Cuentos de Invierno. Cuento nº 1 Primera parte
I. LA VISITA A UNOS ANCIANOS.
Como todos los meses Jean Pierre iba con su madre a visitar al matrimonio de ancianos conocidos en la familia como “los Girardin”. Su madre nunca le había explicado con claridad su parentesco con ellos y hasta la fecha tampoco el niño le había hecho unas preguntas muy directas. Solamente una vez, aprovechando una ausencia de ella, el niño había hablado de ellos a su padre pero esté le había contestado misteriosamente que hablar de este tema haría llorar a su madre y como Jean Pierre no quería entristecerla, aceptó este misterio de adultos. Tampoco sus padres solían hablar delante de sus hijos de la guerra que había acabado cinco años atrás. Se consideraba un tema vetado.
Lo cierto es que, de los tres hermanos, él era el único que iba a visitar al matrimonio con su madre todos los meses. Sus dos hermanos pequeños Evelyne y François le acompañaban a él y a sus padres solamente en las grandes ocasiones es decir el día de Año Nuevo. La visita a “los Girardin” formaba parte de un circuito perfectamente establecido y codificado de visitas que cubría un gran numero de tías abuelas. Este día los niños recibían de todos estos ancianos un sobrecito con las estrenas, mientras sus padres distribuían unos paquetes de chocolates de marca, unas agendas o unas flores.
A los diez años se había fijado en dos hechos insólitos que ocurrían durante esta visita anual. La primera consistía en que, además del sobre con las estrenas que les entregaba el marido postrado en un sillón, solo Jean Pierre recibía de la señora Girardin un objeto que ella sacaba de una de las vitrinas del salón, donde dormían en una media oscuridad unas figuras de cerámica antigua. La segunda singularidad era que su padre se dirigía al anciano como “Coronel” y a la mujer como “Madame” mientras que su madre llamaba, al primero “Dad” y a la segunda “Lovely”, dos términos Ingleses cuya significación Jean Pierre desconocía. Una vez, al salir de la visita, el niño que se encontraba momentáneamente con su madre apartado del resto de la familia, le preguntó porque recibía de este matrimonio tan amable dos regalos cuando a sus hermanos les tocaba solamente un sobre. Su madre le contestó que era por su edad, había cumplido diez años mientras sus hermanos tenían cinco y cuatro respectivamente.
Las visitas mensuales no se realizaban en el gran salón que solo se abría para el primer día del año, sino en una habitación más pequeña que parecía ser el despacho del coronel. Jean Pierre, quien no se acordaba de haberle visto nunca de pie, le encontraba sentado en una poltrona, una manta con dibujo escocés sobre las rodillas. Estos días no llevaba los botines de charol negro del gran día, sino un par de zapatillas pero el anciano vestía siempre un traje, una camisa blanca con una corbata oscura y sus pies reposaban sobre un cojín envejecido. Su mujer, siempre vestida de negro, era una persona alegre que mantenía la fluidez de la conversación con su madre a diferencia del hombre, quien por norma general, se mantenía callado, respondiendo con monosílabos a las preguntas que se le hacia. Jean Pierre, sentado en el mismo sillón de siempre en frente de la chimenea de mármol, balanceaba sus piernas que no llegaban hasta el suelo por debajo del asiento. Se aburría un poco porque, si durante la primera parte de la visita, su madre le hacía hablar sobre sus resultados escolares o sus actividades en el grupo scout, él sabía que tenía que pasar por lo menos una hora antes de que la anciana se levantase y, después de desaparecer un instante, volviese cargada con una bandeja con la merienda de los cuatro.
Sobre el dintel de la chimenea se encontraban varias fotos enmarcadas. De un lado, un marco grande contenía varios clichés de su madre jugando en la playa con sus tres niños durante unas vacaciones de verano. Separado por un antiguo reloj cuyas manecillas Jean Pierre observaba con atención cada cinco minutos para imaginar la duración total de la visita, había un cuadro más pequeño con la foto de un militar joven sonriente que llevaba unas gafas con montura de pasta un poco pasadas de moda. Debajo de su rostro se encontraban pegadas dos cintas de colores que Jean Pierre había identificado como las condecoraciones que los militares llevaban en serie sobre sus chaquetas de uniforme. El resto de los objetos de la habitación eran todos de corte militar, como el gran cuadro representando un escuadrón de dragones cargando o el pisapapeles de bronce de la mesa de trabajo en forma de águila con las alas desplegadas.
Mientras las dos mujeres charlaban dirigiéndose de vez en cuando al anciano sentado en su poltrona, los ojos de Jean Pierre recorrían la estancia a la búsqueda de detalles desconocidos. A menudo la anciana después de interrumpirse le miraba exclamando:
“Nuestro pequeño Jean Pierre, debe aburrirse mucho. Sabes cariño” añadía dirigiéndose a él con una sonrisa llena de bondad “aquí no tenemos juguetes para niños”. Jean Pierre hacía inmediatamente unos signos de denegación para hacerle comprender que no se aburría en absoluto pero más de una vez creyó ver en los ojos de la señora una ligera traza húmeda como ocurre cuando uno se retiene para no llorar. Entonces su madre cogía el mando de la situación y decía:
“Pero no se preocupe Lovely, Jean Pierre no se aburre y de todos modos nos iremos pronto”. Seguía lanzándole una serie de nuevas preguntas como para espantar la sombra que, durante un segundo, había invadido la habitación. Más tarde en el autobús que les devolvía a casa su madre le alababa por su comportamiento durante la visita y le decía que estas visitas mensuales y las suyas semanales causaban una gran alegría a estos ancianos.
Un año más tarde, Jean Pierre sorprendió involuntariamente una conversación entre sus padres. Hablaban de los Girardins y su madre le decía a su padre:
“La salud del coronel se deteriora rápidamente. Cada día se va debilitando y ya casi no habla. Lovely le cuida todo lo que puede pero a su edad todo resulta muy complicado. Afortunadamente la portera se porta muy bien con ellos. Se conocen desde hace tantos años ya, del tiempo de....” pero, al descubrir su presencia, su madre no acabó la frase que estaba pronunciando. Jean Pierre notó en seguida el malestar de sus padres pero nadie dijo nada.
