Cuentos de la noche nº 2
UN VIAJE A NUEVA ORLEANS
Antes de empezar a estudiar en la universidad, Dimas pensó que tenía que mejorar su inglés y la idea de recorrer los Estado Unidos durante el mes que le separaba del principio del curso, le pareció una buena opción, la formula más fácil y barata que existía entonces, para viajar a través de los EE.UU, consistía en coger un bono de una duración de un mes con la compañía de autobuses Greyhound, que llegaba a casi todas las ciudades, Dimas lo compró y empezó por visitar las grandes urbes del este, como Nueva York, Washington y Boston, pero tenía un interés especial en visitar el sur, especialmente el estado de Luisiana y Nueva Orleáns porque se comentaba en su familia que, hacía muchos años, un antepasado suyo había emigrado hasta allí para escapar a la justicia.
Llegó a Nueva Orleáns el 4 de agosto desde Saint Louis, después de un larguísimo viaje bordeando el rió Mississipi. El autobús había cruzado el puente sobre el lago Ponchartrain, bajo una lluvia tropical muy intensa pero cuando bajó del autobús en la estación cercana al barrio Francés, el ambiente sofocante del sur, había desaparecido. Llevaba cosida sobre su mochila una pequeña bandera Francesa, que hasta el momento le había traído bastante suerte, especialmente en Québec.
Su primera tarea al llegar a una nueva ciudad, era encontrar un sitio barato para dormir. Ese día no esperó mucho porque enseguida le abordó una chica joven, vestida de forma un tanto bohemia como él probablemente atraída por la pequeña bandera. Se le acercó ofreciéndose para ayudarle a visitar la ciudad y encontrar un hotel o una pensión. No reaccionó de inmediato pero pensándolo un poco, le dio las gracias y decidió aceptar su ayuda. Andando por la ciudad, abarrotada de gente, estuvieron hablando inglés pero Dimas notó por su acento, que la joven era probablemente de origen Cajún, (los descendientes de los colonos Franceses emigrados quienes, a duras penas, mantenían su idioma del siglo XVIII principalmente en las aldeas del delta del Mississipi).
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Se dirigieron hasta el Barrio Francés, un pequeño cuadrilátero donde las calles se cortan en ángulo recto y que llevan todas un nombre Francés salvo la plaza central, llamada Jackson Square, nombre del Presidente que compró el estado de Luisiana a Francia, en la época de Napoleón. Cuando Dimas comentó a su guía que la arquitectura de las viejas casas, le recordaba más al estilo colonial Español que otra cosa, ella sonriendo, le mencionó que, aunque la ciudad había sido fundada y habitada por gente de origen Francés, España había gobernado el territorio muchos años durante la segunda mitad del siglo XVIII. Antes de llegar al fondo de la plaza, la joven le señaló que esta parte de la ciudad estaba casi al nivel del río y que para evitar las inundaciones se habían levantado en la época colonial unos muros de tierra, para protegerla de las crecidas periódicas. Llegaron hasta un gran dique bastante alto, subieron por una serie de escaleras y Dimas descubrió entonces el enorme rió Mississipi y se percató de que efectivamente, la ciudad había sido construida por debajo del nivel de río.
Poco a poco Dimas, que observaba los gestos y actitudes de su improvisada guía, se dio cuenta de que esta chica no era propiamente hablando una guía y que buscaba otro tipo de cliente como medio de vida y pensaba que, con él, lo había encontrado. Claramente quería acelerar la visita y llegar cuanto antes a su verdadero lugar de trabajo. Dimas la miró de reojo. Era bonita y él nunca antes había recurrido a ese tipo de servicios, pero le picó la curiosidad y , en lugar de apartarse, decidió seguirle el juego. Para ganar tiempo Dimas invitó a la chica en un viejo café, a beber el típico Mint Julep*. La supuesta guía aceptó, pero empezó a consultar frecuentemente su reloj con un cierto descaro. Se levantaron y después de esquivar a una marea de turistas en Artois Street, llegaron hasta el sitio donde ella le quería conducir. El “hotelito” se llamaba “The Inn”, una construcción antigua que se componía de dos niveles, una planta baja coronada por un primer piso, con una gran terraza.
*Mint Julep: Cocktail a base de Bourbon, menta y azúcar muy famoso en Luisiana.
En la puerta del edificio, Dimas dudó un par de segundos, pero franqueando la puerta siguió a la chica. Dentro de la casa reinaba una cierta penumbra, se veían pocos sillones y mesas, la mayoría bastante destartalados. Detrás del mueble de la recepción se irguió un negro enorme. La chica, quien de manera evidente le conocía muy bien, se dirigió a él dejando a Dimas la tarea de registrarse. El precio era módico, cinco dólares. Pero el negro le explicó que este pago, correspondía solamente al alquiler de una habitación para media hora y que “lo de la señorita” no estaba incluido y se negociaba directamente con ella. Antes de que Dimas pudiese reaccionar la chica cogió una llave de la mano del negro y se dirigió hasta el fondo del edificio. Dimas la siguió sin saber muy bien qué hacer con su mochila, que aún llevaba a la espalda. Llegaron hasta un cuarto de reducidas dimensiones amueblado con una cama que ocupaba más de la mitad del espacio. Había dos enormes espejos, el primero fijado en la pared detrás de la cama y el otro, casi tan grande como el lecho, pegado al techo, y detrás de un biombo de papel con un dibujo Japonés, adivinó un tocador, un lavabo y un bidé. Una vez que hubo cerrado la puerta con llave, la chica se puso seria y le indicó a Dimas su precio.
Al día siguiente, cuando Dimas se despertó, tenía aún el recuerdo de la tarde anterior y del tiempo pasado con la tal Emilie, durante el cual dos cosas le habían marcado. La primera era, una particularidad del cuerpo hermoso de la joven que nunca antes había visto o imaginado y la segunda, y tal vez más importante, el juego de imágenes resultante del conjunto de espejos dispuestos en el cuartucho. En cualquiera de las posiciones que habían adoptado los protagonistas, sus imágenes se reflejaban de manera única si se miraba un espejo solo o en una cascada de imágenes, cada vez más pequeñas, si se miraban en los dos a la vez. El componente del movimiento de los cuerpos reflejado por este ingenioso dispositivo, le había causado una sensación muy estimulante. Como le pareció que la persona que había colocado este artilugio era un experto, Dimas interrogó a la chica para ver si sabía algo al respeto. Emilie no supo responder. Entonces Dimas se preguntó si la idea no habría sido llevada allí por alguno de aquellos libertinos del siglo XVIII, cuando venían a este lugar a desfogarse. Después de rememorar varias veces, las sensaciones placenteras de la víspera, Dimas decidió no perder más tiempo y ponerse a la búsqueda del famoso antepasado de la familia. Tenía escritas en una hoja de su cuaderno, las pocas informaciones que había podido recoger antes de salir para el Nuevo Mundo. Eran las siguientes:
Alrededor del año 1800 Elías Fleury enamorado de una señorita de su pueblo, hirió o mató a su rival durante una especie de duelo con pistolas. Su padre no quiso entregarle a la justicia y le pagó un pasaje en un barco cargado de emigrantes que iban a poblar estas terribles tierras de Luisiana donde, debido a las duras condiciones climáticas, la tasa de mortalidad era muy elevada. Se tenía constancia que el hombre, gracias a su fuerte constitución, no solamente había sobrevivido, sino que se había casado y aparentemente había podido rehacer su vida con cierto éxito, pero se había perdido su pista los años posteriores.... En resumen, los elementos con los cuales Dimas podía empezar, eran un nombre, un apellido, una fecha muy aproximada de llegada, un matrimonio…-.
Se fue directamente al edificio de los Archivos de la ciudad de Nueva Orleáns en Jackson Square y empezó su búsqueda. La funcionaria, que lo atendió, llevaba escrito en una pequeña etiqueta pegada sobre su pecho, el gracioso nombre de Ms. Champagne. Acostumbrada a que, en este país de inmigrantes, la gente buscase sus antepasados fue, desde el primer momento, muy servicial y eficiente. Rápidamente, gracias a una base de datos informatizada por parte de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleáns, Dimas encontró las primeras señas de su antepasado. Elías Fleury había llegado desde Francia el 23 de abril de 1801 con el barco “Ville de Nantes”. Además, encontró también las señas de su esposa. Se trataba de una tal Matilde Verdier, oriunda de Borgoña, una región vinícola muy famosa. Esta última, hija única, había emigrado con sus padres unos diez antes y su padre, Auguste Verdier, figuraba en los registros como negociante en vinos y licores de importación. Los padres de Matilde habían muerto rápidamente por causa del famoso “vomito negro” que, cada verano, diezmaba una parte de la población de la ciudad. Encontró también la fecha del matrimonio entre Elías y Matilde: el 14 de septiembre de 1804 en Nueva Orleáns. Había necesitado varias horas para recabar esta información, pero Dimas se felicitó de su suerte y de la buena organización de los archivos de la ciudad, por lo menos tenía un punto de partida.
En los días siguiente buscó y rebuscó con todo su ingenio e imaginación pero no encontró más señas o pistas de esta pareja en Nueva Orleáns. No fue capaz de averiguar ni la dirección de un domicilio, ni la dirección de ninguna tienda, ni nombres y apellidos de descendientes. Volvió a recurrir a Ms. Champagne varias veces y logró interesarla en su búsqueda, pero ésta le explicó, que Nueva Orleáns había sido objeto de múltiples incendios en su historia y que el clima húmedo no era ideal para conservar los documentos escritos, lo que era seguro, es que ningún otro miembro de la familia de esta pareja había muerto en la ciudad. Después de casarse Elías y Matilde, se habían esfumado. Probablemente habían ido a vivir a otra ciudad y en ese caso era como buscar una aguja en un pajar, porque el estado de Luisiana tiene muchas poblaciones pequeñas. Al final, la funcionaria con quien tenía una cierta empatía le indicó que encontraría otra fuente de información en los archivos de la capital del estado, la ciudad de Baton Rouge.
Durante estos días, Dimas seguía viviendo en “The Inn”, pero no en la “cama caliente” de la habitación de los espejos, sino que había encontrado el modo de alojarse en la terraza del primer piso, por un dólar la noche, durmiendo en su saco de dormir al lado de otros estudiantes y viajeros. El único inconveniente era el ruido del bullicio de las calles y la música de las bandas de jazz callejero, que no paraban hasta altas horas de la noche. Había visto, de lejos un par de veces, a Emilie, la chica del primer día, pero no había tenido más contacto con ella.
