Cuentos de Invierno nº 2

“¡ESTE POBRE MONSIEUR REY!.........”.




“Pues lo siento monsieur, pero este caballero acaba de adquirir el libro ahora mismo”. Al recibir esta respuesta del vendedor me indigne, mientras una persona a la cual no pude ver la cara, empujaba la puerta para salir:

“Es una vergüenza, no me habéis dejado ni siquiera el tiempo de volver del cajero del banco. Usted me ha visto examinar este libro durante más de un cuarto de hora. Le he hecho por lo menos diez preguntas y al final cuando no aceptó bajarme el precio le dije que iba a por dinero y que volvería. Mientras tanto lo vende descaradamente al primero que pasa por aquí...”. El vendedor del puesto del Rastro soportó impasible mi diatriba y cuando me callé, ya sin argumentos, dijo con una calma desesperante:

“Señor, no voy a negarle que usted demostró interés por este libro, pero en ningún momento me dijo claramente que lo iba a comprar. Usted entenderá que no podía esperar a que volviera a aparecer o no. Veo todos los días a un montón de gente que dice estar interesada por un libro, lo afirman con el aplomo de un magistrado y no vuelven a aparecer. En estas condiciones no puedo negarme a vender un libro a la primera persona que esta dispuesta a pagarme en el acto y finalmente quiero decirle que la persona que ha adquirido este ejemplar de Chateaubriand, no es el primero que pasaba por aquí. Se trata de un cliente habitual”.

“¿Y como se llama su cliente?” añadí de mal humor con la certeza que había perdido la partida.

“Se trata de monsieur Rey, pero si lo que quiere saber es su dirección, no se la puedo facilitar”, me espetó el vendedor con cara de sapo al mismo momento que, apartándose de mi, arboló una sonrisa melosa en dirección de un nuevo cliente.

Como puede entenderse, salí de la tienda bastante enfadado, pero ahora que pienso aún no me he presentado: me llamo Dominique Alvear, en esta época era profesor asociado de literatura comparada en la Universidad de la Sorbona y mi especialidad era el Romanticismo Europeo. Mi presencia en el mercadillo del Rastro, que aquí se llama “Les Puces”, está directamente relacionado con mi pasión por las obras del siglo XIX que voy coleccionando en la medida de mis modestas posibilidades. Suelo pasear por los distintos puestos de libros, por lo menos una vez al mes y justamente hoy acababa de encontrar un libro que buscaba desde hacía mucho tiempo: un ejemplar en cuatro tomos de las primeras ediciones de la autobiografía de Chateaubriand, “Les Mémoires d’Outre Tombe”. Este ejemplar me había llamado mucho la atención porque el ex libris impreso en la primera pagina, indicaba que había sido propiedad de Mallarmé, quien lo había llenado de anotaciones personales.

Rabiando cogí el metro y me fui a casa donde me esperaba mi esposa , estaba cerrando los últimos cartones de nuestra mudanza. Después de un pleito de varios años acababa de recuperar el uso de un piso heredado de mis padres. La condición que había puesto el juez para echar a estos indeseables ocupantes morosos, había sido que yo, el propietario, lo ocupase con mi familia, es decir mi mujer y mis dos hijos. El piso, situado en un inmueble burgués del centro de Paris, estaba muy bien comunicado con mi trabajo y cerca de un parque donde podrían jugar nuestros dos niños.

La mudanza fue una experiencia épica que vivimos nosotros dos porque afortunadamente habíamos podido dejar a los pequeños con mis padres. Mi mujer y yo esperábamos a la mudanza en nuestro nuevo hogar desde la siete de la mañana, cuando el jefe de la cuadrilla apareció por fin avisándonos con una cara de circunstancias de que el ascensor, una reliquia de principios de siglo, se negaba a funcionar: toda la carga debía subir por la escalera hasta el cuarto piso, el nuestro. La vivienda, a penas liberada de obreros y pintores, empezó a llenarse de muebles y cajas. Al final del día se produjo otra crisis cuando los hombres de la mudanza se dieron cuenta de que nuestro sofá no entraba ni por el ascensor, milagrosamente reparado, ni por la ventana. Después de inspeccionar la fachada determinaron que el piso de nuestro vecino, mejor ubicado en relación con la acera, era la única vía de entrada posible. Me presenté en su casa donde descubrí a un anciano alto con buen aspecto y muy elegante, quien me dio en seguida la autorización de usar su balcón. Cuando, una vez la operación estuvo terminada, me volví a presentar en su casa con mi esposa para darle las gracias, este se presentó y nos ofreció una tarjeta de visita suya: Se llamaba Emile Rey.

