Cuentos de Invierno nº 4
EL PRIMO MARCHAL.
l. Una fotografía que abre el baúl de los recuerdos.
Estaba en el piso de mi abuela, ayudándola a deshacerse de unos papeles, antes de que ella lo abandonase para ingresar en la residencia de ancianos donde iba a vivir a partir del mes siguiente. Sentados uno al lado del otro sobre el sofá de su salón, mirábamos juntos un álbum de viejas fotografías, cuando ella se paró y señalándome una de ellas, me preguntó:
-¿Juan te acuerdas del primo Marchal?.
Miré la fotografía que me señalaba y reconocí enseguida al grupo de personas que aparecía en ella, formado por miembros de la familia cuyos nombres y caras me resultaron muy familiares, pero no pude identificar al segundo personaje a la izquierda. Me resultaba totalmente desconocido aunque mi padre había mencionado, a veces, este nombre delante de mi.
- Pensándolo bien, es normal que no te acuerdes de él Juan, tenías solamente cinco años, cuando vendí la finca al año siguiente a la muerte de mi marido.
Mi abuela se había casado dos veces y nunca utilizaba el nombre de pila de su segundo marido cuando hablaba de él. Levantando mis ojos del álbum me sorprendió verla tan pensativa de repente. Parecía perdida en un mar de recuerdos. ¡Cómo me habría gustado poder penetrar en su mente en ese momento!.
Decidí no molestarla, la llamábamos familiarmente, la abuela Alma, para distinguirla de mi abuela materna, apodada la abuela Susi, por su nombre Susana, durante este sueño que duró unos cuantos minutos, hasta que de repente me sonrió, como si acabara de despertarse de su ensoñación. Seguimos mirando otras fotos, pero antes de cerrar el álbum le pregunté:
- ¡Abuela Alma, háblame un poco del primo Marchal!. He oído a papá mencionar su nombre muchas veces, pero realmente no sé quien fue. ¿Qué relación familiar teníamos con él?.
Sabía que no podía ser pariente suyo, porque mi abuela era de origen ruso. Había conocido a mi abuelo en Biarritz, en 1908 donde sus familias veranearon ese año. Los padres simpatizaron y se produjo un flechazo entre el joven arquitecto y la hermosa Rusa. Los Ivanof volvieron a Francia el año siguiente y entonces ella se casó y se quedó en Francia mientras sus padres volvían a Orel (1). Años después, la casi totalidad de su familia, su padre y su hermano, eran ambos abogados, murió a consecuencia de la hambruna o fue masacrada durante la Revolución Rusa.
(1) Orel, ciudad a trescientos kilómetros al suroeste de Moscú.
- Viene del lado de mi marido, aunque en realidad no era pariente nuestro. ¿Sabes, Juan a veces se llama primo, tío o tía a una persona querida, muy próxima a la familia, a pesar de que no haya un lazo de sangre con él. Se le honra de esta manera.
Un instante ella se reclinó para apoyarse sobre el respaldo del sofá, lo que no hacía nunca, sentándose siempre erguida, como se le había enseñado de pequeña y me dijo:
- Conocí al tío Marchal durante el verano de 1924 cuando mi marido me llevó por primera vez a la finca de los Vosgos, de donde su familia era oriunda. Una tarde, después de comer, decidimos aprovechar el tiempo cálido del verano y tomar el café en la terraza, que se extiende delante de la casa en frente de la pradera que tal vez recordaras. Éstabamos los de siempre, mi marido, sus hermanas, yo y tu padre que entonces tendría siete años, charlando cuando él apareció. Creí por un instante haber vuelto a mis años de juventud en casa de mis padres en Orel, porque el hombre que se dirigía hasta nosotros podría haber sido un personaje de aquellas tierras. Imagínate a un hombre de edad indefinida, alto, muy delgado, vestido con unas prendas limpias, pero remendadas veinte veces, quien se dirigía tranquilamente hasta nosotros con un perro tirando un carrito a su lado. Al ver mi cara de sorpresa todos giraron la cabeza en dirección del recién llegado y gritaron al unísono: “¡El primo Marchal!. ¡Que sorpresa!”.
- El hombre hizo una señal al perro, una mezcla indefinible de razas, y el animal se paró al instante, agachándose con la lengua fuera. En ningún momento intentó liberarse de las correas que le ataban al carrito de dos ruedas, cuya carga estaba oculta debajo de una toalla manchada, sobre la cual empezaron a bailar moscas y avispas. Cuando él se acercó a nosotros pude discernir mejor su cara, huesuda, con un enorme bigote. Se quitó su sombrero de fieltro negro y aparecieron unos cabellos grises un poco largos, pero lo que me llamó más la atención fueron sus ojos de un azul muy claro, de los cuales emanaban franqueza e ingenuidad. Empezó a saludar a la gente sin que se entendiesen claramente sus palabras. Cuando me tocó el turno se plantó delante de mi y se inclinó profundamente. Dirigiéndose a mi marido le dijo:
- Así que está es tu mujer, Marcelino. Acuérdate que siempre había dicho que te casarías. Me han dicho que es Rusa. ¿Habla nuestro idioma?.
- Por supuesto que habla Francés, primo Marchal. Antes de la guerra todos los Rusos de buena familia lo hablaban. Te presento a Alma, mi mujer y dirigiéndose a mi pronunció estas simples palabras:
- Alma, es el primo Marchal”. El hombre me miró con una media sonrisa e hizo otra leve inclinación de cabeza. Dando la presentación por terminada se dirigió hasta el carrito y quitó la toalla sucia.
- Familia, os he traído unos tarros de miel de mis colmenas y unos quesos.
- Una de mis cuñadas, la tía María, que siempre se ocupaba de la intendencia y de la cocina, llamó a Emilia, la hija mayor de los granjeros, y entre ambas se llevaron en varios viajes, los botes de miel y los quesos envueltos en unos pañuelos blancos hasta la despensa. Mientras la tía Ana que había seguido la mirada del primo hasta la mesa le propuso una taza de café que acompañó de un vasito de alcohol de ciruela casero.....
- Durante la cena de ese día maniobré para poner la conversación sobre nuestro visitante, quien había pasado toda la tarde con nosotros, pero no había querido quedarse a cenar con la excusa de cuidar a sus animales. Nadie me aclaró su grado de parentela, pero capté que existía algún misterio detrás de la denominación de primo. Los abuelos de mi marido habían emigrado a la capital para hacer fortuna y lo habían conseguido, mientras los padres de Marchal se habían quedado en la aldea. Ahora, después de una vida de aventurero, vivía modestamente al otro lado del bosque, en una casa en mal estado y sin muchas comodidades que había heredado de su padres. Según mis interlocutores, Marchal – nunca se le identificaba por su nombre - había ejercido veinte oficios y recorrido antes de la guerra muchos países que no especificaron. Como tu padre había cenado antes que nosotros y que ahora quedaban solamente los adultos sentados alrededor de la mesa, una de mis cuñadas con la lengua afilada y el oído muy fino, nos contó, fiándose de unos rumores que había recogido de parte de los granjeros: Marchal había vuelto de la guerra llevándose con él a una mujer de gran belleza, medio loca, que vivía recluida en su choza sin hablar con nadie. Añadió que esta “criatura” le servía de sirvienta, de amante y a la vez de ayudante en la fabricación de sus productos.
- No me extraña, dijo otro comensal. Este bueno de Marchal se habrá topado con ella durante uno de sus desplazamientos y como siempre tiene la manía de recoger todo lo que le llama la atención durante sus idas y venidas, se la habrá llevado a casa. Siguieron unas alusiones de dudoso gusto sobre las costumbres del primo que nos había dejado una hora antes. Uno de ellos, y no el más cruel, hacía alusión a la necesitad de encontrarse una cama caliente durante el frió invierno de los Vosgos.......
- Me dolió que nadie tuviese una palabra para buscar una motivación positiva detrás de la acción de nuestro pariente. Inútil decirte Juan, que este último comentario me pareció de bastante mal gusto, pero no era la última vez que el comportamiento y la manera de vivir de este personaje extraordinario iba a ser juzgado con ironía o severidad por sus parientes. No lo vimos más durante este primer verano a pesar de que durante esa tarde hubiéramos planeado volver a vernos.
2. El nacimiento de una amistad.
- Durante los quince años siguientes el primo Marchal nos visitó regularmente y con los años sus apariciones se multiplicaron. Mi marido quien no entendía nada del campo, escuchaba con una sonrisa dubitativa, los consejos que le daba su primo, pero raramente los ponía en práctica, no importándole que el granjero le robara descaradamente. Por el contrario, era evidente que Marchal, entendía de los temas relacionados con el campo, conocía todos los acontecimientos de la aldea y tenía una manera alegre y simple de contar las anécdotas, sin nunca dejar a alguien en mal lugar. Como te dije era un hombre de carácter fundamentalmente bueno y positivo. Los días durante los cuales comía y cenaba con nosotros, se iba al anochecer a su casa y desde luego nunca nos presentó a su compañera, de la cual hablaba en contadas ocasiones. Tampoco oí nunca que mi marido o sus hermanas la invitasen a juntarse con nosotros. Los modales del primo eran extraños y rudos, pero mis cuñadas solían decir que desde que yo había aparecido en la familia, Marchal se vigilaba un poco más. Por ejemplo nunca le vi peinarse el bigote con el tenedor durante la comida, como solía hacerlo antes - comentario que provocaba una cierta hilaridad y daba cuerda para otros del mismo tipo -. No me habituaba y hasta me molestaba esta manera de reírse de él en su ausencia. Recuerdo que una vez, estando en nuestra habitación después de cenar y a punto de acostarnos, hice a mi marido un leve reproche sobre esta manía de criticar al primo Marchal en su ausencia. Esté no le dio ninguna importancia:
- Marchal es un original, decía. A penas ha recibido lo que llamaríamos una educación. No ha frecuentado la escuela más que el tiempo necesario para saber leer y escribir. Quedó huérfano cuando era pequeño y se ha puesto a trabajar pronto. De joven era muy inestable y hasta violento. No se quedaba en el mismo sitio mucho tiempo y siempre le ha gustado viajar. Ha recorrido toda Francia y ha pasado muchos años en el extranjero. A pesar de que todos nos reímos un poco de él, hay que reconocer que tiene unas habilidades singulares, que es muy honrado y que nos quiere mucho.