Dimas, muy entristecido, no quería renunciar, pero veía con un poco de angustia pasar a prisa el tiempo que le separaba de su ingreso en la universidad. Estaba a punto de abandonar, cuando una increíble carambola volvió a ponerle sobre la pista de su antepasado y de su esposa. Un día, uno de los compañeros con quien compartía la terraza, compró en una tienda de “Souvenirs*” para turistas, una reproducción de un mapa del valle del Mississipi del año 1825, donde figuraban los nombres y las ubicaciones de las plantaciones. El documento tenía una presentación en acordeón, donde figuraban escritos en letras minúsculas, los nombres de todas las plantaciones que tenían una estrecha fachada sobre el rió. Las tierras de las propiedades eran unas bandas de terreno extremamente alargadas perpendiculares al rió que, entonces, era la vía de comunicación por excelencia para transportar las cosechas de algodón o de cañas de azúcar que se cultivaban. La lectura de los nombres era difícil y a su compañero le hacían gracia los apellidos, casi todos de consonancia europea. Cuando de repente esté deletreó los dos apellidos Fleury Verdier, Dimas casi le arrancó el mapa de las manos. Efectivamente a unos setenta kilómetros río arriba, una estrecha franja del mapa llevaba la inscripción “Plantation Fleury Verdier”. Dimas localizó en el mapa el pueblo más próximo. Se trataba de la Paroisse de Sainte Augustine**. Esa noche durmió poco o nada. A pesar del poco tiempo que le quedaba se prometió ir sobre los pasos de sus antepasados.
*Souvenirs: Recuerdos en Francés
** Paroisse de…. : Nombre administrativo de loas pueblos y ciudades en Luisiana.
¿Aun vivirían los descendientes de Elías y Matilde? ¿Aun existiría la casa o la plantación que figuraba en el mapa? Intentaba imaginar esta casa pero nada le venía a la imaginación. Sabía que desde 1825 muchas cosas habían cambiado por estos parajes. Treinta y siete años después de la fecha que figuraba en el mapa, la marcha de los Yankees hacia el sur durante la Guerra de Secesión, había causado la destrucción de muchas plantaciones. Todo esto sin contar que entre 1825 y la fecha de hoy, habían pasado 147 años. Un poco después de su llegada al nuevo mundo, Elías mandó algunas cartas a su padre, pero rápidamente el contacto epistolar entre ambos lados del océano se terminó y desde 1805, un año después de su matrimonio, el emigrante nunca había vuelto a relacionarse con su familia en Europa. Él y su esposa se habían fundido en la nación Americana. Finalmente, antes de cerrar los ojos, Dimas sacó de su mochila la guía de Greyhound para buscar la parada más cercana a la plantación y la hora de salida del autobús.
A la mañana siguiente el joven cogió el primer autobús en dirección a Sainte Augustine. Un poco después del lago Pontchartrain, el vehículo dejó la autopista para coger una carretera más estrecha, al lado de las marismas del delta. De cada lado de la carretera se erguían, saliendo del agua, unos cipreses cuyo uso iba a comprender pronto. A Dimas le parecía que vivía siglos atrás. Ensimismado en sus pensamientos, le costó darse cuenta de que el conductor le dirigía la palabra, ahora que el autobús se encontraba vació, preguntándole su nombre y a dónde iba. Dimas le indicó el destino, pero no el motivo del viaje, que consideraba como algo muy personal y no quería, de momento, compartir su objetivo con nadie más. El conductor, oriundo de un pueblo de los alrededores, le habló un poco de los Cajuns y de sus costumbres especialmente de su comida, de su música y de lo propensos que eran para tener muchos hijos. Le comentó que a los Cajuns y Criollos, se les distinguía del resto de la población, por el color con el que pintaban sus casas. En las ciudades, donde se habían mezclado con gente del norte o con otros emigrantes, pintaban sus casas de colores, mientras que el resto de los Americanos, las preferían blancas. Finalmente el conductor informó a Dimas que, en Sainte Augustine, todos los habitantes hablaban Cajun, es decir que eran de origen Francés.
La conversación languidecía cuando el chofer paró en una aldea compuesta por no más de una medio centena de casas de madera agrupadas alrededor de su iglesia pintada de blanco, con un campanario estrecho y puntiagudo, acabado en una cubierta de pizarra, como las de las provincias de Maine o de Normandie*. Dimas había llegado. Se despidió del chofer y bajó emocionadísimo. Dirigiéndose hasta la casa más próxima vislumbró que alguien se balanceaba suavemente en el columpio del porche.
* Maine , Normandie: provincias la oeste de Francia del tiempo de la monarquía.
Acercándose, vio que se trataba de un anciano, vestía un amplio pantalón azul con tirantes anchos y una camisa blanca. Un enorme sombrero hacía que la mitad de su cara se quedara totalmente en la sombra y no se viera. Parecía dormido y solamente se movía, dentro de su boca, un trozo de tabaco que iba lentamente de un lado al otro. Cuando llegó muy cerca de él, casi al pie del porche , Dimas le preguntó en Francés si conocía la plantación Fleury Verdier. El viejo abrió un ojo y le respondió algo con un acento tan fuerte, que Dimas no entendió nada. Poniéndose casi a su lado, le volvió a hacer la misma pregunta, cambiando ligeramente las palabras. De nuevo el hombre respondió pero Dimas avergonzado tuvo que reconocer en su fuero interno, que no entendía nada de lo que el anciano le decía en su Francés antiquísimo. El joven estaba desesperado, cuando se percató de la presencia de una sombra detrás de la puerta de tela metálica, que impedía la entrada de los insectos en el interior de la casa. Una mujer, ocultándose detrás de esta especie de cortina, le explicó, esta vez en un Francés entendible por Dimas, que su abuelo tenía 98 años y que no se le entendía muy bien.
Ella le informó que efectivamente existía una antigua plantación con este nombre en la aldea, pero que estaba abandonada desde hacía algunos años. Añadió que en ese momento no podía salir de casa a causa de un recién nacido pero que si Dimas quería más información debía dirigirse al párroco. Su casa era la secunda a la izquierda de la iglesia. Justamente allí encontraría a su marido, Gus, en esa casa. Dimas dio las gracias a ambos y se dirigió hasta la casa del párroco.
En la cocina encontró al párroco, un hombre de unos setenta años y al tal Gus Trebuchet, el marido de la mujer de antes, el cual llevaba casi la misma vestimenta que el abuelo. Dimas se presentó y les dijo que a mitad del mes de septiembre empezaba un Master en la Universidad de Chicago, pero que hasta entonces buscaba información sobre una familia llamada Fleury Verdier, mencionándoles que eran parientes lejanos suyos. Los dos hombres le sonrieron y el párroco, invitándole a sentarse, empezó a contarle la siguiente historia :
Los Fleury Verdier, con las siglas FV, descendientes de esta familia habían vivido en “La Grande Maison*” hasta hacía poco tiempo, pero desde que una serie de desgracias se habían abatido sobre ellos, hacía unos treinta años, y que ya no quedaba ningún superviviente de la rama directa. Antoine había muerto en 1943 en algún lugar del Pacifico, en la jungla de una isla con un nombre no cristiano. Su mujer, su madre, así como François su hijo, el último varón, habían seguido en la plantación cada vez más empobrecida. Con las leyes sociales nuevas, los obreros negros, preferían trabajos menos penosos y se habían ido a vivir a Nueva Orleáns, los unos tras los otros, empezando por los más jóvenes. François y Gus, que se conocían desde que eran niños, habían sido reclutados para ir a Vietnam. Habían pasado allí un año juntos en el mismo helicóptero. François había vuelto muy trastornado por su estancia en Asia y en los últimos años de su vida, pasaba su tiempo cazando, hasta el terrible accidente que había acabado con su vida. Los dos Americanos que no parecían muy ocupados, propusieron al joven llevarle hasta la plantación.
*La Grande Maison: la casa principal de la plantación donde viven sus propietarios.
El párroco, Gus y Dimas se pusieron en marcha. La temperatura era alta pero la ligera brisa que venía del gran río que se adivinaba detrás de un enorme dique de contención, suavizaba el ambiente. Después de andar un buen rato pasaron al lado de un bosque muy tupido. El párroco se paró e indicó a Dimas, que en ese lugar, hacía años, se encontraba “Le Petit Versailles*”, una famosa plantación cuya casa, toda de madera y de ladrillo imitaba al palacio de Trianon, en Versailles. Lo había hecho edificar un aristócrata Francés riquísimo, a finales del siglo XVIII. Se contaba que el Rey Luis XV, quien cortejaba a su esposa, se quiso deshacer del marido y le desterró en Luisiana, cubriéndolo de oro. Allí el hombre rehizo su vida, sin su esposa la cual, nunca logró reunirse con él después de caer en desgracia y, con un cierto sentido del sarcasmo, construyó su casa sobre el modelo del palacio real. En esta mansión de ensueño, se dieron durante años, unas fiestas legendarias para las opulentas familias vecinas pero el destino de esta familia resultó trágico. El único hijo del fundador, quien acompañó a su padre, se había casado muy tarde con una mujer jovencísima y muy bella de la cual estaba locamente enamorado. Al igual que pasó con él, solo había tenido un hijo único, porque la joven madre murió al final del parto. El hombre, ya entrado en años y sin esperanza de tener más descendencia, puso todas sus ilusiones en su único hijo y éste respondió a las esperanzas de su padre. Era inteligente, hermoso, alegre y fue un estudiante brillante en una universidad del norte. Pero en el momento de su nacimiento, una bruja negra había vaticinado que pesaba, encima de él, el hechizo del agua y “que moriría por el agua”. El párroco explicó a Dimas que en estas tierras, a pesar de la fe profunda de la gente, existía, o mejor dicho, sobrevivían unas creencias extrañas oriundas de África. El padre quien, sin darle demasiada importancia a la profecía, se había quedado impresionado por la maldición de la vieja bruja, alejó a su hijo del agua durante toda su juventud. Al ver que no ocurría nada, perdió miedo y, a instancias de su hijo, le permitió viajar a Europa para conocer la cuna de su familia y acabar su exquisita educación. Recordando la profecía de la vieja, el padre no vivió durante todo el tiempo que duró el viaje. No pasó nada durante ambos trayectos. Al volver de Europa a Nueva Orleáns, el joven quiso dar una sorpresa a su progenitor, presentándose en la mansión sin avisar. En lugar de ir por tierra a casa, como lo hacía siempre, decidió subirse en uno de esos grandes barcos de vapor que subían y bajaban el río desde hacía algunos años. Casi al llegar al desembarcadero de la plantación, la caldera del barco, probablemente sobrecalentada, explotó y el barco se rompió en pedazos. No hubo ninguno superviviente. El padre nunca superó la perdida de su hijo, después de la de su queridísima mujer. Un día se fue de su plantación andando solo…….y desapareció, no se sabe donde. La casa fue saqueada poco a poco.. No quedaba nada más que este bosque frondoso llamado “le Petit Versailles” y dentro, abandonada por ser demasiado pesada, una enorme bañera tallada en un bloque de granito. Era todo lo que quedaba de la plantación-palacio y la alegría indolente de esta época.