Durante la siguiente visita que hicieron Jean Pierre y su madre a los Girardin, la debilitad del anciano era muy visible pero el ritual siguió inalterado salvo por un detalle. El anciano ya no vestía su chaqueta, su camisa blanca con la corbata oscura de siempre sino que llevaba una bata que, apenas, ocultaba un pijama azul cielo. Como siempre la conversación siguió su curso hasta que llegado a un cierto momento, las dos mujeres salieron de la habitación para hacer algo en la cocina. Él se quedó a solas con el anciano mudo y sus ojos volvieron a recorrer todo que tenía en su campo visual, los cuadros, el reloj sobre la chimenea, los marcos, cuando de repente, su atención fue atraída por una nueva foto que nunca había visto antes. El cliché no estaba enmarcado sino simplemente fijado en la ranura que separaba el marco del espejo. En él se veían dos hombres jóvenes en un jardín con una mujer que Jean Pierre reconoció en seguida: era su madre. En ese momento cruzó la mirada del anciano y notó en los ojos azules profundamente incrustados en la orbitas del antiguo militar un violento deseo de hablar, pero su debilidad se lo prohibió.
Fue la ultima vez que vio al coronel Girardin con vida, porque el anciano murió la semana siguiente. En las visitas que él y su madre, siguieron haciendo a su viuda, la foto de los tres jóvenes había desaparecido. Jean Pierre nunca se atrevió a hablar con nadie de lo que pasó aquella tarde hasta que, años más tarde, con la primera parte del Bachiller aprobada, sus padres decidieron regalarle un viaje a Inglaterra. El joven se encargó de los tramites y mirando por primera vez de casualidad el Libro de Familia, descubrió que su padre no era su verdadero padre. Había nacido de padre desconocido y había sido adoptado y reconocido por él cuando su madre se casó a principios de 1946 cuando tenía ya tres años...
ll. ¿PADRE O PADRASTRO?.
El hecho de descubrir a los dieciséis años que su padre, la persona que hasta esa mismísima mañana había llamado “papá”, no era en realidad su padre, desgarró su corazón. Cuando por la tarde salió de la Comisaría de Policía con el Libro de Familia que le había revelado la verdad sobre su origen y la Tarjeta de Identidad que le permitiría embarcarse al día siguiente para Inglaterra, el mundo, su mundo, se había derrumbado. El Destino, especialmente cruel, le jugó otra de las suyas. Ese día era precisamente el aniversario de boda de su padres que, como todos los años, iban a celebrarlo con una cena íntima en un restaurante. Su tren para Dieppe salía a las ocho y media de la mañana, así que se despidió de la persona que hasta ese medió día era su padre con un beso más seco que de costumbre. Preparó, como siempre en estos casos, la cena de su hermanos, ahora hermanastros, que no sospechaban su drama interior y se encerró en su habitación después de anular un encuentro con su novia alegando una excusa banal. Quería encontrarse a solas.
Solo en su habitación tardó bastante a poner en orden sus pensamientos. Primero tenia que recomponer su identidad. ¿Realmente quien era? Lo único cierto era la relación carnal con su progenitora, su relación con el resto de los miembros de la familia se había transformado en un mero montaje.
Después un sentimiento de cólera se apoderaba de él cuando pensaba en sus padres. ¿Por qué razón no le habían dicho nada y habían mantenido este secreto durante tanto tiempo? ¿Cuanto tiempo pensaban que esta especie de ficción podría durar?......
Le costaba mucho dormirse y oyó el ruido que hicieron sus padres cuando volvieron de su cena: la llave que rueda cuidadosamente en la cerradura, el ruido de los zapatos que se quitan para evitar de hacer ruido.....Decidió hundir su cabeza en su almohada para no oír los murmullos o las risitas que imaginaba que se iban a producir. De repente todo lo que representaba esta pareja le producía un fuerte rechazo. Su madre era su madre, él lo había comprobado en el Libro de Familia, pero el marido de ésta no era ”stricto sensu” su padre. Por lo menos no era su progenitor. A este hombre, una buena persona, que siempre le había querido y tratado igual que a sus dos hermanos pequeños, ya no podría seguir llamándole “papá”. Su padrastro, o mejor dicho su padre adoptivo, había sido la persona quien le había ayudado a hacer sus primeros deberes, enseñado a montar en bicicleta y que acababa de regalarle este viaje a Inglaterra como premio por haber aprobado la primera parte de su Bachillerato con un sobresaliente, pero acababa de abrirse un foso enorme entre ellos. No era su verdadero padre.
El Libro de Familia indicaba que había nacido el 3 de octubre de 1943 de padre desconocido y que su madre se llamaba Sylvie Bernradeau, nombre de soltera. Había sido adoptado por su padrastro, así pensaba llamarle de ahora en adelante, el día siguiente a la boda entre ambos celebrada el 6 de marzo de 1946.
Había fingido seguir durmiendo, cuando su padrastro había entrado en su habitación y se había reclinado sobre su cama a las siete menos cuarto para darle un beso antes de dirigirse a su fábrica. La despedida con su madre fue fría. Como todas las mañanas ella debía dejar a sus hermanos a la puerta del colegio antes de abrir la farmacia que regentaba al otro lado del rió. Su madre no sospechó su descubrimiento y atribuyó su actitud a la edad del pavo, probablemente su hijo mayor no quería demostrar su cariño enfrente de los otros dos adolescentes. No pareció dar mucha importancia a su reacción un poco áspera pero le dijo dulcemente:
“Jean Pierre, escríbenos cuando llegues y no dudes en llamarnos a cobro revertido en caso de problemas. No nos marcharemos al pueblo hasta por lo menos dos semanas. A partir del 17 si se produce una emergencia llama a tu tía Hélène, ella nos avisará ”. El joven, al darse cuenta de la preocupación de su madre, se sintió un poco avergonzado de su actitud, así que esbozó una sonrisa y gesto muy inusual de su parte, acarició la mejilla de su madre diciendo:
“No te preocupes todo saldrá bien. Después de todo tengo dieciséis años e Inglaterra está ahí al lado. A las ocho y media sale el tren hasta Dieppe y allí tengo dos horas de espera hasta la salida del ferry. Los Thompson me esperan en Newhaven, escribieron que el marido tendría un paraguas con una tela escocesa y su mujer llevaría un cartel con el nombre de la familia. No puede ocurrir nada malo, al contrario sois vosotros que vais a llegar tarde”. Miró una última vez la cara cansada de su madre y pensó “Que mala cara tiene Mamá desde hace tiempo”.
