Cuentos de la noche nº 3
UNA MAQUINA DE COSER.
De niño, Juan solía sentarse a los pies de su madre, cuando los jueves ésta transformaba el comedor de la casa en un taller de confección. Utilizando una máquina de coser, ella confeccionaba vestidos para toda la familia. Arreglar la ropa, coser prendas nuevas utilizando patronos recortados en las revistas, eran como el rito de las confituras y de las conservas, unas costumbres muy enraizadas en la familia. No se trataba de una máquina moderna y al examinarla más de cerca, podía verse que esta máquina había sido modificada, adaptándole un motor eléctrico, cuyo pedal accionaba Juan según las indicaciones de su madre. Un día, ésta contó a Juan la historia de dicha máquina.
- La abuela de tu padre había fallecido unos meses antes y la guerra se había acabado hacía muy poco, dejando tras ella un gran número de inmuebles totalmente inhabitables. Cuando naciste, tu padre y yo no quisimos seguir viviendo en mi pequeño estudio de soltera. La decisión final sobre donde íbamos a vivir había sido precedida por varias discusiones entre tu padre y yo. Él insistía que lo más practico sería ocupar el piso de la abuela. Yo, por mi parte, no entendía por qué una mujer bastante rica y con varias propiedades había vivido toda su vida de alquiler. Él me confesó que la sucesión de su abuela estaba bastante complicada y que aún no se había establecido con exactitud un inventario total de sus bienes. Al final tu padre me convenció y decidimos aprovechar un resquicio de la ley para instalarnos en el famoso piso alquilado por ella. Debido a las buenas relaciones que siempre mantuvo con el propietario desde que ella se instaló aquí en 1904, éste no puso ninguna objeción a que nos instalásemos en su piso.
- Una mañana, cuando estaba muy ocupada limpiando el piso, sonó el timbre. Al no estar tu padre, siempre tenía un poco de miedo, pero abrí la puerta. En el umbral me encontré con un hombre pequeño extremamente delgado, de aspecto pobre, con un vestido algo desgarrado y demasiado sudoroso para la fecha. El tenía a sus pies una máquina de coser. Con un acento extranjero el hombre preguntó:
- Señorita por favor, me gustaría hablar con la señora Vidal. Le he traído esta máquina de coser. Aquel hombre se había quitado el sombrero descubriendo una cabeza casi rapada demasiado grande para el cuerpo y grandes orejas. Si no fuese por la tristeza que emanaba de su persona, me habría entrado miedo.
- Le contesté que la señora Vidal era yo, pero que no había pedido ninguna máquina de coser. El hombrecito me miró con atención insistió con un acento aún más fuerte, repitiendo que quería hablar con la señora Vidal - la vieja señora Vidal añadió – la que vivía en este piso, para entregarle esta máquina de coser.
- Entendí que él se refería a la abuela. Durante su larga enfermedad ella nunca me había comentado que hubiese pedido una máquina de coser, así que la actitud del vendedor me pareció incomprensible. Los ojos del pequeño hombre brillaron y entonces él puso una mano deshuesada sobre mi brazo y pareció entristecerse un poco y me dijo:
- La vieja señora Vidal ha muerto y usted será la mujer de su nieto. Entonces le dejo la máquina”.
- Empezaba a perder la paciencia y le comenté muy secamente que no entendía nada. Estaba segura de que ni la abuela ni tu padre habían hablado jamás de la compra de una máquina de coser y, a pesar de que se trataba de una cosa bastante codiciada por aquellos tiempos, me ponía cada vez más nerviosa. Levanté la voz y quise echar a aquel hombre. Fue en este preciso momento que el hombrecillo me dijo con una voz muy suave.
- No se enfade señora, y déjeme que le explique la situación. Es evidente que usted no sabe quien soy yo. Supongo que sabrá que la señora Vidal era propietaria de un inmueble antiguo en el barrio du Marais en la Rue des Blancs Manteaux (1). Asentí de manera prudente porque lo que decía podía ser verdad. Tu padre me había comentado que estaba detrás de varias propiedades de su abuela en el centro de Paris. Al ver mi reacción, el hombrecito esbozó una sonrisa y siguió:
(1) Barrio del centro de Paris en la ribera derecha donde vivían muchos artesanos judíos.
