Cuentos de Invierno Cuento nº 1 Segunda parte

lV. UN CUADERNO COLOR MALVA.


Después del entierro al cual acudió la numerosa familia por parte de su madre y de su padrastro, Jean Pierre tardó en acercarse a este último. No había dudas de que Paul Delaporte había querido mucho a su mujer y que le costaba recuperar su equilibrio mental y emotivo de antaño. Había envejecido por lo menos veinte años y parecía un anciano con pocas ganas de vivir, confió a una interna el gobierno diario del hogar. Cuando volvía a casa se quitaba los zapatos se sentaba en su despacho y se quedaba hundido en sus recuerdos.

Evelyne y François, sus dos hijos pequeños, superaron el trauma en un par de meses, mientras que Jean Pierre se hundió en sus estudios para intentar pasar página cuanto antes. Hablaba poco con su padrastro, hasta tal punto que las cenas se tomaban sin que se intercambiasen ninguna palabra. Brillante alumno, consiguió otra matrícula en la segunda parte del Bachillerato. Cuando después de abrir el sobre que contenía sus resultados, informó a su padrastro de su éxito, éste le dijo con una sonrisa triste:

“Te felicitó Jean Pierre, tu madre estaría orgullosa de ti. Siempre pensó que tu tendrías un futuro prometedor. Tu madre y yo habíamos decidido hace tiempo emanciparte cuando cumplieras los dieciocho años. Debido a las circunstancias he decidido empezar los trámites legales sin esperar a la fecha”. Esta frase que volvía a poner a su madre en el centro de la conversación le pareció a Jean Pierre como un guiño del Destino así que le contestó:

“¿Por qué nunca ni mama ni tú me contaron la verdad sobre mi nacimiento?. Lo descubrí solo y más que el hecho, es la forma lo que me ha hecho mucho daño....”. Después de un largo silencio su padrastro le contestó:

“Referente a este tema, tu madre y yo teníamos unas opiniones opuestas. Siempre he sido de la opinión de decírtelo, pero tu madre quería protegerte y cuando nos casamos y te adopté, me hizo prometer que sería ella la que decidiría el momento en que te contaríamos la verdad”. Jean Pierre miró a su padrastro, era un hombre recto y no solía mentir así que lo creyó. En los últimos meses su apariencia había desmejorado mucho, pero sorprendentemente, recuperó su apariencia de antaño durante las dos horas que duró su conversación:

“Conocí a tu madre a través de unos amigos comunes, los Lavigne. Te recomiendo que algún día hables con ellos porque probablemente podrán añadir algo a lo que te voy a contar. Nos vimos por primera vez al final del año 1943 después de volver del campo de prisioneros donde estaba internado, gracias a una carambola cuando los Alemanes me confundieron con otra persona y debo reconocer que no les contradije. Recuperé mi negocio pero estaba arruinado porque mi stock de tejidos había sido requisado. Gracias a unos familiares me coloqué de representante de un laboratorio farmacéutico, visité a todas las personas que tenían relaciones con farmacias. Gracias a los Lavigne me presenté en una oficina situada Place Saint Placide del otro lado del rió. La farmacéutica me atendió con mucha gentileza. Volví varias veces y nos enamoramos el uno del otro”.

“Como nuestra amistad se hacía cada vez más profunda, tu madre decidió contarme su historia. No cambió nada entre nosotros, sabía que ella sería un día mi mujer. Me contó que hasta la fecha su vida había sido bastante trágica y que había tenido un hijo de un hombre que había desaparecido antes de que pudieran casarse.. Volviendo al principio te dije que cuando seguía sus cursos en la facultad antes de la guerra, conoció a un joven muy brillante llamado Pierre Girardin cuyo padre era militar pero había tenido que darse de baja del ejercito después de ser gravemente herido en Marruecos. Tu madre y Pierre se hicieron novios pero éste último murió en combate en 1940. Los Girardin quienes ya consideraban a tu madre como su nuera, la acogieron mientras ella acababa sus estudios de farmacia. La cosa habría podido quedarse así, si los Girardin no hubiesen tenido otro hijo mayor. Esté llamado Jacques, era militar de carrera pero no se llevaba bien con sus padres, mejor dicho con su padre, por razones ideológicas”.