En el tren que llevaba hasta el puerto de embarque para Inglaterra, el joven tuvo la suerte de sentarse en un compartimiento con unos pocos compañeros de viaje, todos personas mayores, tranquilas y poco habladoras ocupados en lecturas o manualidades. Jean Pierre, vencido por el cansancio, se durmió una vez que el revisor hubo controlado los pasajes. En su sueño revivió los tiempos más felices de su vida...hasta el momento, sus primeros recuerdos en la nieve en casa de su padrino, su entrada en la escuela primaria cuando dejo las manos de sus padres para penetrar en la clase, las fiestas de cumpleaños con toda la familia participando de la misma alegría, el primer beso que había dado a una chica.....
Se despertó poco tiempo antes que el tren entrase en la estación marítima al oír el ruido que hicieron los otros pasajeros que empezaban a bajar sus maletas de los porta equipajes. La segunda etapa del viaje empezó sin dificultades porque había solamente un ferry amarrado en frente de los andenes. Subir por la pasarela hasta el interior del barco, asomarse a la barandilla cuando el navío se puso en marcha alejándose lentamente del muelle, fue para él el símbolo del alejamiento definitivo de su primera vida. A pesar del viento decidió quedarse en el puente del ferry para observar como se alejaba de la tierra. Una idea cruzó fugazmente la mente del joven. ¿Y si decidía no volver nunca?. Durante buena parte de la travesía jugó con esta idea, pero el hecho de no haber alcanzado aún la mayoría de edad le frenó. Viajaba con una Tarjeta de Identidad y una autorización paterna de salida del territorio. En lo que le concernía, hasta que cumpliese los veintiún años, seguiría bajo la autoridad de sus padres.
Ahora que empezaba a asimilar los hechos se preguntaba sin cesar cuales serían las razones que habían impedido a sus padres decirle la verdad. Habría sido un golpe, no cabe la menor duda, pero ellos personas mayores y cariñosas, habrían sabido explicárselo. Pero no, al contrario, habían preferido mantener una mentira sobre su nacimiento. ¿Por qué? ¿Por qué? No lo podía entender. Tanto sus padres como sus profesores o hasta sus compañeros reconocían que él era un chico emocionalmente equilibrado. Nunca había sido un niño llorón, difícil o particularmente impresionable. Como a todo el mundo los accidentes y las catástrofes le conmovían, pero nunca de forma desmesurada. No le gustaba el sufrimiento, tanto si se trataba de seres humanos o de animales y conocía, desde pequeño, lo que significaba el dolor y la muerte. Con sus padres había estado involucrado en un accidente de coche espectacular, con heridos y muertos y de niño, en el pueblo, había visto matar a decenas de animales. No era un espectáculo que le gustase, pero tan poco le afectaba como en el caso de sus hermanos menores.
Después de un viaje sin sobresaltos el ferry entró en el puerto inglés de Newhaven. La aparición de este nuevo mundo le pareció asemejarse con el nuevo rumbo que acababa de dar su relación familiar. Al final iba a ser separado de su “familia” durante unas semanas, lo que permitiría aclarar sus ideas. Era la primera vez que viajaba al extranjero y cuando el barco se acercó paralelamente al muelle, Jean Pierre no tardó en descubrir al matrimonio Thompson. El marido, como lo había descrito en una carta, se resguardaba con su mujer bajo un enorme paraguas de tela escocesa. Parecía un gigante con una pipa curvada, al lado del cual se estiraba una mujer menuda quien llevaba a la altura de su pecho una tira de cartón blanco donde figuraba en letras de imprenta la palabra THOMPSON. Habían venido solos, no les había acompañado ninguno de sus dos hijos. Agitó un brazo en su dirección y ellos al descubrirle le correspondieron. Cogiendo su maleta el joven bajó del barco y se adentró en un largo pasillo siguiendo la fila de la izquierda, la de la derecha estaba reservada a los “British Citizens Only”, como le recordaba cada diez metros un enorme cartel que colgaba del techo. A diferencia de la otra cola, la suya no tenía identificación alguna, hasta que llegado a un punto, a unos cinco metros de la garita donde se sentaban los aduaneros, descubrió que para los Británicos, él pertenecía a la categoría no muy bien definida de “Others”.
Una vez pasado el control de fronteras el joven se encontró en frente del matrimonio Thompson, con los cuales iba a vivir un mes, con la esperanza de sellar entre las dos familias unos lazos que permitirían a los otros hijos de ambos matrimonios conocerse. Mister Thompson mantenía era una relación de negocio de su padrastro, que se dedicaba al comercio de tejidos para ropa de caballeros, que el marido de su madre importaba para utilizarlos en sus talleres de confección. La señora Thompson era ama de casa y el matrimonio tenía dos hijos, una chica de la edad de Jean Pierre y un chico más joven. La relación que no tardó en establecer con Mary, la hija del matrimonio Thompson, le permito suavizar su rencor. Esta dejo de lado su boyfriend y se volcó entera en una relación desinhibida con su nuevo “petit ami” Francés...
lll. LA MUERTE SE INVITA.
Cuando volvió de Inglaterra a principios de septiembre, Jean Pierre encontró a sus padres esperándole en el anden de la estación. Eran los mismos de antes del viaje, no se habían dado cuenta de nada. Notó otra vez el rostro pálido y cansado de su madre. A diferencia de otros años su piel no había cogido ese color de miel que le daba su actividad en el campo. A su lado estaba su padrastro – durante las últimas semanas se había esforzado a utilizar mentalmente esta palabra con menos dificultad –. Estaba casi tal como le había dejado sino fuese por una ligera arruga justo encima de su larga nariz.