- Mi marido que acababa de desvestirse y se había acostado, no quiso precisarme cuales eran las habilidades singulares del primo Marchal, ni las razones de su sentimiento para una familia que le despreciaba a menudo. Las descubrí yo misma en los años siguientes y involuntariamente mi cuñada Maria me puso sobre la pista.
- Como te dije con los años que pasaban, Marchal solía aparecer más a menudo en la finca, a diferencia de mi marido quien, retenido por sus varios negocios en la capital, pasaba cada año menos tiempo con nosotros. Muy al principio de julio, una vez acabado el colegio, él nos conducía a tu padre y a mi, hasta la finca, donde pasaríamos el verano. Se quedaba una semana con nosotros y no volvía a aparecer, esta vez con sus hermanas, hasta mediados de agosto, cuando la familia al completo se quedaba hasta principios de septiembre.
- Nuestro primo solía aparecer en la finca a los pocos días de nuestra llegada para saludarnos. Como el primer día que le vi siempre traía algo: unos tarros de miel y unos quesos cuya producción era su medio de vida o un juguete de madera que él había fabricado para tu padre. A medida de que la relación con los granjeros se iba deteriorando progresivamente a causa de la renta que tenían que pagar a mi marido, esté se arreglaba para pedirles cada vez menos favores. Justo antes de volver a marcharse a la capital, prefería pedir a su primo que siguiera visitándonos regularmente, para resolver cualquier pequeño problema que pudiera surgir en nuestra vida cotidiana. Fue así que surgió entre nosotros una gran amistad. Hablábamos tardes enteras, yo con el samovar funcionando sin parar y él con una botella de alcohol de ciruelas, que iba desapareciendo. Descubrí que Marchal era un narrador nato y que los episodios de su vida habrían llenado un libro. Estoy segura que llegué a conocerle mucho más que sus parientes, que se contentaron siempre con tener de él una visión simplista.
- Me contó su vida como si de una novela por entregas se tratase. Empezó cuando tenía siete años. Nunca se daba por enterado cuando yo intentaba que me hablase de sus primeros años de vida, así que cuando me encontraba sola imaginaba toda clase de historias, pero ni él ni nadie de la familia, quiso nunca aclarar este misterio y hasta hoy, no sé con certeza quién era en realidad Marchal, a pesar de que un día a la tía Maria se le fue un poco la lengua. Entonces sospeché que su padre y el de mi marido habían sido hermanastros.
- Huérfano muy joven, empezó trabajando como aprendiz en un aserradero de la comarca, donde se fabricaban puertas y ventanas. Su trabajo consistía en llevar el material de aquí para allá. El dueño, un gigante, mujeriego y borrachín, gran amante del vino peleón, le atemorizaba y le molía a palos cuando cometía un error por pequeño que fuera y, sobre todo, no soportaba sorprenderlo descansando detrás de una pila de tableros esculpiendo objetos. Estos malos tratos llegaron a tal punto que, con apenas once años, se fugó una noche. Anduvo varios días hasta encontrar la posibilidad de emplearse en los yacimientos de hierro del norte de Lorena, donde se quedó unos años cuidando a los caballos en el fondo de un pozo de las minas. Allí se hizo muy amigo de un tal Samuel, otro joven que también trabajaba allí. Era un poco mayor que él y le convenció de que ambos tenían poco futuro en estas insalubres galerías. Su compañero tenía una habilidad pasmosa para hacerse con cualquier objeto abandonado, repararlo o darle brillo y trapichear con él durante su tiempo libre en los mercados de la comarca. Poco a poco los dos adolescentes elaboraron y perfeccionaron un gran proyecto: viajar y vivir de la fabricación y la venta ambulante, tanto de los objetos que realizaría Marchal, peor vendedor pero más hábil con sus manos, como de los que Samuel encontraría por el camino. Dejando la mina, empezaron a viajar juntos recorriendo toda Francia durante los años siguientes.
- Al principio Samuel fue bastante discreto sobre su pasado y sus orígenes, pero durante las largas caminatas que hicieron juntos o durante las noches antes de dormirse, su amigo empezó a contarle cosas de su vida. Venía de una aldea llamada Przemysl no muy lejos de Lemberg (2) y, como Marchal sospechaba, era Judío. A penas adolescente, había dejado su familia numerosa y miserable para intentar ganarse la vida fuera del Ghetto donde no veía ningún futuro. Antes de llegar a Francia, había vivido varios años en Ucrania, ejercitando pequeños oficios. Su pertenencia al sequito doméstico de un ricachón Ucraniano, propietario de minas de hierro, en calidad de lacayo encargado de la vestimenta del amo, le había permitido venir con él a Francia en un viaje de negocios. Nunca aclaró del todo las circunstancias de la separación de su amo, pero Marchal sospechó que probablemente había intentado vender por su cuenta algún elemento de la ropa del amo y de que, antes de que le descubriese, se había largado, encontrando un refugio seguro en las minas donde se conocieron. Si su amigo era escueto en cuanto a esta parte de su vida no había manera de pararle cuando evocaba su vida en Ucrania y especialmente cuando describía cómo era la ciudad donde le gustaría instalarse. Tenía verdadera morriña de aquellos tiempos y aquel país y dejaba entender a su amigo que algún día volvería allí.
(1) Lemberg hoy Lvov.
3. Rusia, acto primero.
- Un día, cerca de la frontera Italiana, los dos amigos se toparon con unos gendarmes que les detuvieron. Samuel, cuyos orígenes eran confusos, pasó una temporada en la cárcel por falta de documentación y expulsado, pero Marchal fue mandado al servicio militar. Pasó dos años en Argelia bajo un sol de plomo, en una fortaleza que lindaba con el desierto llamada Fort Thirriez. No conservaba muy buenos recuerdos de dicha época. No le gustó, ni el clima, tan diferente al de su Lorena natal, ni la ausencia de bosques y riachuelos, ni el hecho de vivir la mayoría de su tiempo detrás de unas murallas, pero, más que todo, añoraba la presencia de su amigo Samuel. Una vez obtenida su licencia, decidió volver a Europa. El día de la salida de su barco paseaba en los muelles del puerto de Argel con su billete de vuelta a casa en el bolsillo cuando, un poco antes de la hora de la comida, el calor le empujó a entrar en uno de esos cafés de mala muerte para disfrutar la sombra reinante. En la mesa de al lado de la suya, tres miembros de la tribulación de un carguero hablaban en voz alta. Marchal, que no tenía nada que hacer, no pudo contenerse de escuchar su conversación. Eran miembros de la tribulación de un pequeño carguero que salía en breve, con un cargamento de harina que llevarían hasta un puerto del Mar Negro cuyo nombre no reconoció y después tenían que ir a cargar barriles de petróleo a Odessa. Los hombres comentaban que el barco saldría esa misma noche pero que el segundo de abordo buscaba desde esta mañana a un hombre para sustituir a un tal Dimas, un marinero, el cual se encontraba en el hospital después de ser herido en una reyerta a la salida de un burdel de la Casbah (3) Aparentemente el navío no tenía muy buena reputación y la búsqueda hasta el momento no había dado frutos.
(2) La Casbah, era el barrio musulmán de Argel.
- Una fuerza interior desconocida – me contó Marchal veinte años más tarde – le hizo levantarse y acercarse a estos hombres preguntándoles el puerto de destino del barco y la calificación requerida para ocupar el puesto del tal Dimas. Se extrañaron y miraron de pie a cabeza a esta persona que les dirigía la palabra, un hombre delgado, quemado por el sol y con un aspecto más militar que civil, pero le contestaron que el barco se dirigía hacia Odessa, con una escala intermedia y que en materia de calificaciones lo que se buscaba eran fuerza y ganas, porque la tripulación del “Croix du Sud” era muy escasa. Después de comer Marchal con ellos, firmó su contrato con el segundo de a bordo del carguero. Tuvo solamente el tiempo de revender su pasaje para Marsella al primer interesado - siempre hay gente interesada en este tipo de documentos, añadió con malicia – y , al día siguiente, él se encontraba en alta mar.