* Le Petit Versailles: El pequeño Versailles en referencia al palacio del al Rey de Francia
Al llegar a una ultima curva después del bosque , los dos Americanos se pararon y Dimas se acercó a ellos. “Hemos llegado” le indicó el párroco. Lo primero que el joven vislumbró, fue una majestuosa alameda formada por unos veinticuatro robles enormes. Este camino frondoso unía la carretera que recorrían a un edificio alargado un poco escondido. Delante de estos árboles majestuosos, el párroco le cogió por el brazo y le dijo:
“Verdad, joven, que en este caso la naturaleza es preciosa y que estos árboles hacen pensar en una intervención divina, por el ordenamiento casi perfecto de las cosas.” Dimas no contestó, contemplando por primera vez el lugar donde habían vivido Elías Fleury y Matilde Verdier. Enseguida preguntó:
“¿Sabéis si fueron Matilde y Elías quien plantaron estos árboles, Padre?.” Esta vez fue Gus quien respondió:
“No amigo es imposible. Estos árboles son mucho más antiguos. Cuando la pareja llegó, alrededor de 1810 y compró la tierra para edificar, estos árboles debían tener ya un poco más de 100 años.” Dimas replicó:
“Pero entonces alguien los plantó, porque una alineación tan perfecta no puede ser natural. En la naturaleza salvaje los árboles no crecen así de alineados. De todos modos siempre me pregunto cómo se puede conocer la edad de un árbol sin haberlo cortado para contar las estrías de su tronco” Entonces Gus le interrumpió:
“Se lo voy a explicar, Dimas. Sabemos que estos árboles tienen más o menos esa edad, porque detrás de la casa, hay unos robles que los fundadores de la plantación plantaron, como solía hacerse en aquella época al terminar una casa. Son hermosos y tienen un poco más de 150 años, verás que son mucho más pequeños…No, escucha amigo, se trata de otra historia muy curiosa”, escupió un salivazo de tabaco y prosiguió.
“Se dice y, creo que es cierto, que estos árboles que vemos delante de nosotros, los plantó un explorador, uno de esos “Courreurs des Bois*” que viajaban desde Canadá bajando por el Mississipi, antes de la creación de la gran ciudad. Recorrían las riberas del río, cazando, intercambiando con los Indios, explorando estos territorios por cuenta del Gobierno, o por cuenta propia. Los ancianos del pueblo, que son los que guardan la memoria de las leyendas y las tradiciones de la aldea, decían que él, plantó estos robles para marcar su territorio y que pensaba volver un día a este paraje para reclamar esta tierra y que no volvió . La tierra se quedó sin pertenecer a nadie, los árboles crecieron y, a principios del siglo siguiente, Elías compró la tierra con una alameda crecida con 100 o 120 años.”
* Courreurs des Bois: corredores de los bosques, nombre que se daba a los exploradores Canadienses..
Dimas se emocionó, no solamente pensaba en Elías y Matilde, sino también en ese hombre que había pasado por estos parajes, de una singular belleza, pero entonces desconocidos, hacía 275 años. Dimas casi vislumbró a ese desconocido en su mente. Le vio sentado una vez acabada su frugal cena, al lado de un río muy caudaloso, que estaba recorriendo. Este viajero, vestido de pieles, con el gorrito rojo sobre la cabeza, su fusil a su lado, se encontraba casi al final del mundo conocido. Acababa de recorrer una distancia considerable desde el último asentamiento de sus compatriotas. Era un hombre, para siempre desconocido, que se había enamorado de ese sitio y había decidido marcar este territorio como suyo, para revindicarlo más adelante. Tal vez durante ese atardecer pensó en una mujer, en unos niños, una casa, se sintió feliz. Entonces había plantado veinticuatro árboles, que crecieron lentamente año tras año……pero él nunca volvió.
En ese momento, le volvió a la mente, la famosísima melodía que aprendió de niño y que provenía de esos Canadienses que la cantaban para conjurar sus miedos y sus angustias durante sus largos viajes solitarios. La canción decía.
“A la claire fontaine
M’en allant promener
J’ai trouvé l’eau si belle
Que je m’y suis baigné.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
Sous les feuilles d’un chêne
Je me suis fait sécher.
Sur la plus haute branche
Un rossignol chantait.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
Chante, rossignol, chante
Toi qui a le cœur gai.
Tu as le cœur à rire,
Moi je l’ai à pleurer
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
J’ai perdu mon amie
Sans l’avoir mérité
Pour un bouquet de roses
Que je lui refusai.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
Je voudrai que la rose
Fût encore à planter
Et que ma douce aimée
Fût encore à m’aimer.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai. »
Antes de acercarse a la casa principal los dos hombres explicaron a Dimas el plan general de la plantación. Primero iban a entrar en lo que se llamaba “La Grande Maison” , donde solía vivir la familia y después irían a ver lo que quedaba de las dependencias y de las casas de los negros que se encontraban detrás.
La casa no le pareció al joven ni muy grande ni imponente. Tenía una fachada alargada de unos treinta metros con unas 10 ventanas en total y se asentaba sobre un medio sótano. Una doble escalera de madera llegaba hasta una galería que se extendía sobre casi toda la fachada. Existía un segundo piso cuya existencia se adivinaba en el tejado, por la presencia de algunas ventanas que los Franceses llaman “mansardes”, en recuerdo al famoso arquitecto del siglo XVII. Dimas contó seis de ellas. La casa estaba aún pintada de ocre, pero la pintura estaba ya en muy mal estado y en muchos lugares había desaparecido, dejando al descubierto la madera de la pared.
El jardín apareció casi abandonado, pero la atención de Dimas fue atraída por la presencia de una especie de tipi indio, construido en madera y adobe, situado entre la casa y el último roble de la alameda. No pudo evitar de preguntar al párroco, qué hacía esta construcción cónica de madera y tierra en ese lugar. El párroco, sonriendo, le respondió:
”Efectivamente hijo, es lo que parece, es una casa India. Los colonizadores Franceses siempre mantuvieron una cierta amistad con los nativos Indios en todo el continente, salvo naturalmente con las tribus que se aliaron con sus enemigos, los Ingleses. Consideraban que estos pueblos conservaban una especie de derecho de ocupación, pero no de propiedad, sobre las tierras donde les encontraron, desde el río San Lorenzo hasta el golfo de México. Las tribus en esta parte de los EEUU están casi extinguidas, pero hasta el final de los años 50, solía venir aquí una familia India de manera ocasional. Se quedaba unas semanas, nunca durante un periodo fijo y se marchaba volviendo o no, al año siguiente. Hace por lo menos quince años que no han aparecido. La costumbre aquí era de respetar este tipo de construcción. Realmente estos Indios eran muy pobres y no molestaban.”
A medida que los tres hombres se acercaban a la casa, Dimas la vio cada vez un poco más destartalada. Gus quien conocía muy bien el lugar, por haber ido allí muchas veces cuando vivía aún su amigo François, les condujo hasta la base de la galería, donde abrió una especie de trampilla que conducía al sótano, invitando a sus acompañantes a seguirle dentro. Bajaron por una escalera de ladrillos. Una vez allí, Dimas notó que la enorme sala donde estaban y que ocupaba la parte derecha de la casa, tenía una luz natural gracias a unas claraboyas y que la temperatura era sorprendentemente templada. Gus explicó a Dimas que, en el siglo pasado, este lugar se utilizaba como bodega donde Matilde, la primera de la dinastía F.V., almacenaba el vino que importaba de Francia, principalmente de Borgoña, de donde su familia era oriunda. Realmente durante un primer tiempo, la casa se utilizó también como una tienda para la gente de los alrededores, como lo atestiguaban unas viejas barricas agrupadas y abandonadas en el fondo, así como la presencia de centenas de nichos de ladrillo donde, le explicó Gus, se colocaban las botellas rellenas. Entonces Dimas se acordó de la información de los Archivos, facilitada por la señora Champagne, que decía que Matilde V. y su familia tenían un negocio de vino y alcohol de importación. Todos los elementos encajaban perfectamente.
El párroco le explicó la construcción de la casa por los negros:
“Mire estas vigas” le dijo. “Vea las cifras romanas que son grabadas sobre sus extremos. Vea que llegan hasta el numero IL de la numeración latina. Corresponde al tamaño de la casa. Los fundadores de la plantación encargaron esta casa, como se diría hoy, “prefabricada” con sus dimensiones exactas. La construcción reposa sobre casi cien pirámides de ladrillo como estas.” y le enseñó una, para que él entendiese de qué hablaba. “La construcción de una casa como aquella duraba dos años. Dedicaban el primer año a preparar el material es decir la madera y los ladrillos, otro año era necesario para cavar los cimientos, aislar la construcción y levantarla. Los negros, muy expertos en estos temas, la orientaron para aprovechar al máximo la brisa refrescante que venía del río, a pesar de que las habitaciones estuvieran por detrás como lo veis. Estas vigas las sacaban de los cipreses que crecen, hasta hoy mismo, en las marismas próximas, porque eran imputrescibles. Dimas se quedó estupefacto. Los negros, unos esclavos, construían casas, casi prefabricadas para sus amos, utilizando restos de técnicas africanas. Apenas podía creérselo.
Dejaron el sótano y subieron al primer piso gracias a una escalera interior. La casa resultó estar totalmente vacía de muebles, cuadros u objetos, pero no estaba destrozada. Penetrando en una de las habitaciones que daba a la alameda de robles, sus compañeros le explicaron el modo de vida de la gente en el siglo pasado, la época de esplendor de la casa. De cada lado de la entrada, alumbradas por las ventanas que vio desde el camino, se encontraban las habitaciones de recepción, porque las habitaciones de dormir se encontraban en dos cuerpos perpendiculares a la fachada principal de la casa formando una U casi perfecta. Le contaron que la parte más típica y curiosa de este tipo de casa reside en estas habitaciones de recepción. Las mujeres hacían su vida en la parte derecha y los hombres en la parte izquierda. La anchura de las puertas de la parte masculina era, como le mostraron, más estrecha para dificultar la entrada de los anchos vestidos de las señoras de aquel tiempo. Dimas miró las puertas. Era cierto.
