Cuento de la noche nº 1
La historia del gato Ming.
Ocurrió después de cenar cuando los dos, debería decir tres , por la presencia de mi lorito Pipo que no se perdió ningún detalle de esta extraña historia, estábamos disfrutando de una copa de Armagnac al lado de la chimenea de mi casa. Estábamos, Juan, el protagonista y yo, el que escribe este relato, sentados en grandes sillones con Pipo, mi loro gris de Gabón, colocado sobre mi hombro derecho y todo empezó cuando, para relanzar la conversación que se iba apagando poco a poco, me dirigí a Juan con uno de estos temas triviales que se debaten entre amigos:
“¿Juan, crees que los gatos tienen varias vidas?”. Juan dejo su vaso en el suelo, me miró y dijo:
“Varias vidas...no lo sé, Manuel, pero puedo afirmarte que estos animales tienen un instinto descomunal” y entonces empezó a contarme la historia de su gato, Ming.
Juan, entonces soltero, vivía con sus padres en un barrio un poco alejado del centro de la ciudad, una antigua casa de campo del siglo XVIII ahora totalmente cercada por edificios de nueva construcción. La casa había conservado milagrosamente un trocito de jardín. Fue allí que, un día apareció bajando de los techos que lindaban con su casa un gato siamés. Parecía perdido, era muy sucio, llevaba unas horribles heridas de peleas entre machos y su flaqueza extrema indicaba un hambre enorme. A mi amigo siempre le habían gustado los animales así que, en seguida, sintió lastima por él y decidió recogerlo. No fue fácil porque el gato, al verle acercarse, movilizó sus últimas fuerzas y subió hasta una pequeña repisa de difícil acceso del cual no parecía poder bajar por su agotamiento. Juan, volvió a su cuarto, abrió la ventana y se arriesgó a andar sobre las tejas resbaladizas hasta recoger en sus brazos el gato que no protestó. El animal se dejo curar y limpiar sin rechistar y se abalanzó sobre el plato de comida que su salvador le acercó.
El gato, una vez curado, nutrido y mimado por Juan, decidió - porque los gatos como las personas deciden lo que quieren o no quieren hacer - quedarse en esta casa como miembro adoptado. Juan, por su parte, empezó a dirigirse a él empleando la palabra Ming en homenaje a los emperadores Chinos de dicha dinastía. El gato pareció entender que a partir de este momento Ming seria su nombre y lo aceptó.
Juan trabajaba en una librería al otro lado de la ciudad y solía volver a casa cada noche siempre a la misma hora. Por su cuenta Ming cogió la costumbre de despertarse unos minutos antes de la llegada de su benefactor, de bajar las escaleras y de esperarle, sentado en el último escalón en frente de la puerta de la calle. El mismo ceremonial se repetía todos los días en que Juan trabajaba pero Ming no lo hacia con ninguna persona más y demostraba una falta de interés total por los padres de mi amigo. Se dejaba coger y acariciar – eso si, cuando su majestad felina imperial quería – pero nada más...
Unos dos años más tarde la guerra estalló y Juan, movilizado como soldado, tuvo que dejar sus padres, la casa familiar y Ming, para incorporarse en el ejercito de su país. La Fortuna de la guerra fue adversa y Juan, como otros miles, cayó prisionero. Curiosamente, desde la salida de Juan para el ejercito, Ming había dejado de bajar las escaleras para esperarle detrás de la puerta de la calle como si él supiera que, en estos días, su amigo Juan no iba a aparecer. Pasó un poco más de un año hasta que un día, a través de un mensaje muy discreto, Juan hizo saber a sus padres que se acababa de escapar del campo de prisioneros donde le tenían retenido desde tanto tiempo y que se presentaría en su casa cierto día, durante la noche, para saludarles y seguir su camino hasta un lugar más seguro.
El mismo día en el cual Juan debía aparecer, Ming salió de su sopor vespertino, bajo las escaleras, se sentó en el último escalón en frente de la puerta, cosa que no había hecho en casi dos años, y esperó la llegada de Juan como en aquellos tiempos de antes de la guerra. Mi amigo acabó su relato diciéndome:
“Manuel, para responderte no sé si los gatos tienen siete vidas, pero puedo afirmar que tienen un instinto muy particular. Nunca, ni yo, ni mis padres pudimos descubrir como Ming supo o notó que me iba a presentar en casa esta famosa noche de noviembre, después de escaparme una semana antes del campo de prisioneros donde me retenían”.
Tuve que asentir y justo en ese momento mirando a Pipo, vi que aparecía una chispa en uno de sus ojos redonditos. ¿Nos habría entendido Pipo, el lorito? ¿Conocía él la respuesta a la interrogación de Juan?