- El viaje se desarrolló sin otro incidente hasta Costanza (3) si no fuese por un pequeño altercado ocurrido en una escala imprevista en Constantinopla, la capital del Imperio Otomano. Se había integrado sin demasiado dificultad en la tripulación del “Croix du Sud” que con su cargamento de harina, penetró en el Mar Negro, tocando primero Constanza en Rumanía, donde le esperaba una carga imprecisa destinado al final provisional de su trayecto, Odessa. Marchal no había ocultado al oficial que le contrató, que no pensaba seguir más allá de este puerto, pero el segundo de abordo, quien se vanagloriaba de conocer bien al conjunto de los marineros, estaba convencido de que el nuevo recluta del cual estaba bastante satisfecho, se presentaría justo a la hora de salida del barco, habiendo perdido todo en los tugurios del puerto o solamente deseando huir de la persecución de la policía. Estaba tan seguro de si mismo que se jugó una apuesta con el capitán, un personaje que los miembros de la tripulación, a penas veían a pesar del tamaño reducido del navío, porque sentía más cariño a la botella que al contacto con sus tripulantes. Pero no fue así, el “Croix du sud” zarpó unos días más tarde de Odessa sin su último fichaje.
(3) Costanza, principal puerto de Rumania ceca del delta del Danubio.
- Cuando Marchal me describió sus primeras impresiones de Odessa me pareció revivir mi infancia y mi juventud. Había dejado Rusia en 1909 cuando me casé con tu abuelo y, como sabes nunca he vuelto. Después de la boda mi familia se volvió a Rusia y tampoco he vuelto a verlos, pero he pensado y he rezado por ellos todos los días.
- Odessa el gran puerto civil ruso del Mar Negro – el militar es Sebastopol – debía su configuración urbanística al Duque de Richelieu (4) se encontraba en plena ebullición por el desarrollo económico de aquel entonces. Rusia exportaba millones de toneladas de grano y gran cantidad de barriles de petróleo que provenían del mar Caspio. Marchal no hablaba Ruso pero entonces el Francés era bastante utilizado y él encontró, sin mucha dificultad, un empleo. No quería penetrar en la inmensidad del territorio del imperio del Zar, a la víspera del invierno que Samuel le había descrito como durísimo y sobre todo sin chapurrear por lo menos unas palabras del idioma. No le gustó su trabajo donde estaba sentado demasiado tiempo detrás de una mesa, pero aguantó. Durante sus insomnios soñaba en volver a encontrarse con su amigo Samuel. ¿Pero dónde buscarle? Ni siquiera podía deletrear su apellido, una maraña de vocales y consonantes, que acababa en algo como “cmorsvky”.
(4) El Duque de Richelieu emigró al principio de la Revolución Francesa. Se puso al servicio del zar quien le encomendó el desarrollo económico y urbanístico de la ciudad
- En la primavera de 1912 Marchal se puso en marcha en dirección del noreste, con algo más que unas nociones de ruso y su cartera medio llena. Su meta era Moscú, que Samuel describía con una suerte de devoción como la tierra prometida para los negocios. Cuando ambos hablábamos de estos años con tu padre, jugando a nuestro alrededor, yo notaba aún su admiración por las dimensiones del país. Él decía: ¡cuantos ríos anchísimos cuyos nombres se desconocen en occidente!, ¡Que campos tan grandes que no veían el final hasta el horizonte!, ¡Que gente siempre tan hospitalaria en los pueblos. Viajó a veces en barcos a vapor que remontaban los ríos, casi todos navegables y a veces andando, pero no llegó a Moscú porque en Tambov cayó enfermo de difteria. El destino quiso que la persona que le recogió en muy mal estado en un parque de la ciudad, era un tal doctor Gradov. El médico se interesó en él, porque no era habitual encontrarse con un Francés en estos parajes. Una vez curado, su benefactor propuso a Marchal quedarse en casa como encargado de la granja que servía de casa de campo a la familia en Nikitovo, a cincuenta kilómetros de la ciudad. Allí conoció a Sofía y a Olga, unas parientes lejanas de Gradov. Eran dos mujeres muy influenciadas por las ideas progresistas de la época que habían decidido consagrar sus vidas a la educación del pueblo. Marchal, se enamoró de Olga......
4. En Francia.
- El anuncio de la movilización en agosto de 1914 le pilló en Nikitovo. Su vuelta a Francia resultó toda una odisea porque en cuestión de días las fronteras terrestres se cerraron. Tenía que volver a Francia por mar. Pasó por Moscú, San Petersburgo, Estocolmo y al final llegó a Epinal (5) a principios de octubre, donde se presentó a su centro de movilización. Al final de la guerra participó en la ocupación de Alemania durante unos meses. Licenciado del ejército, planeó volver a Francia andando. La guerra, los horrores y los sufrimientos que había presenciado le hacían aspirar ahora a una vida tranquila. Antes de dejar Alemania intentó varias veces ponerse en contacto con Olga, y los Gradov. Fue en vano, la región de Tambov se encontraba bajo el control de los Bolcheviques y no había ninguna posibilidad de comunicarse con ellos. Entonces decidió volver a vivir en su aldea natal, donde todo lo que había aprendido durante sus años de juventud y sus viajes, le permitiría vivir simplemente, pero honradamente. Ya no aspiraba a más.
- En un tugurio cerca de Manheim, se encontró con una mujer Francesa caída en una desgracia total. Isabelle, así la llamaba, porque nunca le había revelado su verdadero nombre, era la mujer de un industrial del norte, el cual había sido deportado por los Alemanes, mientras ella había entablado una relación sentimental con el oficial que había requisado su casa. Se enamoró de este oficial que supo seducirla, haciéndole la vida fácil en medio de restricciones muy duras. Pronto se convirtió en su amante. Esta relación con un oficial enemigo, al principio oculta, había ganado poco a poco visibilidad, así que cuando los Alemanes, derrotados se retiraron, ella decidió seguirle hasta el otro lado del Rin. Pero allí, descubrió que ya no le importaba nada a su amante, el cual tenía una situación acomodada, una esposa, una familia y hasta unos hijos. Fue cuando comprendió que lo había perdido todo. No quiso intentar volver a su ciudad natal y cayó en una miseria sin fondo. Volviéndose medio loca, empezó a recorrer las carreteras sin rumbo fijo, hasta encontrarse con el primo Marchal.
(5). ciudad de Lorena
- El primo se apiadó de ella, la sacó de la casa de citas donde trabajaba y decidió llevársela con él hasta su aldea. Nunca la vi, pero él la describió como una mujer hermosa, con la mente perdida en un mundo extraño que llegaba a penetrar en muy pocas ocasiones, cuando ella se decidía a hablarle. Creo que él la quería y a diferencia de los rumores, la trataba con cierto cariño. A pesar de nuestra amistad y de la confianza que teníamos entre ambos, Marchal nunca me propuso ir a su casa y nunca la vi. Su tristeza cuando ella desapareció en circunstancias trágicas, demostraron que la quería de verdad.
- Juan, la foto que acabamos de ver corresponde al año 1946, el último verano que pasamos en la finca, después de la guerra. Ya se ve a mi marido muy marcado por la enfermedad, que se lo llevaría unos meses más tarde. Ese día, el primo Marchal vino a visitarnos regalándonos como siempre unos productos elaborados por él: miel y quesos. El aguardiente de ciruelas que bebimos ese día alrededor de la mesa, después de tomar el café, se lo debemos a él, porque cuando estalló la guerra estábamos justamente de vacaciones allí y se nos presentó un problema cuyas posibles soluciones fueron discutidas por todos. ¿Qué íbamos a hacer con el stock de botellas de alcohol de las últimas cosechas?. No recuerdo el numero exacto, pero entre bombonas y botellas podían sumar unos mil litros. Dejarlas en la bodega era la mejor manera de no volver a verlas nunca. Nuestros soldados o los Alemanes, en caso de ocupar la granja se harían con ellas. Fue el primo Marchal quien nos dio la solución. Nos aconsejó de almacenar todo el alcohol en la habitación del último piso, cuya ventana ves en la parte exterior derecha de la casa. Era una habitación pequeña, que hasta esa fecha utilizábamos para guardar la ropa. Después de cerrar su puerta pusimos delante de ella un armario antiguo lleno de ropa. ¿Puedes creer que las tropas saquearon la casa pero que ninguno de los que pasaron por allí se dio cuenta que detrás del armario, había otra habitación. Soldados de ambos bandos han permanecido allí meses y han mirado miles de veces la fachada sin darse cuenta de que sobraba una ventana, la de la habitación que albergaba más de mil litros del codiciado alcohol de ciruelas casero. Pero si en nuestra casa el Destino nos había sido favorable, protegiendo unos bienes materiales - para decir la verdad superfluos – su mano había sido mucho más cruel, justo a nuestro lado y la familia volvió a demostrar su casi insensibilidad cara a nuestro pariente.
- Teresa, la mujer del granjero, a quien estos cuatro años de penuria pasados no habían afectado en nada, a juzgar por el desarrollo magnifico de su talla y de su busto, cuando todos nosotros habíamos tenido que retocar nuestros vestidos alrededor de nuestros cuerpos más bien flacos, nos avisó que “la mujer de Marchal” había muerto.