”En esta sociedad los hombres y las mujeres de la alta sociedad llevaban una vida bastante separada. Se veían casi únicamente para comer y para sus relaciones sexuales, aunque en este último caso, muchos plantadores preferían la compañía de sus “tisanières *” durante las siestas.” decía Gus. El párroco, benévolo, hizo como si no hubiera oído esta última palabra y sonrió y Dimas se propuso cuando viera la oportunidad, preguntar a Gus quienes eran esas “tisanières”, aunque se lo imaginó. Detrás de estas zonas de recepción, el párroco, el cual había decidido sustituir a Gus para dirigir personalmente la visita y así evitar otro episodio escabroso, le enseñó, el despacho donde el intendente de la plantación tenía su oficina y despachaba con el dueño. Del otro lado de la entrada, le mostró el salón de recepción de las señoras y detrás de esta estancia un comedor relativamente amplio, pero también vació. El párroco que no quería dejar ya el protagonismo, porque los exabruptos de Gus le molestaban un poco, cogió a Dimas del brazo y le preguntó con una sonrisa.
* Tisanières: así se llamaban a las jóvenes esclavas que bajo el pretexto de llevarle una tisana amenizaba la tarde del propietario de la plantación.
“Usted que es Europeo ¿No le parece que falta una estancia esencial a la vida cotidiana?”. Dimas pensó y respondió:
“Si. No he visto la cocina”. El párroco le felicitó y le explicó lo siguiente. En aquellos tiempos la gente temía mucho al fuego porque las casas estaban construidas principalmente en madera. Entonces se cocinaba en grandes hogueras apartadas de las casas en pleno jardín. Cocinaban los negros y llevaban la comida caliente o tibia a través del jardín, recorriendo un pasillo de ladrillos. Para evitar que los pobres, muy hambrientos, comieran directamente de las fuentes que llevaban, se les obligaba a silbar durante todo el trayecto hasta entregarlas a través de una pequeña puerta lateral.
”¿Sabe Usted por qué? Porque silbando no podían comer de las fuentes de los blancos…¿Es triste, verdad?. De todos modos esta humillación era de las menores. Espere que le enseñe donde vivían y lo entenderá mejor. No es de extrañar que los negros salieran de allí cuando pudieron.”.
Le comentaron que durante el siglo pasado, esta plantación que contaba hasta con 300 esclavos, tenía la reputación de ser dura, pero no era la peor. Afortunadamente con el tiempo y especialmente después de la Guerra Civil, el trato a los negros se fue mejorando muy lentamente. Gus que no se contenía añadió:
“O empeorando Padre, Acuérdese…” .¿Qué había querido decir Gus? se preguntaba Dimas.
Gús y el párroco enseñaron a Dimas las habitaciones repartidas en las alas situadas perpendicularmente a la parte que acababan de visitar, muy rápidamente. Esta parte de la casa no ofrecía mucho interés porque también se encontraba vacía, aunque en una de las habitaciones permanecía, fijada en las paredes, una tela de seda con dibujos de flores, que había servido para decorarla y encima de una chimenea quedaba, como olvidado, un gran espejo. No subieron para visitar las habitaciones abuhardilladas, porque Gus que conocía perfectamente la casa, les indicó que no había nada notable, Dimas le preguntó quién vivía en esas habitaciones.
“Normalmente nunca los negros, salvo en notables excepciones, como las amas de cría, que amamantaban a los hijos de los propietarios, ya que, los blancos siempre tenían miedo de ser asesinados por alguno de ellos. Allí vivían unos pocos sirvientes blancos, el preceptor de los niños, parientes pobres de visita, pero más que nada era una especie de desván. Allí jugué yo mucho tiempo con mi amigo François, ...con ropas viejas, trastos, ...cosas de niños....” añadió Gus.
Salieron al jardín de atrás y al igual que la parte delantera, esta parte estaba muy abandonada, pero Dimas se percató que alguien se había preocupado por cortar la hierba hacía poco. Dimas vio los famosos robles plantados por Elías y Matilde. Efectivamente, aunque viejos, no eran tan majestuosos como los de la parte delantera. Esta alameda conducía a la derecha hacia un gran huerto abandonado y por la izquierda a una casa mucho más pequeña. Los dos hombres explicaron a Dimas que esta casa, aislada del edificio principal, era utilizada por la madre de la familia, cuando enviudaba. En ese momento, dejaba la casa principal y delegaba el mando de la “Grande Maison”, a su hija mayor o a su nuera. En estas familias, no había conflicto generacional, cuando una había acabado su tiempo de poder, se retiraba y punto. No pudieron entrar porque la casa, cerrada, estaba en muy mal estado y el techo amenazaba con derrumbarse.
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Siguiendo la visita de la plantación llegaron hasta una hilera de casas, o mejor dicho de cabinas de madera. Eran las casas de los esclavos, que después se transformaron en las casas de los obreros negros, hasta que todos se fueron, los últimos hacía una decena de años. Dimas veía que sus guías andaban con cuidado en la hierba, algo crecida. Cuando preguntó por qué tenían ese cuidado, los dos hombre le contestaron que era por las serpientes y las hormigas rojas, cuyo mordisco no era mortal, pero extremamente doloroso.
Solamente quedaba una decena de casas en la hilera, cuando, según sus guías, llegaron a ser casi cincuenta. En algunas de ellas las paredes habían desaparecido y se reducían ya a ruinas. Se acercaron a la primera de las cabinas. El pequeño edificio se componía de tres compartimentos. Aquí, le decía el párroco, vivía una familia, que podía tener hasta diez o doce miembros. Él y Gus habían conocido todas estas casas ocupadas, llenas de gente y de vida. “Los negros”, repitió Gus, “salvo rarísimas excepciones, nunca dormían en la casa principal, por el temor que les tenían los blancos. El hecho de que las cabinas fuesen dispuestas en hileras, facilitaba también la vigilancia”.
Dimas, con un cierto remordimiento de conciencia, por ser pariente, aunque muy lejano, de esos plantadores, preguntó cómo se trataba a los negros en esta plantación. El párroco le respondió, que el tratamiento varió según las épocas. Lo peor fue justo antes de la Guerra Civil. Había castigos corporales verdaderamente inhumanos, para los esclavos que no trabajaban suficiente o para los que intentaban escaparse o amotinarse. A unos pocos, se les enseñaba a leer y a escribir, para ocuparlos en algunos puestos menores, en los negocios de la familia. Todos los esclavos tenían una función. Los puestos más codiciados eran los que les ponían en contacto directo con sus amos, ya que después de servirles muchos años, podían ser liberados y en ese caso, la mayoría se marchaba a Nueva Orleáns para probar suerte en la gran ciudad. Después de la guerra, a pesar de la emancipación, los negros siguieron viviendo aquí porque no podían, ni sabían, hacer otra cosa. A partir de comienzos de este siglo, habían empezado a emigrar a las ciudades.
Ya la visita había terminado y cortando campo a través, los tres se dirigieron hasta el pueblo. Dimas se dio la vuelta varias veces para ver desaparecer progresivamente detrás de los árboles, la plantación Fleury Verdier...Caminando interrogaba a sus dos compañeros sobre los miembros de esta familia. ¿De verdad no quedaba nadie vivo¿ ¿Ni en otros lugares? ¿La dinastía Fleury Verdier, se había extinguido totalmente?. El párroco que conocía a todos los integrantes de las familias, por los registros de la parroquia, no le dejó ninguna esperanza. Recordó a Dimas que, durante casi todo el siglo XIX, la mortalidad era muy alta, debido a la temida fiebre amarilla que, cada verano, mataba a decenas de personas, especialmente en las ciudades. Las familias pudientes solamente vivían en la ciudad, durante el invierno, para ir asistir a los conciertos y llevar una cierta vida social. Antes de los primeros calores, siempre se trasladaban a las plantaciones. Además las mujeres solían tener muchos hijos y la mortalidad infantil era elevadísima. Habían pocos médicos, la mayoría no muy bien preparados. Los partos se realizaban en casa, con una higiene deplorable...
El párroco, quien había simpatizado con Dimas, le invitó a compartir su comida y Dimas aceptó. La comida resultó escasa pero muy rica y nutritiva . La había preparado el ama de casa del párroco, una negra anciana enorme, llamada Tía Nani. Al final de la comida, el párroco llevó a Dimas, a petición suya, hasta el cementerio del pueblo. Le resultó muy emotivo observar las tumbas. Se acercaron hasta una especie de pequeño mausoleo donde figuraban todos los nombres de la familia. La lista empezaba con Elías Fleury: 1780 – 1842 y Matilde Verdier: 1782 – 1854 y se acababa con los últimos, mejor dicho la última, Emilie Fleury Verdier, de soltera Outremont: 1895 – 1971. Dimas leyó con tristeza que había sido enterrada hacía menos de un año. Dimas, mirando los nombres con detenimiento, vio que efectivamente el numero de niños enterrados era muy alto, entre dos y seis en cada generación. Después de rezar un rato con el párroco por la memoria de sus muertos, Dimas le siguió presionando:
“¿Esta Usted seguro de que no hay otros parientes que se fueran a otras aldeas Padre?” El párroco confesó que no lo sabia. En las últimas generaciones no, pero antes tal vez.
“¿Y donde podría encontrar esos archivos, Padre?” Esté le contestó que durante la Guerra Civil la pequeña aldea de Sainte Augustine, había sido saqueada y parcialmente incendiada por los Yankees. Era la razón por la cual, solamente quedaban en pie, una treintena de casas. Si quedaba algo estaría en Lafayette o en Baton Rouge, la capital del estado. Entonces Dimas comprendió que la historia acababa aquí.
“Padre, ¿Qué pasó con François, el nieto de Emilie, el amigo de Gus?”.
“El pobre volvió de Vietnam en muy mal estado. Su mente estaba tocada. Tenía unas pesadillas espantosas, recordando lo que había visto y probablemente hecho, allí. Cazó con su amigo Gus varias veces y un día se pegó un tiro”. Dimas se quedó muy pensativo, pero el párroco sacó de su bolsillo un objeto y se lo tendió a Dimas, diciendo:
”Coge este tenedor de recuerdo, Dimas. Paseando un día por la plantación, como esta mañana, Gus y yo lo encontramos. Como veras lleva las iniciales F.V. Creo que es justo que lo guardes tú.”
Dimas volvió dos veces más por el sur, visitando siempre Luisiana, hurgando en la huella de sus lejanos parientes. Cuando lo encontré recientemente , me mencionó que no sería la última vez....
