levantarse. Entonces pidió a Ter Misirian que le diese los últimos sacramentos y esperó su terrible suerte. Mi madre y yo estábamos destrozados pero queríamos sobrevivir. Cada noche, antes de dormir, rezábamos por mi padre y este día añadimos el nombre de mi abuela.

- Después de unos veinte días, un grupo de doscientos supervivientes llegó cerca de una pequeña ciudad llamada Bicerik, al lado del rio Eufrates donde nuestra suerte iba a dar un giro inesperado. Se me olvida decirte que, transcurridos dos días de nuestra salida de Sivas, había empezado por parte de nuestros guardianes una costumbre atroz. Antes de caer la noche estos miserables recorrían el campamento y se llevaban a la fuerza tres o cuatros mujeres o jovencitas, hasta casi niñas, para distraerse durante unas horas. ¡Bruno, aún por la noche casi sesenta años después puedo oír los lloros y los gritos de estas pobres mujeres! Volvían hasta el campamento a media noche en un estado lamentable y no sabían como esconder su vergüenza a pesar de que nadie se atrevía, por caridad, a hacer ningún comentario. Ter Misirian quien se rebeló contra estos hechos desde la primera noche que ocurrieron, acabó ejecutado sin piedad. Uno de los últimos consejos que dio mi abuela a su hija fue de simular estar embarazada insertando un cojín en sus prendas. Este subterfugio la protegía.....de momento.

- Mientras tanto en Sivas, como si Dios había oído nuestras suplicas, mi padre se había escapado gracias a la ayuda de un enfermero Turco, muy agradecido porque él había salvado de la muerte a un hermano suyo a principios de la guerra”.

El padre de Sonia se paró un tiempo y Bruno notó que la evocación de estos recuerdos habían cambiado su fisonomía. Su tristeza era inmensa. El vaso de Ouzo seguía intacto sobre la mesa. De repente salió de su ensimismamiento tomó un sorbo continuó:

- Entenderás Bruno, que donde estábamos mi madre y yo, arrastrándonos sobre el camino de Siria, no supimos lo de mi padre hasta unos años más tarde cuando nos reunimos después de lo que te voy a contar.

- Íbamos andando, cada día más débiles, hasta que un día cerca de nosotros estalló un combate. Unos comentaron que se trataba de unos chicos Armenios que habían desertado del ejecito y estaban atacando las columnas Turcas, otros hablaron de bandidos locales. Sea lo que fuere no me parece que el combate duro mucho - una hora al máximo - pero al final aparecieron más refuerzos Turcos y los atacantes huyeron derrotados. Esto provocó de nuestra parte durante el combate una desbandada en todas las direcciones. Siempre mi madre y yo habíamos comentado que en un caso así intentaríamos de escapar y de escondernos. Yo corría a su lado cuando esta perdió el cojín que la hacía parecer embarazada. Unos soldados Turcos se dieron cuenta y la rodearon. Empezaron a desnudarla para violarla. ¡Mira, Bruno, nunca había visto a mi madre desnuda, nunca!. Yo luchaba como podía para repeler a estos hombres lanzando patadas, pero unos soldados me cogieron. Manteniéndome en frente de mi madre creo que disfrutaban de la humillación que ella y yo sentíamos. Las cosas se ponían muy feas cuando surgió de no se donde un hombre en una calesa. Pensamos que se trataba de un oficial o un miembro del gobierno local porque lanzó una orden tajante que hizo cesar las violencias. Bajo del coche y, injuriando a los soldados, ordenó que mi madre se vistiese de nuevo.

- El hombre habló con mi madre, presentándole disculpas por parte del ejercito Turco. No se si era cinismo o una actitud muy calculada. Verás con el desarrollo de nuestra historia, que era un poco de los dos. Cosa increíble, a pesar de nuestro estado de suciedad, nos hizo subir con él en la calesa. Separándonos para siempre de nuestros compañeros de infortunio nos llevó hasta una casa a la salida del pueblo. Vimos que era un hombre poderoso porque con él todo fueron facilidades y la casa, sin ser un palacio, era confortable, bien amueblada y equipada. Comimos, bebimos, descansamos, nos ofreció la posibilidad de limpiarnos. Unos sirvientes, muy obedientes con él, nos trajeron ropas limpias para ponérnoslas en lugar de los harapos que llevábamos. De todos modos creo que lo que más apreciamos en ese momento fueron unos zapatos ya que los nuestros, especialmente los de mi madre, no daban más de si. No se quedó mucho tiempo, puso a nuestra disposición los sirvientes que vivían allí y antes de irse nos recomendó que permaneciéramos en la casa y que no saliéramos por nuestra propia seguridad. Después que le hubiésemos manifestado nuestra gratitud se fue sin que supiéramos quien era nuestro misterioso salvador y benefactor.

