Cuentos de Invierno nº 3

LA FORTUNA DE LOS PRIETO.


“..Y vuestro padre sigue sin aparecer...” Eran casi las cinco de la tarde cuando Josefa pronunció por décima vez esta misma frase en presencia de sus dos hijos. Cansada de esperar y descifrando unas miradas que no soportaban por más tiempo el hambre que les atenazaba desde que habían acabado el pequeño bocadillo engullido sobre las once, les sirvió la comida tardía sin esperar a que su padre apareciera. Fernando Prieto, cabo de la Guardia Civil con destino en Torrente, tampoco apareció a la hora de la cena y Josefa, quien seguía sin comer, preparó, más allá de las diez, la cena de sus hijos y siguió esperando, con una nerviosidad creciente. Había sacado su pañuelo que estrujaba nerviosamente, llevándolo de vez en cuando hasta sus ojos y murmurando una oración a la virgen.

Desde hacía tres días que todo iba revolucionado en la ciudad y en el país. El ejército, o mejor dicho parte de él, se había sublevado contra el Gobierno. Al vivir justo a las afueras de la ciudad, los Prieto no presenciaron los incendios cuyas columnas de humo se dispersaban en el aire, ni oyeron con mucha nitidez el ruido de los disparos, señales anunciadoras de la persecución a los de la derecha. Durante estos días Josefa se había quedado en casa cuidando de su marido, quien volvía a sufrir un ataque de fiebre, recuerdo de su primer destino en un puesto muy insalubre del delta del Guadalquivir. Poco a poco, gracias a una intachable hoja de servicios, el Guardia Civil había podido acercarse a la ciudad natal de su mujer, Valencia. Por la exigüidad de la casa cuartel de Torrente, el matrimonio no vivía allí y cuando llegaba una de estas recaídas, el médico encargado del puesto, prefería que se quedase en casa donde se solía recuperar en menos de una semana. La casa en cuestión era un bajo en una zona apenas urbanizada de Alboraya, una pequeña ciudad pegada a la capital del Turia que Josefa había heredado de su primer marido, fallecido de tuberculosis solamente seis meses después de su matrimonio.

Un poco antes de la doce, Josefa mandó a sus hijos que se acostaran y cruzó la calle para hablar con su madre, la señora Elvira, viuda, con una escasísima pensión, que trabajaba de cocinera en un restaurante en el barrio de Ruzafa y no solía volver a su casa hasta muy tarde. Cuando llegó al piso de su madre, ésta acababa de llegar y estaba sentada en una vieja poltrona leyendo una novela de cuatro chavos, su gran distracción antes de dormirse. Vio a su hija muy nerviosa y con lágrimas en los ojos, indicios que no presagiaban nada bueno, porque Josefa era muy fuerte, como había sido ella a su edad. La abrazó y la hizo sentarse sobre uno de los dos taburetes de la cocina.

“Madre, madre, Fernando ha desaparecido. Salió esta mañana diciendo que volvería a casa a la hora de la comida... y desde entonces le estoy esperando. No ha vuelto ni ha mandado ningún mensaje...nada”. Su madre la interrumpió diciendo:

“¿Pepita, no me dijiste hace cuatro días, que tu marido estaba enfermo y que iba a quedarse en casa hasta que se encontrase suficientemente bien para reincorporarse.?”.

“Si madre,” le contestó ” él tenía permiso del jefe de puesto, pero esta mañana se encontró mejor. Como a todos, las noticias le inquietaron, así que decidió ir hasta Valencia sin uniforme para enterarse de la situación y supongo encontrarse también con algunos amigos, pero desde las nueve que salió no ha dado señales de vida. Me dijo que si se encontraba con fuerza se presentaría en la casa cuartel de Torrente para recibir ordenes. ¡O Madre! y con todos estos rumores, tal vez le ha pasado algo malo, tal vez le han matado ...... “y se puso a llorar.

“¡Cálmate, Pepita, cálmate!. ¿Cómo van a matar a tu marido. No me has dicho que se fue sin uniforme. Conociéndolo me extrañaría que se involucrara en una pelea y si ha llegado al cuartel, no le pasará nada tampoco, porque aquí la Guardia Civil sigue fiel al Gobierno.....Así que tranquilízate. Fernando no esta amenazado como otros. Por ejemplo..” y su madre empezó a citar un rosario de personas con opiniones de derecha que habían sido arrestadas recientemente”. De repente se acordó que no conocía muy bien las opiniones políticas de su yerno, porque nunca había hablado de política delante de ella.