- ¿Y cómo a muerto la mujer de nuestro primo, Teresa? ¿Qué ha pasado? No sabemos nada. Nadie nos ha escrito....Poco a poco conseguimos de ella los detalles de este drama. Parece que “la mujer de Marchal” siempre la había considerado así aunque, como ya lo dije antes, nunca la vi, no pudo soportar la presencia de un destacamento de soldados Alemanes, cuando estos se instalaron en la pequeña aldea durante un mes. La misma noche que unos pocos soldados se presentaron en su casa para pedir agua y comida, ella se fugó. Marchal, quien estaba ausente cuando esto ocurrió, la buscó a partir del día siguiente, pero en vano. Fueron unos leñadores quien descubrieron su cuerpo a principios del invierno en el bosque. Se había colgado. La granjera añadió:
- Todo el mundo en el pueblo piensa que, al ver a los Alemanes a la puerta de su casa, la mujer de Marchal se asustó. Debo recordarle lo que pasó años antes. Durante el tiempo que vivió con él a penas salía.....
5) Un final que se parece a un nuevo punto de partida.
- Como sabes, Juan, mi marido murió en noviembre del 46. Cuando se enteró de la desaparición de su pariente Marchal vino a Paris, hecho insólito de su parte y que me dio vergüenza, pensando cómo la familia se había comportado en su caso. Se presentó en casa con unas ropas bastante pasadas de moda, los que utilizaría en los Vosgos para los grandes acontecimientos, como las ceremonias del 11 de noviembre en frente del Monumento a los Caídos por Francia, a las cuales nunca faltaba o cosa así. Hablamos de mi marido y le insinué que pensaba vender la finca. Las nuevas leyes sobre el arrendamiento de las tierras de cultivo, inspiradas por la ideología de izquierdas que prevalecía entonces, perjudicaban enormemente a los genuinos propietarios y las relaciones con el granjero habían pasado de malas a execrables. Marchal tenía poco tiempo porque su tren de vuelta salía a las siete. Había conseguido un billete en uno de esos trenes de la post guerra, abarrotados y que paraban cada dos por tres, cuando había que franquear un rió, porque casi todos los puentes estaban en reparación y no quería perderlo. Nos saludamos y le prometí que antes de la venta nos veríamos de nuevo y que siempre estaríamos en relación por lo menos epistolar. Marchal me pareció afectado por mi decisión aunque no la contradijo. Intercambiamos unas cartas de felicitación para el nuevo año, en ellas ni él ni yo hicimos la mínima alusión a la venta de la finca.
- ¡Cual fue mi sorpresa en febrero de 1946 cuando abrí la puerta después que alguien hubo tocado el timbre y me encontré cara a cara con el primo Marchal, de quien me había despedido menos de dos meses antes!.
- ¿Pero que haces en Paris? le pregunté. Te presentas así sin avisar. No había acabado de pronunciar esta frase cuando noté la presencia al lado del primo, de dos enormes maletas. Él había seguido mi mirada y murmuró:
- ¿Alma, por favor, puedes hospedarme durante mi estancia en Paris?
- Naturalmente Marchal, quédate aquí. Sabes que ahora vivo sola y que la casa es muy grande.
- Es que......balbució, incomodo. Gracias Alma.
- Pero no le deje seguir. Fue solamente unos días después cuando entendí lo que significaban sus enormes maletas y su aire de perro triste.
- Me confesó que la misma tarde cuando me dejo después de darme el pésame, se había dirigido hasta la Gare de l’Est (6) desde donde su tren debía salir cuando en la escalera del metro, una mano se había posado sobre su hombo. Dándose la vuelta había reconocido en seguida a la mujer que había tenido este gesto poco usual. Era Sofía Gradov.
(6) Estación de tren de Paris que da servicio a Lorena.
- ¡Sofía, tu aquí!, balbució Marchal en Francés, al mismo tiempo que intentaba acordarse de alguna forma de cortesía en Ruso para saludar a la mujer. Esta le contestó en un Francés impecable pero como el ruido les molestaba en este hall enorme, le indicó que harían mejor en sentarse en un rincón más tranquilo. Se fueron hasta un pequeño bistrot cercano donde, una vez sentada, Sofía le contó su vida, la guerra y la revolución, la hambruna y la posibilidad que tuvo de emigrar a Francia en el año 23.
- ¿Y Olga y el doctor y la familia?. ¿Dónde están? ¿Han emigrado también? le preguntó.
- Ante el desconcierto de Marchal Sofía le contó que Olga había tenido una niña de la cual él era el padre. El embarazo se había declarado en las semanas que siguieron a su salida para Francia cuando la movilización. Durante la guerra y en la anarquía que se instaló después, había sido imposible a Olga contactar con él. Ella había salido de Rusia, aprovechando un resquició de apertura de las fronteras en los años de la N.E.P (7) con una de las hijas del doctor pero ésta, casada con un Italiano que conoció en Paris, vivía ahora en Roma. Gracias a un intermediario que no quiso identificar, Sofía había recibido noticias de manera muy irregular de Tambov y de Nikitovo. Los Gradov habían sobrevivido a la gran hambruna gracias a la actividad profesional del doctor, pero habían desaparecido en los años 30. La única superviviente era Olga quien seguía viviendo en Tambov con su niña. Ahora Sofía estaba arreglando sus papeles para acogerse al acuerdo que acababa de firmar en Paris el mismísimo Molotov, Ministro de Asuntos Exteriores de la URSS para la repatriación voluntaria de Rusos emigrados antes de la guerra.
(7). La era de la Nueva Economía Política, una temporada de relajación económica que existió después de muerte de Lenin y que precedió la instauración de los planes quinquenales.
- Marchal me confesó que al oír el relato de su amiga, había sentido la misma corazonada que la que había tenido en el muelle de Argel casi treinta y cinco años antes. Le contó sus esfuerzos para contactar con Olga al final de la guerra e imploró a Sonia de ayudarle a hacer parte del convoy. Tenía que volver a verla y también a su hija.
- Cuando me lo contó, su planteamiento me pareció totalmente absurdo e intenté hacérselo ver. No debía fiarse de los Comunistas que eran crueles y mentirosos, pero la mente de Marchal estaba en otro sitio. Él se quedó en casa hasta su salida. Todos estos días intenté razonarle pero en vano. Él me repetía que desde la muerte de Isabelle, no se encontraba ligado a nadie, excepto conmigo naturalmente, pero la noticia de su paternidad había cambiado todo. Cuando se mostraba más lucido me decía que en caso de que la situación se volviese tan mala como la pintaba, los tres volverían a Francia más adelante. Intentó convencerme de participar a unas reuniones preparatorias al viaje pero siempre me negué. La única ayuda que le presté fue la de caligrafiar en cirílico las etiquetas que unas instrucciones burocráticas típicamente Rusas precisaban, que los voluntarios debían pegar sobre todos sus paquetes. La dirección era Tambov, donde residía su amor de juventud y su recién aparecida hija. No tuve la fuerza de acompañarle a la estación. Nos despedimos aquí en esta casa.
- En los meses siguientes vendí la finca de mi marido y no volví a los Vosgos. Nunca el primo Marchal me dio noticias suyas. Por miedo a lo que podía pasar no me atreví mandar una carta a la dirección que me dio y que era muy incierta. Cuando mencioné su viaje y la ausencia de noticias suyas, mis cuñadas me dieron largas recordándome que el primo Marchal era “un culo inquieto” y que, algún día, aparecería. Intenté contactar con el Ministerio de Asuntos Exteriores, pero no dio fruto. Se me contestó que no era pariente mío y que según sus informaciones esta persona se había marchado voluntariamente a la URSS.
POST SCRIPTUM.
El lector de este texto se preguntará la razón que me ha empujado a escribir este relato. Hace poco el Destino me ha hecho leer un libro que da una posible explicación al final del primo Marchal. Entre otras cosas cuenta la salida de alrededor de setecientas personas a bordo del tren que salió por la tarde del 28 de octubre de 1947 desde la Estación del este hasta Rusia, en ausencia total de la prensa. Casi todos los viajeros eran Rusos blancos, solteros, parejas maduras o ancianas y hasta familias con niños. Solamente unos pocos como el protagonista de este relato eran Franceses de nacimiento e iban acompañando a marido o mujer o como en el caso de Marchal de una conocida. La autora del libro describe la presencia de policías Rusos y Franceses en armas en el anden, la existencia de los múltiples paquetes con sus etiquetas reglamentarias, con el destino elegido por sus propietarios. Este tren, en que viajaron solamente estos nuevos “hijos pródigos” y sus guardianes, se puso en marcha aquel día en medio de la indiferencia y cuando cruzó las fronteras que Churchill había bautizado el año anterior con mucho discernimiento como “el telón de acero” se cayeron las mascaras. Empezaron unas escenas clásicas: la confiscación de los pasaportes, el robo de las maletas, los malos tratos o peor, el lavado de cerebro, para readaptar a los hijos descarrilados... y sobre todo el hundimiento de la ilusión que estos ingenuos, que habían creído que iban a instalarse donde querían o donde se les había prometido que podrían hacerlo. Los viajeros de este tren que la Historia ha olvidado desaparecieron esparcidos en campos o en kholkozes (8). Ninguno volvió...
(8) Explotaciones agrícolas colectivas típicas del régimen soviético.
¿Querido lector, no le recuerda este final a los de las tristes historias de trenes que salieron de estaciones próximas, unos años antes y tampoco volvieron? Iban también repletos de familias, cuidadas por policías armados. Es verdad que en 1946 los inductores de este viaje de retorno eran entonces considerados como unos de “los buenos” que habían derrotado al Fascismo y a la barbarie y que la Declaración Universal de los Derechos Humanos se firmó por parte de los 58 miembros de Naciones Unidas solamente un año más tarde......
l. Una fotografía que abre el baúl de los recuerdos.