“Cuando se produjo el ataque de los Alemanes, la población recordando los sufrimientos de la guerra anterior, empezaron a huir hacia el sur. Tu madre siguió a los Girardin que se refugiaron en la propiedad de unos amigos suyos en una región vinícola. Hasta la fecha no se conocía la desaparición en combate de Pierre, la desorganización era general y su muerte no había sido confirmada. Sus padres y su novia vivían con la esperanza de que solamente hubiese sido capturado. Desafortunadamente antes de que se declarase el Armisticio, el coronel Girardin supo gracias a sus contactos que su hijo pequeño había muerto. Cogió en seguida el camino de la capital, para ocuparse de la repatriación del cadáver de su hijo”.

“Pocos días después de que él hubiese dejado la propiedad donde se refugiaban, apareció el hijo mayor, herido pero sano y salvo. Madame Girardin y tu madre le cuidaron. Cuando volvió su padre parece que mantuvieron una fuerte discusión. El Coronel, chapado a la antigua, pensaba que todos y especialmente los militares debían acatar las órdenes del nuevo Jefe del Estado. Su hijo mayor discrepaba y la conversación acabó con la separación de los dos hombres. Nunca volvieron a verse Jacques y sus padres, aunque una vez, dos años más tarde estuvieron muy cerca de hacerlo.

Mientras hablaba su padrastro había sacado del cajón de su escritorio un cuaderno con una tapa de color poco común. Era de color malva y podía tener una centena de paginas. Cuando hubo terminado su relato, lo tendió a Jean Pierre diciéndole:

“Lo que te conté es obviamente un resumen de todo lo que pasó. Tampoco conozco todos los detalles porque tu madre y yo mantuvimos una especie de pacto para no hablar de estos años. En este cuaderno tu madre escribió la parte de tu pasado que te falta. Serás con ella, el único que lo leerá. No me queda otra cosa que decirte. Tu madre y los Girardin albergaban la esperanza que Jacques quien había sido deportado a Alemania, podría volver de los campos. Decidimos postergar nuestra boda hasta bien después del final de la guerra. Dediqué muchas tardes y noches en la segunda mitad del año 45 a participar en la acogida de los deportados que volvían por tren del infierno. Tu madre quiso acompañarme pero no pudo volver después de la primera noche por el impacto que le causó. Los trenes viajaban lentamente a causa de las múltiples destrucciones de puentes y túneles de las vías férreas. Recordaré toda mi vida esos instantes cuando el convoy paraba y que la gente, aparcada detrás de unas barreras que cortaban el anden en dos, veía bajar sobre camillas o andando unos fantasmas irreconocibles. La gente enseñaba en un silencio sepulcral a estos medio cadáveres, unos una foto, otros un trozo de papel con un nombre. Dirigía un convoy de autobuses que llevaba a estos resucitados primero a un restaurante requisado donde se les daba una comida y después hasta un hotel del centro donde entraban enmudecidos porque había sido en los años de la ocupación un centro de interrogatorios... Nunca vimos aparecer al hombre que buscábamos. Al final supimos que no le volveríamos a ver nunca más. Creo que el cuaderno te lo contará con más detalles”.

“Para acabar te diré que este hombre era tu padre. No te conoció ni supo de tu existencia, pero los Giradin siempre te consideraron su nieto y por esto acompañaste durante años a tu madre a visitarles con asiduidad hasta su muerte”.


V. “A MI HIJO”.

“Querido hijo,

Te debo una explicación. Como todos nosotros, no has pedido nacer sino que te has encontrado ya procreado, nacido formando parte integrante de un grupo que llamaste tu familia sin haberlo buscado. Hasta la fecha no he tenido el coraje de contarte tu historia y te pido que me perdones. He intentado darte la vida más normal que he podido. En lugar de ser un niño sin padre, decidí, cuando entendí que no volvería a ver a tu progenitor casarme con la persona que hasta el momento has considerado como tu padre, pero no lo es. Creo que ha sido un buen hombre, supo hacerme feliz y creo que a ti también. Te ha querido y te quiere como si hubieras nacido de su sangre. El tiempo que he pasado junto a él ha sido el mejor periodo de mi vida y le estoy muy agradecida” .