Les abrazó a ambos y una vez en el coche preguntó por sus hermanos. Le sorprendió un poco la explicación que se le dio: se habían quedado una semana más en el pueblo mientras ellos habían vuelto a la capital por unos asuntos que no precisaron. Se habían quedado al cuidado de la tía Hélène pero los tres irían a recogerlos el próximo fin de semana cuando se cerraría la casa hasta las vacaciones de Todos los Santos. Sería la oportunidad de entregar a sus padres y a sus hermanos los regalos que les había traído de Inglaterra, mientras tanto Jean Pierre podría aprovechar el tiempo para hacer unas gestiones en su colegio cara al nuevo curso. Por la noche la conversación rodó sobre sus impresiones del país vecino. Habló casi todo el tiempo y sus padres le escucharon con atención y cariño. El ambiente alrededor de la mesa resultó tan entrañable que el joven aparcó, por un momento, las resoluciones que había tomado relativas a las relaciones con sus padres durante su estancia fuera.
A pesar de que su padre no era su verdadero padre, éste le escuchó, como siempre, con atención, interrumpiéndole solamente para recordar sus propias impresiones cuando viajó por primera vez a Inglaterra al final de los años veinte. Su madre le interrogó sobre sus relaciones con los Thompson y si pensaba que sería posible hacer mas intercambios con los otros niños. Todos, se fueron a la cama pronto. Una vez solo, Jean Pierre decidió que lo más tardar al día siguiente, tenía que poner en marcha lo que llamaba “su nueva actitud” con sus padres. Cuando se levantó se encontró solo, así que después de prepararse su desayuno, hizo un poco el remolón por toda la casa vagando en bata, de habitación en habitación, con una taza de té en la mano. Una vez en la habitación que servía de despacho-biblioteca a su padre y donde sus padres solían sentarse después de la cena para oír la radio, ojeó un periódico de la víspera, pero cuando quiso volver a ponerlo en su sitio sobre la mesa, cayó al suelo un gran sobre marrón con la identificación:
HOSPITAL NECKER.
Servicio de Oncología.
Laboratorio.
A la atención de Madame Sylvie Delaporte, nacida Bernardeau.
Jean Pierre había sido educado a ser muy respetuoso con la intimidad de sus padres, así que no se le pasó por la cabeza abrir el sobre, pero no pudo evitar, al palparlo, darse cuenta de que contenía unas radiografías y un fajo de papeles. Volvió a dejar todos los papeles exactamente como los había encontrado y salió de la habitación muy turbado. No sabía muy bien el significado de la palabra “oncología” así que después de vestirse la buscó en su enciclopedia. Según este libro la oncología era la parte de la medicina dedicada a los tumores...... Inmediatamente imágenes de enfermedad o de muerte invadieron su pensamiento. No conocía ningún caso de cáncer en la familia, sus abuelos eran muy longevos y los que habían muerto, habían sufridos derrames cerebrales o ataques al corazón. Había oído varias veces a sus padres hablar de conocidos que habían padecido un cáncer y su padrastro, que provenía de una familia de médicos y tenía unas ideas muy personales sobre la magnitud del desarrollo científico, solía comentar que la medicina iba progresando y que algún día todas las enfermedades, incluido el cáncer, serian curables. Su madre, licenciada en farmacia, que regentaba una oficina de farmacia, le apoyaba.
Se fue al colegio para recoger la lista de los profesores que le tocaría y lista de los libros para el nuevo curso, el último antes de la Universidad. Sus padres, debido a la lejanía de sus trabajos, no comían nunca en casa así que no se volvieron a ver hasta la tarde, pero cuando los tres se reunieron en el despacho-biblioteca después de la cena para escuchar un concierto que se retransmitía a través de la radio, la mesa había sido limpiada y el sobre marrón no estaba a la vista.....
Él no comentó nunca a sus padres lo que vio esta mañana sobre la mesa del despacho. El curso escolar volvió a empezar pero su madre decidió, para sorpresa de sus hijos, quedarse más tiempo en casa y no ir a la farmacia por la mañana. Solamente después de comer hacia una visita rápida. Para cortar los comentarios sus padres indicaron a sus hijos que el negocio funcionaba muy bien y que ya no se necesitaba tanta presencia suya. Después de tantos años de trabajo ella quería dedicarse más a su familia y a ella misma añadiendo, como de pasada, que su medico de cabecera la había encontrado demasiado flaca y con algo de anemia que se curaría con un régimen y un poco de ejercicio físico. Si sus hermanos, adolescentes descuidados, dieron por buena la explicación, Jean Pierre no se dejo engañar. Era el único de los tres hijos que observaba alarmado el rápido deterioro físico de su madre. El numero de frascos de medicamentos que su madre intentaba ocultar era otra prueba de que la lucha contra la enfermedad había entrado en una fase muy activa.
Un día de febrero, se suspendió la clase de matemáticas que le ocupaba toda la mañana, así que Jean Pierre volvió a casa antes de tiempo. Encontró a su madre tendida sobre un sofá en un estado semi inconsciente, con una palangana llena de vómitos a su lado. No perdió un minuto y después de avisar a su padrastro llamó al hospital. La ambulancia tardó poco y, al ser el único miembro de la familia presente, consiguió acompañar a su madre hasta el hospital.
Su madre nunca volvió a casa. Murió al amanecer a la semana de estar ingresada. Durante todo este tiempo su padre y Jean Pierre se relevaron a su lado mientras sus hijos más pequeños vinieron solamente los primeros días para visitar a su madre. Al joven el pareció profundamente incomprensible que su madre, quien tenia solamente cuarenta años, sufriese este martirio. Al fin de acabo era una persona sencilla, recta, trabajadora, cariñosa y su agonía le pareció una gran injusticia por parte del Destino. Hasta hoy el joven nunca había presenciado la fatídica visita de la muerte a un ser humano así que esta drama le marcó por le resto de su vida. La última noche rehusó vehementemente de dejar el lecho de su madre quien pasó sus últimos momentos entre su marido y su hijo mayor. Estaba embrutecida por la morfina que los médicos le habían inyectado para aliviar sus ultimas horas pero, muy al final, salió de su letargo y, después de sonreír a su marido que a duras penas ocultaba sus llantos, volvió su cara hasta Jean Pierre y le dedicó una mirada como si quería decirle algo. Lo intentó pero las drogas le prohibieron hablar. A pesar de todo la mirada que le dirijo contenía un mensaje.
Una vez que expiró, Jean Pierre intentó recordar donde había captado antes una mirada con tal intensidad. Fue cuando le vino a la memoria la mirada del viejo coronel Girardin durante la ultima visita que le hizo precisamente son su madre cuando descubrió la misteriosa foto de su madre entre los dos hombres jóvenes.