- Nos quedamos allí solos varios días hasta que volvió a aparecer. Expresó su satisfacción al ver que íbamos recuperando lo que él mismo llamó “un aspecto humano”. Nos preguntó si teníamos algún deseo, pero cuando mi madre intentó saber quien era, él siguió sin contestar con claridad a las preguntas sobre su identidad. Antes de salir volvió a hacer las mismas recomendaciones de prudencia. No debíamos salir porque, fuera de esta casa, él no podría responder de nuestra seguridad. Los sirvientes siguieron sin contestar a nuestras preguntas pero se mostraron siempre eficientes. Mi madre empezaba a ponerse nerviosa, cuando el hombre misterioso volvió a aparecer un día. Llevaba consigo un coche y nos anunció que nos llevaba con él a Alepo (5) donde vivía.
(5) Alepo: importante ciudad al norte de la actual Siria.

- Nuestro viaje fue largo pero cómodo hasta Alepo, en Siria donde vivía este hombre. Él era un gran terrateniente y además, creo, uno de los jefes militares de la región. Si me acuerdo bien, se llamaba Ahmed Pacha. Era culto, había viajado, hablaba además del Turco y del Árabe, el Francés y el Inglés así como un poco de Alemán. A mi madre creo que le recordó al amigo de mi padre en Sivas, del cual te hablé antes, Ali Bey. En su casa me separó de mi madre que no veía más que unas pocas horas al día, especialmente por la tarde. Argumentó a partir de una cierta edad los varones no debían vivir en compañía de las mujeres. Me incorporó a un grupo de niños, no niñas, cuya edad oscilaba entre los doce y los tres años. No intentó convertirme al Islam, pero toda mi educación, entonces fue de tipo Turco. No supe lo que ocurrió entre este hombre y mi madre hasta mucho más tarde. Era un niño y no entendía esas cosas. De todos modos, recuerdo que él siempre se portó bien conmigo. Hasta creo que quería que le considerase como un amigo.

- Mientras tanto mi padre, escapándose del campo militar donde estaba recluido, había llegado sigilosamente hasta nuestra casa que encontró totalmente saqueada...... Imagino que poco tiempo después, se mudaría a vivir allí alguna familia Turca, que probablemente echó nuevas raíces allí, sin querer saber o recordar quien la habitó antes que ellos.....

- La suerte quiso que encontrara el mensaje que mi madre le había dejado. Esto completó las pocas informaciones que él había ido recogiendo durante su cautiverio. Se presentó de noche en casa de su amigo Ali Bey quien no había participado en las primeras deportaciones de Armenios en la ciudad pero había vuelto de Constantinopla con ordenes tajantes de organizar operaciones similares en toda la provincia de Sivas, con la ayuda de un enviado especial de Enver Pacha, con quien había viajado en el tren. Ali Bey no compartía la decisión del Gobierno Turco y juzgaba esta ideología criminal, absurda y contraria a los intereses reales de Turquía. Confesó a mi padre que su tibieza era conocida y por esto le habían adjudicado a un policía. Tal vez, su futuro no fue tampoco muy envidiable, pero no lo conozco. Dio a mi padre un poco de dinero, una pistola, ropas turcas y le recomendó buscar por el noreste en dirección de Van a grupos de partisanos Armenios o a tropas Rusas. Se abrazaron largamente y mi padre se fue, siguiendo los consejos de su amigo. No se volvieron a ver nunca. Siempre mis padres hablaron de él con mucha gratitud y consideración.

- A mi padre le buscaba, el nuevo jefe de policía de Sivas, llegado de Constantinopla con Ali Bey y un séquito de gendarmes. Una vez casi lo detuvieron cuando le delataron en una granja donde había parado una noche. Herido, se internó en las montañas hasta ser rescatado por un grupo de partisanos con quienes se quedó casi dos años. En 1917 cayó el régimen zarista, en Rusia , los partisanos tuvieron más dificultades porque empezó a fallar el suministro de armas y de municiones, pero afortunadamente los Turcos se encontraban entonces ya muy debilitados. Cuando acabó la guerra, a finales de 1918, él se trasladó a Constantinopla donde participó en las muchas reuniones preparatorias al tratado de Sèvres (6), militando por la creación de un estado Armenio que nunca nació. Durante todo este tiempo siguió obsesionado por la suerte de su mujer y de su hijo, que habían salido de Sivas en dirección al sur a mediados de noviembre de 1915. Algo le decía en su interior que estaban vivos, aunque no existía ningún indicio sobre su destino real. Emprendió una búsqueda desesperada y gracias a la red de amigos que tenía, visitó todos los orfanatos del sur . Estos orfanatos, creados y gestionados durante la guerra por misioneros protestantes y católicos y en muchos casos Alemanes y Suizos, habían conseguido salvar a varios centenares de niños huérfanos. No me encontró porque no estaba allí pero averiguando la suerte que había tenido la primera columna de Sivas encontró, cosa increíble, a un superviviente que le contó la escena de la desaparición de su mujer y de su hijo a manos de un oficial Turco.
(6) Tratado entre los Aliados y el Imperio Otomano que consagra el final de la contienda entre ellos.