“Nunca entendiste las visitas que hicimos durante años a los Girardin, este matrimonio mayor que te quería con locura, aunque no te lo podían manifestar de manera muy abierta.....”

“..........Conocí a Pierre Girardin a través de unos amigos de mis padres. Él era el militar de la foto que mirabas con tanta atención durante las visitas. Había cursado unos estudios muy brillantes y le esperaba un gran futuro por delante como ingeniero. Justo antes de la guerra nos hicimos novios pero él no quiso que nos casásemos por lo que pudiera pasar....y pasó. Murió en un combate en el este. Sus jefes quedaron impresionados por su coraje y le otorgaron las dos medallas que has visto....”

“.....Durante el éxodo acompañé a los Girardin hasta una propiedad rodeada de viñedos donde esperábamos noticias de sus dos hijos. Veo que no te he hablado del hermano mayor de Pierre. Jacques, a diferencia de su hermano había escogido la misma carrera que su padre. Era militar. Si Pierre era delgado y de estatura media, su hermano era una verdadera fuerza de la naturaleza. Alto, de gran fuerza, aficionado a varios deportes, estaba especialmente dotado para la esgrima, que practicaba desde su infancia hasta tal punto que llegó a ser seleccionado en la especialidad de sable para los juegos Olímpicos de Berlín. No se llevó ninguna medalla pero llegó muy lejos en la competición. Tenía solamente veinte años y todo el mundo pensaba que llegaría al podio en los próximos juegos, pero como sabes estos juegos nunca se celebraron porque estalló la guerra........”

“...Justo antes del Armisticio llegó la noticia que Pierre había fallecido. La noticia fue un mazazo. Hasta la fecha sus padres y yo nos aferrábamos a una tenue esperanza. El coronel, como militar se sobrepuso, pero su madre y yo nos derrumbamos. Por otra parte no se tenía noticias de Jacques. Lo único que se sabía era que, al momento del ataque fulgurante de los Alemanes, se encontraba hospitalizado a raíz de un accidente de moto. Estos días de junio eran muy soleados y el coronel nos recomendó a su mujer y a mi de pasear por la tarde entre las viñas en lugar de quedarnos encerradas con nuestra pena todo el día. Se marchó a la capital para acelerar la repatriación del cuerpo de su hijo dejándonos con nuestros paseos. Creo que fue justamente el día siguiente a su partida, que durante nuestro paseo de la tarde Madame Girardin y yo vimos acercarse a un hombre que andaba ayudándose con un garrote en el camino de tierra que conducía a la casa. Su madre reconoció en seguida a su hijo mayor y nos pusimos a correr como locas..Era Jacques”.

“A penas se le podía reconocer. Estaba sucio, vestía un uniforme desgarrado y utilizaba un garrote que se había hecho el mismo. ¡Qué lejos estaba del brillante y elegante oficial de antaño!. Le ayudamos a asearse y a curar la herida de la rodilla mientras nos contaba su historia. Al enterarse de la ofensiva Alemana, abandonó el hospital sin pedir el alta y se puso a buscar a su unidad que cambiaba de sitio cada día. Con sus compañeros participó en escaramuzas, no se podía hablar de batallas propiamente dichas por el caos que reinó durante esas semanas. El anuncio del Armisticio le pilló en una pequeña ciudad y allí sus jefes, delante de todos los oficiales, propusieron al regimiento que se rindieran. Jacques y un puñado de hombres, pensaron que no habían oído bien las palabras de aquel general y le hicieron repetirlas........”.

“Por expresar con vehemencia su desacuerdo se vieron amenazados de un Consejo de Guerra por desobediencia, así que por la noche se fugaron. Anduvieron juntos un día o dos pero para despistar a los Alemanes decidieron separarse. Jacques llegó solo a la casa de su padres en la capital donde encontró de milagro al conserje que le dio nuestra nueva dirección. Tardó cinco días en llegar hasta nosotros cogiendo los medios de circulación los más inverosímiles.....”.