Antes de empezar a estudiar en la universidad, Dimas pensó que tenía que mejorar su inglés y la idea de recorrer los Estado Unidos durante el mes que le separaba del principio del curso, le pareció una buena opción, la formula más fácil y barata que existía entonces, para viajar a través de los EE.UU, consistía en coger un bono de una duración de un mes con la compañía de autobuses Greyhound, que llegaba a casi todas las ciudades, Dimas lo compró y empezó por visitar las grandes urbes del este, como Nueva York, Washington y Boston, pero tenía un interés especial en visitar el sur, especialmente el estado de Luisiana y Nueva Orleáns porque se comentaba en su familia que, hacía muchos años, un antepasado suyo había emigrado hasta allí para escapar a la justicia.
Llegó a Nueva Orleáns el 4 de agosto desde Saint Louis, después de un larguísimo viaje bordeando el rió Mississipi. El autobús había cruzado el puente sobre el lago Ponchartrain, bajo una lluvia tropical muy intensa pero cuando bajó del autobús en la estación cercana al barrio Francés, el ambiente sofocante del sur, había desaparecido. Llevaba cosida sobre su mochila una pequeña bandera Francesa, que hasta el momento le había traído bastante suerte, especialmente en Québec.
Su primera tarea al llegar a una nueva ciudad, era encontrar un sitio barato para dormir. Ese día no esperó mucho porque enseguida le abordó una chica joven, vestida de forma un tanto bohemia como él probablemente atraída por la pequeña bandera. Se le acercó ofreciéndose para ayudarle a visitar la ciudad y encontrar un hotel o una pensión. No reaccionó de inmediato pero pensándolo un poco, le dio las gracias y decidió aceptar su ayuda. Andando por la ciudad, abarrotada de gente, estuvieron hablando inglés pero Dimas notó por su acento, que la joven era probablemente de origen Cajún, (los descendientes de los colonos Franceses emigrados quienes, a duras penas, mantenían su idioma del siglo XVIII principalmente en las aldeas del delta del Mississipi).
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Se dirigieron hasta el Barrio Francés, un pequeño cuadrilátero donde las calles se cortan en ángulo recto y que llevan todas un nombre Francés salvo la plaza central, llamada Jackson Square, nombre del Presidente que compró el estado de Luisiana a Francia, en la época de Napoleón. Cuando Dimas comentó a su guía que la arquitectura de las viejas casas, le recordaba más al estilo colonial Español que otra cosa, ella sonriendo, le mencionó que, aunque la ciudad había sido fundada y habitada por gente de origen Francés, España había gobernado el territorio muchos años durante la segunda mitad del siglo XVIII. Antes de llegar al fondo de la plaza, la joven le señaló que esta parte de la ciudad estaba casi al nivel del río y que para evitar las inundaciones se habían levantado en la época colonial unos muros de tierra, para protegerla de las crecidas periódicas. Llegaron hasta un gran dique bastante alto, subieron por una serie de escaleras y Dimas descubrió entonces el enorme rió Mississipi y se percató de que efectivamente, la ciudad había sido construida por debajo del nivel de río.
Poco a poco Dimas, que observaba los gestos y actitudes de su improvisada guía, se dio cuenta de que esta chica no era propiamente hablando una guía y que buscaba otro tipo de cliente como medio de vida y pensaba que, con él, lo había encontrado. Claramente quería acelerar la visita y llegar cuanto antes a su verdadero lugar de trabajo. Dimas la miró de reojo. Era bonita y él nunca antes había recurrido a ese tipo de servicios, pero le picó la curiosidad y , en lugar de apartarse, decidió seguirle el juego. Para ganar tiempo Dimas invitó a la chica en un viejo café, a beber el típico Mint Julep*. La supuesta guía aceptó, pero empezó a consultar frecuentemente su reloj con un cierto descaro. Se levantaron y después de esquivar a una marea de turistas en Artois Street, llegaron hasta el sitio donde ella le quería conducir. El “hotelito” se llamaba “The Inn”, una construcción antigua que se componía de dos niveles, una planta baja coronada por un primer piso, con una gran terraza.
*Mint Julep: Cocktail a base de Bourbon, menta y azúcar muy famoso en Luisiana.
En la puerta del edificio, Dimas dudó un par de segundos, pero franqueando la puerta siguió a la chica. Dentro de la casa reinaba una cierta penumbra, se veían pocos sillones y mesas, la mayoría bastante destartalados. Detrás del mueble de la recepción se irguió un negro enorme. La chica, quien de manera evidente le conocía muy bien, se dirigió a él dejando a Dimas la tarea de registrarse. El precio era módico, cinco dólares. Pero el negro le explicó que este pago, correspondía solamente al alquiler de una habitación para media hora y que “lo de la señorita” no estaba incluido y se negociaba directamente con ella. Antes de que Dimas pudiese reaccionar la chica cogió una llave de la mano del negro y se dirigió hasta el fondo del edificio. Dimas la siguió sin saber muy bien qué hacer con su mochila, que aún llevaba a la espalda. Llegaron hasta un cuarto de reducidas dimensiones amueblado con una cama que ocupaba más de la mitad del espacio. Había dos enormes espejos, el primero fijado en la pared detrás de la cama y el otro, casi tan grande como el lecho, pegado al techo, y detrás de un biombo de papel con un dibujo Japonés, adivinó un tocador, un lavabo y un bidé. Una vez que hubo cerrado la puerta con llave, la chica se puso seria y le indicó a Dimas su precio.
Al día siguiente, cuando Dimas se despertó, tenía aún el recuerdo de la tarde anterior y del tiempo pasado con la tal Emilie, durante el cual dos cosas le habían marcado. La primera era, una particularidad del cuerpo hermoso de la joven que nunca antes había visto o imaginado y la segunda, y tal vez más importante, el juego de imágenes resultante del conjunto de espejos dispuestos en el cuartucho. En cualquiera de las posiciones que habían adoptado los protagonistas, sus imágenes se reflejaban de manera única si se miraba un espejo solo o en una cascada de imágenes, cada vez más pequeñas, si se miraban en los dos a la vez. El componente del movimiento de los cuerpos reflejado por este ingenioso dispositivo, le había causado una sensación muy estimulante. Como le pareció que la persona que había colocado este artilugio era un experto, Dimas interrogó a la chica para ver si sabía algo al respeto. Emilie no supo responder. Entonces Dimas se preguntó si la idea no habría sido llevada allí por alguno de aquellos libertinos del siglo XVIII, cuando venían a este lugar a desfogarse. Después de rememorar varias veces, las sensaciones placenteras de la víspera, Dimas decidió no perder más tiempo y ponerse a la búsqueda del famoso antepasado de la familia. Tenía escritas en una hoja de su cuaderno, las pocas informaciones que había podido recoger antes de salir para el Nuevo Mundo. Eran las siguientes:
Alrededor del año 1800 Elías Fleury enamorado de una señorita de su pueblo, hirió o mató a su rival durante una especie de duelo con pistolas. Su padre no quiso entregarle a la justicia y le pagó un pasaje en un barco cargado de emigrantes que iban a poblar estas terribles tierras de Luisiana donde, debido a las duras condiciones climáticas, la tasa de mortalidad era muy elevada. Se tenía constancia que el hombre, gracias a su fuerte constitución, no solamente había sobrevivido, sino que se había casado y aparentemente había podido rehacer su vida con cierto éxito, pero se había perdido su pista los años posteriores.... En resumen, los elementos con los cuales Dimas podía empezar, eran un nombre, un apellido, una fecha muy aproximada de llegada, un matrimonio…-.
Se fue directamente al edificio de los Archivos de la ciudad de Nueva Orleáns en Jackson Square y empezó su búsqueda. La funcionaria, que lo atendió, llevaba escrito en una pequeña etiqueta pegada sobre su pecho, el gracioso nombre de Ms. Champagne. Acostumbrada a que, en este país de inmigrantes, la gente buscase sus antepasados fue, desde el primer momento, muy servicial y eficiente. Rápidamente, gracias a una base de datos informatizada por parte de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleáns, Dimas encontró las primeras señas de su antepasado. Elías Fleury había llegado desde Francia el 23 de abril de 1801 con el barco “Ville de Nantes”. Además, encontró también las señas de su esposa. Se trataba de una tal Matilde Verdier, oriunda de Borgoña, una región vinícola muy famosa. Esta última, hija única, había emigrado con sus padres unos diez antes y su padre, Auguste Verdier, figuraba en los registros como negociante en vinos y licores de importación. Los padres de Matilde habían muerto rápidamente por causa del famoso “vomito negro” que, cada verano, diezmaba una parte de la población de la ciudad. Encontró también la fecha del matrimonio entre Elías y Matilde: el 14 de septiembre de 1804 en Nueva Orleáns. Había necesitado varias horas para recabar esta información, pero Dimas se felicitó de su suerte y de la buena organización de los archivos de la ciudad, por lo menos tenía un punto de partida.
En los días siguiente buscó y rebuscó con todo su ingenio e imaginación pero no encontró más señas o pistas de esta pareja en Nueva Orleáns. No fue capaz de averiguar ni la dirección de un domicilio, ni la dirección de ninguna tienda, ni nombres y apellidos de descendientes. Volvió a recurrir a Ms. Champagne varias veces y logró interesarla en su búsqueda, pero ésta le explicó, que Nueva Orleáns había sido objeto de múltiples incendios en su historia y que el clima húmedo no era ideal para conservar los documentos escritos, lo que era seguro, es que ningún otro miembro de la familia de esta pareja había muerto en la ciudad. Después de casarse Elías y Matilde, se habían esfumado. Probablemente habían ido a vivir a otra ciudad y en ese caso era como buscar una aguja en un pajar, porque el estado de Luisiana tiene muchas poblaciones pequeñas. Al final, la funcionaria con quien tenía una cierta empatía le indicó que encontraría otra fuente de información en los archivos de la capital del estado, la ciudad de Baton Rouge.
Durante estos días, Dimas seguía viviendo en “The Inn”, pero no en la “cama caliente” de la habitación de los espejos, sino que había encontrado el modo de alojarse en la terraza del primer piso, por un dólar la noche, durmiendo en su saco de dormir al lado de otros estudiantes y viajeros. El único inconveniente era el ruido del bullicio de las calles y la música de las bandas de jazz callejero, que no paraban hasta altas horas de la noche. Había visto, de lejos un par de veces, a Emilie, la chica del primer día, pero no había tenido más contacto con ella.