Como todos los meses Jean Pierre iba con su madre a visitar al matrimonio de ancianos conocidos en la familia como “los Girardin”. Su madre nunca le había explicado con claridad su parentesco con ellos y hasta la fecha tampoco el niño le había hecho unas preguntas muy directas. Solamente una vez, aprovechando una ausencia de ella, el niño había hablado de ellos a su padre pero esté le había contestado misteriosamente que hablar de este tema haría llorar a su madre y como Jean Pierre no quería entristecerla, aceptó este misterio de adultos. Tampoco sus padres solían hablar delante de sus hijos de la guerra que había acabado cinco años atrás. Se consideraba un tema vetado.
Lo cierto es que, de los tres hermanos, él era el único que iba a visitar al matrimonio con su madre todos los meses. Sus dos hermanos pequeños Evelyne y François le acompañaban a él y a sus padres solamente en las grandes ocasiones es decir el día de Año Nuevo. La visita a “los Girardin” formaba parte de un circuito perfectamente establecido y codificado de visitas que cubría un gran numero de tías abuelas. Este día los niños recibían de todos estos ancianos un sobrecito con las estrenas, mientras sus padres distribuían unos paquetes de chocolates de marca, unas agendas o unas flores.
A los diez años se había fijado en dos hechos insólitos que ocurrían durante esta visita anual. La primera consistía en que, además del sobre con las estrenas que les entregaba el marido postrado en un sillón, solo Jean Pierre recibía de la señora Girardin un objeto que ella sacaba de una de las vitrinas del salón, donde dormían en una media oscuridad unas figuras de cerámica antigua. La segunda singularidad era que su padre se dirigía al anciano como “Coronel” y a la mujer como “Madame” mientras que su madre llamaba, al primero “Dad” y a la segunda “Lovely”, dos términos Ingleses cuya significación Jean Pierre desconocía. Una vez, al salir de la visita, el niño que se encontraba momentáneamente con su madre apartado del resto de la familia, le preguntó porque recibía de este matrimonio tan amable dos regalos cuando a sus hermanos les tocaba solamente un sobre. Su madre le contestó que era por su edad, había cumplido diez años mientras sus hermanos tenían cinco y cuatro respectivamente.
Las visitas mensuales no se realizaban en el gran salón que solo se abría para el primer día del año, sino en una habitación más pequeña que parecía ser el despacho del coronel. Jean Pierre, quien no se acordaba de haberle visto nunca de pie, le encontraba sentado en una poltrona, una manta con dibujo escocés sobre las rodillas. Estos días no llevaba los botines de charol negro del gran día, sino un par de zapatillas pero el anciano vestía siempre un traje, una camisa blanca con una corbata oscura y sus pies reposaban sobre un cojín envejecido. Su mujer, siempre vestida de negro, era una persona alegre que mantenía la fluidez de la conversación con su madre a diferencia del hombre, quien por norma general, se mantenía callado, respondiendo con monosílabos a las preguntas que se le hacia. Jean Pierre, sentado en el mismo sillón de siempre en frente de la chimenea de mármol, balanceaba sus piernas que no llegaban hasta el suelo por debajo del asiento. Se aburría un poco porque, si durante la primera parte de la visita, su madre le hacía hablar sobre sus resultados escolares o sus actividades en el grupo scout, él sabía que tenía que pasar por lo menos una hora antes de que la anciana se levantase y, después de desaparecer un instante, volviese cargada con una bandeja con la merienda de los cuatro.
Sobre el dintel de la chimenea se encontraban varias fotos enmarcadas. De un lado, un marco grande contenía varios clichés de su madre jugando en la playa con sus tres niños durante unas vacaciones de verano. Separado por un antiguo reloj cuyas manecillas Jean Pierre observaba con atención cada cinco minutos para imaginar la duración total de la visita, había un cuadro más pequeño con la foto de un militar joven sonriente que llevaba unas gafas con montura de pasta un poco pasadas de moda. Debajo de su rostro se encontraban pegadas dos cintas de colores que Jean Pierre había identificado como las condecoraciones que los militares llevaban en serie sobre sus chaquetas de uniforme. El resto de los objetos de la habitación eran todos de corte militar, como el gran cuadro representando un escuadrón de dragones cargando o el pisapapeles de bronce de la mesa de trabajo en forma de águila con las alas desplegadas.
Mientras las dos mujeres charlaban dirigiéndose de vez en cuando al anciano sentado en su poltrona, los ojos de Jean Pierre recorrían la estancia a la búsqueda de detalles desconocidos. A menudo la anciana después de interrumpirse le miraba exclamando:
“Nuestro pequeño Jean Pierre, debe aburrirse mucho. Sabes cariño” añadía dirigiéndose a él con una sonrisa llena de bondad “aquí no tenemos juguetes para niños”. Jean Pierre hacía inmediatamente unos signos de denegación para hacerle comprender que no se aburría en absoluto pero más de una vez creyó ver en los ojos de la señora una ligera traza húmeda como ocurre cuando uno se retiene para no llorar. Entonces su madre cogía el mando de la situación y decía:
“Pero no se preocupe Lovely, Jean Pierre no se aburre y de todos modos nos iremos pronto”. Seguía lanzándole una serie de nuevas preguntas como para espantar la sombra que, durante un segundo, había invadido la habitación. Más tarde en el autobús que les devolvía a casa su madre le alababa por su comportamiento durante la visita y le decía que estas visitas mensuales y las suyas semanales causaban una gran alegría a estos ancianos.
Un año más tarde, Jean Pierre sorprendió involuntariamente una conversación entre sus padres. Hablaban de los Girardins y su madre le decía a su padre:
“La salud del coronel se deteriora rápidamente. Cada día se va debilitando y ya casi no habla. Lovely le cuida todo lo que puede pero a su edad todo resulta muy complicado. Afortunadamente la portera se porta muy bien con ellos. Se conocen desde hace tantos años ya, del tiempo de....” pero, al descubrir su presencia, su madre no acabó la frase que estaba pronunciando. Jean Pierre notó en seguida el malestar de sus padres pero nadie dijo nada.