“Al conocer la muerte de su hermano, apretó los dientes pero no lloró. Cuando su padre volvió se fundieron en un largo abrazo. Yo pensé que la vida retomaba sus caminos y que a partir de ese momento podríamos rehacer nuestras vidas cuando, durante una cena se produjo un enfrentamiento. El padre y el hijo representaban dos generaciones muy distintas. Para el coronel, un militar debía siempre obedecer a su jefe y el gran jefe, el mismísimo Mariscal, había ordenado depositar las armas. Por el contrario su hijo pensaba que la guerra no estaba en absoluto perdida, quedaban las colonias, e Inglaterra....”.

“No presencie el final de la conversación que se volvió cada vez más violenta y acabó con la salida precipitada de Jacques, con una pequeña suma de dinero que le facilitó su madre...”

“La vida siguió su curso. Vivía en casa de los Girardin, para hacerles compañía mientras acababa mi carrera de farmacia haciendo mis prácticas en una oficina del centro de la ciudad......Una noche, al momento de bajar la persiana metálica de la tienda alguien se presentó. Le reconocí en seguida. Era Jacques Girardin. Salimos juntos de la oficina y nos dirigimos hasta un parque cerca de donde vivían sus padres. Allí, a pesar del toque de queda, sentados en un bosque, él me contó las peripecias de su vida: su llegada a Londres después de varias etapas, su reclutamiento por los servicios secretos para montar una de las primeras redes de información en el continente ocupado por los Alemanes. Por prudencia no me contó todos los detalles pero pidió mi ayuda. Necesitaba montar una red en la capital y buscaba personas dispuestas a colaborar con él. En pocas palabras me ofreció ser una de ellas. En lo que me concernía le pedí tiempo pero le señalé a uno de los empleados de la farmacia cuyos sentimientos eran pro resistencia. No quiso subir al piso para saludar a sus padres y nos separamos con la promesa de volver a vernos...”.

“.....Querido hijo, mi decisión y mis actos fueron entonces poco racionales y muchas veces los he lamentado. De un lado no quise involucrarme en este proyecto. Lo apoyaba, pero no quería comprometerme después de haber perdido a mi novio. Me parecía que tenía un compromiso con los padres de Pierre y de Jacques, que tan bien se habían portado conmigo”.

“....Volví a ver a Jacques para comunicarle mi decisión. Me resultó muy difícil. Me impresionaba su coraje y su determinación y quería ayudarle. Era joven y me enamoré de él. Nos vimos tres o cuatro veces aprovechando sus breves viajes a la capital.....”.

“.......Los Alemanes le apresaron al final del 42 en el sur, justo el día que me di cuenta que estaba embarazada. Mi mundo se derrumbó. No quería decir nada a mis padres, pero me refugie en el cariño de madame Girardin, a la cual conté toda mi historia. Ella mi acogió como la nuera que no había tenido. De novia de su hijo menor fallecido, me convertí en la futura mujer de su hijo mayor. Nunca supe lo que dijo a su marido. Hasta años más tarde mi relación con él siguió cordial pero menos profunda que con su mujer...”..

“Después de ser interrogado y torturado Jacques fue deportado en un campo de concentración en Alemania y se perdió su pista. Madre soltera, me cruce con una buena persona que se enamoró de mi y con el cual me casé y te adoptó. Este hombre por amor por mi, aceptó retrasar nuestra boda hasta que la desaparición de Jacques fuese definitivamente confirmada. Por esto y de su propia iniciativa se volcó durante meses en la acogida de los supervivientes que volvían de los campos....”.

“....Todo fue en vano...Un año después de la guerra un compañero de resistencia de Jacques fue a visitar a sus padres. Estaba con ellos ese día. El hombre fue muy cariñoso con ellos para prepararles para la terrible noticia. Jacques Girardin había sido condenado bajo el epígrafe NN - Nacht und Nebel”- que se traduce del Alemán por Noche y Niebla. Los presos que recibían este epíteto no deberían nunca sobrevivir a la guerra sino desparecer sin rastro entre la noche y la niebla....y así había sido”.




Vl. EL ESCRITOR.