“Vamos a ver. ¿No se habrá topado con algún compañero? ¿Sabes si tenía cita con alguien? ¿Tiene Fernando amistad con alguien conocido por sus opiniones políticas?”.

“¡Que se yo, Madre!. Nunca habla de política. No abrió la boca cuando las últimas elecciones. Como Guardia Civil siempre ha sido fiel a sus mandos y al Gobierno. ¿Qué se yo?. ¿Qué se yo?. Tengo mucho miedo. Ayer Juan volviendo a casa me contó que con sus amigos habían visto unos cuantos cadáveres cerca de la acequia....”. Al oír el nombre de su nieto favorito la anciana sonrió y acariciando la cabeza de su hija le dijo:

“Casi seguro que tu marido aparecerá esta noche. Los tranvías han hecho huelgas temporales todo el día y si tu marido ha llegado a Torrente, imagínate la caminata para volver. Hija, vuélvete a casa, tal vez ya te espera allí y si no aparece mañana, ve tu a Torrente para enterarte”.

Pero ni entonces, ni durante el resto de la noche que la mujer pasó en vela, ni por la mañana, su marido apareció, así que después de preparar la comida para sus hijos, Josefa se marchó a Torrente. Los transportes seguían muy desorganizados. Pocos tranvías funcionaban y muchos autobuses habían sido requisados para el transporte de los milicianos, arbolaban pintadas de la FAI o de la CNT y circulaban con otros fines que el transporte de viajeros pero una voluntad férrea impulsaba a la mujer, que no se desanimó y a las tres llegó a Torrente.

Encontró delante de la casa cuartel de la Guardia civil toda una colección de vehículos aparcados: coches, camiones y hasta motocicletas vigilados por unos agentes. Con el cuello del uniforme desabrochado conversaban con unos milicianos de ambos sexos llevando un brazalete de color indefinido. Penetró en el cuartel sin mucha dificultad al mencionar que era la mujer de un Guardia. En el patio, antes pulcramente cuidado y ahora lleno de cajas de municiones y de víveres esparcidos, vagaban dos voluntarios barriendo con poco entusiasmo, mientras que unos gritos salían desde las ventanas abiertas de los despachos. Conocía el lugar por haber visitado a su marido muchas veces, así que se presentó en la habitación que servía de sala de guardia y allí intentó hacerse oír y preguntar por el cabo Fernando Prieto. Nadie le hizo el más mínimo caso. La docena de hombres y mujeres que se encontraban allí compartiendo comida y bebida, estaban enfrascados en múltiples discusiones. Josefa no se atrevió a interrumpir este jaleo y se preparaba a salir cuando uno de los hombres la reconoció y se acercó.

La conversación resultó muy difícil por el ruido pero al final su interlocutor, un poco ebrio, entendió que buscaba a su marido. Gritó muy fuerte:

“¿Alguien de vosotros ha visto al cabo Prieto entre ayer y hoy?”. El ruido de las conversaciones disminuyó durante unos segundos, durante los cuales varios guardias hicieron una señal negativa. Al ver la decepción que apareció sobre el rostro de Josefa, el guardia, un hombre mayor y con acento andaluz muy pronunciado, le preguntó sobre lo ocurrido . Cuando ella acabó su relato el hombre se rasgó el pelo raso que llevaba – ninguno de los presentes llevaba el tricornio en ese momento – y le dijo:

“Esto no pinta demasiado bien, señora, lo mejor que puede hacer es hablar con el capitán Iturbi. Si alguien puede hacer algo en medio de este jaleo es él”.

“¿Y donde le encontraré?” preguntó Josefa. Hubo otro grito:

“Lobo”- (era el mote de un guardia). Llevas a veces a Iturbi a su casa. ¿Cuál es su dirección? La mujer de Prieto quiere hablar con él”.

Josefa volvió a Valencia aprovechando una furgoneta que la dejó cerca de la calle del Mar. El capitán vivía en la pensión Miramar en el numero doce. En el primer piso encontró lo que parecía ser la recepción de la pensión, donde dos mujeres estaban sentadas al lado de un ventilador, en unas butacas cuyo terciopelo había conocido tiempos mejores. Cuando Josefa se acercó, las dos mujeres dejaron su actividad, que consistía en pintarse las uñas. Una se pintaba las de las manos y la otra las de los pies, apoyándose sobre una mesa baja con una cafetera, dos tazas sucias y una bandeja, en la que quedaba solamente un último buñuelo grasiento.