Estaba en el piso de mi abuela, ayudándola a deshacerse de unos papeles, antes de que ella lo abandonase para ingresar en la residencia de ancianos donde iba a vivir a partir del mes siguiente. Sentados uno al lado del otro sobre el sofá de su salón, mirábamos juntos un álbum de viejas fotografías, cuando ella se paró y señalándome una de ellas, me preguntó:
-¿Juan te acuerdas del primo Marchal?.
Miré la fotografía que me señalaba y reconocí enseguida al grupo de personas que aparecía en ella, formado por miembros de la familia cuyos nombres y caras me resultaron muy familiares, pero no pude identificar al segundo personaje a la izquierda. Me resultaba totalmente desconocido aunque mi padre había mencionado, a veces, este nombre delante de mi.
- Pensándolo bien, es normal que no te acuerdes de él Juan, tenías solamente cinco años, cuando vendí la finca al año siguiente a la muerte de mi marido.
Mi abuela se había casado dos veces y nunca utilizaba el nombre de pila de su segundo marido cuando hablaba de él. Levantando mis ojos del álbum me sorprendió verla tan pensativa de repente. Parecía perdida en un mar de recuerdos. ¡Cómo me habría gustado poder penetrar en su mente en ese momento!.
Decidí no molestarla, la llamábamos familiarmente, la abuela Alma, para distinguirla de mi abuela materna, apodada la abuela Susi, por su nombre Susana, durante este sueño que duró unos cuantos minutos, hasta que de repente me sonrió, como si acabara de despertarse de su ensoñación. Seguimos mirando otras fotos, pero antes de cerrar el álbum le pregunté:
- ¡Abuela Alma, háblame un poco del primo Marchal!. He oído a papá mencionar su nombre muchas veces, pero realmente no sé quien fue. ¿Qué relación familiar teníamos con él?.
Sabía que no podía ser pariente suyo, porque mi abuela era de origen ruso. Había conocido a mi abuelo en Biarritz, en 1908 donde sus familias veranearon ese año. Los padres simpatizaron y se produjo un flechazo entre el joven arquitecto y la hermosa Rusa. Los Ivanof volvieron a Francia el año siguiente y entonces ella se casó y se quedó en Francia mientras sus padres volvían a Orel (1). Años después, la casi totalidad de su familia, su padre y su hermano, eran ambos abogados, murió a consecuencia de la hambruna o fue masacrada durante la Revolución Rusa.
(1) Orel, ciudad a trescientos kilómetros al suroeste de Moscú.
- Viene del lado de mi marido, aunque en realidad no era pariente nuestro. ¿Sabes, Juan a veces se llama primo, tío o tía a una persona querida, muy próxima a la familia, a pesar de que no haya un lazo de sangre con él. Se le honra de esta manera.
Un instante ella se reclinó para apoyarse sobre el respaldo del sofá, lo que no hacía nunca, sentándose siempre erguida, como se le había enseñado de pequeña y me dijo:
- Conocí al tío Marchal durante el verano de 1924 cuando mi marido me llevó por primera vez a la finca de los Vosgos, de donde su familia era oriunda. Una tarde, después de comer, decidimos aprovechar el tiempo cálido del verano y tomar el café en la terraza, que se extiende delante de la casa en frente de la pradera que tal vez recordaras. Éstabamos los de siempre, mi marido, sus hermanas, yo y tu padre que entonces tendría siete años, charlando cuando él apareció. Creí por un instante haber vuelto a mis años de juventud en casa de mis padres en Orel, porque el hombre que se dirigía hasta nosotros podría haber sido un personaje de aquellas tierras. Imagínate a un hombre de edad indefinida, alto, muy delgado, vestido con unas prendas limpias, pero remendadas veinte veces, quien se dirigía tranquilamente hasta nosotros con un perro tirando un carrito a su lado. Al ver mi cara de sorpresa todos giraron la cabeza en dirección del recién llegado y gritaron al unísono: “¡El primo Marchal!. ¡Que sorpresa!”.
- El hombre hizo una señal al perro, una mezcla indefinible de razas, y el animal se paró al instante, agachándose con la lengua fuera. En ningún momento intentó liberarse de las correas que le ataban al carrito de dos ruedas, cuya carga estaba oculta debajo de una toalla manchada, sobre la cual empezaron a bailar moscas y avispas. Cuando él se acercó a nosotros pude discernir mejor su cara, huesuda, con un enorme bigote. Se quitó su sombrero de fieltro negro y aparecieron unos cabellos grises un poco largos, pero lo que me llamó más la atención fueron sus ojos de un azul muy claro, de los cuales emanaban franqueza e ingenuidad. Empezó a saludar a la gente sin que se entendiesen claramente sus palabras. Cuando me tocó el turno se plantó delante de mi y se inclinó profundamente. Dirigiéndose a mi marido le dijo:
- Así que está es tu mujer, Marcelino. Acuérdate que siempre había dicho que te casarías. Me han dicho que es Rusa. ¿Habla nuestro idioma?.
- Por supuesto que habla Francés, primo Marchal. Antes de la guerra todos los Rusos de buena familia lo hablaban. Te presento a Alma, mi mujer y dirigiéndose a mi pronunció estas simples palabras:
- Alma, es el primo Marchal”. El hombre me miró con una media sonrisa e hizo otra leve inclinación de cabeza. Dando la presentación por terminada se dirigió hasta el carrito y quitó la toalla sucia.
- Familia, os he traído unos tarros de miel de mis colmenas y unos quesos.
- Una de mis cuñadas, la tía María, que siempre se ocupaba de la intendencia y de la cocina, llamó a Emilia, la hija mayor de los granjeros, y entre ambas se llevaron en varios viajes, los botes de miel y los quesos envueltos en unos pañuelos blancos hasta la despensa. Mientras la tía Ana que había seguido la mirada del primo hasta la mesa le propuso una taza de café que acompañó de un vasito de alcohol de ciruela casero.....
- Durante la cena de ese día maniobré para poner la conversación sobre nuestro visitante, quien había pasado toda la tarde con nosotros, pero no había querido quedarse a cenar con la excusa de cuidar a sus animales. Nadie me aclaró su grado de parentela, pero capté que existía algún misterio detrás de la denominación de primo. Los abuelos de mi marido habían emigrado a la capital para hacer fortuna y lo habían conseguido, mientras los padres de Marchal se habían quedado en la aldea. Ahora, después de una vida de aventurero, vivía modestamente al otro lado del bosque, en una casa en mal estado y sin muchas comodidades que había heredado de su padres. Según mis interlocutores, Marchal – nunca se le identificaba por su nombre - había ejercido veinte oficios y recorrido antes de la guerra muchos países que no especificaron. Como tu padre había cenado antes que nosotros y que ahora quedaban solamente los adultos sentados alrededor de la mesa, una de mis cuñadas con la lengua afilada y el oído muy fino, nos contó, fiándose de unos rumores que había recogido de parte de los granjeros: Marchal había vuelto de la guerra llevándose con él a una mujer de gran belleza, medio loca, que vivía recluida en su choza sin hablar con nadie. Añadió que esta “criatura” le servía de sirvienta, de amante y a la vez de ayudante en la fabricación de sus productos.
- No me extraña, dijo otro comensal. Este bueno de Marchal se habrá topado con ella durante uno de sus desplazamientos y como siempre tiene la manía de recoger todo lo que le llama la atención durante sus idas y venidas, se la habrá llevado a casa. Siguieron unas alusiones de dudoso gusto sobre las costumbres del primo que nos había dejado una hora antes. Uno de ellos, y no el más cruel, hacía alusión a la necesitad de encontrarse una cama caliente durante el frió invierno de los Vosgos.......
- Me dolió que nadie tuviese una palabra para buscar una motivación positiva detrás de la acción de nuestro pariente. Inútil decirte Juan, que este último comentario me pareció de bastante mal gusto, pero no era la última vez que el comportamiento y la manera de vivir de este personaje extraordinario iba a ser juzgado con ironía o severidad por sus parientes. No lo vimos más durante este primer verano a pesar de que durante esa tarde hubiéramos planeado volver a vernos.
2. El nacimiento de una amistad.
- Durante los quince años siguientes el primo Marchal nos visitó regularmente y con los años sus apariciones se multiplicaron. Mi marido quien no entendía nada del campo, escuchaba con una sonrisa dubitativa, los consejos que le daba su primo, pero raramente los ponía en práctica, no importándole que el granjero le robara descaradamente. Por el contrario, era evidente que Marchal, entendía de los temas relacionados con el campo, conocía todos los acontecimientos de la aldea y tenía una manera alegre y simple de contar las anécdotas, sin nunca dejar a alguien en mal lugar. Como te dije era un hombre de carácter fundamentalmente bueno y positivo. Los días durante los cuales comía y cenaba con nosotros, se iba al anochecer a su casa y desde luego nunca nos presentó a su compañera, de la cual hablaba en contadas ocasiones. Tampoco oí nunca que mi marido o sus hermanas la invitasen a juntarse con nosotros. Los modales del primo eran extraños y rudos, pero mis cuñadas solían decir que desde que yo había aparecido en la familia, Marchal se vigilaba un poco más. Por ejemplo nunca le vi peinarse el bigote con el tenedor durante la comida, como solía hacerlo antes - comentario que provocaba una cierta hilaridad y daba cuerda para otros del mismo tipo -. No me habituaba y hasta me molestaba esta manera de reírse de él en su ausencia. Recuerdo que una vez, estando en nuestra habitación después de cenar y a punto de acostarnos, hice a mi marido un leve reproche sobre esta manía de criticar al primo Marchal en su ausencia. Esté no le dio ninguna importancia:
- Marchal es un original, decía. A penas ha recibido lo que llamaríamos una educación. No ha frecuentado la escuela más que el tiempo necesario para saber leer y escribir. Quedó huérfano cuando era pequeño y se ha puesto a trabajar pronto. De joven era muy inestable y hasta violento. No se quedaba en el mismo sitio mucho tiempo y siempre le ha gustado viajar. Ha recorrido toda Francia y ha pasado muchos años en el extranjero. A pesar de que todos nos reímos un poco de él, hay que reconocer que tiene unas habilidades singulares, que es muy honrado y que nos quiere mucho.