Los años pasaron. Jean Pierre, una vez acabados sus estudios de medicina, se casó con Chantal Meunier, a la que conoció en la universidad y se fue a vivir en provincias, dejando a sus hermanos los negocios de sus padres. Evelyne, licenciada en farmacia, se hizo cargo de la oficina que fue de su madre y François, dio un empuje importante al negocio paterno, cuando éste se jubiló. Mientras vivió su padrastro, con quien mantenía una relación cordial, acudió una vez al año con su mujer y sus tres hijos para Nochebuena o Nochevieja cuando se reunían todos a su alrededor. En 1975 su padrastro murió de un ataque al corazón y con él desapareció el último testigo del drama de su infancia.

Después de leer el cuaderno malva, había decidido no hablar con nadie de lo que relataba, haciendo caso omiso a la idea de hablar con los Lavigne, antiguos amigos de su madre. Tampoco comentó con su mujer las circunstancias de su nacimiento y tuvo un cuidado exquisito en ocultar todos los documentos que podrían ayudar a dar con la pista de su origen. Además de su profesión de docente y de la educación de sus hijos, Jean Pierre que había descubierto una vocación para la navegación y la pintura, tenía una vida equilibrada y feliz. Un año su esposa heredó de su padrino, una biblioteca enorme y trasladaron con una furgoneta un número infinito de cajas de libros de todas clases y estilos literarios hasta su casa. Al abrirlas Jean Pierre se extrañó de los gustos de este pastor protestante, que había visto solamente una vez el día de su boda: muchos libros trataban de Ética y de Religión pero también, el hombre había acumulado unos cuantos libros que trataban de la época de la guerra, tema del cual nunca se hablaba durante su infancia. Antes de deshacerse de ellos decidió leer algunos.

Como todos los fines de semana una vez corregidos los exámenes de sus alumnos de segundo año, se instaló cómodamente en una tumbona y cogió el primer libro de la pila que se encontraba a su lado. El titulo era un poco enfático y soberbio: “Dos años en la casa de los muertos” en referencia a la obra de Dostotievsli cuyo genio sobrepasaba seguramente con creces a este autor desconocido, un tal Camille Alavoine.

El ejemplar tenía una dedicatoria bastante larga de su autor para el Pastor Meunier, el tío de Chantal y trataba de sus años pasados en el campo de concentración de Dora. El autor, miembro de una red de resistencia, había sido apresado durante el año 43 y después de varias peripecias llevado hasta este campo. Su relato era estremecedor por la crudeza con la cual describía la vida de los deportados, compuestos en su mayoría de Franceses pero con una fuerte minoría de Rusos. Jean Pierre estaba inmerso en la lectura cuando en la pagina 73, Camille Alavoine describió el encuentro fortuito con otro deportado, su instructor en sus periodos de milicia universitaria antes de la guerra. Este teniente, por el cual tenía una enorme admiración, cuya identidad apareció en la pagina siguiente, se llamaba Jacques Girard. El autor le describía como hijo de un coronel de caballería retirado. Había representado a su país en los Juegos Olímpicos de Berlín en el 36 en la especialidad de esgrima, lo que le valió una gran admiración y envidia por parte de sus subordinados. Jean Pierre interrumpió su lectura ordenada y empezó a recorrer rápidamente el libro para encontrar otra referencia a propósito de este personaje. No encontró nada relevante sino que, a principios del 45, este militar se había presentado como voluntario para un comando compuesto exclusivamente de Rusos.

Al llegar a la universidad el lunes siguiente Jean Pierre pidió a su secretaria averiguar si este Camille Alavoine, aun vivía y en caso de que fuese cierto, buscar su paradero. Esta vez el Destino decidió favorecerle porque el autor de “Dos años en casa de los muertos” vivía sus últimos años en una residencia en el sur del país. Tuvo que esperar hasta las vacaciones de Pascua para precipitarse allí. Encontró en la residencia a un hombre de unos setenta años relativamente bien conservado y sobre todo con sus capacidades intelectuales intactas. Cogiendo el ejemplar dedicado al Pastor Meunier, se presentó como el Doctor Jean Pierre Delaporte, Profesor de Anatomía Patológica en una universidad de provincias, que acababa de leer su libro.

El anciano se sonrojó un poco, porque si había vendido unos pocos miles de ejemplares cuando publicó su libro en el 47, su única obra había caído en un olvido total casi veinticinco años después. Jean Pierre decidió ir inmediatamente al grano, indicándole que buscaba información sobre una persona citada en su obra que era un lejano pariente suyo del cual había oído hablar en su juventud, aunque antes de todo quería precisar que existían unos elementos que le hacían dudar, en particular el nombre, que se trataba de la misma persona.