“Usted dirá” le espetó la más vieja quien llevaba el cabello negro muy corto y con las cejas depiladas y reemplazadas por unas gruesas líneas dibujadas. La otra, una pelirroja extremadamente delgada y pálida, la que se pintaba las uñas de los pies, reemprendió su tarea después de prestar atención a la potencial cliente.

“El capitán Iturbi por favor” articuló con dificultad Josefa quien nunca antes había pisado un local semejante y que la sola vista de las dos fulanas atemorizaba.

“Habitación 7, al fondo, princesa” le contestó enseñándole un estrecho pasillo. Josefa, agarrando su bolso, se dirigió hasta la habitación del militar. El pasillo estaba mal iluminado así que anduvo despacio intentando leer los números sobre las puertas. Detrás de ella la vieja decía a la joven:

“¡Que hombre este Iturbi! A penas ha salido una que entra otra. Y las coge de todas clases. ¡Pero todas guapas eh pata coja!” Al oír este mote la joven emitió una risa muy aguda.

Casi al final del pasillo, Josefa descubrió la puerta 7 y, después de respirar hondo, golpeó la puerta. Una voz le contestó:

“Entre, la puerta esta abierta”. Una vez dentro descubrió una habitación más grande de lo que esperaba. De pie, delante de la ventana que daba a un patio interior, se encontraba un hombre alto vestido con una camisa blanca, sin corbata, con los tirantes caídos a cada lado de la cintura, sin botas, con un finísimo puro en la boca y una copa en la mano derecha. Tenía el pelo negro totalmente engominado y unos ojos pequeños parecidos a unos botones que se fijaron en ella, detallando de manera descarada toda su silueta. Después de observarla así un cierto tiempo dijo:

“¿Quién es usted y que hace aquí? No creo conocerla de nada ”.

“No capitán, usted no me conoce, pero si que conoce a mi marido”.

“¿Cómo se llama su marido, señora?”

“ Mi marido es el cabo Francisco Prieto del puesto de Torrente, señor capitán y.......”.

“¿Prieto?, ¿Prieto?” dijo el militar después de depositar la copa vacía al lado de la botella que esperaba sobre una mesa llena de libros, cuadernos y papeles. “No conoz...¡Ah si! Paco, el cabo Paco, el mejor tirador de la compañía después de mi......¿Y que puedo hacer por usted señora?”.

“Capitán Iturbi, usted puede hacer mucho. Mi marido, no se si lo sabéis, estaba de baja estos días por esas fiebres que cogió en su anterior destino, en las marismas del Guadalquivir. Como siempre que ocurre, una o dos veces al año, el comandante médico le da de baja y entonces como soy valenciana, él se recupera en nuestra casa......”.

“¡Que suerte tiene este Paco, destinado al lado de casa y casado con una mujer muy hermosa, valenciana..! ¿Y que le ha pasado a su marido, señora?”.

“Hace casi tres días que ha desaparecido” le contestó Josefa que se había puesto muy pálida y a penas podía tenerse en pie , hasta tal punto que el militar le cogió del brazo y la obligó a sentarse en una de las dos sillas. Realmente se dejó caer en el asiento, más que se sentó. El militar al ver su estado se dirigió detrás de un biombo donde se oyó el ruido de un chorro de agua que caía en un vaso. Mientras tanto Josefa examinó el resto de la habitación, un imponente armario y del otro lado una cama sin hacer o mejor dicho que acababa de deshacerse. Recordándo las palabras de las dos mujeres de la recepción, ella se puso toda colorada al mismo momento que Iturbi salía de detrás del biombo con un vaso de agua en la mano. El militar siguió la mirada de Josefa hasta la cama y le dijo con una sonrisa:

“Es que señora, no la esperaba y soy un soltero que tiene muchas visitas.” pero su sonrisa desapareció cuando observó la reacción de la mujer. La cara de desaprobación de Josefa, a todos respectos, una mujer honrada y además esposa de uno de sus mejores hombres, le hizo cambiar totalmente de actitud:

“Beba esto, señora y después cuénteme lo que sabe de la desaparición del cabo Prieto.” Cuando Josefa hubo terminado, le hizo una serie de preguntas a las cuales ella no supo responder. El militar pareció reflexionar un rato, la cogió otra vez del brazo y, después de acompañarla hasta la puerta, le prometió que encontraría a su marido.