Fue durante la cena cuando mi mujer y yo repasábamos los acontecimientos del día, que me di cuenta de que su nombre me resultaba familiar: monsieur Rey. Monsieur Rey, el mismo nombre que tenía el comprador del libro de ayer. Mi mujer a quien le conté mis dudas mientras comíamos sentados sobre las cajas, me dijo:

“Dominique, es muy poco probable que sea él. Si buscas el apellido Rey en el anuario de teléfono, veras seguramente dos o tres paginas de gente que lleva este nombre, pero para salir de dudas, una vez que estaremos instalados, cuando te cruces por la escalera con él, pregúntaselo”.

Nuestros horarios no coincidían con los de nuestro vecino, no nos veíamos nunca, así que todo se aplazó hasta la convocación de la primera reunión de copropietarios. Hacía muy poco que nos habíamos mudado y a penas conocíamos a un par de personas en el inmueble, pero al ser la primera vez que éramos propietarios, decidí asistir tanto para enterarme de los temas relativos a la finca como para presentarme. La convocatoria no obtuvo mucho éxito y solamente seis de los quince interesados se presentaron en el salón del actual presidente de la comunidad. Soy muy puntual, pero un cúmulo de circunstancias hizo justamente que ese día llegase allí unos minutos tarde. Busqué un asiento libre en la última fila para no interrumpir la lectura del acta de la reunión anterior. El único sitio libre estaba justamente al lado de monsieur Rey, el cual me invitó a sentarme a su lado. La reunión se eternizó y no acabó antes de las once y media. Cuando salimos al descansillo de la escalera se produjo un atasco de gente que quería utilizar el ascensor para volver a su piso pero como el señor Rey y yo vivíamos justo abajo, decidimos bajar andando charlando. Esta conversación fue el primer episodio de nuestra amistad.

Había contado a monsieur Rey cual era mi profesión y pareció interesarle mucho y por su cuenta me indicó con una sonrisa burlona que ahora estaba jubilado pero muy activo. Antes de separarnos para entrar cada uno en nuestro piso, esté me invitó a charlar con él el sábado siguiente. Mi mujer que tenía otro compromiso no pudo acompañarme así que me presente solo en el piso cuarto derecha.

Monsieur Rey me abrió la puerta él mismo y me introdujo en un salón lleno de antigüedades, especialmente pinturas y porcelanas que me parecieron de muy buena calidad. Sentados en dos cómodos sillones en frente de la chimenea encendida empezamos a hablar. Émile Rey me confesó su edad unos setenta y seis años que no aparentaba, era ingeniero industrial de formación, había hecho toda su carrera en la misma empresa, un grupo asegurador importante, de donde se había jubilado como director general. Era viudo desde hacía diez años atrás y no tenía hijos, su única familia estaba compuesta por dos sobrinos del lado de su mujer, casados y con nietos, que le visitaban de vez en cuando. Por su conversación y el entorno en el cual nos encontrábamos me forme la imagen de un hombre culto y bastante rico. Interrumpiendo su monólogo me interrogó, a su vez sobre mi y mi familia y note que mi profesión de profesor universitario le fascinó. Como la gente de su generación guardaba en su memoria restos muy importantes de su formación clásica greco-latina. Descubrí en mis conversaciones posteriores con él que, a pesar de su edad, podía rememorar citas enteras de los clásicos, que declamaba tanto en Griego como en Latín. El tiempo pasó rápidamente y como debía ir a recoger a mis hijos invitados en casa de unos amigos no tuve la ocasión durante esta primera visita de averiguar si él era el comprador del ejemplar de Chateaubriand que había estado a punto de adquirir, pero en el momento de ponerme el abrigo, en la entrada de su piso pude ver a través de una puerta abierta otra habitación que parecía ser un despacho con una pared entera cubierta de libros.