“No sé si podré ayudarle Doctor, ha pasado tanto tiempo que los recuerdos se van haciendo borrosos. ¿No lo sabrá Usted?”. Jean Pierre le sonrió con indulgencia como si ponía en duda esta observación y le dijo:

“Le veo estupendamente y por si acaso le he llevado un ejemplar. Vera Monsieur, mi pregunta es muy sencilla. Usted habla en su libro” y abrió el ejemplar que había traído” de un tal teniente Girard – pienso que en realidad se llamaba Girardin – el cual había sido instructor suyo durante sus periodos de milicia universitaria y con quien se cruzó otra vez en Dora. ¿Se acuerda de él, Monsieur Allavoine y podría contarme más sobre lo que le ocurrió en el 45?”. El anciano se quedó silencioso con los ojos cerrados un minuto y le contestó:

“Doctor, han pasado tantos años, pero a pesar de todo me acuerdo del teniente, Girard o Girardin. Era un verdadero coloso antes de la guerra. Había sido seleccionado en el equipo de esgrima para los juegos de Berlin y me costó mucho reconocerlo. Hacía ya muchos meses que estaba en el campo y su aspecto era entonces bien distinto. Íbamos todos con el cogote rapado, vestidos con harapos, hambrientos y sucios, sucios.....Usted no se puede imaginar. Era él, nos reconocimos y nos saludamos. Lo volví a ver unas pocas veces más pero al no estar en el mismo comando nuestros encuentros fueron siempre rápidos...”. El anciano se había callado con los ojos medio cerrados perdido en sus recuerdos. Después de un tiempo prudencial Jean Pierre volvió a preguntarle.

“Señor Allavoine, el detalle de los Juegos Olímpicos cuadra con lo que se de mi pariente, así que puedo creer que era él, pero lo que me importa más que todo y resume el objeto de mi visita es de saber lo que sucedió con él”.

“Doctor creo recordar que el teniente se fue con un comando de Rusos allá por febrero, tres meses antes del final. Era un tipo excepcional, siempre con la moral alta a pesar del infierno en el cual estábamos sumergidos. Para que usted lo entienda me basta contarle que una vez que nos encontramos en la vía del ferrocarril, el salía del túnel y yo entraba pero unos vagones de escombros que empujábamos habían descarrillado, a raíz de lo cual el tráfico se había interrumpido. Me pare a su lado y él me dijo con la voz tranquila, pero segura, de siempre - ¿Qué te parecería Camille si un día de estos, intentamos escaparnos?. Nunca olvidaré este comentario, Doctor. ¡Escaparse! Nosotros, que éramos casi esqueletos ambulantes vestidos de harapos, con el pelo rapado! ¡Que ocurrencia! ¡Que optimismo o que locura!. Pues fíjese bien siempre pensé que su decisión de ir con los Rusos tenía algo que ver con lo que me dijo ese día.”

“¿Cree que se pudo escapar? Pero Usted sabe dónde se fueron estos Rusos?”. Alavoine parecía ahora muy cansado, como si le hubiera costado mucho hacer reaparecer estas escenas en su mente. Con una voz débil añadió:

“Personalmente no me llevaba bien con los Rusos. Entre ellos había algunos que eran tipos de fiar, pero la mayoría estaba compuesta por individuos violentos y sin escrúpulos. Nosotros intentamos evitarlos a toda costa. Los pobres eran tratados aún peor que nosotros y no es poco decir. Creo que los Alemanes buscaban a alguien que tuviera algo de autoridad o de influencia, una especie de jefe de comando. No creo que Girard hablase Ruso pero hablaba perfectamente Alemán. ¿Adónde fueron? No lo se con certeza pero se rumoreo, después de su partida, que los Alemanes buscaban mano de obra para levantar defensas más allá del Oder, donde se enfrentaban a las tropas Rusas que habían entrado en Silesia”.

“No es posible Monsieur Allavoine. ¿Cómo iban los Alemanes a confiar en prisioneros Rusos para levantar defensas contra los ataques de los suyos. Desertarían en seguida”.