El capitán Iturbi fue fiel a su palabra y dos días más tarde que parecieron dos siglos a Josefa, al anochecer, una furgoneta que llevaba aun el letrero de su antiguo oficio, una panadería conocida del centro de la ciudad, se paró delante del numero cuatro de la calle del Horno y bajaron por la parte de atrás tres personas. Antes de reemprender su camino un brazo con el puño en alto salió de la ventana del conductor y se oyó una voz que les decía”.

“Ya estáis en casa camaradas, ¡hasta la victoria!”.

Los tres hombres entraron en casa, uno de ellos era Fernando Prieto, sin afeitar, como sus compañeros que también tenían una barba de varios días, llevaba sus ropas arrugadas y sucias. Josefa se echo en los brazos de su marido llorando.

“Nando, Nando, por fin estas aquí. ¿Estas bien? ¿No te ha pasado nada grave?”. El guardia acarició el cabello de su mujer y la beso, pero en ese momento se oyó una tos educada. A dos metros se encontraban dos hombres, por su parecido, visiblemente de la misma familia.

“Perdón” dijo el guardia civil, apartándose de su mujer “Pepa tenemos dos invitados, los señores Blasco, unos compañeros de infortunio, liberados como yo por el capitán Iturbi. Se quedarán aquí con nosotros hasta que se acabe el toque de queda”. Una vez que se encontraron a solas, Fernando contó a su mujer lo que le había pasado: cerca de la Plaza del Ayuntamiento unos milicianos le pidieron su documentación. Al ver que era Guardia Civil se extrañaron de que no llevara su uniforme, pensaron que se trataba de un espía y lo arrestaron. Lo llevaron a una especie de cárcel secreta en los sótanos de un edificio de la calle Sorni. Cuando llegó allí, media docena de hombres esperaban sentados sobre el suelo en una semi oscuridad. Entre ellos se encontraban los dos hermanos Blasco, unos hombres de negocio, arrestados en sus domicilios según los guardianes por pertenencia a la clase opresora.

Durante los diez días que habían pasado allí, simpatizaron compartiendo las pequeñas miserias de esta vida en esa increible cárcel clandestina. Mientras permanecieron allí, milagrosamente ninguno de los tres fue llamado cuando cada noche un guardia, leyendo un papel arrugado, llamaba a algunas personas que solían salir para ser interrogadas y que nunca volvían a aparecer......

Los tres intentaban hacerse invisibles pero sabían que inexorablemente llegaría la temida llamada. Hasta que esa tarde había aparecido el capitán Iturbi. Aún José Prieto no entendía como éste le había encontrado. El militar pronunció su nombre y el carcelero que apareció detrás del capitán le devolvió su cartera diciéndole que era libre. Fue cuando, acercándose a Iturbi para darle su agradecimiento, le había dicho:

“Mi capitán, si salgo estos dos vienen conmigo”, Iturbi le miró fijamente, dándose la vuelta dijo al carcelero:

“¿Has oído?, me los llevo también”. El carcelero no protestó.

Utilizando una furgoneta estacionada delante del inmueble que conducían dos milicianos, habían llegado a casa no sin antes agradecer calurosamente al capitán, cuando respiraron el aire cálido de la calle..

A finales del año 36, el cabo de la Guardia Civil, Fernando Prieto se prestó voluntario para el frente de Madrid y desde la Ciudad Universitaria pasó al bando Nacional. Antes de salir para la capital y para evitar posibles represalias, había mandado a su mujer y a sus dos hijos a su pueblo natal, Vallanca, una pequeña aldea mal comunicada del Rincón de Ademuz, con la consigna de que intentaran pasar desapercibidos y de no moverse hasta el final de la contienda. Él hizo el resto de la guerra en un batallón de infantería. Ascendió a sargento pero durante la batalla del Ebro recibió una herida de consideración en la pierna que le dejó cojo. Cuando finalizó la guerra, viajó tan pronto como pudo a Vallanco, donde su familia había pasado estos duros años sin ser molestados. Volvieron a Valencia donde el sargento Prieto fue licenciado a causa de su herida. En consideración a sus méritos se le facilitó un pequeño trabajo, mal pagado, en la Comandancia de la ciudad. Fernando Prieto era orgulloso y no quiso pedir más que lo que la jerarquía militar le ofreció.

Su hijo, Juan tenía ahora diecisiete años, y gracias a la ayuda de un fraile Marista refugiado en el mismo pueblo, había seguido estudiando. Tenía la preparación suficiente para entrar en la universidad y emprender la carrera de Derecho pero su padre no le apoyó. La familia era pobre y no podía sufragar estos gastos. Juan tendría que ponerse a trabajar aunque en aquellos tiempos encontrar un trabajo era muy difícil. Mientras su padre le buscaba un oficio se quedaba en casa ayudando a su madre en lo que podía.