- Mi marido que acababa de desvestirse y se había acostado, no quiso precisarme cuales eran las habilidades singulares del primo Marchal, ni las razones de su sentimiento para una familia que le despreciaba a menudo. Las descubrí yo misma en los años siguientes y involuntariamente mi cuñada Maria me puso sobre la pista.
- Como te dije con los años que pasaban, Marchal solía aparecer más a menudo en la finca, a diferencia de mi marido quien, retenido por sus varios negocios en la capital, pasaba cada año menos tiempo con nosotros. Muy al principio de julio, una vez acabado el colegio, él nos conducía a tu padre y a mi, hasta la finca, donde pasaríamos el verano. Se quedaba una semana con nosotros y no volvía a aparecer, esta vez con sus hermanas, hasta mediados de agosto, cuando la familia al completo se quedaba hasta principios de septiembre.
- Nuestro primo solía aparecer en la finca a los pocos días de nuestra llegada para saludarnos. Como el primer día que le vi siempre traía algo: unos tarros de miel y unos quesos cuya producción era su medio de vida o un juguete de madera que él había fabricado para tu padre. A medida de que la relación con los granjeros se iba deteriorando progresivamente a causa de la renta que tenían que pagar a mi marido, esté se arreglaba para pedirles cada vez menos favores. Justo antes de volver a marcharse a la capital, prefería pedir a su primo que siguiera visitándonos regularmente, para resolver cualquier pequeño problema que pudiera surgir en nuestra vida cotidiana. Fue así que surgió entre nosotros una gran amistad. Hablábamos tardes enteras, yo con el samovar funcionando sin parar y él con una botella de alcohol de ciruelas, que iba desapareciendo. Descubrí que Marchal era un narrador nato y que los episodios de su vida habrían llenado un libro. Estoy segura que llegué a conocerle mucho más que sus parientes, que se contentaron siempre con tener de él una visión simplista.
- Me contó su vida como si de una novela por entregas se tratase. Empezó cuando tenía siete años. Nunca se daba por enterado cuando yo intentaba que me hablase de sus primeros años de vida, así que cuando me encontraba sola imaginaba toda clase de historias, pero ni él ni nadie de la familia, quiso nunca aclarar este misterio y hasta hoy, no sé con certeza quién era en realidad Marchal, a pesar de que un día a la tía Maria se le fue un poco la lengua. Entonces sospeché que su padre y el de mi marido habían sido hermanastros.
- Huérfano muy joven, empezó trabajando como aprendiz en un aserradero de la comarca, donde se fabricaban puertas y ventanas. Su trabajo consistía en llevar el material de aquí para allá. El dueño, un gigante, mujeriego y borrachín, gran amante del vino peleón, le atemorizaba y le molía a palos cuando cometía un error por pequeño que fuera y, sobre todo, no soportaba sorprenderlo descansando detrás de una pila de tableros esculpiendo objetos. Estos malos tratos llegaron a tal punto que, con apenas once años, se fugó una noche. Anduvo varios días hasta encontrar la posibilidad de emplearse en los yacimientos de hierro del norte de Lorena, donde se quedó unos años cuidando a los caballos en el fondo de un pozo de las minas. Allí se hizo muy amigo de un tal Samuel, otro joven que también trabajaba allí. Era un poco mayor que él y le convenció de que ambos tenían poco futuro en estas insalubres galerías. Su compañero tenía una habilidad pasmosa para hacerse con cualquier objeto abandonado, repararlo o darle brillo y trapichear con él durante su tiempo libre en los mercados de la comarca. Poco a poco los dos adolescentes elaboraron y perfeccionaron un gran proyecto: viajar y vivir de la fabricación y la venta ambulante, tanto de los objetos que realizaría Marchal, peor vendedor pero más hábil con sus manos, como de los que Samuel encontraría por el camino. Dejando la mina, empezaron a viajar juntos recorriendo toda Francia durante los años siguientes.
- Al principio Samuel fue bastante discreto sobre su pasado y sus orígenes, pero durante las largas caminatas que hicieron juntos o durante las noches antes de dormirse, su amigo empezó a contarle cosas de su vida. Venía de una aldea llamada Przemysl no muy lejos de Lemberg (2) y, como Marchal sospechaba, era Judío. A penas adolescente, había dejado su familia numerosa y miserable para intentar ganarse la vida fuera del Ghetto donde no veía ningún futuro. Antes de llegar a Francia, había vivido varios años en Ucrania, ejercitando pequeños oficios. Su pertenencia al sequito doméstico de un ricachón Ucraniano, propietario de minas de hierro, en calidad de lacayo encargado de la vestimenta del amo, le había permitido venir con él a Francia en un viaje de negocios. Nunca aclaró del todo las circunstancias de la separación de su amo, pero Marchal sospechó que probablemente había intentado vender por su cuenta algún elemento de la ropa del amo y de que, antes de que le descubriese, se había largado, encontrando un refugio seguro en las minas donde se conocieron. Si su amigo era escueto en cuanto a esta parte de su vida no había manera de pararle cuando evocaba su vida en Ucrania y especialmente cuando describía cómo era la ciudad donde le gustaría instalarse. Tenía verdadera morriña de aquellos tiempos y aquel país y dejaba entender a su amigo que algún día volvería allí.
(1) Lemberg hoy Lvov.
3. Rusia, acto primero.
- Un día, cerca de la frontera Italiana, los dos amigos se toparon con unos gendarmes que les detuvieron. Samuel, cuyos orígenes eran confusos, pasó una temporada en la cárcel por falta de documentación y expulsado, pero Marchal fue mandado al servicio militar. Pasó dos años en Argelia bajo un sol de plomo, en una fortaleza que lindaba con el desierto llamada Fort Thirriez. No conservaba muy buenos recuerdos de dicha época. No le gustó, ni el clima, tan diferente al de su Lorena natal, ni la ausencia de bosques y riachuelos, ni el hecho de vivir la mayoría de su tiempo detrás de unas murallas, pero, más que todo, añoraba la presencia de su amigo Samuel. Una vez obtenida su licencia, decidió volver a Europa. El día de la salida de su barco paseaba en los muelles del puerto de Argel con su billete de vuelta a casa en el bolsillo cuando, un poco antes de la hora de la comida, el calor le empujó a entrar en uno de esos cafés de mala muerte para disfrutar la sombra reinante. En la mesa de al lado de la suya, tres miembros de la tribulación de un carguero hablaban en voz alta. Marchal, que no tenía nada que hacer, no pudo contenerse de escuchar su conversación. Eran miembros de la tribulación de un pequeño carguero que salía en breve, con un cargamento de harina que llevarían hasta un puerto del Mar Negro cuyo nombre no reconoció y después tenían que ir a cargar barriles de petróleo a Odessa. Los hombres comentaban que el barco saldría esa misma noche pero que el segundo de abordo buscaba desde esta mañana a un hombre para sustituir a un tal Dimas, un marinero, el cual se encontraba en el hospital después de ser herido en una reyerta a la salida de un burdel de la Casbah (3) Aparentemente el navío no tenía muy buena reputación y la búsqueda hasta el momento no había dado frutos.
(2) La Casbah, era el barrio musulmán de Argel.
- Una fuerza interior desconocida – me contó Marchal veinte años más tarde – le hizo levantarse y acercarse a estos hombres preguntándoles el puerto de destino del barco y la calificación requerida para ocupar el puesto del tal Dimas. Se extrañaron y miraron de pie a cabeza a esta persona que les dirigía la palabra, un hombre delgado, quemado por el sol y con un aspecto más militar que civil, pero le contestaron que el barco se dirigía hacia Odessa, con una escala intermedia y que en materia de calificaciones lo que se buscaba eran fuerza y ganas, porque la tripulación del “Croix du Sud” era muy escasa. Después de comer Marchal con ellos, firmó su contrato con el segundo de a bordo del carguero. Tuvo solamente el tiempo de revender su pasaje para Marsella al primer interesado - siempre hay gente interesada en este tipo de documentos, añadió con malicia – y , al día siguiente, él se encontraba en alta mar.