Con los meses la amistad con nuestro vecino creció. Mi mujer y yo nos extrañamos un poco de que un hombre con sus medios económicos viviese solo contentándose con la presencia de una asistente, una persona mayor, quien venia solamente por las mañanas. El piso, igual al nuestro, tenía tres dormitorios y un gran salón y además monsieur Rey sería probablemente propietario de una o dos habitaciones de servicio ubicadas debajo del techo del inmueble. De todos modos su piso estaba siempre muy ordenado y de una pulcritud total. Sus sobrinos se alternaban para visitarle un par de veces al mes siempre el domingo por la tarde. Monsieur Rey se convirtió en una persona muy importante para mi. No pasaba ni una semana sin que el anciano y yo nos viésemos. A veces él y yo nos reuníamos en su piso y a veces venía a comer o a cenar con nosotros. Se mostraba muy generoso con nuestros hijos trayéndoles pequeños regalos lo que le convirtió en una especie de tío abuelo. Me había enseñado su piso durante mi tercera visita, era un pequeño museo decorado con un gusto excelente. El venía de una familia muy acomodada y había tenido una vida profesional exitosa, no tenía hijos y se había dedicado a coleccionar objetos, muebles, cuadros y libros. No era ostentoso en absoluto, solamente le gustaba la belleza de los objetos y además de la belleza de los objetos le gustaba hablar de literatura, lo que era mi especialidad. Cada uno enseñaba al otro algo, él me familiarizó con sus conocimientos sobre porcelanas y cerámicas y yo le hablaba de mis trabajos literarios, especialmente de un trabajo que preparaba , un poco fuera de mi ámbito, sobre el mito del adulterio en la literatura Europea que esperaba publicar algún día .

Durante nuestras conversaciones mencionaba raramente su familia. Entendí que sus únicos parientes era los dos sobrinos de su mujer. Un día dejo escapar en la conversación que uno de ellos, con una situación muy precaria, le había pedido que le ayudara financieramente. Como no tenía problema económico le había prestado una suma relativamente importante que no le devolvía dando largas. El otro nieto, cuando se enteró del gesto de su tío, le pidió una suma correspondiente alegando unas perdidas repentinas en la bolsa. Adiviné que este sobrino era agente de bolsa y que las perdidas que quería eliminar con este préstamo rozaban la malversación y que había acudido a su tío para reponer una cuantía de dinero que debía a unos clientes. El tema entristecía a monsieur Rey, un hombre generoso, integro y trabajador, así que me guarde mucho de volver a comentarle estos asuntos. Tampoco me atrevía a preguntarle si él era el famoso comprador del libro de Chateaubriand que se me había escapado aquel día en el rastro, pero un día, al descubrirlo en una estantería de su biblioteca le conté la historia. Entonces monsieur Rey me dijo sonriendo:

“Amigo mío, si supierais. Lo que le ocurrió aquel día, me ha pasado a mi también varias veces cuando empecé a comprar todo lo que ve ahora en este piso. El secreto de un coleccionista es de tener siempre consigo el dinero disponible o, mejor dicho, la suma que piensa gastar. Los vendedores nos son de fiar y siempre prefieren cerrar el trato con el primero que les enseña el dinero, sin contar que la visión de un fajo de billetes, es el mejor elemento de negociación”.

A los dos años de vivir en nuestro piso de la rue de Sèvres nos mudamos. Todo vino muy deprisa. Como consecuencia a la publicación de varios trabajos sobre el viaje de Chateaubriand a Estados Unidos, la prestigiosa Universidad de Columbia en Nueva York, me ofreció ocupar un puesto de profesor asociado por dos años, ofrecimiento que dejaba entrever la posibilidad de extenderse aún más. Mi mujer y yo no lo dudamos y nos decidimos en seguida. Yo iría primero al finalizar el curso universitario y ella llegaría con los niños en octubre, después de alquilar nuestro piso a unas personas de confianza. Me despedí de mi gran amigo. Nuestra última conversación estaba a punto de caer en una cierta melancolía, cuando el anciano se levantó y cogiendo cuatro volúmenes de una de las estanterías de su biblioteca, me los tendió diciendo:

“Profesor - era la primera vez que me daba este calificativo – estos volúmenes serán mi regalo para darle suerte en esta nueva etapa de su carrera. Encaja perfectamente con su trabajo en los Estados Unidos”. Intenté rechazar tal presente pero mi amigo se mostró inflexible. Después de tres años y de una forma totalmente inesperada el Chateaubriand era mío.

Cuando mi mujer se presentó en Nueva York, teníamos cien temas que abordar después de una separación de casi tres meses, así que no fue hasta mucho más tarde que le pregunté por nuestro vecino. Desafortunadamente las noticias que me dio no eran buenas. En estos meses monsieur Rey había contraído una enfermedad rara, que le condenada irremediablemente a la ceguera. “¡Que drama pensé, un hombre a quien la belleza importa tanto y que no va a poder disfrutarla!”. Agradecido por los años de vecindad y los momentos de compenetración amical que habíamos tenido durante nuestras conversaciones, le escribí. Recibí una corta respuesta escrita de una mano temblorosa. Las siguientes cartas fueron claramente escritas por otra persona y aparecía solamente la firma de mi viejo amigo y después nada......