Dimas, muy entristecido, no quería renunciar, pero veía con un poco de angustia pasar a prisa el tiempo que le separaba de su ingreso en la universidad. Estaba a punto de abandonar, cuando una increíble carambola volvió a ponerle sobre la pista de su antepasado y de su esposa. Un día, uno de los compañeros con quien compartía la terraza, compró en una tienda de “Souvenirs*” para turistas, una reproducción de un mapa del valle del Mississipi del año 1825, donde figuraban los nombres y las ubicaciones de las plantaciones. El documento tenía una presentación en acordeón, donde figuraban escritos en letras minúsculas, los nombres de todas las plantaciones que tenían una estrecha fachada sobre el rió. Las tierras de las propiedades eran unas bandas de terreno extremamente alargadas perpendiculares al rió que, entonces, era la vía de comunicación por excelencia para transportar las cosechas de algodón o de cañas de azúcar que se cultivaban. La lectura de los nombres era difícil y a su compañero le hacían gracia los apellidos, casi todos de consonancia europea. Cuando de repente esté deletreó los dos apellidos Fleury Verdier, Dimas casi le arrancó el mapa de las manos. Efectivamente a unos setenta kilómetros río arriba, una estrecha franja del mapa llevaba la inscripción “Plantation Fleury Verdier”. Dimas localizó en el mapa el pueblo más próximo. Se trataba de la Paroisse de Sainte Augustine**. Esa noche durmió poco o nada. A pesar del poco tiempo que le quedaba se prometió ir sobre los pasos de sus antepasados.
*Souvenirs: Recuerdos en Francés
** Paroisse de…. : Nombre administrativo de loas pueblos y ciudades en Luisiana.
¿Aun vivirían los descendientes de Elías y Matilde? ¿Aun existiría la casa o la plantación que figuraba en el mapa? Intentaba imaginar esta casa pero nada le venía a la imaginación. Sabía que desde 1825 muchas cosas habían cambiado por estos parajes. Treinta y siete años después de la fecha que figuraba en el mapa, la marcha de los Yankees hacia el sur durante la Guerra de Secesión, había causado la destrucción de muchas plantaciones. Todo esto sin contar que entre 1825 y la fecha de hoy, habían pasado 147 años. Un poco después de su llegada al nuevo mundo, Elías mandó algunas cartas a su padre, pero rápidamente el contacto epistolar entre ambos lados del océano se terminó y desde 1805, un año después de su matrimonio, el emigrante nunca había vuelto a relacionarse con su familia en Europa. Él y su esposa se habían fundido en la nación Americana. Finalmente, antes de cerrar los ojos, Dimas sacó de su mochila la guía de Greyhound para buscar la parada más cercana a la plantación y la hora de salida del autobús.
A la mañana siguiente el joven cogió el primer autobús en dirección a Sainte Augustine. Un poco después del lago Pontchartrain, el vehículo dejó la autopista para coger una carretera más estrecha, al lado de las marismas del delta. De cada lado de la carretera se erguían, saliendo del agua, unos cipreses cuyo uso iba a comprender pronto. A Dimas le parecía que vivía siglos atrás. Ensimismado en sus pensamientos, le costó darse cuenta de que el conductor le dirigía la palabra, ahora que el autobús se encontraba vació, preguntándole su nombre y a dónde iba. Dimas le indicó el destino, pero no el motivo del viaje, que consideraba como algo muy personal y no quería, de momento, compartir su objetivo con nadie más. El conductor, oriundo de un pueblo de los alrededores, le habló un poco de los Cajuns y de sus costumbres especialmente de su comida, de su música y de lo propensos que eran para tener muchos hijos. Le comentó que a los Cajuns y Criollos, se les distinguía del resto de la población, por el color con el que pintaban sus casas. En las ciudades, donde se habían mezclado con gente del norte o con otros emigrantes, pintaban sus casas de colores, mientras que el resto de los Americanos, las preferían blancas. Finalmente el conductor informó a Dimas que, en Sainte Augustine, todos los habitantes hablaban Cajun, es decir que eran de origen Francés.
La conversación languidecía cuando el chofer paró en una aldea compuesta por no más de una medio centena de casas de madera agrupadas alrededor de su iglesia pintada de blanco, con un campanario estrecho y puntiagudo, acabado en una cubierta de pizarra, como las de las provincias de Maine o de Normandie*. Dimas había llegado. Se despidió del chofer y bajó emocionadísimo. Dirigiéndose hasta la casa más próxima vislumbró que alguien se balanceaba suavemente en el columpio del porche.
* Maine , Normandie: provincias la oeste de Francia del tiempo de la monarquía.
Acercándose, vio que se trataba de un anciano, vestía un amplio pantalón azul con tirantes anchos y una camisa blanca. Un enorme sombrero hacía que la mitad de su cara se quedara totalmente en la sombra y no se viera. Parecía dormido y solamente se movía, dentro de su boca, un trozo de tabaco que iba lentamente de un lado al otro. Cuando llegó muy cerca de él, casi al pie del porche , Dimas le preguntó en Francés si conocía la plantación Fleury Verdier. El viejo abrió un ojo y le respondió algo con un acento tan fuerte, que Dimas no entendió nada. Poniéndose casi a su lado, le volvió a hacer la misma pregunta, cambiando ligeramente las palabras. De nuevo el hombre respondió pero Dimas avergonzado tuvo que reconocer en su fuero interno, que no entendía nada de lo que el anciano le decía en su Francés antiquísimo. El joven estaba desesperado, cuando se percató de la presencia de una sombra detrás de la puerta de tela metálica, que impedía la entrada de los insectos en el interior de la casa. Una mujer, ocultándose detrás de esta especie de cortina, le explicó, esta vez en un Francés entendible por Dimas, que su abuelo tenía 98 años y que no se le entendía muy bien.
Ella le informó que efectivamente existía una antigua plantación con este nombre en la aldea, pero que estaba abandonada desde hacía algunos años. Añadió que en ese momento no podía salir de casa a causa de un recién nacido pero que si Dimas quería más información debía dirigirse al párroco. Su casa era la secunda a la izquierda de la iglesia. Justamente allí encontraría a su marido, Gus, en esa casa. Dimas dio las gracias a ambos y se dirigió hasta la casa del párroco.
En la cocina encontró al párroco, un hombre de unos setenta años y al tal Gus Trebuchet, el marido de la mujer de antes, el cual llevaba casi la misma vestimenta que el abuelo. Dimas se presentó y les dijo que a mitad del mes de septiembre empezaba un Master en la Universidad de Chicago, pero que hasta entonces buscaba información sobre una familia llamada Fleury Verdier, mencionándoles que eran parientes lejanos suyos. Los dos hombres le sonrieron y el párroco, invitándole a sentarse, empezó a contarle la siguiente historia :
Los Fleury Verdier, con las siglas FV, descendientes de esta familia habían vivido en “La Grande Maison*” hasta hacía poco tiempo, pero desde que una serie de desgracias se habían abatido sobre ellos, hacía unos treinta años, y que ya no quedaba ningún superviviente de la rama directa. Antoine había muerto en 1943 en algún lugar del Pacifico, en la jungla de una isla con un nombre no cristiano. Su mujer, su madre, así como François su hijo, el último varón, habían seguido en la plantación cada vez más empobrecida. Con las leyes sociales nuevas, los obreros negros, preferían trabajos menos penosos y se habían ido a vivir a Nueva Orleáns, los unos tras los otros, empezando por los más jóvenes. François y Gus, que se conocían desde que eran niños, habían sido reclutados para ir a Vietnam. Habían pasado allí un año juntos en el mismo helicóptero. François había vuelto muy trastornado por su estancia en Asia y en los últimos años de su vida, pasaba su tiempo cazando, hasta el terrible accidente que había acabado con su vida. Los dos Americanos que no parecían muy ocupados, propusieron al joven llevarle hasta la plantación.
*La Grande Maison: la casa principal de la plantación donde viven sus propietarios.
El párroco, Gus y Dimas se pusieron en marcha. La temperatura era alta pero la ligera brisa que venía del gran río que se adivinaba detrás de un enorme dique de contención, suavizaba el ambiente. Después de andar un buen rato pasaron al lado de un bosque muy tupido. El párroco se paró e indicó a Dimas, que en ese lugar, hacía años, se encontraba “Le Petit Versailles*”, una famosa plantación cuya casa, toda de madera y de ladrillo imitaba al palacio de Trianon, en Versailles. Lo había hecho edificar un aristócrata Francés riquísimo, a finales del siglo XVIII. Se contaba que el Rey Luis XV, quien cortejaba a su esposa, se quiso deshacer del marido y le desterró en Luisiana, cubriéndolo de oro. Allí el hombre rehizo su vida, sin su esposa la cual, nunca logró reunirse con él después de caer en desgracia y, con un cierto sentido del sarcasmo, construyó su casa sobre el modelo del palacio real. En esta mansión de ensueño, se dieron durante años, unas fiestas legendarias para las opulentas familias vecinas pero el destino de esta familia resultó trágico. El único hijo del fundador, quien acompañó a su padre, se había casado muy tarde con una mujer jovencísima y muy bella de la cual estaba locamente enamorado. Al igual que pasó con él, solo había tenido un hijo único, porque la joven madre murió al final del parto. El hombre, ya entrado en años y sin esperanza de tener más descendencia, puso todas sus ilusiones en su único hijo y éste respondió a las esperanzas de su padre. Era inteligente, hermoso, alegre y fue un estudiante brillante en una universidad del norte. Pero en el momento de su nacimiento, una bruja negra había vaticinado que pesaba, encima de él, el hechizo del agua y “que moriría por el agua”. El párroco explicó a Dimas que en estas tierras, a pesar de la fe profunda de la gente, existía, o mejor dicho, sobrevivían unas creencias extrañas oriundas de África. El padre quien, sin darle demasiada importancia a la profecía, se había quedado impresionado por la maldición de la vieja bruja, alejó a su hijo del agua durante toda su juventud. Al ver que no ocurría nada, perdió miedo y, a instancias de su hijo, le permitió viajar a Europa para conocer la cuna de su familia y acabar su exquisita educación. Recordando la profecía de la vieja, el padre no vivió durante todo el tiempo que duró el viaje. No pasó nada durante ambos trayectos. Al volver de Europa a Nueva Orleáns, el joven quiso dar una sorpresa a su progenitor, presentándose en la mansión sin avisar. En lugar de ir por tierra a casa, como lo hacía siempre, decidió subirse en uno de esos grandes barcos de vapor que subían y bajaban el río desde hacía algunos años. Casi al llegar al desembarcadero de la plantación, la caldera del barco, probablemente sobrecalentada, explotó y el barco se rompió en pedazos. No hubo ninguno superviviente. El padre nunca superó la perdida de su hijo, después de la de su queridísima mujer. Un día se fue de su plantación andando solo…….y desapareció, no se sabe donde. La casa fue saqueada poco a poco.. No quedaba nada más que este bosque frondoso llamado “le Petit Versailles” y dentro, abandonada por ser demasiado pesada, una enorme bañera tallada en un bloque de granito. Era todo lo que quedaba de la plantación-palacio y la alegría indolente de esta época.