- Señora Vidal, me llamo Epstein, Samuel Epstein. Tenía mi taller de reparación en la planta baja del número 7 de la Rue des Blancs Manteaux. Me dedico a la reparación y venta de máquinas de coser de segunda mano. Trabajo las marcas Singer, Anker..... No es un negocio enorme, pero trabajando muy duro se puede vivir y sacar adelante a una familia. Llegué de Polonia después de la Gran Guerra con mi mujer Rachel....- Marcó una pausa como si la evocación del nombre de su mujer le causara una enorme pena - se sobrepuso y con los ojos lacrimosos continuó:
- Cuando estalló la guerra la policía empezó a vigilarnos porque teníamos nombres raros y muchos de nosotros habían sido naturalizados recientemente. Después del Armisticio (2) vinieron las persecuciones. Nos registraron, nos hicieron llevar la estrella amarilla, nos prohibieron ejercer casi cualquier actividad, salvo la de reparador de máquinas de coser. El hombre añadió con una mueca de sarcasmo que, al tratarse de una cosa tan particular, la actividad de reparador de máquinas de coser nunca figuró en la listas de las prohibiciones, que él y sus correligionarios leían a diario en la prensa o en los carteles del Ayuntamiento.
(2) Se refiere al Armisticio firmado en junio de 1940 entre Alemania y Francia que abre el camino al régimen colaboracionista del mariscal Petain.
- Seguía trabajando pero poco a poco vi como mis vecinos y mis amigos eran detenidos o desaparecían, así que un día me decidí, yo también, a huir. Antes de irme me presenté una tarde en este mismo piso y hablé con mi casera, la señora Vidal, la vieja señora Vidal. Le expliqué mi situación y le propuse pagarle el alquiler de un año por adelantado, a condición que se respetase mi taller y mi stock de máquinas.
- Esta señora se portó muy bien conmigo. Aceptó en seguida mi petición y mi ofrecimiento. Cuando me despedí me tranquilizó diciéndome que ella iría personalmente al día siguiente a cerrar el taller prometiéndome que, pasase lo que pasase y durase lo que durase, conservaría mis mercancías hasta tiempos mejores. Señora Vidal, no quiero ser vengativo pero déjeme que le diga que muchas personas se han aprovechado de nuestras miserias y de nuestras desgracias durante estos años, para robarnos o enriquecerse a cuenta nuestra, pero yo tenía confianza en esta persona. Comprobé que ella cumplió con su palabra, fue a mi taller y lo precintó. Protegió mi stock de máquinas mucho más tiempo que el año que le había adelantado de alquiler.
- Poco después me arrestaron con mi familia. Nos deportaron y me separaron de mi mujer, Raquel y de nuestros dos hijos. Soy el único que sobrevivió y acabo de volver de Alemania. Me fui directamente al taller. En el campo mis compañeros se burlaban de mi. ¿Después de todo lo que nos habían hecho, alguien habría cuidado de mi negocio? Era casi impensable pero tenía fe y encontré todo tal como lo deje. Durante mi cautiverio, me había prometido que si sobrevivía y encontraba mi negocio en buen estado, iría en seguida a ofrecerle una máquina de coser a mi benefactora y por esto me he presentado hoy en su casa pensando encontrarme con la vieja señora Vidal y me confundí. Le pido disculpas por haberla asustado, pero usted tiene que creerme. No vengo a venderle nada, sino a cumplir una promesa que me hice a mi mismo.
- Casi llorando hice entrar al pobre hombre en el piso. Nos sentamos y lo único que aceptó fue un simple vaso de agua. Creo que al final los dos estábamos llorando por la tragedia de estos años, por las desgracias del señor Epstein, por la pérdida de su familia, asesinada, y por haber podido conocernos. Después de conversar durante un gran momento, el hombre se levantó y los dos nos confundimos en agradecimientos.
Juan vio que a pesar de los años, su madre tenía los ojos húmedos mientras le contaba esta historia. Entonces le enseñó como funcionaba esta máquina que el señor Epstein, había dotado de un motor eléctrico.
Esta historia entró a formar parte de la saga familiar, sin que se sepa el destino definitivo del pequeño reparador. Años después al revisar unos papeles de sus padres, Bruno descubrió que el señor Epstein pagó religiosamente los alquileres atrasados y que a la siguiente renovación del contrato, se mudó. La máquina se quedó como único testigo de una buena acción y por lo que sé....aún funciona.