“Pero no era así, los Alemanes sabían que para las tropas Rusas, los soldados que habían caído prisioneros eran unos traidores que serian fusilados por los suyos en caso de victoria. Creo que los prisioneros lo sabían o sino se les informó así que su situación era de lo más trágico...”.

Jean Pierre no supo nada más de lo que ocurrió entonces.


Vll. EL VIAJE.

Después de volver de su visita a Monsieur Allavoine, Jean Pierre dedicó todo su tiempo libre en documentarse sobre el campo de Dora, la deportación en general y todo lo relacionado con el final de la guerra en el frente este. Cuando su mujer le preguntó extrañada la razón de esta nueva pasión le contestó:

“Uno de los libros de tu padrino me ha embrujado hasta tal punto que he decidido ir a la busqueda de un fantasma” y le contó la anécdota del teniente que encontró Allavoine sin precisar que esta persona podría tener un lazo mucho más personal con él.

Organizó su búsqueda de manera metódica como correspondía a un científico. Se especializó en la vida en los campos, especialmente el de Dora, después de leer todos los libros publicados, hasta las más insignificantes memorias escritas por personas ahora olvidadas. Supo que su numero de deportado era el 40.978 y encontró varias veces anécdotas sobre el teniente Girardin. Allavoine no le había mentido. Este hombre era uno de los que no se olvidan por sus compañeros. Unos decían que había sido llevado hasta la cámara de gas en un convoy de enero 1945, tesis que se presentó a sus padres después de la guerra, sirvió de base para certificar su defunción, pero otro testimonio apoyaba la de Allavoine , aunque su autor había fallecido.

Era un testimonio indirecto que afirmaba que en febrero, en Ellrich, un campo satélite de Dora, se había formado un comando de Rusos destinados a reforzar las defensas de Berlín y que dos Franceses se habían unido a él. Uno, un antiguo oficial cuya identificación era desconocida, podía ser Jacques Girardin, pero no daba ninguna pista sobre el otro. De todos modos la pista acababa en vía muerta porque quien relataba este hecho había muerto hacía años.

Jean Pierre hablaba relativamente bien el Alemán y aprovechó un congreso médico celebrado en Berlín para dos cosas: la primera era visitar el campo de Dora. El campo, al encontrarse a pocos kilómetros de la frontera entre las dos Alemanias, había sido hasta hacía poco, una zona de difícil acceso. Afortunadamente la reciente caída del Muro de Berlín y la incipiente reunificación Alemana, le facilitó las cosas. Allí no descubrió nada, parte de los túneles que excavaron los deportados en condiciones extremas, donde vivían y fabricaban los cohetes, habían sido dinamitados por los Rusos después de la guerra y salvo unos pequeños monumentos conmemorativos, no logró encontrar nada de interés. Solamente tuvo la satisfacción de meditar en un lugar donde 45 años antes, su padre había sufrido y desde donde había emprendido su último viaje.


¡Que pena! pensó. Hoy sé más de su destino que sus padres y mi madre pero ellos han desaparecido y casi no quedan testigos que me pueden ayudar a ir más allá.

El otro objetivo de su viaje a Berlin, una vez presentada una comunicación suya sobre Transgénesis, se completó con un avance parcial. Gracias a unos historiadores y antiguos militares Alemanes, pudo obtener la certeza que efectivamente unos grupos de deportados apoyaron a los batallones de obreros mandados a reforzar las defensas del frente del Oder. Hubo cuatro grupos. Él único que había dejado un rastro, una lista de sus oficiales todos Alemanes, había sido mandado a Kurstrin durante el mes de febrero cuando se esperaba un ataque de los tropas rusas sobre la ciudad. No había esperanza y Jean Pierre daba su investigación por concluida cuando el conservador de los archivos a quien devolvía el cartón con los documentos, le señalo que un año antes otro investigador había consultado los mismos documentos. Consiguió su nombre: Lazlo Geyr, un Húngaro nacionalizado Americano, Profesor de Arquitectura en la Universidad de Columbia en Nueva York, ahora jubilado. Era evidente que no tenían nada que ver el uno y el otro.