- Buscó a este hombre pero allí se encontró con los intereses opuestos de los Ingleses y Franceses a quienes no interesaba la suerte de una familia sino conseguir el apoyo de las poblaciones Turcas o Turcomanas locales y como consecuencia no querían incordiarlas con encuestas o registros. Al principio las autoridades Aliadas le miraron con conmiseración pero pronto su insistencia empezó a molestar así que le dieron largas.

-Mientras tanto mi madre y yo estábamos, desde hacia varios años, cada vez mas integrados en la familia Turca que nos hospedaba. Ahmed Pacha había conseguido, en unas circunstancias que nunca mi madre me explicó con mucha claridad, pero que sé que confesó a mi padre, acostarse con ella y habían tenido un hijo. Me enteré de la existencia de mi hermanastro por mi madre, a pesar de que nunca lo conocí. Ahmed Pacha tenía ya más hijos varones pero se encaprichó de este nuevo varón que había tenido con la hermosa Armenia. Yo entonces era un niño y no percibí todas la consecuencias de este acontecimiento. Con el tiempo su amante, muy calculador, medio convenció a mi madre, con no sé que pruebas, que su marido había muerto. Estoy convencido de que la desaparición de mi padre fue lo que la hizo claudicar. A pesar de estar medio recluida en su casa, mi madre se enteró del final de la guerra y suplicó a su amante que la dejara marcharse. Esté la colmaba de buenas palabras, pero en realidad buscaba ganar tiempo.


- Ahmed Pacha se había convertido en un personaje muy útil para los nuevos dueños de la región. Según el tratado de Sèvres, Siria se había transformado en un protectorado Francés. Los Franceses buscaban aliados locales y no fueron muy escrupulosos cuando el Turco políglota y muy conocedor de la región se ofreció a ellos. Para ellos su colaboración era valiosísima. Además no se le podía relacionar con las atrocidades contra los Armenios. Pronto uno de sus informadores, le señalaron la presencia de mi padre en la región. Por su suerte y por nuestra desgracia hay casi doscientos kilómetros entre Bicerik donde habíamos sido vistos por última vez y Alepo. La primera ciudad permanecía Otomanana en un territorio que pronto seria Turquía y la segunda pertenecía a Siria. En último recurso Ahmed Pacha sabía que podía contar con sus nuevos amigos para protegerle.

- Pero poco a poco el cerco se fue cerrando, mi padre había reunido muchos indicios y, cada día, estaba más convencido que estábamos vivos. Preguntando a decenas de personas se enteró de la existencia de un tal Ahmed Pacha quien había adoptado hacía cuatro años a una mujer Armenia y a su hijo. Un misionero católico, conmovido por la historia de mi padre, decidió ayudarle. Fue, me explicó mi padre, años después, un combate muy sutil. Primero Ahmed Pacha intentó asesinar a mi padre quien escapó y se puso bajo la protección de los padres misioneros que se dedicaban a buscar familias de acogida para las centenas de huérfanos que cuidaban. Finalmente el padre P. logró entablar una negociación con este tristemente celebre Ahmed Pacha. En principio, éste solamente se prestó a devolverme a mi y conservar a mi madre. Al final aceptó - ¿con que contrapartida por parte de los religiosos?- liberarla también, pero se mostró inflexible sobre el hijo que había tenido con ella. Para mi madre fue un drama personal horrible pero por otra parte estaba mi padre al que seguía queriendo y el futuro de este pobre niño nacido fuera del matrimonio estaba complicado. Si mi madre había cedido a Ahmed Pacha, era por sus continuos engaños así que, presa de un enorme dolor decidió dejar a su hijo con su amante y volver con su marido.

- Me acuerdo del viaje en tren hasta Constantinopla con mi madre, que lloraba sin parar. Allí nos esperaba mi padre. A pesar de no haberle visto en cuatro años, le reconocí en seguida. Mi madre se echó en sus brazos. No puedo contar sus conversaciones, pero sé que mi padre perdonó a mi madre porque, en el camino a los Estados Unidos donde ambos habían decidido emigrar, nació mi hermana en Marsella ...”.

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