A los dos años volvimos a Francia para las vacaciones y nos presentamos Rue de Sèvres, para saludar a nuestros inquilinos que no conocíamos. La primera persona que vimos fue al portero, monsieur Papineau quien nos dio un informe muy favorable sobre los actuales ocupantes de nuestro piso, pero puso una cara extraña cuando mi mujer y yo le preguntamos por nuestro querido vecino. Después de un par de segundo nos dijo:

“¡Este pobre monsieur Rey!...quien lo habría dicho...”

“Si, monsieur Papineau. Lo sabemos. La enfermedad de los ojos. Mantuvimos unos meses correspondencia con él hasta que un día dejo de contestarnos...”.

“¡Este pobre monsieur Rey! Como les iba a contestar a ustedes”.

“¿Ha muerto?”.

“Si. Era todo un caballero. Pertenecía a ese tipo de personas que ya no existen hoy. Ha muerto en la miseria y de una manera tan lamentable que resulta inconcebible...”.

“¡Pero que está diciendo monsieur Papineau, él era una persona muy acomodada!”. El portero se quedó mudo un minuto, como si dudara seguir hablando del tema y, agarrándome del brazo, me introdujo en su alojamiento. Allí en voz baja me contó lo siguiente:

“¡Este pobre monsieur Rey...! Son sus sobrinos..” bajando la voz aún más hasta el punto que ya le oía con dificultad añadió:

“Cuando perdió la vista las visitas de sus sobrinos se multiplicaron. Venían siempre justo al anochecer para visitarle y siempre salían con algo, un cuadro, unos objetos.....Lo han vaciado todo, absolutamente todo”. Le interrumpí diciendo:

“¿Pero él no se daba cuenta de nada?”.

“¡Este pobre monsieur Rey” parecía que el portero no podía empezar una frase sin pronunciar antes estas cuatro palabras “ Su estado empeoro rápidamente y él tuvo que quedarse en la cama. No sabía qué clase de serpientes eran estos dos. Cuando enfermo, se aliaron para despedir a la señora Valentin, la que usted conoció que venía a limpiar su casa. En su lugar instalaron a una persona de su confianza. Como le he dicho venían un día si y otro también, cuando antes de que enfermase apenas aparecían, y poco a poco fueron vaciando el piso. Empezaron por las habitaciones que el anciano, postrado en su cama no pisaba, seguramente con la complicidad de la víbora que vigilaba a su tio, más que le cuidaba. Mi mujer y yo les vimos pasar muchas veces, bajando las escaleras siempre de noche, cargados con bultos sospechosos”.

“Pero, monsieur Papineau, como es posible que nadie hiciese nada para proteger a esta buena persona. Ni siquiera usted...”.

“¡Monsieur Alvear, qué podíamos hacer, eran su sobrinos, sus únicos herederos!. Lo que no sabíamos era hasta dónde iban a llegar esos pervertidos. Imagínese que el último día, el pobre Monsieur Rey, se encontraba en su cama, la asistente o como se la quiera llamar le había dado un vaso de agua. ¿Cabe en vuestra mente monsieur Alvear que, cuando el anciano quiso dejar sobre su mesita de noche, el vaso se cayo al suelo. Ya no había ni mesita de noche ni muebles, ni cuadros, ni nada. El piso estaba totalmente vació a excepción de la cama en la cual yacía solo, este pobre monsieur Rey ”.

“¿Y que pasó después?” pregunté con una voz entrecortada.

“Fueron los vecinos, sus inquilinos. Creo que notaron algo raro y llamaron a los bomberos. Se presentaron aquí y subí con ellos porque había conservado una llave que años atrás me había confiado este pobre monsieur Rey. Cuando abrí la puerta se nos cayo a todos el alma a los pies. Hasta los bomberos nunca habían visto una cosa igual: un piso sucio, totalmente vacío, con las marcas de los cuadros y de los muebles en las paredes. Solamente quedaban las cortinas medio cerradas. Hasta el teléfono había sido desconectado. Prefiero no hablarle ni del baño ni de la cocina, las únicas estancias donde se encontraron algunos sucios enseres domésticos. En su habitación, o lo que quedaba de ella, yacía el anciano con un vaso roto al pie de la cama...muerto......”. Encontré la fuerza de pronunciar en voz baja las palabras siguientes:

“Vino la policía supongo, persiguieron a esos malvados.....”. Con una mirada desesperada monsieur Papineau me contestó:

“¡Que va! Esos han desaparecido. Se dice que viven en el extranjero. ¿Puede usted creer que hasta el piso lo vendieron sin que su tío se diese cuenta, haciendo valer un poder probablemente falsificado....” y pronunció otra vez como si fuese un panagírico:
“.....¡Este pobre monsieur Rey!.....”.

Comentarios

Entradas populares