* Le Petit Versailles: El pequeño Versailles en referencia al palacio del al Rey de Francia
Al llegar a una ultima curva después del bosque , los dos Americanos se pararon y Dimas se acercó a ellos. “Hemos llegado” le indicó el párroco. Lo primero que el joven vislumbró, fue una majestuosa alameda formada por unos veinticuatro robles enormes. Este camino frondoso unía la carretera que recorrían a un edificio alargado un poco escondido. Delante de estos árboles majestuosos, el párroco le cogió por el brazo y le dijo:
“Verdad, joven, que en este caso la naturaleza es preciosa y que estos árboles hacen pensar en una intervención divina, por el ordenamiento casi perfecto de las cosas.” Dimas no contestó, contemplando por primera vez el lugar donde habían vivido Elías Fleury y Matilde Verdier. Enseguida preguntó:
“¿Sabéis si fueron Matilde y Elías quien plantaron estos árboles, Padre?.” Esta vez fue Gus quien respondió:
“No amigo es imposible. Estos árboles son mucho más antiguos. Cuando la pareja llegó, alrededor de 1810 y compró la tierra para edificar, estos árboles debían tener ya un poco más de 100 años.” Dimas replicó:
“Pero entonces alguien los plantó, porque una alineación tan perfecta no puede ser natural. En la naturaleza salvaje los árboles no crecen así de alineados. De todos modos siempre me pregunto cómo se puede conocer la edad de un árbol sin haberlo cortado para contar las estrías de su tronco” Entonces Gus le interrumpió:
“Se lo voy a explicar, Dimas. Sabemos que estos árboles tienen más o menos esa edad, porque detrás de la casa, hay unos robles que los fundadores de la plantación plantaron, como solía hacerse en aquella época al terminar una casa. Son hermosos y tienen un poco más de 150 años, verás que son mucho más pequeños…No, escucha amigo, se trata de otra historia muy curiosa”, escupió un salivazo de tabaco y prosiguió.
“Se dice y, creo que es cierto, que estos árboles que vemos delante de nosotros, los plantó un explorador, uno de esos “Courreurs des Bois*” que viajaban desde Canadá bajando por el Mississipi, antes de la creación de la gran ciudad. Recorrían las riberas del río, cazando, intercambiando con los Indios, explorando estos territorios por cuenta del Gobierno, o por cuenta propia. Los ancianos del pueblo, que son los que guardan la memoria de las leyendas y las tradiciones de la aldea, decían que él, plantó estos robles para marcar su territorio y que pensaba volver un día a este paraje para reclamar esta tierra y que no volvió . La tierra se quedó sin pertenecer a nadie, los árboles crecieron y, a principios del siglo siguiente, Elías compró la tierra con una alameda crecida con 100 o 120 años.”
* Courreurs des Bois: corredores de los bosques, nombre que se daba a los exploradores Canadienses..
Dimas se emocionó, no solamente pensaba en Elías y Matilde, sino también en ese hombre que había pasado por estos parajes, de una singular belleza, pero entonces desconocidos, hacía 275 años. Dimas casi vislumbró a ese desconocido en su mente. Le vio sentado una vez acabada su frugal cena, al lado de un río muy caudaloso, que estaba recorriendo. Este viajero, vestido de pieles, con el gorrito rojo sobre la cabeza, su fusil a su lado, se encontraba casi al final del mundo conocido. Acababa de recorrer una distancia considerable desde el último asentamiento de sus compatriotas. Era un hombre, para siempre desconocido, que se había enamorado de ese sitio y había decidido marcar este territorio como suyo, para revindicarlo más adelante. Tal vez durante ese atardecer pensó en una mujer, en unos niños, una casa, se sintió feliz. Entonces había plantado veinticuatro árboles, que crecieron lentamente año tras año……pero él nunca volvió.
En ese momento, le volvió a la mente, la famosísima melodía que aprendió de niño y que provenía de esos Canadienses que la cantaban para conjurar sus miedos y sus angustias durante sus largos viajes solitarios. La canción decía.
“A la claire fontaine
M’en allant promener
J’ai trouvé l’eau si belle
Que je m’y suis baigné.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
Sous les feuilles d’un chêne
Je me suis fait sécher.
Sur la plus haute branche
Un rossignol chantait.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
Chante, rossignol, chante
Toi qui a le cœur gai.
Tu as le cœur à rire,
Moi je l’ai à pleurer
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
J’ai perdu mon amie
Sans l’avoir mérité
Pour un bouquet de roses
Que je lui refusai.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai.
Je voudrai que la rose
Fût encore à planter
Et que ma douce aimée
Fût encore à m’aimer.
Il y a longtemps que je t’aime.
Jamais je ne t’oublierai. »
Antes de acercarse a la casa principal los dos hombres explicaron a Dimas el plan general de la plantación. Primero iban a entrar en lo que se llamaba “La Grande Maison” , donde solía vivir la familia y después irían a ver lo que quedaba de las dependencias y de las casas de los negros que se encontraban detrás.
La casa no le pareció al joven ni muy grande ni imponente. Tenía una fachada alargada de unos treinta metros con unas 10 ventanas en total y se asentaba sobre un medio sótano. Una doble escalera de madera llegaba hasta una galería que se extendía sobre casi toda la fachada. Existía un segundo piso cuya existencia se adivinaba en el tejado, por la presencia de algunas ventanas que los Franceses llaman “mansardes”, en recuerdo al famoso arquitecto del siglo XVII. Dimas contó seis de ellas. La casa estaba aún pintada de ocre, pero la pintura estaba ya en muy mal estado y en muchos lugares había desaparecido, dejando al descubierto la madera de la pared.
El jardín apareció casi abandonado, pero la atención de Dimas fue atraída por la presencia de una especie de tipi indio, construido en madera y adobe, situado entre la casa y el último roble de la alameda. No pudo evitar de preguntar al párroco, qué hacía esta construcción cónica de madera y tierra en ese lugar. El párroco, sonriendo, le respondió:
”Efectivamente hijo, es lo que parece, es una casa India. Los colonizadores Franceses siempre mantuvieron una cierta amistad con los nativos Indios en todo el continente, salvo naturalmente con las tribus que se aliaron con sus enemigos, los Ingleses. Consideraban que estos pueblos conservaban una especie de derecho de ocupación, pero no de propiedad, sobre las tierras donde les encontraron, desde el río San Lorenzo hasta el golfo de México. Las tribus en esta parte de los EEUU están casi extinguidas, pero hasta el final de los años 50, solía venir aquí una familia India de manera ocasional. Se quedaba unas semanas, nunca durante un periodo fijo y se marchaba volviendo o no, al año siguiente. Hace por lo menos quince años que no han aparecido. La costumbre aquí era de respetar este tipo de construcción. Realmente estos Indios eran muy pobres y no molestaban.”
A medida que los tres hombres se acercaban a la casa, Dimas la vio cada vez un poco más destartalada. Gus quien conocía muy bien el lugar, por haber ido allí muchas veces cuando vivía aún su amigo François, les condujo hasta la base de la galería, donde abrió una especie de trampilla que conducía al sótano, invitando a sus acompañantes a seguirle dentro. Bajaron por una escalera de ladrillos. Una vez allí, Dimas notó que la enorme sala donde estaban y que ocupaba la parte derecha de la casa, tenía una luz natural gracias a unas claraboyas y que la temperatura era sorprendentemente templada. Gus explicó a Dimas que, en el siglo pasado, este lugar se utilizaba como bodega donde Matilde, la primera de la dinastía F.V., almacenaba el vino que importaba de Francia, principalmente de Borgoña, de donde su familia era oriunda. Realmente durante un primer tiempo, la casa se utilizó también como una tienda para la gente de los alrededores, como lo atestiguaban unas viejas barricas agrupadas y abandonadas en el fondo, así como la presencia de centenas de nichos de ladrillo donde, le explicó Gus, se colocaban las botellas rellenas. Entonces Dimas se acordó de la información de los Archivos, facilitada por la señora Champagne, que decía que Matilde V. y su familia tenían un negocio de vino y alcohol de importación. Todos los elementos encajaban perfectamente.
El párroco le explicó la construcción de la casa por los negros:
“Mire estas vigas” le dijo. “Vea las cifras romanas que son grabadas sobre sus extremos. Vea que llegan hasta el numero IL de la numeración latina. Corresponde al tamaño de la casa. Los fundadores de la plantación encargaron esta casa, como se diría hoy, “prefabricada” con sus dimensiones exactas. La construcción reposa sobre casi cien pirámides de ladrillo como estas.” y le enseñó una, para que él entendiese de qué hablaba. “La construcción de una casa como aquella duraba dos años. Dedicaban el primer año a preparar el material es decir la madera y los ladrillos, otro año era necesario para cavar los cimientos, aislar la construcción y levantarla. Los negros, muy expertos en estos temas, la orientaron para aprovechar al máximo la brisa refrescante que venía del río, a pesar de que las habitaciones estuvieran por detrás como lo veis. Estas vigas las sacaban de los cipreses que crecen, hasta hoy mismo, en las marismas próximas, porque eran imputrescibles. Dimas se quedó estupefacto. Los negros, unos esclavos, construían casas, casi prefabricadas para sus amos, utilizando restos de técnicas africanas. Apenas podía creérselo.
Dejaron el sótano y subieron al primer piso gracias a una escalera interior. La casa resultó estar totalmente vacía de muebles, cuadros u objetos, pero no estaba destrozada. Penetrando en una de las habitaciones que daba a la alameda de robles, sus compañeros le explicaron el modo de vida de la gente en el siglo pasado, la época de esplendor de la casa. De cada lado de la entrada, alumbradas por las ventanas que vio desde el camino, se encontraban las habitaciones de recepción, porque las habitaciones de dormir se encontraban en dos cuerpos perpendiculares a la fachada principal de la casa formando una U casi perfecta. Le contaron que la parte más típica y curiosa de este tipo de casa reside en estas habitaciones de recepción. Las mujeres hacían su vida en la parte derecha y los hombres en la parte izquierda. La anchura de las puertas de la parte masculina era, como le mostraron, más estrecha para dificultar la entrada de los anchos vestidos de las señoras de aquel tiempo. Dimas miró las puertas. Era cierto.