Durante la siguiente visita que hicieron Jean Pierre y su madre a los Girardin, la debilitad del anciano era muy visible pero el ritual siguió inalterado salvo por un detalle. El anciano ya no vestía su chaqueta, su camisa blanca con la corbata oscura de siempre sino que llevaba una bata que, apenas, ocultaba un pijama azul cielo. Como siempre la conversación siguió su curso hasta que llegado a un cierto momento, las dos mujeres salieron de la habitación para hacer algo en la cocina. Él se quedó a solas con el anciano mudo y sus ojos volvieron a recorrer todo que tenía en su campo visual, los cuadros, el reloj sobre la chimenea, los marcos, cuando de repente, su atención fue atraída por una nueva foto que nunca había visto antes. El cliché no estaba enmarcado sino simplemente fijado en la ranura que separaba el marco del espejo. En él se veían dos hombres jóvenes en un jardín con una mujer que Jean Pierre reconoció en seguida: era su madre. En ese momento cruzó la mirada del anciano y notó en los ojos azules profundamente incrustados en la orbitas del antiguo militar un violento deseo de hablar, pero su debilidad se lo prohibió.
Fue la ultima vez que vio al coronel Girardin con vida, porque el anciano murió la semana siguiente. En las visitas que él y su madre, siguieron haciendo a su viuda, la foto de los tres jóvenes había desaparecido. Jean Pierre nunca se atrevió a hablar con nadie de lo que pasó aquella tarde hasta que, años más tarde, con la primera parte del Bachiller aprobada, sus padres decidieron regalarle un viaje a Inglaterra. El joven se encargó de los tramites y mirando por primera vez de casualidad el Libro de Familia, descubrió que su padre no era su verdadero padre. Había nacido de padre desconocido y había sido adoptado y reconocido por él cuando su madre se casó a principios de 1946 cuando tenía ya tres años...
ll. ¿PADRE O PADRASTRO?.
El hecho de descubrir a los dieciséis años que su padre, la persona que hasta esa mismísima mañana había llamado “papá”, no era en realidad su padre, desgarró su corazón. Cuando por la tarde salió de la Comisaría de Policía con el Libro de Familia que le había revelado la verdad sobre su origen y la Tarjeta de Identidad que le permitiría embarcarse al día siguiente para Inglaterra, el mundo, su mundo, se había derrumbado. El Destino, especialmente cruel, le jugó otra de las suyas. Ese día era precisamente el aniversario de boda de su padres que, como todos los años, iban a celebrarlo con una cena íntima en un restaurante. Su tren para Dieppe salía a las ocho y media de la mañana, así que se despidió de la persona que hasta ese medió día era su padre con un beso más seco que de costumbre. Preparó, como siempre en estos casos, la cena de su hermanos, ahora hermanastros, que no sospechaban su drama interior y se encerró en su habitación después de anular un encuentro con su novia alegando una excusa banal. Quería encontrarse a solas.
Solo en su habitación tardó bastante a poner en orden sus pensamientos. Primero tenia que recomponer su identidad. ¿Realmente quien era? Lo único cierto era la relación carnal con su progenitora, su relación con el resto de los miembros de la familia se había transformado en un mero montaje.
Después un sentimiento de cólera se apoderaba de él cuando pensaba en sus padres. ¿Por qué razón no le habían dicho nada y habían mantenido este secreto durante tanto tiempo? ¿Cuanto tiempo pensaban que esta especie de ficción podría durar?......
Le costaba mucho dormirse y oyó el ruido que hicieron sus padres cuando volvieron de su cena: la llave que rueda cuidadosamente en la cerradura, el ruido de los zapatos que se quitan para evitar de hacer ruido.....Decidió hundir su cabeza en su almohada para no oír los murmullos o las risitas que imaginaba que se iban a producir. De repente todo lo que representaba esta pareja le producía un fuerte rechazo. Su madre era su madre, él lo había comprobado en el Libro de Familia, pero el marido de ésta no era ”stricto sensu” su padre. Por lo menos no era su progenitor. A este hombre, una buena persona, que siempre le había querido y tratado igual que a sus dos hermanos pequeños, ya no podría seguir llamándole “papá”. Su padrastro, o mejor dicho su padre adoptivo, había sido la persona quien le había ayudado a hacer sus primeros deberes, enseñado a montar en bicicleta y que acababa de regalarle este viaje a Inglaterra como premio por haber aprobado la primera parte de su Bachillerato con un sobresaliente, pero acababa de abrirse un foso enorme entre ellos. No era su verdadero padre.
El Libro de Familia indicaba que había nacido el 3 de octubre de 1943 de padre desconocido y que su madre se llamaba Sylvie Bernradeau, nombre de soltera. Había sido adoptado por su padrastro, así pensaba llamarle de ahora en adelante, el día siguiente a la boda entre ambos celebrada el 6 de marzo de 1946.
Había fingido seguir durmiendo, cuando su padrastro había entrado en su habitación y se había reclinado sobre su cama a las siete menos cuarto para darle un beso antes de dirigirse a su fábrica. La despedida con su madre fue fría. Como todas las mañanas ella debía dejar a sus hermanos a la puerta del colegio antes de abrir la farmacia que regentaba al otro lado del rió. Su madre no sospechó su descubrimiento y atribuyó su actitud a la edad del pavo, probablemente su hijo mayor no quería demostrar su cariño enfrente de los otros dos adolescentes. No pareció dar mucha importancia a su reacción un poco áspera pero le dijo dulcemente:
“Jean Pierre, escríbenos cuando llegues y no dudes en llamarnos a cobro revertido en caso de problemas. No nos marcharemos al pueblo hasta por lo menos dos semanas. A partir del 17 si se produce una emergencia llama a tu tía Hélène, ella nos avisará ”. El joven, al darse cuenta de la preocupación de su madre, se sintió un poco avergonzado de su actitud, así que esbozó una sonrisa y gesto muy inusual de su parte, acarició la mejilla de su madre diciendo:
“No te preocupes todo saldrá bien. Después de todo tengo dieciséis años e Inglaterra está ahí al lado. A las ocho y media sale el tren hasta Dieppe y allí tengo dos horas de espera hasta la salida del ferry. Los Thompson me esperan en Newhaven, escribieron que el marido tendría un paraguas con una tela escocesa y su mujer llevaría un cartel con el nombre de la familia. No puede ocurrir nada malo, al contrario sois vosotros que vais a llegar tarde”. Miró una última vez la cara cansada de su madre y pensó “Que mala cara tiene Mamá desde hace tiempo”.