Un día en el camino a casa un coche se paró a la altura de José Prieto cuando caminaba por la Gran Vía hasta la próxima parada del tranvía. La persona que viajaba detrás bajo la ventanilla y le gritó:

“¡Cabo Prieto!, ¡cabo Prieto!”. El viajero bajo a la acera y se fundió en un abrazo. Fernando reconoció a uno de sus compañeros de infortunio, José Blasco, el hermano menor. Anduvieron juntos unos metros mientras el coche le seguía a velocidad muy reducida hasta llegar a una especie de cafetería. Blasco iba vestido con mucha elegancia y se notaba que había recuperado su brillantez de antaño. Cuando preguntó a su benefactor como le iba la vida, Fernando le contó de manera sobria sus andanzas durante la guerra.

“¿Qué haces ahora sargento Prieto?” le preguntó el menor de los Blasco. Un poco desconcertado Fernando le contestó que ahora trabajaba en las oficinas de la Guardia Civil, apartado de la carrera por su invalidez, que la vida seguía y que lo más importante para él era haber recuperado sanos y salvos a su mujer y a sus hijos escondidos durante la guerra. Cuando la conversación se terminó, José Blasco le preguntó:

“Amigo mío, ¿Puedo hacer algo por ti? Después de todo nos salvaste el pellejo a mi y a mi hermano”. Fernando le contestó:

“No, no quiero nada. Lo que hice lo volvería a hacer por vosotros y por cualquier persona. Realmente hice bien poco, quien nos salvó fue Iturbi”.

“¿Y sabes algo de él?”.

“Realmente nada concreto. Como le he dicho nuestros caminos divergieron. Él se quedó del lado de la Republica y, hoy en día, los de este bando no lo tienen fácil. Intenté encontrar su pista pero todo lo que le concierne es bastante confuso. Parece que sobrevivió y que se exilió a Francia”. Mirando su reloj, Blasco hizo una mueca:

“Me temo que tengo que irme sino llegaré tarde a mi cita. ¿Seguro que no puedo hacer nada por ti?” .Fernando esbozó un movimiento de cabeza para rechazar su ofrecimiento pero Blasco, quien le miraba con mucho detenimiento, no se dio por vencido y añadió:

“Por si acaso toma mi tarjeta....¿A propósito que tal esta tu hijo, el cerebrito del cual nos hablabas siempre durante nuestra estancia en la Checa de la calle Sorni?”.

“Le estoy buscando un trabajo, señor Blasco. No entrará en la Universidad porque no podemos.....” Se calló de repente poniéndose muy colorado. Se había traicionado. José Blasco entendió todo en un segundo y supo manejar la situación mejor que su amigo. Para no ofenderle le dijo con una voz neutral:

“Pues que se presente mañana a las once en mi despacho, estamos necesitados de gente. Si es como su padre, este joven vale un Potosí..”. No añadió nada más, estrechó la mano una última vez a su amigo y se subió al coche que le esperaba justo en la acera. Al día siguiente Juan Prieto se presentó en las oficinas de los hermanos Blasco en la Calle La Paz y empezó a trabajar para ellos. Al año José Blasco, quien se había enterado de la verdadera situación de los Prieto y de la aspiración del joven para cursar una carrera de abogado, le sufragó los estudios. Juan trabajaba para los Blasco durante el día e iba a clase por la noche. Cuatro años más tarde obtenía su licencia de Derecho e inmediatamente ascendía en la organización de la empresa familiar.

Fernando Prieto llegó a ver el principio de la ascensión social y económica de su hijo pero murió a principios de los años cincuenta aplastado por un tranvía cuando cruzaba la calle distraído. Juan Prieto siguió progresando en el imperio empresarial Blasco. El mayor de los hermanos, Pedro, estaba casado, pero no tenía hijos y adoptó legalmente a Juan Fernando Prieto quien hoy esta a la cabeza de la más importante empresa del transporte marítimo de la ciudad.

Comentarios

  1. Me gusta muchisimo tu blog, enhorabuena!! Seguiré leyendo... será que yo tb leo novelas del XIX. Saludos

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  2. Intentaré mantener un cierto ritmo de publicación. La verdad es que hay bastante en curso pero que toda esta producción necesita ser revisada muchas veces...
    Tengo 2 proyectos de más caldo que me vuelven loco y que no consigo acabar porque se han vuelto demasiado complicados.....

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