De niño, Juan solía sentarse a los pies de su madre, cuando los jueves ésta transformaba el comedor de la casa en un taller de confección. Utilizando una máquina de coser, ella confeccionaba vestidos para toda la familia. Arreglar la ropa, coser prendas nuevas utilizando patronos recortados en las revistas, eran como el rito de las confituras y de las conservas, unas costumbres muy enraizadas en la familia. No se trataba de una máquina moderna y al examinarla más de cerca, podía verse que esta máquina había sido modificada, adaptándole un motor eléctrico, cuyo pedal accionaba Juan según las indicaciones de su madre. Un día, ésta contó a Juan la historia de dicha máquina.
- La abuela de tu padre había fallecido unos meses antes y la guerra se había acabado hacía muy poco, dejando tras ella un gran número de inmuebles totalmente inhabitables. Cuando naciste, tu padre y yo no quisimos seguir viviendo en mi pequeño estudio de soltera. La decisión final sobre donde íbamos a vivir había sido precedida por varias discusiones entre tu padre y yo. Él insistía que lo más practico sería ocupar el piso de la abuela. Yo, por mi parte, no entendía por qué una mujer bastante rica y con varias propiedades había vivido toda su vida de alquiler. Él me confesó que la sucesión de su abuela estaba bastante complicada y que aún no se había establecido con exactitud un inventario total de sus bienes. Al final tu padre me convenció y decidimos aprovechar un resquicio de la ley para instalarnos en el famoso piso alquilado por ella. Debido a las buenas relaciones que siempre mantuvo con el propietario desde que ella se instaló aquí en 1904, éste no puso ninguna objeción a que nos instalásemos en su piso.
- Una mañana, cuando estaba muy ocupada limpiando el piso, sonó el timbre. Al no estar tu padre, siempre tenía un poco de miedo, pero abrí la puerta. En el umbral me encontré con un hombre pequeño extremamente delgado, de aspecto pobre, con un vestido algo desgarrado y demasiado sudoroso para la fecha. El tenía a sus pies una máquina de coser. Con un acento extranjero el hombre preguntó:
- Señorita por favor, me gustaría hablar con la señora Vidal. Le he traído esta máquina de coser. Aquel hombre se había quitado el sombrero descubriendo una cabeza casi rapada demasiado grande para el cuerpo y grandes orejas. Si no fuese por la tristeza que emanaba de su persona, me habría entrado miedo.
- Le contesté que la señora Vidal era yo, pero que no había pedido ninguna máquina de coser. El hombrecito me miró con atención insistió con un acento aún más fuerte, repitiendo que quería hablar con la señora Vidal - la vieja señora Vidal añadió – la que vivía en este piso, para entregarle esta máquina de coser.
- Entendí que él se refería a la abuela. Durante su larga enfermedad ella nunca me había comentado que hubiese pedido una máquina de coser, así que la actitud del vendedor me pareció incomprensible. Los ojos del pequeño hombre brillaron y entonces él puso una mano deshuesada sobre mi brazo y pareció entristecerse un poco y me dijo:
- La vieja señora Vidal ha muerto y usted será la mujer de su nieto. Entonces le dejo la máquina”.
- Empezaba a perder la paciencia y le comenté muy secamente que no entendía nada. Estaba segura de que ni la abuela ni tu padre habían hablado jamás de la compra de una máquina de coser y, a pesar de que se trataba de una cosa bastante codiciada por aquellos tiempos, me ponía cada vez más nerviosa. Levanté la voz y quise echar a aquel hombre. Fue en este preciso momento que el hombrecillo me dijo con una voz muy suave.
- No se enfade señora, y déjeme que le explique la situación. Es evidente que usted no sabe quien soy yo. Supongo que sabrá que la señora Vidal era propietaria de un inmueble antiguo en el barrio du Marais en la Rue des Blancs Manteaux (1). Asentí de manera prudente porque lo que decía podía ser verdad. Tu padre me había comentado que estaba detrás de varias propiedades de su abuela en el centro de Paris. Al ver mi reacción, el hombrecito esbozó una sonrisa y siguió:
(1) Barrio del centro de Paris en la ribera derecha donde vivían muchos artesanos judíos.