En el tren que llevaba hasta el puerto de embarque para Inglaterra, el joven tuvo la suerte de sentarse en un compartimiento con unos pocos compañeros de viaje, todos personas mayores, tranquilas y poco habladoras ocupados en lecturas o manualidades. Jean Pierre, vencido por el cansancio, se durmió una vez que el revisor hubo controlado los pasajes. En su sueño revivió los tiempos más felices de su vida...hasta el momento, sus primeros recuerdos en la nieve en casa de su padrino, su entrada en la escuela primaria cuando dejo las manos de sus padres para penetrar en la clase, las fiestas de cumpleaños con toda la familia participando de la misma alegría, el primer beso que había dado a una chica.....
Se despertó poco tiempo antes que el tren entrase en la estación marítima al oír el ruido que hicieron los otros pasajeros que empezaban a bajar sus maletas de los porta equipajes. La segunda etapa del viaje empezó sin dificultades porque había solamente un ferry amarrado en frente de los andenes. Subir por la pasarela hasta el interior del barco, asomarse a la barandilla cuando el navío se puso en marcha alejándose lentamente del muelle, fue para él el símbolo del alejamiento definitivo de su primera vida. A pesar del viento decidió quedarse en el puente del ferry para observar como se alejaba de la tierra. Una idea cruzó fugazmente la mente del joven. ¿Y si decidía no volver nunca?. Durante buena parte de la travesía jugó con esta idea, pero el hecho de no haber alcanzado aún la mayoría de edad le frenó. Viajaba con una Tarjeta de Identidad y una autorización paterna de salida del territorio. En lo que le concernía, hasta que cumpliese los veintiún años, seguiría bajo la autoridad de sus padres.
Ahora que empezaba a asimilar los hechos se preguntaba sin cesar cuales serían las razones que habían impedido a sus padres decirle la verdad. Habría sido un golpe, no cabe la menor duda, pero ellos personas mayores y cariñosas, habrían sabido explicárselo. Pero no, al contrario, habían preferido mantener una mentira sobre su nacimiento. ¿Por qué? ¿Por qué? No lo podía entender. Tanto sus padres como sus profesores o hasta sus compañeros reconocían que él era un chico emocionalmente equilibrado. Nunca había sido un niño llorón, difícil o particularmente impresionable. Como a todo el mundo los accidentes y las catástrofes le conmovían, pero nunca de forma desmesurada. No le gustaba el sufrimiento, tanto si se trataba de seres humanos o de animales y conocía, desde pequeño, lo que significaba el dolor y la muerte. Con sus padres había estado involucrado en un accidente de coche espectacular, con heridos y muertos y de niño, en el pueblo, había visto matar a decenas de animales. No era un espectáculo que le gustase, pero tan poco le afectaba como en el caso de sus hermanos menores.
Después de un viaje sin sobresaltos el ferry entró en el puerto inglés de Newhaven. La aparición de este nuevo mundo le pareció asemejarse con el nuevo rumbo que acababa de dar su relación familiar. Al final iba a ser separado de su “familia” durante unas semanas, lo que permitiría aclarar sus ideas. Era la primera vez que viajaba al extranjero y cuando el barco se acercó paralelamente al muelle, Jean Pierre no tardó en descubrir al matrimonio Thompson. El marido, como lo había descrito en una carta, se resguardaba con su mujer bajo un enorme paraguas de tela escocesa. Parecía un gigante con una pipa curvada, al lado del cual se estiraba una mujer menuda quien llevaba a la altura de su pecho una tira de cartón blanco donde figuraba en letras de imprenta la palabra THOMPSON. Habían venido solos, no les había acompañado ninguno de sus dos hijos. Agitó un brazo en su dirección y ellos al descubrirle le correspondieron. Cogiendo su maleta el joven bajó del barco y se adentró en un largo pasillo siguiendo la fila de la izquierda, la de la derecha estaba reservada a los “British Citizens Only”, como le recordaba cada diez metros un enorme cartel que colgaba del techo. A diferencia de la otra cola, la suya no tenía identificación alguna, hasta que llegado a un punto, a unos cinco metros de la garita donde se sentaban los aduaneros, descubrió que para los Británicos, él pertenecía a la categoría no muy bien definida de “Others”.
Una vez pasado el control de fronteras el joven se encontró en frente del matrimonio Thompson, con los cuales iba a vivir un mes, con la esperanza de sellar entre las dos familias unos lazos que permitirían a los otros hijos de ambos matrimonios conocerse. Mister Thompson mantenía era una relación de negocio de su padrastro, que se dedicaba al comercio de tejidos para ropa de caballeros, que el marido de su madre importaba para utilizarlos en sus talleres de confección. La señora Thompson era ama de casa y el matrimonio tenía dos hijos, una chica de la edad de Jean Pierre y un chico más joven. La relación que no tardó en establecer con Mary, la hija del matrimonio Thompson, le permito suavizar su rencor. Esta dejo de lado su boyfriend y se volcó entera en una relación desinhibida con su nuevo “petit ami” Francés...
lll. LA MUERTE SE INVITA.
Cuando volvió de Inglaterra a principios de septiembre, Jean Pierre encontró a sus padres esperándole en el anden de la estación. Eran los mismos de antes del viaje, no se habían dado cuenta de nada. Notó otra vez el rostro pálido y cansado de su madre. A diferencia de otros años su piel no había cogido ese color de miel que le daba su actividad en el campo. A su lado estaba su padrastro – durante las últimas semanas se había esforzado a utilizar mentalmente esta palabra con menos dificultad –. Estaba casi tal como le había dejado sino fuese por una ligera arruga justo encima de su larga nariz.
Les abrazó a ambos y una vez en el coche preguntó por sus hermanos. Le sorprendió un poco la explicación que se le dio: se habían quedado una semana más en el pueblo mientras ellos habían vuelto a la capital por unos asuntos que no precisaron. Se habían quedado al cuidado de la tía Hélène pero los tres irían a recogerlos el próximo fin de semana cuando se cerraría la casa hasta las vacaciones de Todos los Santos. Sería la oportunidad de entregar a sus padres y a sus hermanos los regalos que les había traído de Inglaterra, mientras tanto Jean Pierre podría aprovechar el tiempo para hacer unas gestiones en su colegio cara al nuevo curso. Por la noche la conversación rodó sobre sus impresiones del país vecino. Habló casi todo el tiempo y sus padres le escucharon con atención y cariño. El ambiente alrededor de la mesa resultó tan entrañable que el joven aparcó, por un momento, las resoluciones que había tomado relativas a las relaciones con sus padres durante su estancia fuera.