Ocurrió después de cenar cuando los dos, debería decir tres , por la presencia de mi lorito Pipo que no se perdió ningún detalle de esta extraña historia, estábamos disfrutando de una copa de Armagnac al lado de la chimenea de mi casa. Estábamos, Juan, el protagonista y yo, el que escribe este relato, sentados en grandes sillones con Pipo, mi loro gris de Gabón, colocado sobre mi hombro derecho y todo empezó cuando, para relanzar la conversación que se iba apagando poco a poco, me dirigí a Juan con uno de estos temas triviales que se debaten entre amigos:
“¿Juan, crees que los gatos tienen varias vidas?”. Juan dejo su vaso en el suelo, me miró y dijo:
“Varias vidas...no lo sé, Manuel, pero puedo afirmarte que estos animales tienen un instinto descomunal” y entonces empezó a contarme la historia de su gato, Ming.
Juan, entonces soltero, vivía con sus padres en un barrio un poco alejado del centro de la ciudad, una antigua casa de campo del siglo XVIII ahora totalmente cercada por edificios de nueva construcción. La casa había conservado milagrosamente un trocito de jardín. Fue allí que, un día apareció bajando de los techos que lindaban con su casa un gato siamés. Parecía perdido, era muy sucio, llevaba unas horribles heridas de peleas entre machos y su flaqueza extrema indicaba un hambre enorme. A mi amigo siempre le habían gustado los animales así que, en seguida, sintió lastima por él y decidió recogerlo. No fue fácil porque el gato, al verle acercarse, movilizó sus últimas fuerzas y subió hasta una pequeña repisa de difícil acceso del cual no parecía poder bajar por su agotamiento. Juan, volvió a su cuarto, abrió la ventana y se arriesgó a andar sobre las tejas resbaladizas hasta recoger en sus brazos el gato que no protestó. El animal se dejo curar y limpiar sin rechistar y se abalanzó sobre el plato de comida que su salvador le acercó.
El gato, una vez curado, nutrido y mimado por Juan, decidió - porque los gatos como las personas deciden lo que quieren o no quieren hacer - quedarse en esta casa como miembro adoptado. Juan, por su parte, empezó a dirigirse a él empleando la palabra Ming en homenaje a los emperadores Chinos de dicha dinastía. El gato pareció entender que a partir de este momento Ming seria su nombre y lo aceptó.
Juan trabajaba en una librería al otro lado de la ciudad y solía volver a casa cada noche siempre a la misma hora. Por su cuenta Ming cogió la costumbre de despertarse unos minutos antes de la llegada de su benefactor, de bajar las escaleras y de esperarle, sentado en el último escalón en frente de la puerta de la calle. El mismo ceremonial se repetía todos los días en que Juan trabajaba pero Ming no lo hacia con ninguna persona más y demostraba una falta de interés total por los padres de mi amigo. Se dejaba coger y acariciar – eso si, cuando su majestad felina imperial quería – pero nada más...
Unos dos años más tarde la guerra estalló y Juan, movilizado como soldado, tuvo que dejar sus padres, la casa familiar y Ming, para incorporarse en el ejercito de su país. La Fortuna de la guerra fue adversa y Juan, como otros miles, cayó prisionero. Curiosamente, desde la salida de Juan para el ejercito, Ming había dejado de bajar las escaleras para esperarle detrás de la puerta de la calle como si él supiera que, en estos días, su amigo Juan no iba a aparecer. Pasó un poco más de un año hasta que un día, a través de un mensaje muy discreto, Juan hizo saber a sus padres que se acababa de escapar del campo de prisioneros donde le tenían retenido desde tanto tiempo y que se presentaría en su casa cierto día, durante la noche, para saludarles y seguir su camino hasta un lugar más seguro.
El mismo día en el cual Juan debía aparecer, Ming salió de su sopor vespertino, bajo las escaleras, se sentó en el último escalón en frente de la puerta, cosa que no había hecho en casi dos años, y esperó la llegada de Juan como en aquellos tiempos de antes de la guerra. Mi amigo acabó su relato diciéndome:
“Manuel, para responderte no sé si los gatos tienen siete vidas, pero puedo afirmar que tienen un instinto muy particular. Nunca, ni yo, ni mis padres pudimos descubrir como Ming supo o notó que me iba a presentar en casa esta famosa noche de noviembre, después de escaparme una semana antes del campo de prisioneros donde me retenían”.
Tuve que asentir y justo en ese momento mirando a Pipo, vi que aparecía una chispa en uno de sus ojos redonditos. ¿Nos habría entendido Pipo, el lorito? ¿Conocía él la respuesta a la interrogación de Juan?
Mi Indi me espera en lo alto de la escalera aunque llegue tardísimo. Parece que no quisiera dormir si no he llegado a casa. Me hace sentir culpable... Nadie me esperará jamás con tanta fidelidad, y menos al final de una escalera.
ResponderEliminar