- El viaje se desarrolló sin otro incidente hasta Costanza (3) si no fuese por un pequeño altercado ocurrido en una escala imprevista en Constantinopla, la capital del Imperio Otomano. Se había integrado sin demasiado dificultad en la tripulación del “Croix du Sud” que con su cargamento de harina, penetró en el Mar Negro, tocando primero Constanza en Rumanía, donde le esperaba una carga imprecisa destinado al final provisional de su trayecto, Odessa. Marchal no había ocultado al oficial que le contrató, que no pensaba seguir más allá de este puerto, pero el segundo de abordo, quien se vanagloriaba de conocer bien al conjunto de los marineros, estaba convencido de que el nuevo recluta del cual estaba bastante satisfecho, se presentaría justo a la hora de salida del barco, habiendo perdido todo en los tugurios del puerto o solamente deseando huir de la persecución de la policía. Estaba tan seguro de si mismo que se jugó una apuesta con el capitán, un personaje que los miembros de la tripulación, a penas veían a pesar del tamaño reducido del navío, porque sentía más cariño a la botella que al contacto con sus tripulantes. Pero no fue así, el “Croix du sud” zarpó unos días más tarde de Odessa sin su último fichaje.
(3) Costanza, principal puerto de Rumania ceca del delta del Danubio.
- Cuando Marchal me describió sus primeras impresiones de Odessa me pareció revivir mi infancia y mi juventud. Había dejado Rusia en 1909 cuando me casé con tu abuelo y, como sabes nunca he vuelto. Después de la boda mi familia se volvió a Rusia y tampoco he vuelto a verlos, pero he pensado y he rezado por ellos todos los días.
- Odessa el gran puerto civil ruso del Mar Negro – el militar es Sebastopol – debía su configuración urbanística al Duque de Richelieu (4) se encontraba en plena ebullición por el desarrollo económico de aquel entonces. Rusia exportaba millones de toneladas de grano y gran cantidad de barriles de petróleo que provenían del mar Caspio. Marchal no hablaba Ruso pero entonces el Francés era bastante utilizado y él encontró, sin mucha dificultad, un empleo. No quería penetrar en la inmensidad del territorio del imperio del Zar, a la víspera del invierno que Samuel le había descrito como durísimo y sobre todo sin chapurrear por lo menos unas palabras del idioma. No le gustó su trabajo donde estaba sentado demasiado tiempo detrás de una mesa, pero aguantó. Durante sus insomnios soñaba en volver a encontrarse con su amigo Samuel. ¿Pero dónde buscarle? Ni siquiera podía deletrear su apellido, una maraña de vocales y consonantes, que acababa en algo como “cmorsvky”.
(4) El Duque de Richelieu emigró al principio de la Revolución Francesa. Se puso al servicio del zar quien le encomendó el desarrollo económico y urbanístico de la ciudad
- En la primavera de 1912 Marchal se puso en marcha en dirección del noreste, con algo más que unas nociones de ruso y su cartera medio llena. Su meta era Moscú, que Samuel describía con una suerte de devoción como la tierra prometida para los negocios. Cuando ambos hablábamos de estos años con tu padre, jugando a nuestro alrededor, yo notaba aún su admiración por las dimensiones del país. Él decía: ¡cuantos ríos anchísimos cuyos nombres se desconocen en occidente!, ¡Que campos tan grandes que no veían el final hasta el horizonte!, ¡Que gente siempre tan hospitalaria en los pueblos. Viajó a veces en barcos a vapor que remontaban los ríos, casi todos navegables y a veces andando, pero no llegó a Moscú porque en Tambov cayó enfermo de difteria. El destino quiso que la persona que le recogió en muy mal estado en un parque de la ciudad, era un tal doctor Gradov. El médico se interesó en él, porque no era habitual encontrarse con un Francés en estos parajes. Una vez curado, su benefactor propuso a Marchal quedarse en casa como encargado de la granja que servía de casa de campo a la familia en Nikitovo, a cincuenta kilómetros de la ciudad. Allí conoció a Sofía y a Olga, unas parientes lejanas de Gradov. Eran dos mujeres muy influenciadas por las ideas progresistas de la época que habían decidido consagrar sus vidas a la educación del pueblo. Marchal, se enamoró de Olga......
4. En Francia.
- El anuncio de la movilización en agosto de 1914 le pilló en Nikitovo. Su vuelta a Francia resultó toda una odisea porque en cuestión de días las fronteras terrestres se cerraron. Tenía que volver a Francia por mar. Pasó por Moscú, San Petersburgo, Estocolmo y al final llegó a Epinal (5) a principios de octubre, donde se presentó a su centro de movilización. Al final de la guerra participó en la ocupación de Alemania durante unos meses. Licenciado del ejército, planeó volver a Francia andando. La guerra, los horrores y los sufrimientos que había presenciado le hacían aspirar ahora a una vida tranquila. Antes de dejar Alemania intentó varias veces ponerse en contacto con Olga, y los Gradov. Fue en vano, la región de Tambov se encontraba bajo el control de los Bolcheviques y no había ninguna posibilidad de comunicarse con ellos. Entonces decidió volver a vivir en su aldea natal, donde todo lo que había aprendido durante sus años de juventud y sus viajes, le permitiría vivir simplemente, pero honradamente. Ya no aspiraba a más.
- En un tugurio cerca de Manheim, se encontró con una mujer Francesa caída en una desgracia total. Isabelle, así la llamaba, porque nunca le había revelado su verdadero nombre, era la mujer de un industrial del norte, el cual había sido deportado por los Alemanes, mientras ella había entablado una relación sentimental con el oficial que había requisado su casa. Se enamoró de este oficial que supo seducirla, haciéndole la vida fácil en medio de restricciones muy duras. Pronto se convirtió en su amante. Esta relación con un oficial enemigo, al principio oculta, había ganado poco a poco visibilidad, así que cuando los Alemanes, derrotados se retiraron, ella decidió seguirle hasta el otro lado del Rin. Pero allí, descubrió que ya no le importaba nada a su amante, el cual tenía una situación acomodada, una esposa, una familia y hasta unos hijos. Fue cuando comprendió que lo había perdido todo. No quiso intentar volver a su ciudad natal y cayó en una miseria sin fondo. Volviéndose medio loca, empezó a recorrer las carreteras sin rumbo fijo, hasta encontrarse con el primo Marchal.
(5). ciudad de Lorena
- El primo se apiadó de ella, la sacó de la casa de citas donde trabajaba y decidió llevársela con él hasta su aldea. Nunca la vi, pero él la describió como una mujer hermosa, con la mente perdida en un mundo extraño que llegaba a penetrar en muy pocas ocasiones, cuando ella se decidía a hablarle. Creo que él la quería y a diferencia de los rumores, la trataba con cierto cariño. A pesar de nuestra amistad y de la confianza que teníamos entre ambos, Marchal nunca me propuso ir a su casa y nunca la vi. Su tristeza cuando ella desapareció en circunstancias trágicas, demostraron que la quería de verdad.
- Juan, la foto que acabamos de ver corresponde al año 1946, el último verano que pasamos en la finca, después de la guerra. Ya se ve a mi marido muy marcado por la enfermedad, que se lo llevaría unos meses más tarde. Ese día, el primo Marchal vino a visitarnos regalándonos como siempre unos productos elaborados por él: miel y quesos. El aguardiente de ciruelas que bebimos ese día alrededor de la mesa, después de tomar el café, se lo debemos a él, porque cuando estalló la guerra estábamos justamente de vacaciones allí y se nos presentó un problema cuyas posibles soluciones fueron discutidas por todos. ¿Qué íbamos a hacer con el stock de botellas de alcohol de las últimas cosechas?. No recuerdo el numero exacto, pero entre bombonas y botellas podían sumar unos mil litros. Dejarlas en la bodega era la mejor manera de no volver a verlas nunca. Nuestros soldados o los Alemanes, en caso de ocupar la granja se harían con ellas. Fue el primo Marchal quien nos dio la solución. Nos aconsejó de almacenar todo el alcohol en la habitación del último piso, cuya ventana ves en la parte exterior derecha de la casa. Era una habitación pequeña, que hasta esa fecha utilizábamos para guardar la ropa. Después de cerrar su puerta pusimos delante de ella un armario antiguo lleno de ropa. ¿Puedes creer que las tropas saquearon la casa pero que ninguno de los que pasaron por allí se dio cuenta que detrás del armario, había otra habitación. Soldados de ambos bandos han permanecido allí meses y han mirado miles de veces la fachada sin darse cuenta de que sobraba una ventana, la de la habitación que albergaba más de mil litros del codiciado alcohol de ciruelas casero. Pero si en nuestra casa el Destino nos había sido favorable, protegiendo unos bienes materiales - para decir la verdad superfluos – su mano había sido mucho más cruel, justo a nuestro lado y la familia volvió a demostrar su casi insensibilidad cara a nuestro pariente.
- Teresa, la mujer del granjero, a quien estos cuatro años de penuria pasados no habían afectado en nada, a juzgar por el desarrollo magnifico de su talla y de su busto, cuando todos nosotros habíamos tenido que retocar nuestros vestidos alrededor de nuestros cuerpos más bien flacos, nos avisó que “la mujer de Marchal” había muerto.