A pesar de que su padre no era su verdadero padre, éste le escuchó, como siempre, con atención, interrumpiéndole solamente para recordar sus propias impresiones cuando viajó por primera vez a Inglaterra al final de los años veinte. Su madre le interrogó sobre sus relaciones con los Thompson y si pensaba que sería posible hacer mas intercambios con los otros niños. Todos, se fueron a la cama pronto. Una vez solo, Jean Pierre decidió que lo más tardar al día siguiente, tenía que poner en marcha lo que llamaba “su nueva actitud” con sus padres. Cuando se levantó se encontró solo, así que después de prepararse su desayuno, hizo un poco el remolón por toda la casa vagando en bata, de habitación en habitación, con una taza de té en la mano. Una vez en la habitación que servía de despacho-biblioteca a su padre y donde sus padres solían sentarse después de la cena para oír la radio, ojeó un periódico de la víspera, pero cuando quiso volver a ponerlo en su sitio sobre la mesa, cayó al suelo un gran sobre marrón con la identificación:
HOSPITAL NECKER.
Servicio de Oncología.
Laboratorio.
A la atención de Madame Sylvie Delaporte, nacida Bernardeau.
Jean Pierre había sido educado a ser muy respetuoso con la intimidad de sus padres, así que no se le pasó por la cabeza abrir el sobre, pero no pudo evitar, al palparlo, darse cuenta de que contenía unas radiografías y un fajo de papeles. Volvió a dejar todos los papeles exactamente como los había encontrado y salió de la habitación muy turbado. No sabía muy bien el significado de la palabra “oncología” así que después de vestirse la buscó en su enciclopedia. Según este libro la oncología era la parte de la medicina dedicada a los tumores...... Inmediatamente imágenes de enfermedad o de muerte invadieron su pensamiento. No conocía ningún caso de cáncer en la familia, sus abuelos eran muy longevos y los que habían muerto, habían sufridos derrames cerebrales o ataques al corazón. Había oído varias veces a sus padres hablar de conocidos que habían padecido un cáncer y su padrastro, que provenía de una familia de médicos y tenía unas ideas muy personales sobre la magnitud del desarrollo científico, solía comentar que la medicina iba progresando y que algún día todas las enfermedades, incluido el cáncer, serian curables. Su madre, licenciada en farmacia, que regentaba una oficina de farmacia, le apoyaba.
Se fue al colegio para recoger la lista de los profesores que le tocaría y lista de los libros para el nuevo curso, el último antes de la Universidad. Sus padres, debido a la lejanía de sus trabajos, no comían nunca en casa así que no se volvieron a ver hasta la tarde, pero cuando los tres se reunieron en el despacho-biblioteca después de la cena para escuchar un concierto que se retransmitía a través de la radio, la mesa había sido limpiada y el sobre marrón no estaba a la vista.....
Él no comentó nunca a sus padres lo que vio esta mañana sobre la mesa del despacho. El curso escolar volvió a empezar pero su madre decidió, para sorpresa de sus hijos, quedarse más tiempo en casa y no ir a la farmacia por la mañana. Solamente después de comer hacia una visita rápida. Para cortar los comentarios sus padres indicaron a sus hijos que el negocio funcionaba muy bien y que ya no se necesitaba tanta presencia suya. Después de tantos años de trabajo ella quería dedicarse más a su familia y a ella misma añadiendo, como de pasada, que su medico de cabecera la había encontrado demasiado flaca y con algo de anemia que se curaría con un régimen y un poco de ejercicio físico. Si sus hermanos, adolescentes descuidados, dieron por buena la explicación, Jean Pierre no se dejo engañar. Era el único de los tres hijos que observaba alarmado el rápido deterioro físico de su madre. El numero de frascos de medicamentos que su madre intentaba ocultar era otra prueba de que la lucha contra la enfermedad había entrado en una fase muy activa.
Un día de febrero, se suspendió la clase de matemáticas que le ocupaba toda la mañana, así que Jean Pierre volvió a casa antes de tiempo. Encontró a su madre tendida sobre un sofá en un estado semi inconsciente, con una palangana llena de vómitos a su lado. No perdió un minuto y después de avisar a su padrastro llamó al hospital. La ambulancia tardó poco y, al ser el único miembro de la familia presente, consiguió acompañar a su madre hasta el hospital.
Su madre nunca volvió a casa. Murió al amanecer a la semana de estar ingresada. Durante todo este tiempo su padre y Jean Pierre se relevaron a su lado mientras sus hijos más pequeños vinieron solamente los primeros días para visitar a su madre. Al joven el pareció profundamente incomprensible que su madre, quien tenia solamente cuarenta años, sufriese este martirio. Al fin de acabo era una persona sencilla, recta, trabajadora, cariñosa y su agonía le pareció una gran injusticia por parte del Destino. Hasta hoy el joven nunca había presenciado la fatídica visita de la muerte a un ser humano así que esta drama le marcó por le resto de su vida. La última noche rehusó vehementemente de dejar el lecho de su madre quien pasó sus últimos momentos entre su marido y su hijo mayor. Estaba embrutecida por la morfina que los médicos le habían inyectado para aliviar sus ultimas horas pero, muy al final, salió de su letargo y, después de sonreír a su marido que a duras penas ocultaba sus llantos, volvió su cara hasta Jean Pierre y le dedicó una mirada como si quería decirle algo. Lo intentó pero las drogas le prohibieron hablar. A pesar de todo la mirada que le dirijo contenía un mensaje.
Una vez que expiró, Jean Pierre intentó recordar donde había captado antes una mirada con tal intensidad. Fue cuando le vino a la memoria la mirada del viejo coronel Girardin durante la ultima visita que le hizo precisamente son su madre cuando descubrió la misteriosa foto de su madre entre los dos hombres jóvenes.
Comentarios
Publicar un comentario