De vuelta a casa Jean Pierre contó a su mujer el pobre resultado de sus investigaciónes. Esta, quien sin conocer la finalidad real de su búsqueda le había ayudado y animado durante todos estos años, le convenció de ponerse en contacto por carta con el profesor Americano, contándole a grandes rasgos su búsqueda. Esperaron cuatro meses una respuesta en forma de invitación.

Los dos volaron hasta Nueva York, a principios del verano de 1991. Jean Pierre pensaba que esta conversación con Geyr, iba a poner un punto final a esta aventura y no albergaba muchas esperanzas. Los Geyr esperaban al matrimonio y los llevaron en coche hasta su casa de campo en Vermont.

Allí Geyr se disculpó por no haber podido ponerse en contacto con su colega antes, porque justo después de recibir su carta se había marchado a la ex Unión Soviética donde estaba invitado a dar cursos durante tres meses en la Universidad de Moscú. Allí había podido acabar su trabajo de investigación sobre un gran arquitecto húngaro Sandor Fazekas que había sido su profesor en Budapest antes de la guerra. - ¿Pero qué relación tiene este Fazekas con mi búsqueda? se preguntó silenciosamente Jean Pierre cuando Geyr quien parecía haberle leído el pensamiento le dijo:

“Profesor Delaporte, espere un momento y vera que tal vez tengo algo que le interesa, pero déjeme primero acabar con la persona que nos ha puesto en contacto mi mentor, Sandor Fazekas. Este profesor de arquitectura era de origen judío por su madre. A partir de marzo cuando los Alemanes entraron en Hungría el tiempo de paz acabó para los Judíos. Empezaron a ser deportados a mansalva. Fue el caso de mi maestro, que acabó en un sitio llamado Errlich. A principios del 45, los Alemanes decidieron movilizar a todas las personas disponibles para reforzar las defensas sobre el Oder. Conocían la profesión de Fazekas, así que le afectaron a un batallón de construcción para supervisar unas obras. Pero Fazekas decidió escaparse y es lo que iba a verificar en Rusia cundo recibi su carta. Guardé en la memoria los elementos que me habíais comunicado.

No me preguntéis cómo porque tengo que proteger mi fuente pero allí me enteré de que Sandor Fazekas consiguió huir de los Alemanes y llegar hasta las líneas rusas, cuarenta kilómetros al este. – De repente una cierta tensión se había establecido en el salón de la casa -. Se escapó con dos compañeros, un Ruso y un Francés. La compañía del Ruso le fue fatal por la enorme animadversión que le produce a los Rusos los prisioneros de su propio campo. Los tres fueron arrestados, juzgados y condenados. Al Ruso le fusilaron sin más y a los dos otros les encerraron. Mi fuente me aseguró que según los registros de la Justicia – Aprecie el humor negro de la palabra – murieron en los años siguientes, pero no me quiso decir donde.

“Lo siento profundamente por usted profesor pero sabéis algo de la identidad de este Francés?”. El Americano le contestó:

“Al conocer su interés alargue mi investigación. Después de todo Francia pertenecía al campo de los vencedores, hasta había tropas, unos aviadores creo, combatiendo con los Rusos. Noté que mi fuente se ponía incomoda a medida que preguntaba, como si no quisiera decirme toda la verdad. Leo Ruso y en un descuido pude leer un pequeño trozo de un documento que manipulaba mi interlocutor frente a mi. Era un documento manuscrito y el apellido del tercer hombre empezaba por la letra que se parece a nuestra F pero que para ellos en cirílico es la G. así que existe una duda. Lo que es fuera de duda es que estos dos hombres han muerto.”

Las tres personas presentes notaron la lividez de la cara de Jean Pierre, pero éste se sobrepuso. Todos intentaron animar el resto de la velada, pero para él ya quedarse con esta familia no tenia mucho sentido. Solamente los gestos muy amables y sencillos que los Americanos suelen prodigar a sus invitados, le permitieron aguantar los tres días que pasaron juntos.

Después de este viaje a los Estados Unidos Jean Pierre decidió poner un punto final a su busqueda. Una vez en casa encerró toda la documentación que había acumulado durante esros años en una caja de carton. Sabía que nunc podría conocer el final de la historia.

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