- ¿Y cómo a muerto la mujer de nuestro primo, Teresa? ¿Qué ha pasado? No sabemos nada. Nadie nos ha escrito....Poco a poco conseguimos de ella los detalles de este drama. Parece que “la mujer de Marchal” siempre la había considerado así aunque, como ya lo dije antes, nunca la vi, no pudo soportar la presencia de un destacamento de soldados Alemanes, cuando estos se instalaron en la pequeña aldea durante un mes. La misma noche que unos pocos soldados se presentaron en su casa para pedir agua y comida, ella se fugó. Marchal, quien estaba ausente cuando esto ocurrió, la buscó a partir del día siguiente, pero en vano. Fueron unos leñadores quien descubrieron su cuerpo a principios del invierno en el bosque. Se había colgado. La granjera añadió:
- Todo el mundo en el pueblo piensa que, al ver a los Alemanes a la puerta de su casa, la mujer de Marchal se asustó. Debo recordarle lo que pasó años antes. Durante el tiempo que vivió con él a penas salía.....
5) Un final que se parece a un nuevo punto de partida.
- Como sabes, Juan, mi marido murió en noviembre del 46. Cuando se enteró de la desaparición de su pariente Marchal vino a Paris, hecho insólito de su parte y que me dio vergüenza, pensando cómo la familia se había comportado en su caso. Se presentó en casa con unas ropas bastante pasadas de moda, los que utilizaría en los Vosgos para los grandes acontecimientos, como las ceremonias del 11 de noviembre en frente del Monumento a los Caídos por Francia, a las cuales nunca faltaba o cosa así. Hablamos de mi marido y le insinué que pensaba vender la finca. Las nuevas leyes sobre el arrendamiento de las tierras de cultivo, inspiradas por la ideología de izquierdas que prevalecía entonces, perjudicaban enormemente a los genuinos propietarios y las relaciones con el granjero habían pasado de malas a execrables. Marchal tenía poco tiempo porque su tren de vuelta salía a las siete. Había conseguido un billete en uno de esos trenes de la post guerra, abarrotados y que paraban cada dos por tres, cuando había que franquear un rió, porque casi todos los puentes estaban en reparación y no quería perderlo. Nos saludamos y le prometí que antes de la venta nos veríamos de nuevo y que siempre estaríamos en relación por lo menos epistolar. Marchal me pareció afectado por mi decisión aunque no la contradijo. Intercambiamos unas cartas de felicitación para el nuevo año, en ellas ni él ni yo hicimos la mínima alusión a la venta de la finca.
- ¡Cual fue mi sorpresa en febrero de 1946 cuando abrí la puerta después que alguien hubo tocado el timbre y me encontré cara a cara con el primo Marchal, de quien me había despedido menos de dos meses antes!.
- ¿Pero que haces en Paris? le pregunté. Te presentas así sin avisar. No había acabado de pronunciar esta frase cuando noté la presencia al lado del primo, de dos enormes maletas. Él había seguido mi mirada y murmuró:
- ¿Alma, por favor, puedes hospedarme durante mi estancia en Paris?
- Naturalmente Marchal, quédate aquí. Sabes que ahora vivo sola y que la casa es muy grande.
- Es que......balbució, incomodo. Gracias Alma.
- Pero no le deje seguir. Fue solamente unos días después cuando entendí lo que significaban sus enormes maletas y su aire de perro triste.
- Me confesó que la misma tarde cuando me dejo después de darme el pésame, se había dirigido hasta la Gare de l’Est (6) desde donde su tren debía salir cuando en la escalera del metro, una mano se había posado sobre su hombo. Dándose la vuelta había reconocido en seguida a la mujer que había tenido este gesto poco usual. Era Sofía Gradov.
(6) Estación de tren de Paris que da servicio a Lorena.
- ¡Sofía, tu aquí!, balbució Marchal en Francés, al mismo tiempo que intentaba acordarse de alguna forma de cortesía en Ruso para saludar a la mujer. Esta le contestó en un Francés impecable pero como el ruido les molestaba en este hall enorme, le indicó que harían mejor en sentarse en un rincón más tranquilo. Se fueron hasta un pequeño bistrot cercano donde, una vez sentada, Sofía le contó su vida, la guerra y la revolución, la hambruna y la posibilidad que tuvo de emigrar a Francia en el año 23.
- ¿Y Olga y el doctor y la familia?. ¿Dónde están? ¿Han emigrado también? le preguntó.
- Ante el desconcierto de Marchal Sofía le contó que Olga había tenido una niña de la cual él era el padre. El embarazo se había declarado en las semanas que siguieron a su salida para Francia cuando la movilización. Durante la guerra y en la anarquía que se instaló después, había sido imposible a Olga contactar con él. Ella había salido de Rusia, aprovechando un resquició de apertura de las fronteras en los años de la N.E.P (7) con una de las hijas del doctor pero ésta, casada con un Italiano que conoció en Paris, vivía ahora en Roma. Gracias a un intermediario que no quiso identificar, Sofía había recibido noticias de manera muy irregular de Tambov y de Nikitovo. Los Gradov habían sobrevivido a la gran hambruna gracias a la actividad profesional del doctor, pero habían desaparecido en los años 30. La única superviviente era Olga quien seguía viviendo en Tambov con su niña. Ahora Sofía estaba arreglando sus papeles para acogerse al acuerdo que acababa de firmar en Paris el mismísimo Molotov, Ministro de Asuntos Exteriores de la URSS para la repatriación voluntaria de Rusos emigrados antes de la guerra.
(7). La era de la Nueva Economía Política, una temporada de relajación económica que existió después de muerte de Lenin y que precedió la instauración de los planes quinquenales.
- Marchal me confesó que al oír el relato de su amiga, había sentido la misma corazonada que la que había tenido en el muelle de Argel casi treinta y cinco años antes. Le contó sus esfuerzos para contactar con Olga al final de la guerra e imploró a Sonia de ayudarle a hacer parte del convoy. Tenía que volver a verla y también a su hija.
- Cuando me lo contó, su planteamiento me pareció totalmente absurdo e intenté hacérselo ver. No debía fiarse de los Comunistas que eran crueles y mentirosos, pero la mente de Marchal estaba en otro sitio. Él se quedó en casa hasta su salida. Todos estos días intenté razonarle pero en vano. Él me repetía que desde la muerte de Isabelle, no se encontraba ligado a nadie, excepto conmigo naturalmente, pero la noticia de su paternidad había cambiado todo. Cuando se mostraba más lucido me decía que en caso de que la situación se volviese tan mala como la pintaba, los tres volverían a Francia más adelante. Intentó convencerme de participar a unas reuniones preparatorias al viaje pero siempre me negué. La única ayuda que le presté fue la de caligrafiar en cirílico las etiquetas que unas instrucciones burocráticas típicamente Rusas precisaban, que los voluntarios debían pegar sobre todos sus paquetes. La dirección era Tambov, donde residía su amor de juventud y su recién aparecida hija. No tuve la fuerza de acompañarle a la estación. Nos despedimos aquí en esta casa.
- En los meses siguientes vendí la finca de mi marido y no volví a los Vosgos. Nunca el primo Marchal me dio noticias suyas. Por miedo a lo que podía pasar no me atreví mandar una carta a la dirección que me dio y que era muy incierta. Cuando mencioné su viaje y la ausencia de noticias suyas, mis cuñadas me dieron largas recordándome que el primo Marchal era “un culo inquieto” y que, algún día, aparecería. Intenté contactar con el Ministerio de Asuntos Exteriores, pero no dio fruto. Se me contestó que no era pariente mío y que según sus informaciones esta persona se había marchado voluntariamente a la URSS.
POST SCRIPTUM.
El lector de este texto se preguntará la razón que me ha empujado a escribir este relato. Hace poco el Destino me ha hecho leer un libro que da una posible explicación al final del primo Marchal. Entre otras cosas cuenta la salida de alrededor de setecientas personas a bordo del tren que salió por la tarde del 28 de octubre de 1947 desde la Estación del este hasta Rusia, en ausencia total de la prensa. Casi todos los viajeros eran Rusos blancos, solteros, parejas maduras o ancianas y hasta familias con niños. Solamente unos pocos como el protagonista de este relato eran Franceses de nacimiento e iban acompañando a marido o mujer o como en el caso de Marchal de una conocida. La autora del libro describe la presencia de policías Rusos y Franceses en armas en el anden, la existencia de los múltiples paquetes con sus etiquetas reglamentarias, con el destino elegido por sus propietarios. Este tren, en que viajaron solamente estos nuevos “hijos pródigos” y sus guardianes, se puso en marcha aquel día en medio de la indiferencia y cuando cruzó las fronteras que Churchill había bautizado el año anterior con mucho discernimiento como “el telón de acero” se cayeron las mascaras. Empezaron unas escenas clásicas: la confiscación de los pasaportes, el robo de las maletas, los malos tratos o peor, el lavado de cerebro, para readaptar a los hijos descarrilados... y sobre todo el hundimiento de la ilusión que estos ingenuos, que habían creído que iban a instalarse donde querían o donde se les había prometido que podrían hacerlo. Los viajeros de este tren que la Historia ha olvidado desaparecieron esparcidos en campos o en kholkozes (8). Ninguno volvió...
(8) Explotaciones agrícolas colectivas típicas del régimen soviético.
¿Querido lector, no le recuerda este final a los de las tristes historias de trenes que salieron de estaciones próximas, unos años antes y tampoco volvieron? Iban también repletos de familias, cuidadas por policías armados. Es verdad que en 1946 los inductores de este viaje de retorno eran entonces considerados como unos de “los buenos” que habían derrotado al Fascismo y a la barbarie y que la Declaración Universal de los Derechos Humanos se firmó por parte de los 58 miembros de Naciones Unidas solamente un año más tarde......
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