”En esta sociedad los hombres y las mujeres de la alta sociedad llevaban una vida bastante separada. Se veían casi únicamente para comer y para sus relaciones sexuales, aunque en este último caso, muchos plantadores preferían la compañía de sus “tisanières *” durante las siestas.” decía Gus. El párroco, benévolo, hizo como si no hubiera oído esta última palabra y sonrió y Dimas se propuso cuando viera la oportunidad, preguntar a Gus quienes eran esas “tisanières”, aunque se lo imaginó. Detrás de estas zonas de recepción, el párroco, el cual había decidido sustituir a Gus para dirigir personalmente la visita y así evitar otro episodio escabroso, le enseñó, el despacho donde el intendente de la plantación tenía su oficina y despachaba con el dueño. Del otro lado de la entrada, le mostró el salón de recepción de las señoras y detrás de esta estancia un comedor relativamente amplio, pero también vació. El párroco que no quería dejar ya el protagonismo, porque los exabruptos de Gus le molestaban un poco, cogió a Dimas del brazo y le preguntó con una sonrisa.
* Tisanières: así se llamaban a las jóvenes esclavas que bajo el pretexto de llevarle una tisana amenizaba la tarde del propietario de la plantación.
“Usted que es Europeo ¿No le parece que falta una estancia esencial a la vida cotidiana?”. Dimas pensó y respondió:
“Si. No he visto la cocina”. El párroco le felicitó y le explicó lo siguiente. En aquellos tiempos la gente temía mucho al fuego porque las casas estaban construidas principalmente en madera. Entonces se cocinaba en grandes hogueras apartadas de las casas en pleno jardín. Cocinaban los negros y llevaban la comida caliente o tibia a través del jardín, recorriendo un pasillo de ladrillos. Para evitar que los pobres, muy hambrientos, comieran directamente de las fuentes que llevaban, se les obligaba a silbar durante todo el trayecto hasta entregarlas a través de una pequeña puerta lateral.
”¿Sabe Usted por qué? Porque silbando no podían comer de las fuentes de los blancos…¿Es triste, verdad?. De todos modos esta humillación era de las menores. Espere que le enseñe donde vivían y lo entenderá mejor. No es de extrañar que los negros salieran de allí cuando pudieron.”.
Le comentaron que durante el siglo pasado, esta plantación que contaba hasta con 300 esclavos, tenía la reputación de ser dura, pero no era la peor. Afortunadamente con el tiempo y especialmente después de la Guerra Civil, el trato a los negros se fue mejorando muy lentamente. Gus que no se contenía añadió:
“O empeorando Padre, Acuérdese…” .¿Qué había querido decir Gus? se preguntaba Dimas.
Gús y el párroco enseñaron a Dimas las habitaciones repartidas en las alas situadas perpendicularmente a la parte que acababan de visitar, muy rápidamente. Esta parte de la casa no ofrecía mucho interés porque también se encontraba vacía, aunque en una de las habitaciones permanecía, fijada en las paredes, una tela de seda con dibujos de flores, que había servido para decorarla y encima de una chimenea quedaba, como olvidado, un gran espejo. No subieron para visitar las habitaciones abuhardilladas, porque Gus que conocía perfectamente la casa, les indicó que no había nada notable, Dimas le preguntó quién vivía en esas habitaciones.
“Normalmente nunca los negros, salvo en notables excepciones, como las amas de cría, que amamantaban a los hijos de los propietarios, ya que, los blancos siempre tenían miedo de ser asesinados por alguno de ellos. Allí vivían unos pocos sirvientes blancos, el preceptor de los niños, parientes pobres de visita, pero más que nada era una especie de desván. Allí jugué yo mucho tiempo con mi amigo François, ...con ropas viejas, trastos, ...cosas de niños....” añadió Gus.
Salieron al jardín de atrás y al igual que la parte delantera, esta parte estaba muy abandonada, pero Dimas se percató que alguien se había preocupado por cortar la hierba hacía poco. Dimas vio los famosos robles plantados por Elías y Matilde. Efectivamente, aunque viejos, no eran tan majestuosos como los de la parte delantera. Esta alameda conducía a la derecha hacia un gran huerto abandonado y por la izquierda a una casa mucho más pequeña. Los dos hombres explicaron a Dimas que esta casa, aislada del edificio principal, era utilizada por la madre de la familia, cuando enviudaba. En ese momento, dejaba la casa principal y delegaba el mando de la “Grande Maison”, a su hija mayor o a su nuera. En estas familias, no había conflicto generacional, cuando una había acabado su tiempo de poder, se retiraba y punto. No pudieron entrar porque la casa, cerrada, estaba en muy mal estado y el techo amenazaba con derrumbarse.
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Siguiendo la visita de la plantación llegaron hasta una hilera de casas, o mejor dicho de cabinas de madera. Eran las casas de los esclavos, que después se transformaron en las casas de los obreros negros, hasta que todos se fueron, los últimos hacía una decena de años. Dimas veía que sus guías andaban con cuidado en la hierba, algo crecida. Cuando preguntó por qué tenían ese cuidado, los dos hombre le contestaron que era por las serpientes y las hormigas rojas, cuyo mordisco no era mortal, pero extremamente doloroso.
Solamente quedaba una decena de casas en la hilera, cuando, según sus guías, llegaron a ser casi cincuenta. En algunas de ellas las paredes habían desaparecido y se reducían ya a ruinas. Se acercaron a la primera de las cabinas. El pequeño edificio se componía de tres compartimentos. Aquí, le decía el párroco, vivía una familia, que podía tener hasta diez o doce miembros. Él y Gus habían conocido todas estas casas ocupadas, llenas de gente y de vida. “Los negros”, repitió Gus, “salvo rarísimas excepciones, nunca dormían en la casa principal, por el temor que les tenían los blancos. El hecho de que las cabinas fuesen dispuestas en hileras, facilitaba también la vigilancia”.
Dimas, con un cierto remordimiento de conciencia, por ser pariente, aunque muy lejano, de esos plantadores, preguntó cómo se trataba a los negros en esta plantación. El párroco le respondió, que el tratamiento varió según las épocas. Lo peor fue justo antes de la Guerra Civil. Había castigos corporales verdaderamente inhumanos, para los esclavos que no trabajaban suficiente o para los que intentaban escaparse o amotinarse. A unos pocos, se les enseñaba a leer y a escribir, para ocuparlos en algunos puestos menores, en los negocios de la familia. Todos los esclavos tenían una función. Los puestos más codiciados eran los que les ponían en contacto directo con sus amos, ya que después de servirles muchos años, podían ser liberados y en ese caso, la mayoría se marchaba a Nueva Orleáns para probar suerte en la gran ciudad. Después de la guerra, a pesar de la emancipación, los negros siguieron viviendo aquí porque no podían, ni sabían, hacer otra cosa. A partir de comienzos de este siglo, habían empezado a emigrar a las ciudades.
Ya la visita había terminado y cortando campo a través, los tres se dirigieron hasta el pueblo. Dimas se dio la vuelta varias veces para ver desaparecer progresivamente detrás de los árboles, la plantación Fleury Verdier...Caminando interrogaba a sus dos compañeros sobre los miembros de esta familia. ¿De verdad no quedaba nadie vivo¿ ¿Ni en otros lugares? ¿La dinastía Fleury Verdier, se había extinguido totalmente?. El párroco que conocía a todos los integrantes de las familias, por los registros de la parroquia, no le dejó ninguna esperanza. Recordó a Dimas que, durante casi todo el siglo XIX, la mortalidad era muy alta, debido a la temida fiebre amarilla que, cada verano, mataba a decenas de personas, especialmente en las ciudades. Las familias pudientes solamente vivían en la ciudad, durante el invierno, para ir asistir a los conciertos y llevar una cierta vida social. Antes de los primeros calores, siempre se trasladaban a las plantaciones. Además las mujeres solían tener muchos hijos y la mortalidad infantil era elevadísima. Habían pocos médicos, la mayoría no muy bien preparados. Los partos se realizaban en casa, con una higiene deplorable...
El párroco, quien había simpatizado con Dimas, le invitó a compartir su comida y Dimas aceptó. La comida resultó escasa pero muy rica y nutritiva . La había preparado el ama de casa del párroco, una negra anciana enorme, llamada Tía Nani. Al final de la comida, el párroco llevó a Dimas, a petición suya, hasta el cementerio del pueblo. Le resultó muy emotivo observar las tumbas. Se acercaron hasta una especie de pequeño mausoleo donde figuraban todos los nombres de la familia. La lista empezaba con Elías Fleury: 1780 – 1842 y Matilde Verdier: 1782 – 1854 y se acababa con los últimos, mejor dicho la última, Emilie Fleury Verdier, de soltera Outremont: 1895 – 1971. Dimas leyó con tristeza que había sido enterrada hacía menos de un año. Dimas, mirando los nombres con detenimiento, vio que efectivamente el numero de niños enterrados era muy alto, entre dos y seis en cada generación. Después de rezar un rato con el párroco por la memoria de sus muertos, Dimas le siguió presionando:
“¿Esta Usted seguro de que no hay otros parientes que se fueran a otras aldeas Padre?” El párroco confesó que no lo sabia. En las últimas generaciones no, pero antes tal vez.
“¿Y donde podría encontrar esos archivos, Padre?” Esté le contestó que durante la Guerra Civil la pequeña aldea de Sainte Augustine, había sido saqueada y parcialmente incendiada por los Yankees. Era la razón por la cual, solamente quedaban en pie, una treintena de casas. Si quedaba algo estaría en Lafayette o en Baton Rouge, la capital del estado. Entonces Dimas comprendió que la historia acababa aquí.
“Padre, ¿Qué pasó con François, el nieto de Emilie, el amigo de Gus?”.
“El pobre volvió de Vietnam en muy mal estado. Su mente estaba tocada. Tenía unas pesadillas espantosas, recordando lo que había visto y probablemente hecho, allí. Cazó con su amigo Gus varias veces y un día se pegó un tiro”. Dimas se quedó muy pensativo, pero el párroco sacó de su bolsillo un objeto y se lo tendió a Dimas, diciendo:
”Coge este tenedor de recuerdo, Dimas. Paseando un día por la plantación, como esta mañana, Gus y yo lo encontramos. Como veras lleva las iniciales F.V. Creo que es justo que lo guardes tú.”
Dimas volvió dos veces más por el sur, visitando siempre Luisiana, hurgando en la huella de sus lejanos parientes. Cuando lo encontré recientemente , me mencionó que no sería la última vez....
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