- Señora Vidal, me llamo Epstein, Samuel Epstein. Tenía mi taller de reparación en la planta baja del número 7 de la Rue des Blancs Manteaux. Me dedico a la reparación y venta de máquinas de coser de segunda mano. Trabajo las marcas Singer, Anker..... No es un negocio enorme, pero trabajando muy duro se puede vivir y sacar adelante a una familia. Llegué de Polonia después de la Gran Guerra con mi mujer Rachel....- Marcó una pausa como si la evocación del nombre de su mujer le causara una enorme pena - se sobrepuso y con los ojos lacrimosos continuó:
- Cuando estalló la guerra la policía empezó a vigilarnos porque teníamos nombres raros y muchos de nosotros habían sido naturalizados recientemente. Después del Armisticio (2) vinieron las persecuciones. Nos registraron, nos hicieron llevar la estrella amarilla, nos prohibieron ejercer casi cualquier actividad, salvo la de reparador de máquinas de coser. El hombre añadió con una mueca de sarcasmo que, al tratarse de una cosa tan particular, la actividad de reparador de máquinas de coser nunca figuró en la listas de las prohibiciones, que él y sus correligionarios leían a diario en la prensa o en los carteles del Ayuntamiento.
(2) Se refiere al Armisticio firmado en junio de 1940 entre Alemania y Francia que abre el camino al régimen colaboracionista del mariscal Petain.
- Seguía trabajando pero poco a poco vi como mis vecinos y mis amigos eran detenidos o desaparecían, así que un día me decidí, yo también, a huir. Antes de irme me presenté una tarde en este mismo piso y hablé con mi casera, la señora Vidal, la vieja señora Vidal. Le expliqué mi situación y le propuse pagarle el alquiler de un año por adelantado, a condición que se respetase mi taller y mi stock de máquinas.
- Esta señora se portó muy bien conmigo. Aceptó en seguida mi petición y mi ofrecimiento. Cuando me despedí me tranquilizó diciéndome que ella iría personalmente al día siguiente a cerrar el taller prometiéndome que, pasase lo que pasase y durase lo que durase, conservaría mis mercancías hasta tiempos mejores. Señora Vidal, no quiero ser vengativo pero déjeme que le diga que muchas personas se han aprovechado de nuestras miserias y de nuestras desgracias durante estos años, para robarnos o enriquecerse a cuenta nuestra, pero yo tenía confianza en esta persona. Comprobé que ella cumplió con su palabra, fue a mi taller y lo precintó. Protegió mi stock de máquinas mucho más tiempo que el año que le había adelantado de alquiler.
- Poco después me arrestaron con mi familia. Nos deportaron y me separaron de mi mujer, Raquel y de nuestros dos hijos. Soy el único que sobrevivió y acabo de volver de Alemania. Me fui directamente al taller. En el campo mis compañeros se burlaban de mi. ¿Después de todo lo que nos habían hecho, alguien habría cuidado de mi negocio? Era casi impensable pero tenía fe y encontré todo tal como lo deje. Durante mi cautiverio, me había prometido que si sobrevivía y encontraba mi negocio en buen estado, iría en seguida a ofrecerle una máquina de coser a mi benefactora y por esto me he presentado hoy en su casa pensando encontrarme con la vieja señora Vidal y me confundí. Le pido disculpas por haberla asustado, pero usted tiene que creerme. No vengo a venderle nada, sino a cumplir una promesa que me hice a mi mismo.
- Casi llorando hice entrar al pobre hombre en el piso. Nos sentamos y lo único que aceptó fue un simple vaso de agua. Creo que al final los dos estábamos llorando por la tragedia de estos años, por las desgracias del señor Epstein, por la pérdida de su familia, asesinada, y por haber podido conocernos. Después de conversar durante un gran momento, el hombre se levantó y los dos nos confundimos en agradecimientos.
Juan vio que a pesar de los años, su madre tenía los ojos húmedos mientras le contaba esta historia. Entonces le enseñó como funcionaba esta máquina que el señor Epstein, había dotado de un motor eléctrico.
Esta historia entró a formar parte de la saga familiar, sin que se sepa el destino definitivo del pequeño reparador. Años después al revisar unos papeles de sus padres, Bruno descubrió que el señor Epstein pagó religiosamente los alquileres atrasados y que a la siguiente renovación del contrato, se mudó. La máquina se quedó como único testigo de una buena acción y por lo que sé....aún funciona.
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